Cultura- Página 2

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LA POESÍA DE LAS HISTORIAS

I- “PURO BIOGRAFO”, de Eduardo Romano
(Buenos Aires, Ediciones Activo Puente, 2013, 157 págs.)
“Y entonces bajamos a la nave,
Enfilamos la quilla a las rompientes, nos deslizamos en el mar divino,
(…)
Abrumados por el llanto, y los vientos soplaban de popa
(…)
Nos sentamos luego en medio de la nave,
Mientras el viento hacía saltar el eje del timón,
Así, con la vela desplegada, navegamos hasta el final del día.”

Ezra Pound (Cantos, I )


“La vida es un viaje de ida y a mi
me picaron el boleto”
(El gordo Fernández)

La buena poesía es esa biografía que el poeta escamotea a sus biógrafos. No es difícil advertir que el adjetivo apunta a que la poesía de los últimos tiempos en la Argentina ha degradado entre la trivial antología de amigos y los anémicos esfuerzos finales que patetizaron (sin “n”) Gelman y Lamborghini, voluntariamente “desenterados” que no tenían nada más para decir cuando comenzaron a ejercer la “literatura profesional”, la del artefacto como repetición.

Al margen, algunas producciones (el mismo Romano, Eduardo Álvarez Tuñon, Alejandro Rubio entre otros pocos) sirven de puentes de unión con la poesía anterior a los 60, estableciendo una sobresaltada continuidad.

Curiosamente, en la poesía argentina ninguna renovación estética se produjo desde el “coloquialismo” de aquel periodo, sino en todo caso su radicalización, cuyos temas esenciales pasaron del optimismo de horizonte a la melancolía vertical. Claro que este mal humano, (la melancolía digo) viejo como el agua se dispara sin aviso previo hacia el trasmundo (el de arriba y el de abajo).

Del cine de antes, del “biógrafo”, sabíamos que la película era una sucesión de cuadritos, de fotos y “Puro Biógrafo” es una sucesión de cuadros que reescribe la película dándole un guión mítico a la cosa. Porque si bien no hay mito sin historia, tampoco hay poesía sin historia.

La ironía nada impersonal que permite salvar a la ternura y a la angustia del desastre, va apilando los fotogramas como en una novela por entregas que arranca con el viaje fatal, el que condena al animal de la especie humana a ser el “viator”- el viajero- y primer extranjero de su propia obra (“Inmigrantes”).

Pero “Puro Biógrafo” también es metáfora (´ese tránsito de lo sensible a lo sensible a través de la forma’), en este caso de nuestra modernidad, de la construcción de seres complejos cuyo fondo, como el de las fotos, resulta en una segunda vista más inquietante que al principio. Porque si el inmigrante arrastra su nudo de sueños ¿acaso no hace otro tanto nuestro criollo en su doble tarea de vivir y servir el somnoliento mundo de varias culturas? (“Don Santiago” /”El Cautivo”).

Biografía escamoteada, puro biógrafo, con la carne levantando vuelo en historias reales o de real fingimiento o imaginadas en su realidad del “cuadrito”. Porque si el margen es su fantasía, la línea de fuga, no es menos cierto que desde otro margen imponente, el que va del campo -ya arrabal- al centro, las historias encarnan en fragmentos de vidas que se fragmentan tejiendo la historia personal y la otra.

Aquí no hay tono burlón ni costumbrismo (por las dudas se ataja el autor) sino una odisea y una épica ajena a la eternidad, en la cual no es difícil reconocerse, porque el libro está cargado de muertos y el protagonista fundador carga también algún muerto inminente sobre los hombros.

A su modo, es una poesía trágica. Basta si no releer “Rivadavia 18.300”: no es la foto “de las cosas que se piantan” (“Culpa seguro de mi viejo, cuya esforzada labor/ de “lapicero” -así decían- lo forzó a transcurrir/ por más de cincuenta domicilios clandestinos”) sino la del peso del comienzo trazando nuestra vida, que es como decir nuestro final.

Pero ese trabajo cansa, y se advierte en “Candelaria” su eco pavesiano (“Ya se sabe que volver a casa es difícil”), mientras dibuja la genealogía de una generación en la laberíntica de Buenos Aires, peronismo incluido. Generación con una porción tachada (Rivera, Ford, Lafforgue, Romano), que todavía paga las consecuencias de no ser inocua .

