"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

Editor:
Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen Nro. 14 - Diciembre de 2009  

UNA MORADA EN LA TIERRA (Notas sobre la cultura del territorio en la Argentina)

por Aníbal Ford

“El hombre es el único ser de la Creación que
necesita “habitar” para realizar acabadamente su esencia.
El animal construye una guardia transitoria,
pero aquéñ instaura una morada en la tierra:
eso es la Patria”.

General Juan D. Perón en
El modelo argentino para la elaboración de un proyecto nacional.

 

1. Ante la recuperación de Las Malvinas y esa movilización o aceleramiento de la “conciencia territorial” que ha provocado,vale aproximarse a esa conciencia en la cual muchos han señalado, a lo largo de nuestra historia, falencias estructurales básicas, sobre todo en lo que se refiere a sectores hegemónicos de nuestra sociedad y nuestra cultura.

Cosa que no debe extrañarnos. El corazón de las políticas culturales, en muchos casos, en torno a ideologías desvalorizadoras del territorio-nación. El Rivadavia que se niega a San Martín afirmando “lo que conviene a Buenos Aires es replegarse sobre sí misma”; el Sarmiento de “el mal que aqueja a la Argentina es el extensión” o de los artículos en El Progreso de Santiago de Chile (1); el Echeverría de “la patria no se vincula con la tierra natal” son ejemplos en diferentes planos, de lo que afirmamos (2). La configuración de esta ideología sobre el territorio que de hecho, y no sin contradicciones, se da por ejemplo en los que Daus llamó los “geógrafos militantes” de 1870 (3) – Zeballos, Moreno, Lista, Fontana, Piedra Buena, Moyano, etc. - sería sepultada por la ideología de la granja inglesa y de la pampa verde que triunfa en el ochenta. Así como la campaña sobre “los pioneros de la soberanía”, muchos de ellos geógrafos militantes de 1870 estrechamente emparentados con el pensamiento de los proteccionistas de 1873, bien pudo haber sido “ahogada” por la política económico-cultural de Martínez de Hoz.

Lo cierto es que una figura como Pellegrini afirmaría en 1899: “Tenemos 2.800.000 kilómetros cuadrados de tierra, en su mayor parte fértil y sólo 4.000.000 de habitantes. Lo que necesitamos no es más tierra, tenemos demasiada, las distancias enormes, los transportes lentos y costoso. Si pudiéramos condensar toda nuestra población en la mitad del territorio que hoy ocupa, seríamos más fuertes, ricos y poderosos” (4).

2. Las teoría y los teóricos, conscientes o ideológicos, del “achicamiento”, se prolongarían en el tiempo. Hace apenas dos meses, Aldo Ferrer volvía a denunciar -en una línea que continúa las críticas de Arturo Jaureche a Hueyo y Fano (5)- que los proyectos económicos de Martínez de Hoz y de Alemann estaban destinados a un proyecto de país donde sobraban de diez a quince unidades millones de habitantes y unos dos millones de kilómetros cuadrados (6). Afirmación sobre la cual Ferrer se extiende en uno de sus últimos libros, "Nacionalismo y orden constitucional", donde relata: “Un colega, con quien guardo relaciones tan cordiales como opuestos son nuestros puntos de vista, y cuyas opiniones son de peso por su carrera pública y la rigidez de sus posturas ortodoxas, me decía a fin de de 1980: “Dadas las condiciones de la economía mundial, con cereales y petróleo nos alcanza para vivir muy bien. Habrá que tener un poco de industria para el mercado interno y nada más”. A partir de ahí pasó a proponer la fórmula ortodoxa antes mencionada. Es claro que la demanda de de empleo de esos sectores “líderes” no debe ser más del diez por ciento de la fuerza de trabajo. ¿Qué hacemos con el 90 por ciento restante? Habrá que verlo. Mientras escuchaba esto, pensé que no me había equivocado cuando, tiempo antes, afirmé que con esta política económica sobran dos millones de kilómetros cuadrados y 15 millones de habitantes. En realidad la política ortodoxa sería la fase final del programa del 2 de abril de 1976 y el triunfo final de su objetivo de fondo: el reestablecimiento del proyecto hegemónico del Puerto y la pampa húmeda, es decir el modelo económico vigente antes de la crisis mundial de 1930” (7).

