"Y aquellos que pervirtieron la voluntad del pueblo fueron puestos de rodillas, maniatados y sometidos por la fuerza..."

Codex Supliccium, III-24
 
 

Editor:
Domingo Arcomano 


Año IV, Volumen Nro. 20 - Octubre de 2013  
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CUANDO BORGES NO ERA BORGES
(O la historia fraguada o por qué
los “kirchneristas” son borgeanos)

Borges supo pasear literariamente por un amplio espectro de la ideología política que arranca con su celebración de la Revolución Rusa, sustituida al poco tiempo por su también emotiva adhesión al radicalismo Yrigoyenista: algo más tangible para un joven que se veía aupado al reconocimiento social desde un modesto origen en el que predominaban los laureles de un “patriciado” de tercera por sobre las “efectividades conducentes”. Claro que la cosa cambió cuando otros muchos, de aún más modesta condición, ocuparon sin permiso el confortable espacio semidesértico que los incipientes marginales de las clases medias querían disfrutar sin molestias mirando plácidamente hacia arriba. Lo que siguió es historia conocida. El terror orteguiano a las “masas” poco refinadas del peronismo, la protección económica-editorial de una dama afrancesada que abominó de su protofascismo italiano cuando los alemanes ocuparon París (“¡Ah, París”!) y la tríada griega (madre/sexo/ceguera) que dilapidó lo más vital de su existencia, fueron decantando al Borges celebrador de Pinochet y de Videla.

En 1926 publica “El tamaño de mi esperanza” donde recoge trabajos de diversa calidad aparecidos en revistas (Proa, Valoraciones, Nosotros). Es precisamente en “Valoraciones” (pp.222/24) donde publica el artículo que da título a la recopilación (editado por Proa, también en el 26) y que parcialmente reproducimos abajo.

En julio de 1968 aparece en el Boletín del “Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas” (2da. Época, I, 1) un “suelto” de Galo García Godoy titulado “Jorge Luis Borges ¿ROSISTA?” (pp. 4/5) pequeña obra maestra que sin la ironía que la atraviesa sería brulote.

Allí, nuestro ciego ilustre es primero celebrado  como singular pionero del revisionismo histórico así como de valiente sostenedor del criollismo en “épocas tristes”, para finalmente ofrecerle  la tribuna del Instituto y proponerle el tema de disertación: “Yo y Rosas”, elevando el ego borgeano al rango de potencia.

El salto necesario que le garantizaba la pequeña gloria buscada (la literaria) Don Jorge Luis lo dio con innegable muestras de fidelidad a sus “amigos” de la Revista “SUR”, gente de grandilocuencia democrática-barroca cuando de política se trataba, y de fría pasión por el asesinato de peronistas después del año 1955. En este plano se ubicaron por debajo de la demencia de Martínez Estrada, quien cuando tímidamente criticó los desmanes de Aramburu y Rojas, fue violentamente atacado por el mismo Borges sosteniendo que ninguno peor que Perón podía existir, ni siquiera Aramburu y Rojas fusilando inocentes.

Y a Borges no le quedó otro remedio que el de “quemá esas cartas”: Prohibió de por vida la reedición del “Tamaño de mi esperanza”: ¿Cómo seguir presentándose en sociedad cuando repudiaba “la segunda tiranía” (Perón) si había hecho la apología de la primera (Rosas) con denuncia incluida?

Alguien señaló –en una doble descalificación- que la “vida” del muerto está en manos de sus biógrafos, omitiendo considerar el papel de las viudas del muerto: Gracias a la cónyuge supérstite (La Gran Viuda) el libro volvió a circular extrayéndolo del manoseo masturbatorio de los coleccionistas alentados por otras viudas borgeanas (los libreros) las que, algunas (las menos) con lágrimas honestas siguen llorando la muerte del escritor.

Borges tuvo que traicionarse a sí mismo y tergiversar la historia para subirse al modesto panteón.

¿Cómo explicar si no los siguientes párrafos?

