"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

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Domingo Arcomano 


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Año II, Volumen Nro. 14 - Diciembre de 2009  

CURACÓ(1)

por Aníbal Ford

 

Busco un río. Un río que se tragó el desierto y que ahora ha vuelto a revivir. La avioneta entra en una térmica y pega una violenta sacudida. La cámara se me va para arriba y el estómago también. Vuelvo a enfocar, y ahí está, como hace siglos, el prehistórico Curacó venciendo al desierto y vertiendo sus aguas en el Colorado. La avioneta emprende un amplio círculo, y disparo repetidamente la máquina. No sólo intento registrar un hecho geográfico poco común —es la segunda vez que el Curacó llega al Colorado en lo que va del siglo—; también estoy siguiendo al viejo Zeballos que hace justo cien años, bordeando la insolación y el desastre, descifró las incógnitas de este río. Asimismo busco aclararme qué será de estas tierras despobladas, en lento proceso de desertización y regresión ecológica. La vista se pierde en las mudas travesías que fueron territorios de Calfucurá mientras la avioneta cierra su giro y reingresa en La Pampa. Ahí abajo, marcando los confines del País del Diablo, el Curacó vuelve a buscar al Colorado por ese cañón de pórfido que horadó durante milenios, verdeando apenas la estepa arbustiva, dándole un final exorreico, como entrevieron Rosas y Roca, a la cuenca del Desaguadero-Salado.

Sobre la mesa de la cocina de Servillano Salas, puestero de Lihué Calel, quedaron apartados los textos de Olascoaga, Ambrosetti, Costa, Monticelli, Stieben. Alguien puntea una milonga, se menciona a Luis Acosta García, se buscan noticias sobre las antiguas minas de cobre que hacia principios de siglo explotó el chileno Sepúlveda. En algún silencio de la conversación parsimoniosa me quedo detenido en una historia de una estancia del lote doce, una historia que ya escuché otras veces en el oeste pampeano: la aparición en la noche de los ruidos de la esquila, el murmullo de la comparsa, el chirrido de las tijeras. Ruidos de trabajo que suelen aparecer, o persistir, en tierras que se fueron despoblando. Los departamentos de Chalileo, Limay Mahuida, Curacó, Lihué Calel que venimos recorriendo —navegando, bordeando o sobrevolando el Salado— no llegan hoy al habitante por cada doce o trece kilómetros cuadrados. Un desierto que crece lentamente en medio de la Argentina. Afuera es noche cerrada y una llovizna prolija cae sobre los cerros que, esperanzado, Zeballos denominó de la Sociedad Científica Argentina. Adentro, en la penumbra de la cocina, la guitarra cambia de mano.

Hace un siglo el Salado o Chadileuvú venía bajando desde el norte, desde La Rioja, y recogiendo las aguas de los ríos Jáchal, San Juan, Mendoza, Tunuyán, Diamante y Atuel. Desconocido tanto por los viajeros de la colonia como por los cartógrafos de Arenales, este imponente "desaguadero" seguía hacia el sur formando extensísimos bañados después del paralelo 36, ahí donde comenzaba a enredarse con el Atuel, hasta la laguna de Urre-Lauquén donde el inmenso río se perdía o insumía, como lo testimonió por primera vez, en 1805, la cautiva Petronila Pérez al viajero Luis de la Cruz.

Pero otras veces, y con cierta regularidad, el Salado desbordaba las lagunas de Urre-Lauquén y La Amarga para precipitarse impetuosamente por el Curacó hasta el Colorado. De ahí la verosimilitud del dato de Falkner, quien afirma que esta vía fluvial fue navegada del Atlántico a Cuyo; y la explicación de esa enorme ancla que, según el padre Monticelli, fue hallada a principios de este siglo en los alrededores de Puelches. También la esperanza de los mendocinos: ya sobre el final del XVIII, un capitán de las milicias de Mendoza, Sebastián de Undiano y Gastellú, había soñado con la llegada de los bastimentos españoles a "las ahora desiertas costas patagónicas en busca de los cueros, sebo y lanas" producidos por Cuyo y llevados hasta el Atlántico por vía fluvial.

Esta idea de conectar Cuyo con el Atlántico mediante la navegación interna persistió durante todo el siglo XIX. Rivadavia proyectó un famoso canal de Los Andes que, según Vicente Fidel López, sólo sirvió para juntar dinero para combatir a Bustos y Quiroga: Rosas, durante toda la campaña al desierto de 1833, insistió en la importancia de la comunicación entre el Salado y el Colorado, cosa que no pudo comprobar, aunque sí pudo visualizar como problema un hombre de su ejército, el coronel Velasco, jefe del estado mayor de la división de la derecha, comandada por Aldao. Plantado frente al Salado en una de las confluencias de éste con el Atuel, a la altura de Limay Mahuida, Velasco anotó en su diario: "El Salado tiene una bella perspectiva porque es magnífico en la cantidad inmensa de agua que lleva... es sin duda navegable con fragata y es muy posible con el gasto de 4.000 pesos reunirle con el Colorado y darle dirección facilísima de Bahía Blanca..."