Es decir, la negación del proyecto de los “cien millones de argentinos conducidos por la azul y blanca ante el trono del Altísimo” que Jauretche, profundo analista de esta problemática, solía mentar en sus críticas a los “descendientes” de la oligarquia del 80 y de la consigna de Cobden: “Inglaterra será el taller del mundo y la América del Sur, su granja”; es decir la negación de la Argentina del desarrollo industrial y de la clase obrera organizada, de la plena ocupación y el mercado interno fuerte, de la balanza de pagos favorable con partidos políticos masivos y crecimiento cultural. Es decir, todo aquello que la toma de Las Malvinas movilizó obturando, inevitablemente, los proyectos de achicamiento. O los proyectos de territorio sin pueblo que subyacen en los diversos alsogarayes que hace ya más de cien años estigmatizara José Hernández. (“Que no tiene patriotismo / quien no quiere al compatriota” se afirma en "Martín Fierro" como refiriéndose a esos economistas a los que siempre le sobran siete o más millones de argentinos.)

3. Una línea obstaculizadora del desarrollo territorio - industria - nación, elitista, cuidadosa de la granja inglesa del ochenta que tuvo sus agudos críticos a lo largo de nuestra historia. En los cercanos años al centenario, un formidable pensador nacional, por algo tan olvidado, el coronel Olascoaga, razonaba en un importante libro, también olvidado, de la siguiente manera: “Bueno es ya también que, como lección muy oportuna, recompongamos nuestra geografía histórica, que ha sido siempre lastimosamente interpretada bajo el concepto de las ideas que se nos antojaban, respecto de la topografía de todos nuestros territorios lejanos; cuando la Pampa era una sábana de muerto, uniformemente plana y estéril; cuando la Patagonia era “un páramo horrible, estéril y maldito, aún inferior a la Pampa” (...) cuando la cordillera era un enriscado de piedras, donde apenas podía tenerse un guanaco; cuando el Chaco y la Puna eran hogueras de calor, absolutamente inhabitables; por un lado, matorrales podridos e inaccesibles, y por otro; estepas de suelo raquítico sin ningún producto y sin ambiente de vida.
Así, en la mente del país debía dominar la idea de que nuestros centros poblados no componían otra cosa que un oasis en medio de la inmensidad yérmica; así; nunca se levantó el espíritu cuando se atentó al despojo de nuestros territorios desconocidos.

Y a fe que este menosprecio tradicional todavía encuentra acogida en individualidades retardatarias y formas de subsistir.
Los que hemos recorrido esas lejanías y venimos entusiastas con las noticias que rectifican las absurdas preconcepciones, jugamos a veces un rol bastante desalentador, por no decir ridículo. Ciertos personajes, demasiado hinchados con las nociones que tienen de corto radio, y que se afirman en su antigua cartografía y literatura, levantan su mirada irónica y compasiva, indicio infalible de sabiduría profunda, y dejan chato al pobre explorador.

Uno de esos togados, en una reunión política —donde no debe tratarse cosa que sea de interés público— dijo: —"Este Olascoaga no sabe hablar sino del Neuquén, del Chaco y de la Puna".

Es lo típico de la ignorancia, que deberíamos llamar empecinada, respecto de la cuestión geográfica; lo más importante que afecta la riqueza y el porvenir del país, la noción más indispensable para dirigir su buena administración” (8).

Testimonio duro, escrito en ese discurso nacional demitificador y concreto (que uno puede hallar en viejos generales de la independencia, como Guido, agudo analista de los objetivos ingleses en la Argentina, o como San Martín) que retomarían décadas después los hombres de Forja; testimonio de un hombre que no por haber sido soldado de Roca durante la Campaña al Desierto deja de señalar los derivados negativos de la política del 80: ese descuido e ignorancia sobre el territorio - nación —ideológico y visible en los trazados del ferrocarril inglés— que pesaría negativamente, aún hoy, en nuestras matrices culturales (9).

4 . Pero acerquémonos al presente y vayamos al testimonio de especialistas insospechables de forjismo populista o revisionismo peronitsa. Uno de ellos, Rey Balmaceda, señala en su libro "Límites y fronteras de la Argentina", graves deficiencias a la conciencia territorial de los argentinos. Ahí, después de afirmar “vivimos particulasmente ignorantes del territorio nacional” explica: “las causas principales de nuestro descreimiento de lo argentino se encuentran en la educación, que sirvió a la ideología liberal como instrumento idóneo para moldear a nuevas generaciones (en mucho integradas por descendientes directos de inmigrantes) en una tesitura demasiado comprometida con el pasado y solar nacionales. ¿Cuántos argentinos saben que a pesar de los desmembramientos la República Argentina ocupa el octavo lugar en el mundo por su extensión? ¿Cuántos argentinos conocen la trascendencia del tratado Roca-Runciman? ¿Cuántos argentinos están al de los fundamentos utilizados para declarar la existencia del sector antártico?”. Y agrega más adelante – y atención que no estoy citando a Jauretche—: “todo fue armado de manera tal (planes mal concebidos, programas deficientes, libros de texto rutinarios, autoridades complacientes) que el joven argentino de numerosas generaciones egressó de las aulas sin un verdadero conocimiento de la realidad que integraba” (10).