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EL TAMAÑO DE MI ESPERANZA por Jorge Luis Borges
“A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su sangre, y con ellos no habla mi pluma. Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país. Mi argumento de hoy es la patria: lo que hay en ella de presente, de pasado y de venidero. Y conste que lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y que ese ensayo es la esperanza.
¡Bendita seas, esperanza, memoria del futuro, olorcito de lo por venir, palote de Dios!
                ¿Qué hemos hecho los argentinos? El arrojamiento de los ingleses de Buenos Aires fue la primer hazaña criolla, tal vez. La Guerra de la Independencia fue del grandor romántico que en esos tiempos convenía, pero es difícil calificarla de empresa po­pular y fue a cumplirse en la otra punta de América. La Santa Federación fue el dejarse vivir porteño hecho norma, fue un ge­nuino organismo criollo que el criollo Urquiza (sin darse mucha cuenta de lo que hacía) mató en Monte Caseros y que no habló con otra voz que la rencorosa y guaranga de las divisas y la voz póstuma del Martín Fierro de Hernández. Fue una lindísima voluntá de criollismo, pero no llegó a pensar nada y ese su empaca­miento, esa su siesta chúcara de gauchón, es menos perdonable que su Mazorca. Sarmiento (norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo) nos europeizó con su fe de hombre recién venido a la cultura y que espera milagros de ella.
Después ¿qué otras cosas ha habido aquí? Lucio V. Mansilla, Es­tanislao del Campo y Eduardo. Wilde - inventaron más de una pá­gina perfecta, y-en las postrimerías-del siglo la ciudá de Buenos Aires dió con el tango. Mejor dicho, -los arrabales, las noches del sábado, las chiruzas, los compadritos que al andar se quebraban, dieron con él. Aún me queda - cuarto -de siglo que va del nove­cientos al novecientos veinticinco y juzgo sinceramente que no de­ben faltar allí los tres nombres de Evaristo Carriego, de Mace­donia Fernández y de Ricardo Güiraldes. Otros nombres dice la fama, pero yo no le creo. Groussac, Lugones, Ingenieros, Enrique Banchs son gente de una época, no de una estirpe. Hacen bien lo que otros hicieron ya y ese criterio escolar de bien o mal hecho es una pura tecniquería que no debe atarearnos aquí donde ras­treamos lo elemental, lo genésico. Sin embargo, es verdadera su nombradía y por eso los mencioné.
He llegado al fin de mi examen (de mi pormayorizado y rá­pido examen) y pienso que el lector estará de acuerdo conmigo si afirmo la esencial pobreza de nuestro hacer. No se ha engen­drado en estas tierras ni un místico ni un metafísico ¡ni un sen­tidor ni entendedor de la vida! Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel: gran ejemplar de la fortaleza del individuo, gran certidumbre de saberse vivir, pero incapaz de erigir algo espiritual, y tiranizado al fin más que nadie por su propia tiranía y su oficinismo. En cuanto al general San Martín, ya es un ge­neral de neblina pare nosotros, con charreteras y entorchados de niebla. Entre los hombres que andan por mi Buenos Aires, hay uno solo que está privilegiado por la leyenda y que vá en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Irigoyen (…)”

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                             Como se ve, el abandono de la historia  permite luego montarse en los “nobles odios” que profesaba Mitre –fundador de esta clase de religión- contra Rosas, y contra cualquier cosa que lo mente. Pero como la Historia, la narrada,  tampoco tolera vacíos, se requiere la tergiversación como paso que sucede al ocultamiento. Borges la elaboró en forma de cuentos y mala poesía o evadiéndose en ensayo donde practicaba en cuotas el ajuste de cuentas con su pasado “rosista-criollista”.

                               Esta cultura borgeana de la mala fe intelectual ha creado escuela tras su muerte (esperamos que no quede instalada como “borgismo”): La negación del propio pasado, o bien la ocultación de sus aristas que puedan resultar a propios y extraños las más repudiables;  sin la honestidad al menos de explicar  la causa de los cambios o la naturaleza de las nuevas posiciones, es el pan cotidiano que alimenta a la nueva camada de viejos “progresistas”.