Dato importante, aunque fantasioso. Lejos estaba Velasco del Curacó, y ni él ni otros habían podido testimoniar de visu qué pasaba más allá de Urre-Lauquén, en esos territorios dominados totalmente por los indígenas. ¿Se insumía el Salado? ¿Había un río que lo prolongaba hasta el Colorado? ¿Era este río navegable? Casi todos confiaban en la navegabilidad del Atuel y del Salado, pero ¿qué pasaba después? Lo cierto es que Roca en 1878 todavía se preguntaba lo mismo. Justamente sobre el filo de la campaña, en setiembre de ese año, le escribía a Zeballos, al acusar recibo del original de La conquista de las quince mil leguas, diciéndole: "Tenemos además que corregir la geografía de esa región y averiguar por prolijos estudios hidrográficos sobre las innumerables corrientes que se desprenden de los Andes... y se precipitan al mar por el Colorado y el Negro; sí, como dice el coronel Velasco que acompañó al fraile Aldao en su expedición de 1833 al sur de Mendoza, el Chadileuvú y el Atuel son navegables por bergantines y fragatas y sí se podría vaciarlos con un costo de 4 o 5 mil pesos en el Colorado..." Y agrega Roca: "Los ricos y variados frutos minerales y agrícolas de la provincia de Mendoza tendrían su salida fácil y barata por Bahía Blanca".

Los interrogantes de Roca no podrían ser contestados por Ebelot, que recorre la zona poco después acompañando a Winter y a Levalle. Pero sí por Estanislao Zeballos, quien, un año después, en diciembre de 1879, en una de las expediciones más duras que recuerde la historia del conocimiento geográfico de nuestro país, comprobaba, palmo a palmo, la existencia de un cauce, seco en ese momento, que comunicaba la laguna de Urre-Lauquén con el Colorado: el río o arroyo Curacó, al que denominó Calfucurá. ("El río estaba allí —nota Zeballos—, el problema que había preocupado a los geógrafos y estadistas durante dos siglos quedaba definitivamente resuelto.") La conexión fluvial de Cuyo con el Atlántico era difícil, pero no imposible.

(Comparo: el Salado que vieron Cruz o Velasco, con su rica fauna lagunera, sus islas verdes, sus buenos 200m3/s, y el Salado que navegamos meses atrás, con sus escasos 20m3/s, atropellando bancos, troncos y desechos, pasando por arriba de algún jagüel o de algún alambrado que testimoniaban sus muchos años de seca; comparo también: los enormes bañados que formaban con sus derrames el Atuel y el Salado, esos bañados, que en 1879, Rudecindo Roca con su tropa tardó más de dos días en cruzar "con el agua hasta la raíz de los muslos", y esos brazos secos y borrados del Atuel, casi irreconocibles, como el que venía por detrás del puesto Vallejo para unirse al Salado donde está ahora el puente de la 143.) El Salado y el Atuel comenzaron a achicarse en lo que va del siglo a raíz de los aprovechamientos de “aguas arriba". El Atuel se secó del todo cuando se inauguró el Nihuil, en 1947. Entonces todo el sistema, que hasta ese momento llegaba bien a las lagunas (se pescaba fuerte en Puelches), se retrajo. Apenas hacía treinta años que había comenzado la colonización del oeste pampeano y ya sonaban a historia los entusiasmos posteriores al centenario: "Una de las primicias del territorio de La Pampa, el Valle de Beaufort, ¡En el río Salado! ¡La región más fecunda para la procreación de lanares! ¡Prados abundantes!...". Se secaron los ríos, y comenzó lo que el poeta denominó la "diáspora saladina". Pueblos incipientes como Algarrobo del Águila se transformaron en pueblos fantasmas. Estancias fuertes como Ventrencó fueron desalambradas. El departamento de Chalileo tenía, en 1947, 15.400 vacunos y 142.700 ovinos. Veinte años después estas cifras se habían reducido a 3.800 y 54.200 respectivamente.

Pero la desgracia no vino sólo por la desaparición de los ríos, sino también por los "años malos", y éstos afectaron tanto al este como al oeste. El este, colonizado después de 1880, fue un "boom" hacia principios de siglo, la prolongación de la provincia de Buenos Aires. "Los tiempos se han cumplido. El pavoroso desierto del pasado, la terrible incógnita de nuestros mayores, las vastas y solitarias planicies que durante siglos fueron el antemural del salvaje contra la civilización, La Pampa, en fin.... crece más rápidamente que sus hermanas....., constataba un cronista viajero de Caras y Caretas en 1907. Pero poco duró la ilusión. Antes de 1930 comenzaron las secas y los vientos, el polvo y la erosión, un proceso en el cual de alguna manera había pesado la mano del hombre: la tala indiscriminada del caldén para proveer de combustible a las locomotoras durante la primera guerra y la explotación inadecuada de los suelos en el avance ciego de la frontera agro pecuaria de principios de siglo. Errores del hombre en la problemática del este y del oeste sobre los que no dejaron de alzarse voces alertas como la de don Enrique Stieben, que dejó páginas magistrales sobre la ruptura del equilibrio biológico en La Pampa, o la del padre Monticelli, quien, en enero de 1930, al comienzo de los "años malos", escribió en su diario de naturalista viajero palabras no solo constatadoras sino también presagiantes: “La Pampa no tiene arreglo: la mano del hombre sólo se encargará de agravar la sed de sus arenas suprimiendo la poca agua que la naturaleza había encauzado entre las márgenes del Salado”.