En el amasijo de vida y literatura las estaciones de “La noche sueño”, en especial la IV, comprimen el regusto a pérdida “tratando de salvar el sueño de la vida sin lograrlo” porque la otra historia refluye sobre la propia desbordando capacidades de acción y comprensión. No sucede lo mismo en “Discusiones ocasionales con algunos versos ajenos”, donde el ajuste de cuentas es fervoroso, con peligro cierto para el inestable panteón literario tan grato a los herederos del suplemento dominical de “La Nación”: De Darío a Borges la trivialidad y el fracaso son los extremos de un péndulo que arrastra la tontería grandilocuente y la falsificación irremediable.

Para el final, el final. “Últimos Rounds” revela la autopercepción del “boleto picado”. Sin embargo el que “se irá pensando por el viaje -algunos gurúes/afirman/ que no es largo- las mejores respuestas la posibles/ al máximo misterio de este confuso crucigrama”, también sabe que aquel boleto es la puerta abierta a la excitante aventura del viaje “de colado”. Peligroso y desasido ya de toda norma.

d.a.

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EDUARDO ROMANO: Puro biógrafo y otras inconveniencias

Buenos Aires, Ediciones Activo Puente, 2013; 160 págs.
Nada hay definitivo, salvo la muerte. Sin embargo, me atrevo a afirmar que estamos frente a un texto definitivo. Y no sólo porque en él se merodea y asedia aquella instancia final. Ante todo porque en Puro biógrafo está presente de cuerpo entero Eduardo Romano, el reo y el académico, el poeta desenfadado y el crítico minucioso.

El libro se abre con una fototeca, que a su vez se inicia con alusiones inciertas a inmigrantes y personajes que presuntamente diseñan el árbol genealógico del autor, y se cierra con los últimos rounds, nueve poemas que son a la vez un adiós y una apuesta, una formidable despedida anticipatoria, que fluctúa entre la broma ligera y la tragedia sin retorno. Aunque no conviene adelantarse. El autor es un hombre de letras, de libros, un investigador serio de los medios y sus relevancias, por lo tanto es previsible su directa intervención en el paratexto: tapa, contratapa y solapas revelan su plena complicidad, su indudable injerencia. Y nos participan la misma travesía: en la tapa el proyectos de los hermanos Lumière ilumina al grupo familiar que exhibe a un Eduardito recién nacido, el mismo que muchos años después nos sonríe provocativamente desde la primera solapa, en la cual a renglón seguido se consignan los datos esenciales del autor, o los que él ha considerado tales para este breve texto, pues pone énfasis en su labor de poeta (menciona sus tres libros de los 60 y los tres que les siguen y anticipan al presente; para rematar en la precisa contratapa de Luis Tedesco, que destaca la “dolorida ironía” que tras la película de lo real consigue, “por un tiempo impreciso, alumbrar lo imposible”.

Me pregunto ¿lo imposible es también lo inconveniente? Tal vez, porque en este texto se hace pie en la pura exageración tramposa, en una realidad que a menudo se confiesa ficticia, siempre fragmentada, que se quiere un aquelarre de inconveniencias: la autobiografía del biógrafo Romano, que él llama y considera “puro biógrafo”. ¿O no será que tras un engañoso parecer el título es simplemente una incitación al desvío: sólo se alude a una realidad mediada por la palabra poética? Aun así, las inconveniencias no se borran y siguen proclamándose en tapa, portada y catalogación, mentando por ende al texto central.

Y por eso vuelvo a preguntarme ¿qué cosa es inconveniente y para quién lo es? No por cierto para una persona en particular, ni tampoco para un determinado sector social, ni menos para la sociedad global. Me atrevo a decir que simplemente se trata de aludir de manera irónica, corrosiva, a ciertas pautas y/o convenciones que la sociedad y/o la clase media de nuestro país estima como la contracara de lo conveniente, de lo correcto.

Seamos cautos y vayamos al texto mismo. En verdad éste es un continuo que se divide en ocho partes, si nos atenemos a los subtítulos que marcan el eje temático de cada una de ellas: las moradas, los círculos amorosos y las otras seis, con sus correspondientes epígrafes (que van del Dante a Homero Manzi, sin desdeñar ningún idioma); a la vez estas partes se integran con una decena o algo menos de poemas que llevan sus propios títulos o simplemente aparecen separados por números romanos. Se trata por cierto del ordenamiento que el escritor ha dado a sus recuerdos. Aunque seguramente ellos se han agolpado en tropelía y a borbotones a lo largo de estos últimos años en la cabeza del autor (quien confiesa que no es un pibe, que “nació en Avellaneda en el siglo pasado”; preciso su coquetería: el 8 de junio de 1938 en el Hospital Fiorito), él ha decidido trasmitirlos según esta forma: “metiendo versitos en este simulacro de página portátil que depende de los consorcios eléctricos mundiales y de la rebelión pero no tanto del popularismo latinoamericano” (nos aclara a pie de página que elude el término “populismo”, por el uso que de él hacen los polifacéticos “gorilas”, nota 2 de página 32).