                                      La pretensión de “refundar la historia” como apropiación del pasado, tal como fuera programada por la Escuela mitrista (algo mas que un epifenómeno del proyecto burgués colonial de los 80), hace sus primeros tanteos en la actualidad a partir de la reivindicación de los 70´, el macaneo  histórico y la desesperación por crear una genealogía de la izquierda, condenada irremediablemente al fracaso. Todos los grupos y subgrupos, como en el árbol darwiniano, tienen un origen común (en este caso, político cultural: la barbarie, el extranjerismo) pero niegan tener un pasado común, que genera distintas líneas de interpretación historiográficas: las asediadas por el anarquismo, el estalinismo,  el trotzkismo, el socialismo…mas todas sus variantes. Lejos de intentar integrarse al coro polifónico que expresa una cultura nacional, en este caso la argentina, la anteojera falso-clasista (hoy léase: la apología de los “movimientos sociales”) es elevada a veces a densidad teológica y con colorido de discusiones de Concilio, constituyendo el puente de plata que los lleva a la  auto-alienación consentida sin culpas, y a rebuznar desde el otro lado del alambrado.

                                     Su mejor ámbito para perpetrar esta especie de ejercicio profesional que constituye un medio de vida (en un sentido ecológico) lo constituye el mundo “académico”, con el que no temen intersectar, mediante una especie de técnica del “entrismo” puchereador, pero que tan malos resultados les dio siempre en términos de acción política. Así, conviven en forma alegremente exasperada con el vacío intelectual, la pesadez y las discusiones de la última moda en librerías. ¿La Nación, los trabajadores? Bien, gracias. Como siempre: inexistentes.

                                Con este nuevo “paradigma epistemológico”, como les gusta decir,  de abordaje de las “luchas populares” (de las que estuvieron ausentes), el aventurerismo militarista de los 70 resulta idealizado mientras se pierden en la bruma crímenes políticos, traiciones y delincuencia común que permiten fabricar por descarte  un “lado bueno”, mientras que el resto (el videlato y su cría) pasa a integrar “el eje del mal”.            
                    
                                 Esta reescritura simplista abusa de muchachos un tanto ágrafos cuyo talento interpretativo está impulsado por la catarsis adolescente, alimentándose de la tardía recirculación de Fanon (un pensador relevante en Argelia, pero Histórico, materia de interpretación, no de aplicación), Cooke y el algo demodé Ernesto Guevara, autores que permiten “oler el peligro” a la vez que facilitan el estentóreo grito revolucionario…pero nada más.

                                  No dar cuenta (los viejos) de su propio pasado, de sus transfugadas, ocultando o tergiversando sus acciones, mientras se abusa de menores (y otros de minoridad mental) drenando una sinopsis literaria en la que no creen, define la “práctica historiográfica” que se pretende instalar desde el Gobierno, de la que hemos dado cuentas reiteradas veces en éstas páginas.

                                    El “kirchnerismo” no solo celebró (y sigue celebrando) a los “jóvenes idealistas” de los 70 (calificativo el de “idealistas”, en política, ya de por sí denostador) sino que aplaudió y dio de comer a gorilas remachados, cómplices morales de los asesinatos de José León Suárez de 1956, del fusilamiento del Gral. Valle y sostenedores de la Junta Militar del 76 como Ernesto Sábato (ver “El Escarmiento Nº  9  Agosto de 2008). Entonces ¿por qué no ser borgeanos?
                                                                                d.a.

 
En este número:

Editorial: "La década trucha"
por Domingo Arcomano

"Kirchnerismo" e ideología
por Román Correa

Crítica de la "militancia"
por Román Correa

Cuando Borges no era Borges
D.A.

Sobre una estética nacional
D.A.

Tabordiana (Primera Parte)
D.A.

EDUARDO ROMANO: Puro biógrafo y otras inconveniencias
Comentarios de:
Jorge Lafforgue
Domingo Arcomano
 

SABINA SPIELREIN: La destrucción como orígen del devenir (traducción directa del alemán)
 
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