Diagnóstico severo. Y sectorial. El corte educacional —medio y superior— que, desde su nacionalismo elitista, le da Rey Balmaceda a la cosntitución de la conciencia nacional y que sirve para explicar las deficiencias de ésta en ciértos sectores “mandantes” de las capas medias y altas, deja de lado otros canales constitutivos de esa conciencia —de la cultura popular y sindical a la política y la acción de ciertos medios nacionales— que son los que explican la respuesta popular positiva en el caso de Las Malvinas.

Pero sigamos esta línea de diagnósticos críticos y acerquémonos más en el tiempo. Según el diario La Razón en una reciente conferencia sobre literatura militar, el Coronel Luis A. Leoni Houssay sostuvo que la diplomacia argentina fue bastante responsable del revés sufrido en las Naciones Unidas luego de la recuperación de las Malvinas. “En el orden internacional —dijo— nadie conocía del problema, lo cual constituye una falta grave de los representantes argentinos en el exterior, sobre todo los del área política y cultural que no corrigieron a tiempo esta falencia que pagamos cara en el Consejo de Seguridad”(11).

Falencia que muy bien puede ser explicada por la hegemonía de las ideologías liberales en los sectores políticos y culturales de nuestra diplomacia. Es decir, por el peso en ella de esa franja que va del “medio pelo” a la “intelligentzia” y que fuera minuciosamente descripta por Jauretche.

5. Y que es el sector que maneja la educación superior, las instituciones culturales oficiales, los medios masivos. Por eso la TV es un buen ejemplo de ignorancia y desconexión en lo que se refiere a la conciencia territorial. Hemos visto por TV, tras un spot sobre “los pioneros de la soberanía”, pasar una película apologética de Scott sin el más mínimo encuadramiento y sin la mención de la presencia de Sobral en la expedición de Nordenskjöld; hemos visto, el día de la declaración de la OEA proyectar una película en la cual se exaltaba a Teodoro Roosevelt quien aparecía festejando su cumpleaños cortando de un sablazo una torta en la cual la decoración era el mapa de América, y ¿por dónde la cortaba?: por el Canal de Panamá; y hemos visto también pasar por TV, acriticamente, la versión inglesa de la BBC sobre el viaje del Beagle sin mencionar cómo esta expedición, vista con desconfianza por Pacheco, Guido y Rosas, sirvió a los objetivos de dominio de los ingleses en el Atlántico Sur y participó de la dominación de las Malvinas, desde donde el propio Darwin le escribía a una de sus hermanas el 30 de marzo de 1833: “Hemos llegadó aquí, a las islas Falkland al comienzo de este mes, tras una sucesión de tempestades (...) con gran sorpresa hallamos izada la bandera inglesa. Supongo que la ocupación de este lugar debe haberse noticiado recién ahora a los ingleses; pero nos enteramos de que toda la parte austral de América bulle de fermento (...) por el lenguaje temible de Buenos Aires, uno supondría que esta gran república entiende declarar la guerra contra Inglaterra” (12).

6. Nuestra vida cotidiana está llena de estos ‘‘datos” que demuestran la incultura con respecto a nuestro territorio y su historia. Y voy a un caso.

Hace unos meses me topé, hojeando bibliografía patagónica en una librería de la calle Talcahuano, con el viejo libraco del Ingeniero Wauters sobre el Río Negro. Saqué el libro del estante y lo llevé al mostrador para preguntar su precio. Entonces un señor que estaba al lado mío miró el libro y exclamó con asombro: “¡Cómo, en 1909, en la Argentina se escribían libros de este tamaño sobre un rio!”. Por debajo de la charla de estaño librero que se armó ahí nomás, yo me quedé pensando en su asombro y mucho más cuando ese señor me dijo que era profesor de derecho internacional en una universidad argentina. Y me quedé pensando porque el libro de Wauters no es ninguna mosca blanca, sino una de las tantas muestras de esa fecunda bibliografía, de ese gran “corpus” de información sobre el territorio que en forma de libros o falletos, de tesis o monografías, de informes o expedientes, comienza a desarrollarse en la década de 1870 (y no me olvido de lo anterior, de los “geógrafos” coloniales, del Departamento Topográfico de Arenales, de De Angelis) tras las huellas de los hombres que se agrupan en instituciones como la Sociedad Científica Argentina, el Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, la Academia de Ciencias de Córdoba, el Instituto Geográfico Argentino. Un “corpus” informativo en el cual podemos incluir no sólo las muchas monografías sobre nuestros recursos publicadas por entidades privadas y oficiales sino también trabajos como los recopilados por Ricardo Napp para la Exposición de Filadelfia (La République Argentine, 1876); a publicaciones de instituciones como es el caso del valiosísimo e inhallable Boletín del Instituto Geográfico Argentino; a libros sobre proyectos o problemática territorial como La navegación interna de la República Argentina (1902) del Ingeniero Luis A. Huergo o el ya citado Topografía Andina. Aguas perdidas (1909) del Coronel Olascoaga. Bastaría ver los cuadernillos publicados por la Sociedad Científica Argentina en 1925 sobre la Evolución de las Ciencias en la República Argentina o libros como los Fundamentos de la fisiografía argentina (1922) de Franz Kühn para constatar cuán importante era ya, hacia el centenario, sólo la bibliografía científica sobre nuestro territorio.