Pero cómo leo yo estos versos, encendidos e irónicos, a medio freno; sin duda desgarrados e íntimos, pero no desbocados sino más bien distantes; que rompen el CV, aunque lo aluden en sordina o sesgadamente a lo largo de todo el libro. He leído y leo Puro biógrafo como si fuesen imágenes del cine primitivo; mejor, como una inmensa fototeca, que trasciende cualquier cita de Susan Sontag y cuya “proyección sin fin se da en un cine secreto y continuado”. Porque el ejercicio que trama los diez poemas iniciales, con leves matices, vertebra también la gran mayoría de los poemas restantes. El poeta fija su mirada o hace estallar el fogonazo en un personaje (don Santiago o el tío Reinaldo, sus amigos de los 60 con la inclusión del veterano Luchi, sus hijas Laura y Constanza, sus camaradas Aníbal Ford y Jorge Rivera, las voces de Darío, Neruda o Borges, etc.) o en un lugar (Rivadavia al 18.300, una calle allá por Flores, el colegio secundario, la Universidad, el bar Ramos y extensiones, entre Salta y Chile, Brasil brasileiro, etc.) o en puntuales circunstancias de la vida y el trabajo (las últimas clases de los viernes, la enseñanza de la historia en el taller de forja JauretcheScalabrini, sus traducciones con Marcela, el amanecer en Córdoba, la escritura de fascículos o la renuncia al periodismo, su zambullida en el enjambre académico, un intermedio “gostoso” y otros tantísimos momentos de su terrenal errancia).

Leo todas estas divisiones y clasificaciones, de Eduardo o mías, como pertenecientes al orden de la burocracia literaria. Lo valioso, lo que leo tras este entramado es un poema, un largo río que fluye sobre un cauce lleno de afluentes y remansos. Eduardo Romano recuerda o su mirada recordante se posa sobre un personaje, un lugar o una circunstancia de su vida; enfoca y aprieta el disparador; la foto que se obtiene excede el objeto enfocado, porque al verla el ojo del poeta se vuelve un torbellino de enlaces, un puro salirse de los márgenes; así la foto resulta difícil de delimitar y menos de cerrar. Una vez más lo reitero, esa amplia y diversa fototeca configura un solo y muy rico poemario, un diálogo narrativo sobre la vida de Eduardo Romano en el marco de la historia que lo ha albergado, un relato hecho de versos donde resuenan tanto el habla coloquial, de la calle y el tango, como las bien poco respetadas normas de los manuales de estilo.

No quiero concluir este comentario sin algunas apostillas. La primera es estrictamente personal: hablé de ocho partes y sus muchas concomitancias, confieso ahora que muy particularmente “Reivindicación de la Constanz(i)a”, “Presencia del ausente”, “Inevitable muerte” y los otros rounds finales: “Cuando pienso/cuánto me falta vivir/y no me quedan años”, me golpearon duramente, como solo los grandes textos suelen hacerlo.

La otra tiene un carácter social, si se quiere. Días atrás asistí a la presentación de Puro Biógrafo en una sala de la Avenida Corrientes al 1500. En esa cálida reunión en que pude saludar a la rigurosa Elida Lois y al memorioso Raúl Santana, escuché las palabras del compañero Juan Sasturain y de la profesora Sylvia Saítta, quien al presentar el “libro quizá más personal, más íntimo” del poeta, concluyó con estas palabras que hago mías: “Creo que en este libro Eduardo Romano demuestra que se puede ser fiel a uno mismo, a un modo propio de pensar la vida y la política, a nuestras pasiones y nuestros desvelos aun cuando hablamos de medios masivos, de tango o de la poesía de los años cuarenta. Que cuando hablamos de Borges, de Arlt o de Homero Manzi estamos, en realidad, hablando de nosotros mismos”.

Jorge Lafforgue, octubre 2013

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TABORDIANA (Primera Parte)

Carlos A. Casali: “La filosofía biopolítica de Saúl Taborda”, Lanús, Ediciones de la Universidad Nacional de Lanús., 2012, 369 págs.