La avioneta enfila hacia el norte. Sobrevolamos el Curacó, desandando el itinerario de Zeballos: La Vuelta de Carranza, La Vuelta del Tigre, Los Jagüeles de la Fuga... ("Querido teniente: levantar por primera vez, siquiera imperfectamente, un croquis geográfico de este río, es una empresa que compensa los sacrificios hechos, pues somos los primeros hombres de estudio que lo hallamos y lo revelaremos al mundo científico...") En el horizonte comienzan a dibujarse algunas figuras. A la derecha, suspendidas en la bruma, las sierras de Lihué Calel, a la izquierda el caserío disperso de Puelches, enhebrado con Lihué por las líneas que vienen de El Chocón y van hacia el este; en el centro, celeste y lechosa, casi sin límites, la laguna de Urre-Lauquén. Zona estratégica: "Allí han sido —le escribía el coronel Olascoaga a Zeballos— los campamentos de Mariano Rosas, Epumer, Baigorrita, Pincén y Namuncurá". La idea de Olascoaga era venir navegando el Atuel y el Salado para caer con caballada fresca sobre esos lugares, conjunto estratégico —asentamiento, comunicación, defensa— de los imperios indígenas.

Una "región australiana o del Illinois... Un magnífico emporio agrícola e industrial, cruzado por una dilatada arteria fluvial, cómoda, barata, jalonada por estanques de retención que aseguran por medio de regadíos, permanentes y metódicamente distribuidos, la agricultura intensiva..." Tras el viaje de Zeballos comenzaron los proyectos para canalizar y transformar en vía navegable el trayecto Atuel, Salado, Chadileuvú, Curacó, Colorado. Comenzaron los grandes sueños sobre el porvenir de la zona. Olascoaga, Floro Costa, Huergo, Barraquero. Al defender en 1908 el proyecto de este último en la Cámara de Diputados, afirmaría Manuel Carlés ya en el colmo de la ilusión fluvial: "No nos moriremos sin poder embarcamos en Jujuy para desembarcar en Cherburgo o en Southampton". Los proyectos de canalización de estos ríos y de desarrollo de la zona, sin duda ubicables entre los más ambiciosos de fines de siglo pasado, forman hoy parte de la historia de nuestras utopías. Pero desde la utopía también suelen señalarse cosas bien concretas, y en este caso lo eran: la necesidad de crear una vía de comunicación alternativa ante el alto costo del flete ferrocarrilero; la necesidad de encarar el desarrollo económico y la integración territorial del país en forma realmente global; la necesidad de basarse en una ética del progreso que no era, por cierto, la que empezaba a pesar en el puerto. Al defender la canalización de estos ríos, afirmaba Olascoaga, en su libro Topografía andina. Aguas perdidas (1909): “Un canal navegable como el que se propone es fuerza que sea el verdadero camino industrial del pueblo... la vía por donde el pobre se conduce hacia su mejoramiento llevando sobre sus hombros el engrandecimiento del país. Si hay tracción para abreviar los transportes, la pagará quien puede. El pobre agricultor que no puede pagar se conducirá en su canoa o jangada de propia confección y, aunque el viaje dure, no gastará más de lo que consume en su rancho. El secreto de la población y de todos sus progresos es el camino barato donde se mueven los pequeños: el conjunto de bienestar de éstos va directamente a la grandeza de la nación... Valen más para el desenvolvimiento étnico diez ranchos de paja felices que un palacio".

Abajo el Curacó, recuperado precariamente, serpentea por el desierto, cortando huellas y caminos que señalan sus muchas décadas de seca total: serpentea por el puro jarillal y no por praderas como las de Australia o del Illinois tal cual lo había imaginado el articulista del Boletín Geográfico Argentino, que comentaba el proyecto de Costa en 1896. No circulan por él barcazas trayendo frutos y minerales de Cuyo, tampoco se ven los canales de riego o las praderas de agricultura intensiva. Serpentea en un desierto ilimitado, poblado de interrogantes, de milongas del "ya no se ven”, de historias de criollos e inmigrantes, bandidos y pioneros que intentaron ganarle al desierto. La avioneta comienza a girar hacia la izquierda, pasa por arriba de las poderosas torres de El Chocón y enfrenta esa cruz de tierra parda y arbustos que es la pista de aterrizaje de Puelches. Tocamos tierra. Comenzamos a entrar en un pueblo disperso, de casas desparramadas que testimonian un proyecto mayor que no pudo ser. A un costado se alza, silenciosa, la pequeña iglesia donde relucen algunas piedras verdes, cargadas de cobre, traídas seguramente de las viejas minas abandonadas. Caminamos por un pueblo donde la estepa termina ahí nomás, confundida con el patio de las casas.

1) En el diario Clarín (04/12/1980)

 

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