Y este olvido, este desconocimiento, no es sólo un caso de “ingratitud” cultural hacia los exploradores, geógrafos, ingenieros, cientí ticos, agrimensores que a lo largo de nuestra historia relevaron y documentaron palmo a palmo nuestros recursos naturales, nuestra identi dad territorial y económica, nuestras posibilidades de desarrollo integral; sino también un demostrativo ejemplo de las debilidades estructurales de nuestra cultura. No es otra cosa esta desconexión anormal, que constatamos cotidianamente con respecto a la historia de cómo nos fuimos conociendo como país, o al conocimiento que fuimos acumulando sobre él, tema central, columna vertebral de cualquier cultura autónoma.

7. Hemos ido tocando algunos aspectos negativos de ese paquete de relaciones y experiencias que se articula en torno al territorio-nación, al territorio-historia, al territorio-sociedad; relaciones que constituyen o van constituyendo la trama de la “conciencia territorial”. Aspectos negativos, fallas, falencias que a veces se refieren al conjunto de la sociedad argentina (por ejemplo aquellas determinadas por el deficiente flujo de información territorial en nuestra cultura) y que otras veces se refieren a sectores de esa sociedad (por ejemplo el bloqueo de “lo territorial” en importantes zonas de la “intelliqentzia” y de las capas medias y altas). Lo cierto es que hay falencias y que en estas debemos distinguir diferentes niveles (13). Sin ser exhaustivos categorizaremos algunos de ellos.

El primer nivel es el de la no aceptación de la problemática territorial en sí, o como constitutiva de la identidad o del “proyecto” nacional. Se trata de alguna manera de un concepto obturado y reprimido cuando no falsamente reducido desde una perspectiva liberal universalista propia del iluminismo-positivismo o de las ideologías científicas del siglo pasado. Hecho que juega con los mecanismos de la “colonización pedagógica” y que puede ilustrarse con las “zonceras sobre el espacio” tratadas por Jauretche. Como se trata de un hecho ideológico, proveniente del descentramiento de la identidad que produce la dependencia cultural, no lo afecta mayormente el evidente derrumbe de las epistemologías mecani cistas del siglo pasado en que se apoya. Sólo la historia reducirá su poder en nuestra cultura hasta limitarlo a ser el factor universalista y utópico necesario en toda sociedad.

8. Un segundo nivel de falencias se refiere a la concepción de cómo se aprehende “lo territorial”. La concepciones “autoritarias” del aprendizaje en muchos casos de que promueven el afianzamiento de la “conciencia territorial” llevan necesariamente a soluciones o proyectos que se centran en la educación sistemática y en la mera transmisión de información. Es decir, por su misma concepción autoritaria y elitista dejan de lado tanto circuitos de percepción o conocimiento como canales por donde de manera digital o analógica, simbólica o experiencial circula, y no sin deficiencias, “lo territorial”: la vida cotidiana, la experiencia social, la acción politica o sindical, los medios masivos, la cultura popular, etc.

Se limita así el análisis, la discusión y la planificación politico-cultural en un marco ideológico en el cual de lo que se trata es de negar el rol que juega la cultura popular en la constitución de la “conciencia territorial”. Limitación que por cierto no tenían los pensadores territoriales les argentinos del siglo pasado, más receptivos o más propensos a aceptar una real comunicación social en este tema. Y me remito a los proyectos de “geografía amena” de Zeballos o a Carlos Correa Luna quien al reseñar en 1896 la acción del Instituto Geográfico Argentino (14) puntualizaba con respecto a la función de la prensa en la información geográfica: “La prensa diaria que aún constituye en gran parte nuestro libro, nuestra revista, nuestro pasatiempo intelectual, y sin duda nuestro medio de instrucción más popular, tuvo ocasión entonces de prestar muchos y muy buenos servicios...”