Sin prisa pero sin pausa van emergiendo en el ámbito académico producciones que erosionan los términos coloniales con que se levantó el cercado al pensamiento nacional. Decimos “en el” y no “desde”, por cuanto no se trata de la imposible auto regeneración de esta Universidad sino imposición de la realidad. Mientras el tontaje universitario naufraga consumiendo las últimas fibras de la piragua francesa (Lacan-Deleuze-Foucault-Derrida), alemana (Adorno-Benjamin- Habermas) o anglosajona (Rorty-… ¿cuál es el último de moda?) y cuanto atajo le permita evadir su concreta pertenencia al ámbito barrial, la cruda realidad le va apuntando que la glosa y la repetición que contrabandean como pensamiento no sirve para nada y que lo útil, objeto de pensamiento, ya tiene antecedentes locales.

Son pocas las excepciones a este fin de ciclo. Como son pocos también los que han evadido la mordaza asfixiante y la esterilidad impuestas por la normativa “del claustro” al momento de pensar temas y problemas de la realidad nacional.
En este contexto viciado el libro de Casali no solo es una bocanada de aire fresco sino un modelo de trabajo y resultado. Con propios antecedentes de abordaje del pensamiento de Saúl Taborda (1) que se vuelcan en la obra que reseñamos, ésta se deriva, conforme señala el autor, del trabajo de investigación durante su Doctorado en Filosofía (Universidad de Lanús). Su puesta en libro viene aderezada por un prescindible prólogo ajeno, cuyo amontonamiento de palabras (victimizando la claridad) sirve de ejemplo de atascamiento por exceso de vacío; algo que se olvida rápidamente desde las primeras líneas de la Introducción.

Casali no ubica a Taborda en el grupo de filósofos marginales o “colaterales” como algún despistado (¿o temeroso?) historiador de la filosofía pretendió clasificarlo. Lejos de ello se propone un “programa de desambiguación”. La persistencia de núcleos temáticos aparentemente contradictorios a lo largo de toda su obra y su distinta articulación según el vínculo que el mismo Taborda iba trabando con el objeto de sus meditaciones, resultó la criba más eficiente para desarticular la labor de sus críticos. La necesidad de ceñir un pensamiento “desconcertante” y en proceso a conceptos previamente consagrados por el mercado ideológico, tuvo como efecto su mutilación cuando no la erección de fantasías delirantes en torno a él. (2).

Casali se propone “ubicar a Taborda y a sus conceptos a partir de un horizonte de comprensión filosófico y político diferente de aquel que hace visible esas ambigüedades, contradicciones e incomprensiones como defectos o dificultades que deberán ser superados” (p.19). No está demás señalar como premisa en este punto que Taborda es, fundamentalmente, un pensador político cuyo pensamiento no resulta vicario de la “historia de la filosofía política” aunque se nutría parcialmente de ella, sino que está enraizado en el tratamiento de temas concretos determinado por su propio horizonte epocal (3), al meditar núcleos temáticos de cuestiones que estaban (y continúan) sin resolverse: la articulación del Estado y la sociedad, el poder popular, la representación política, la transmisión de la cultura -sus aspectos tradicionales- la configuración de la pedagogía, etc. Quizá aquí resida otra de las explicaciones de la vigencia de su pensamiento.

Esta inmersión en la realidad para su transformación resulta más “práctica” que la de muchos pensadores “revolucionarios”, y un antídoto para la “evasión en revolución” de mucho filósofo-tránsfuga político, cuyo paradigma encarna soberanamente Carlos Astrada. (4)

Merece un párrafo aparte la estrategia discursiva de Casali, cuya referencia a la biopolítica, término que se ha extendido entre nosotros en un sector universitario de la mano del italiano Roberto Esposito, en cuya explicitación el mismo Casali no abunda (5), le permite sortear las exigencias académicas del “estado del arte” sin condenarnos al aburrimiento de la obviedad que conlleva ese punteo. El concepto biopolítica es que le permite abordar sin transiciones “la particular relación que Taborda establece ente vida y política, una compleja trama de remisiones semánticas tensionadas en su mutua y divergente complementariedad que torna ambiguos ambos términos, a la vez que se sirve de esa ambigüedad para hacer más rica y profunda esa relación” (p.21)

Las hipótesis que cimentan esta excelente obra son: Saúl Taborda desarrolla originariamente su pensamiento a partir de lo comunitario (hipótesis 1) radicando su originalidad en su ubicación por fuera de “la polarización y complementación del fenómeno político en términos de sociedad civil y estado” (hipótesis derivada). La interpretación biopolítica es la que permitiría transformar lo “difuso y confuso” tabordiano en fuente de sentidos políticos y filosóficos novedosos (hipótesis 2). Es decir transitar el camino de la desambiguación y recuperar en el plano de la claridad aspectos de un pensamiento que -por tramos- constituiría su propio obstáculo, oscurecido las más de las veces por sus propios intérpretes.

La estructura triádica de la obra (más el capítulo IV:”La filosofía biopolítica de Saúl Taborda”, a modo de conclusión presentada por el propio autor) resulta mucho más que una sospechosa secularización de alguna trinidad o la reiteración mecánica de alguna dialéctica lógica o filosófica. Cada capítulo es un pequeño tratado por sí mismo y su apertura al siguiente va descubriendo la complejidad del proceso de elaboración de un pensamiento anclado en la comunidad nacional, atravesado por los requerimientos teóricos y prácticos de la época.

No fue ajeno el cordobés Taborda al reclamo literario (“Verbo Profano”, “El mendrugo”, “El dilema”, “La obra de Dios”, “Julián Vargas”) en el que también se embarcaron muchos escritores de su generación, marcado en su caso -como no podía ser de otra manera- por el tono anticlerical de la ilustración de su provincia (abierta a todos los matices del positivismo traducido desde Europa, con revolución rusa y marxismo -socialdemócratas y “herejes”- incluidos) e influencias nietzscheanas. El pueblo concreto se iba haciendo presente a los tropezones en aquellas piezas, mediado por las inevitables teorías estéticas y filosóficas que se cargaban en la mochila de la colonia en aquel principio del siglo XX. La Reforma Universitaria, de la que supo repudiar expresamente su inconsecuencia final, lo tuvo en sus filas tanto en Córdoba como en La Plata (sus dos centros principales). Casali logra articular la labor literaria de Taborda y su participación en el proceso reformista del 18 con la germinación y lenta decantación de conceptos que lo acompañarán toda su vida mutando su relevancia y centralidad o, su alcance semántico, en la formulación de un inacabado pensamiento en proceso.

Las páginas dedicadas al análisis de las “Reflexiones sobre el ideal político de América” (Córdoba, Elzeviriana, 1918) rescatan la obra de su manipulación por el “eticismo” de nuestros liberales de cátedra, al destacar las referencias concretas, prácticas que se desprenden de los distintos abordajes conceptuales que va depositando Taborda: El Estado (y su crítica), los partidos políticos (“sindicatos organizados para la conquista del poder”) el sufragio (como mecanismo de exclusión popular), el derecho (como mecanismo de opresión) o el sistema de dominio social impulsado por el capitalismo europeo; elementos todos cuya refacturación en tierras americanas impiden la realización de su “destino”. Este idealismo histórico, “destinal”, sin ser ajeno a una confianza ingenua en el desarrollo científico, aparece aquí de la mano de la reivindicación de Rivadavia y de un manifiesto rechazo de lo hispánico (que vincula a Rosas) y del gobierno de Hipólito Yrigoyen.

Esta postura fue interpretada negativamente, por la manifiesta incapacidad de parte de sus críticos (en sus variantes coloniales de “izquierda” o de “derecha”) de absorber los ulteriores desarrollos del pensamiento de Taborda (el “facundismo”, el “comunalismo federalista”, el rechazo a la pedagogía burguesa del “ciudadano idóneo y nacionalista”). Los adoradores del panteón liberal repudiaron el giro por el tufo totalitario que le atribuían, por lo que estimaban un deslizamiento “fascista” de Taborda, mientras otros, por izquierda, apuntaron sus cuestionamientos a la celebración tabordiana de Rivadavia o a la “incomprensión” del gobierno de Yrigoyen. En todos ellos campea la falta de una perspectiva nacional o su tergiversación mediada por prácticas que no superan el anaquel de librería. Serán las “cosmovisiones” de este origen –en las dos puntas del arco ideológico de la política- la que lo privarán durante mucho tiempo de función efectiva en la historia del pensamiento Argentino: la de ser una voz inexcusable en ese coro, en una etapa de transición (nacional e internacional) que significaba la decadencia de la Argentina rural de la mano de una industrialización demorada y el cambio de la hegemonía imperial en occidente con su impacto directo en nuestro país. Guerra mundial mediante fue el preludio de la Argentina que el mismo Taborda no llegó a ver pero que, junto con otros contribuyó a delinear en sus variantes ideológicas.