Reconocimiento importante del rol que jugó el periodismo en nuestro país (¿no fue él el real alfabetizador en la Argentina?) (15) y que aún sigue jugando. Fue el periodismo gráfico el que salió con mayor eficiencia a cubrir los vacíos que hay sobre las Malvinas en el saber general de los argentinos.

En síntesis: las limitaciones con respecto a la concepción de cómo se aprehende el territorio no sólo limitan y “enfrían” la comunicación sobre él, sino que también terminan desplazando sectores básicos de nuestra cultura.

9. Un tercer nivel de falencias, mucho más perceptible, es de información sobre el territorio: “cómo es”, cuál es su potencial, cómo se lo conoció, explotó, “aculturó”, historizó, integró o no integró, etc. La conciencia territorial se articula sobre todas estas informaciones y aquí hay que reconocer que el “saber general” de los argentinos es pobre porque lacirculación de este conjunto informacional es pobre a pesar de que, como lo señalarnos antes, la Argentina es rica en información territorial sobre sí misma. Pero esa in formación, muchas veces de difícil acceso no circula, generando así grandes vacíos. No falta “información”, por ejemplo, sobre el capitán Piedra Buena, pero para muchos argentinos Piedra Buena es sólo el nombre de una calle cuando no una figura borrosa y desleída. Sin embargo en cualquier cultura fuerte un hombre como Piedra Buena sería parte del saber general de manera muy precisa. Ya sea por haber defendido y poblado por su cuenta y solo, y en nombre de su país, el sur patagónico, como por su propia vida de navegante, pionero, y “robinson”: su gesta como salvador de náufragos, sus proyectos de poblamiento, sus “fábricas” en la Isla de los Estados, la construcción del Luisito después del naufragio del Espora —episodio fundamental de nuestra cultura del mar—, sus enfrentamientos con los “raqueadores” (sa queadores de náufragos) asentados en las Malvinas, su negativa a vender su Isla de los Estados a los ingleses, su apoyo generoso a las campañas de Frías, su enfrentamiento con Sarmiento, su presencia en el Cabo de Hornos para afirmar la soberanía argentina, y hasta su aprendizaje con Smiles, el “cónsul de los mares”, y su vida de piloto aventurero. Todas esas informaciones que alimentan y “calientan” la relación de una sociedad con su propio territorio, que “generan conciencia”. Ahora bien, ¿qué es lo que frena este flujo de información? Diversos obstáculos.

El primero de ellos es el descripto aquí como primera falencia: la no aceptación de lo territorial y con ello de los hombres que hicieron el territorio.

El segundo pertenece a un campo ideológico más claro: levantar a Piedra Buena es hundir a Sarmiento y a Sarmiento hay que protegerlo. En agosto de 1868 Piedra Buena había venido a pedirle ayuda a Sarmiento y éste se la había negado. En un memo de enero de 1872 el propio Piedra Buena narra este encuentro: “... recuerdo como se expresó el señor Presidente (Sarmiento). Dijo que no teníamos marina; que costaba mucho mantener un buque de guerra; que estábamos muy pobres; que ese territorio era desierto; que debíamos concertamos y que más bíen ese territorio les convenía a los chilenos, por ser el paso del Pacífico; que si se poblaba la guardia proyectada, habían de vivir como perros y gatos con los chilenos; que no había gente que darme...” (17).

Sin embargo el “loco” Sarmiento ya tenía en su cabeza en ese momento el proyecto de traérselo a Gould y construir —fastuosa inversión— el observatorio astronómico de Córdoba para “conquistar” el cielo Austral. Años después Gould publicaría su Uranometría Argentina, obra que permitió conocer cerca de 8.000 estrellas fijas del Hemisferio Sud, cuando en el cielo del norte sólo se conocían en ese momento 6.000 (18). Pero esto era “la ciencia” y no el territorio. Y también el deslumbramiento de Sarmiento por los Estados Unidos. En 1866 había escrito desde ahí: “Rivadavia, mi predecesor en trabajos por organizar el país, volvió de Inglaterra e importó con él, los elementos ingleses: crédito, bancos, emigración, gobierno responsable. Yo podría presentarme llevando el genio norteamericano, el espíritu de go ahead (esto es, de empuje) que todos me reconocen” ¡Qué iba a pedirle el pobre Piedra Buena a este Sarmiento que barajaba recién llegado de los Estados Unidos, y con estas ínfulas, y que soñaba con tenerlo al sabio norteamericano Gould entre los suyos. El “saber” que le ofrecía Piedra Buena no podía interesarle mucho.

Por último, hay un tercer obstáculo que se opone a una buena circulación de información en este caso y es aquel que, por aquello que señalamos al hablar del segundo nivel de falencias, hace que cuando circula la información se la limite, censure y mitologice negativamente como sucede con la mayoría de los próceres argentinos.

Y voy a otro ejemplo que nos puede servir para ejemplificar las deficiencias en la circulación con respecto a nuestra cultura territorial.

Conocemos en detalle, por películas, series e historietas, la problemática del far-west norteamericano, pero no conocemos, como bien lo señalaba el Padre Monticelli (19), botánico, explorador y viajero, nuestro propio far-west, el oeste pampeano, donde hoy se produce un grave proceso de desertización y regresión ecológica debido a los aprovechamientos de aguas arriba y a una deficiente administración de la cuenca del Desaguadero - Salado Chadileuvú. Una historia larga, o en tiempos largos, como todas las historias del territorio, que nos remite, en busca de la estructura fluvial primigenia, a audaces exploradores o pensadores territoriales de fines del XVIII y comienzos del XIX como Luis de la Cruz o Sebastián Undiano y Gástelú; a cruces de intereses sobre la zona entre Inglaterra y España como son los que motivan las expediciones de Villarino; a campañas fundamentales para el conocimiento de nuestro territorio como la del 1833 de Rosas (una campaña olvidada y crudamente desvalorizada en su aporte científico); a exploradores solitarios como Day; a las estrategias indígenas de Yanquetruz o Calfucurá; a la campaña al desierto y a los científicos que la acompañaron, como Dupont; a exploraciones como las de Zeballos —dura y exhaustiva— o Ambrosetti; a los utópicos proyectos de los “canalizadores” como Floro Costa, que buscaban competir con los altos costos del flete ferrocarrilero inglés. Y así hasta llegar a los optimistas proyectos de colonización de las primeras décadas de nuestro siglo que quebrarían poco después a raíz de “los años malos”, la política del agua y la imprevisión ecológica que describiera otro gran pensador del territorio, Enrique Stieben, para desembocar en una historia de desalambrados, éxodos y pueblos fantasmas cruzados aún por la sombra de Juan Bautista Bairoletto (20).

Historias que, como muchas o tras historias, fueron haciendo el territorio, cargándolo de vida y de proyectos, y transformándolo en parte substancial de la conciencia nacional. Historias que apenas tienen un lugarcito en nuestro saber general tan cargado de informaciones que vistas desde una perspectiva político cultural nacional son apenas pertinentes, tuando no negativas.

10. Y todo esto nos lleva a un cuarto nivel de falencias que si bien está estrechamente relacionado con el anterior, hay que diferenciar. Me refiero al procesamiento cultural de lo territorial, a su debilidad en cuanto zona central de la producción, la problemática o temática, la circulación y planificación, la recepción y el consumo culturales.

La hegemonía cultural porteña (y dentro de ella el peso de la problemática de las capas medias), la mitologización de la pampa verde, el peso de los modelos culturales externos, entre otros procesos, impidieron tanto la profundización y concreción de la integración cultural del país como el desarrollo o la afirmación de las culturas provenientes de otras regiones o la justa evaluación de ellas, casi siempre ubicadas en un rol complementario inferior (Güiraldes es un escritor nacional; Divalos es un escritor “regional”). En los Estados Unidos la problemática territorial generó categorías de análisis histórico como “la frontera” de Turner o géneros populares como los western y aún las historias de pueblos o regiones marginadas y en deterioro no impidieron que escritores consubstanciados con ellas como Steinbeck tuvieran validez nacional. Dificil que suceda lo mismo en nuestro caso. Y que no haya creación cultural o proyectos sino porque los hegemónicos de nuestra cultura marginan esa producción y estos cuando no los asimilan mal, empobreciéndolos.

Y me voy a detener en esto último, en aquello que señalamos al comienzo de este punto al referirnos a la recepción (las de lo que tratamos en la producción y la planificaicón evidentes para el lector). Y ejemplifico.

De los nexos profundos pueden darse entre el “Viento Blanco” de Dávalos y el ferrocarril de Huaitiquina de Hipólito Yrigoyen, de esa literatura minera que termina casi siempre en el fracaso y la muerte, dw esa propuesta de ahondamiento de la historia y la cultura de la Puna y la Quebrada que desarrolla Tizón, pasando por los deambulares de Atahualpa Yupanqui y el amplio espectro de la literatura que explora la migración interna, una de las líneas matrices de nuestra cultura, hasta la documentación de la vida concreta de los pobladores — a través del documentalismo político, los registros de Prelorán, las “historias de vida o las letras del folklore—, y la aperiencia concreta en la zona o el acercamiento a su historia, transita un paquete de relaciones culturales profundas que nuestra cultura no reconoce como tales, que no jerarquiza ncomo corresponde, que no termina de integrar, que lee mal, reduciénclolas muchas veces a color local, pintoresquismo, regionalismo o folklorismo exóticos.

No me olvido de los muchos que hicieron y que hacen para que esto no suceda. Pero lo cierto es que nuestra cultura ha sido y es hegemonizada, en gran medida, por sectores cuya conciencia nacional es debil y precaria (cuando no contradictoria, inexistente o caricaturesca) y que por ello son incapaces de ubicar el proceso de integración cultural - territorial del país en el centro de nuestra problemática político-cultural.


11. Quisiéramos ubicar estas reflexiones sobre la cultura del territorio en el marco de dos problemáticas no muy tomadas en cuenta por el análisis político-cultural en nuestro país. Una es la referente a toda esa cultura crecida en el mundo a partir de las polémicas sobre los “límites del crecimiento” y la crisis del petróleo, cultura que, a través de los diversos “alternativismos”, hoy nos llegan en versiones europeas o norteamericanas sin que hayamos elaborado culturalmente nuestra propia versión; la otra, es la referente a la construcción de un modelo nacional que ubique claramente a la Argentina frente a los modelos internacionales que nos son o nos serán propuestos. Ambas problemáticas, estrechamente relacionadas entre si, exigen un replanteo de fondo y totalizador de nuestra relación con el territorio (recursos, política demográfica, hábitat, calidad de vida, concepción del ecosistema, división internacional del trabajo, perfil industrial, valor de las culturas nacionales, etc.). Replanteo que no sólo exige un conocimiento integral del país sino también de cómo ese país fue, en medio de la dependencia cultural y económica, elaborando su propia identidad territorial, económica, social. Una identidad muchas veces agredida, parcelada, bloqueada. Pero fuerte y existente. Porque tiene una continuidad donde apoyarse.

Porque hubo un comerciante aventurero que se llamó Vernet y un gaucho rebelde que se llamó Rivero. Porque hubo gobernantes como el general Guido y diplomáticos como Manuel Moreno que se animaron a pelear solos contra la política palmerstoniana. Porque hubo hombres como Piedra Buena que defendieron con todo nuestros territorios australes. Porque hubo estudiosos, historiadores, políticos, viejos nacionalistas que nunca resignaron nuestra integridad territorial. Y también porque hubo hombres, como Scalabrini Ortiz, que denunciaron y desmenuzaron pacientemente la presencia del imperialismo inglés en la Argentina. Un imperialismo que no por haber dejado de actuar económicamente como otrora dejó de pesar en las matrices culturales de muchas políticas económicas que se quisieron implantar en el país. Un imperialismo, que aún sin el auxilio de teóricos e historiadores, visualizaron muy bien las clases trabajadoras de la primera mitad de nuestro siglo que convergieron en ese gran movimiento de integración territorial y social del país que, tras las huellas del yrigoyenismo, fue el peronismo.

 

Notas.


(1) En las cuales escribe como chileno proponiendo el dominio de Chile sobre el estrecho de Magallanes. Los artículos de Sarmiento fueron publicados por Ricardo Font Ezcurra en La unidad nacional, Buenos Aires, Ediciones Theoria, 1961.

(2) Los tres casos son profundizados por don Arturo Jauretche al analizar las “Zonceras sobre el espacio” en Manual de zonceras argentinas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1980, 8ª edición, p 39, 51 y 179.

(3) Federico A. Daus: “La conciencia territorial de los argentinos y su raíz geográfica” en: P. H. Randle editor: La conciencia territorial y su déficit en la Argentina actual, Buenos Aires, OIKOS, 1918, p. 180.

(4) Carta escrita desde París el 5 de mayo de 1899 a Francisco Subercasaux. Citada por Raúl Rey Balmaceda en: Limites y fronteras de la Argentina, Buenos Aires, OIKOS, 1979, p. 351.

(5) En 1956 Ernesto Hueyo había sos tenido en La Prensa que la Argentina tenía exceso de población, y proponía la emigración del excedente de argentinos innecesario para la economía pastoril. Diez años después el presidente de la Sociedad Rural, Faustino Fano, afirmaba que la población conveniente a la Argentina era la emergente de la relación cuatro vacunos por cada hombre lo que implicaba una población “óptima” de doce millones de habitantes. Véase Arturo Jauretche: El medio pelo en la sociedad argentina, (Apuntes para una sociología nacional), Buenos Aires, Peña Lillo, 1974, 12ª edición, p. 49. Textos relativos a esta problemática hemos seleccionado en Arturo Jauretche: La “colonización pedaógica” y otros ensayos. Selección y estudio preliminar por Aníbal Ford, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1982, colección Capítulo, Biblioteca Argentina Fundamental.

(6) Aldo Ferrer: “La Argentina preindustrial”, en Clarín, 12 de marzo de 1982.

(7) Aldo Ferrer: Nacionalismo y orden constitucional, México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1981, p. 230.

(8) Coronel Manuel J. Olascoaga: Topografía andina. Aguas perdidas, Buenos Aires, Cabaut y Cia,, 1935, p. 94. Biblioteca de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, vol. 1.

(9) No son muchos los que han rescatado el pensamiento territorial nacional del coronel Olascoaga. Entre ellos, Fermin Chávez (Historicismo e iluminismo en la cultura argentina, Buenos Aires, Editora del País, 1917) pp. 105. 111; y Militares de la soberanía, Edición Mimeografiada, Buenos Aires, Pueblo Entero, 1981 pp. 9 - 12) y Osvaldo Guglielmino: “Cultura y Conciencia Territorial” en Pensamiento y Nación (Buenos Aires, 1:35-42, noviembre-diciembre de 1981, p. 40).

(10) Op. Cit, p. 364.

(11) “Un grave error” en LaRazón, 6(¿) de abril de 1982.

(13) El análisis específico de estas falencias constituye un trabajo en curso de preparación del autor de esta nota y el licenciado Jorge campodónico.

(12) Carta citada por Diego Luis Molinari en: “La Primera Unión del Sur”. Orígenes de la Frontera Austral Argentino-Chilena Patagonia, Islas Malvinas y Antártida. Buenos Aires, Editorial Devenir, 1961, p, 54. Las formas acríticas y no nacionales en que fuera visto el viaje del Beagle fueron analizados en: Aníbal Ford: “Darwin, Fitz-Roy y nosotros”, en Clarín, 5 de noviembre de 1981.

(14) Carlos Correa Luna: “La obra del Instituto Geográfico Argentino”, en Boletín del Instituto Geográfico Argentino; XVII: 239-245 1896.

(15) La importancia del periodismo como medio educador en la Argentina y especialmente como medio alfabetizador fue puntualizada en: Aníbal Ford y Jorge B. Rivera: “Die Massenmedien” en:
José & Fried Zapata, editor: Argentinien, Tübingen, Horst Erdmann Verle 1977, p. 317 y sgts.

(16) Obsérvese cómo persiste en Sarmiento, como en Rivadavia, la idea de repliegue territorial.

(17) Luis A. Piedra Buena: “Memorandum escrito en Buenos Aires el 13 de enero de 1872 en: El capitán Luis A. Piedra Buena. Su centenario. Buenos Aires, Biblioteca del Oficial de Marina, 1933.

(18) Las contradicciones de Sarmien sobre el territorio fueron analizadas, al un brillante trabaio, por el padre Guiller mo Fur 5. J.: “Sarmiento y la geografía argentina”, en: Anales de la Academia Argentina de Geografía, 5,: 60-84, 1961.

(19) Juan V. Monticelli: Far-west argentino, Buenos Aires, Tipografía de Cole gio Pío IX, 1933.

(20) En diversos trabajos hemos analizando la historia del deterioro del oeste pampeano. Entre ellos: “Allá en la costa ’el Atuel no hay corderos pa’ comer” (en: Crisis, 39, p. 8-15, Buenos Aires, julio 1976) y “Curacó” (en: Clarin, 4 de diciembre de 1980).

En este número:

Cultura lumpen, política lumpen

por Domingo Arcomano

Izquierda tilinga y derecha mistonga

por Diego Gutiérrez Walker

Memoriables

por Domingo Arcomano

La iniciación literaria de Julio Cortázar, más allá de Borges y Marechal (Segunda y última parte)

por Eduardo Romano

¿Qué he hecho yo para merecer esto? El cine hispano desde la loca Juana hasta el follametín y la digitalia

por Abel Posadas

La muerte de Mercedes Sosa: "En cuestión de gustos no hay nada escrito..."

por El escarmiento

Que trata de putos(*), del Estado y del matrimonio entre especies

por Domingo Arcomano

“Antología del ensayo uruguayo contemporáneo”

por Carlos Real de Azúa

¿Adónde va el Uruguay? (fragmento)
por Alberto Methol Ferré

Prólogo a "La formación histórica rioplatense"(*) de Luis Alberto de Herrera

por Alberto Methol Ferré

Una morada en la tierra (Notas sobre la cultura del territorio en la Argentina)

por Aníbal Ford

Curacó

por Aníbal Ford

Contra la identidad

por El Escarmiento

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