Domingo Arcomano

(1) Carlos A. Casali: -“Presentación”, en: Saúl Taborda: “Reflexiones sobre el ideal político de América”, Buenos Aires, Grupo Editor Universitario Col. Pensamiento Nacional e Integración Latinoamericana 6, 2007, 170 págs., págs- 9-39. -“La pedagogía biopolitica de Saúl Taborda, 1932: infancia, familia y autoridad”, en: “Técnica, familia, autoridad: Actas de las II Jornadas de Antropología filosófica” (22,23 y24 de junio de 2011) INAPL, Buenos Aires, 418 págs., pág. 6-11. -“La pedagogía biopolitica de Saúl Taborda”, en Soto Arango, Diana Elvira, et.al. (eds.): “Educadores en América Latina y el Caribe del siglo XX al siglo XXI”, Tunja, Ed. Doce Calles, 2011, 394 págs., págs 99-132. -“Saúl Taborda crítico de Carl Schmitt: lo político como comunidad de vida”. En: www. filosofiabiblioteca.blogspot.com/.../saul-taborda-critico-de-carl-schmitt-l...‎
(2) Con el soplo muerto del “espíritu” de los 70 y la invocación a Paulo Freire se llegó a afirmar que “hoy la enseñanza facúndica se denomina educación popular … y, resemantizada…persiste en el movimiento piquetero”. Una zonzera. Inferencia ilegitima del mismo nivel que la atribución de fascismo a Taborda o su signatura como precursor de la izquierda nacional (si tenemos en cuenta que ella fue, y es, el escalón del progresismo colonial en la Argentina).
(3) Sus referencias a Woodrow Wilson (y a Bakunin) o su defensa de la Revolución Rusa (estalinismo mediante) resultan hoy meros datos históricos que pueden desglosarse sin consecuencias para la estructura de sus tesis principales.
(4) Una fracción de la “escuelita argentina de glosadores” pretende ver en Astrada una especie de marxista genético, obviando sus sistemáticos cambios de frente político, sus volteretas y su mala fe. Como todo en el siglo XX, resulta el peronismo la piedra de toque que juzga y pone en valor su decurso intelectual. Ocupó el cargo de Director del Departamento de Filosofía en la Faculta de de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (1947/1955) con apoyos explícitos al Gobierno. En 1956 ya era gorila.
(5) Los conceptos de la teoría (como hermenéutica) biopolítica se irán desbrozando a lo largo de la obra. Recién en la nota 24 de página n° 271 aparece explícitamente una síntesis del concepto “inmunitas” tal como la concibe Esposito.

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SOBRE UNA ESTETICA NACIONAL

Kuki Shuzo (*): “ La estructura del Iki” (**)

Superado el “orientalismo” (“japonería” incluida) del modernismo literario latinoamericano, uno de cuyos emblemas supo ser el guatemalteco Gómez Carrillo y el exotismo “a la francesa”, decorativo, a lo Octave Mirbeau o – en forma directa- su faz miserablemente colonialista, la presencia del pensamiento de la periferia del imperialismo occidental (pensamiento imperialista, como el chino o el japonés) comenzó a hacerse notar en el período de entreguerras. El mundo se iba unificando y el desborde agresivo de los nacionalismos comenzaban a disputarse espacios de reconocimiento en todos los ámbitos. El proceso no cesó con la derrota de unos y la victoria de sus contendientes. Si el “oriente” fue inundado con la resaca capitalista,”occidente” recibió a cambio mucha basura “espiritual”, un verdadero caballo de Troya…chino. Sin embargo la tradición de pensamiento se recuperó rápidamente en la consideración propia y en de las universidades europeas y norteamericanas. En estas últimas y de la mano de los “fondos de estudio” de los cuales se alimentan tantos progresistas latinoamericanos, la antropología del “carácter nacional” había elaborado un puchero misterioso como “El crisantemo y la espada” de Margaret Mead (1946), una imagen del Japón apta para conquistadores: su rápida decadencia intelectual no impidió que saturara el imaginario popular en el mundo anglosajón antes de ser objeto de repudio y de chanzas crueles por parte de japoneses y algunos norteamericanos inteligentes.
En este marco, en el caso de Kuki Shuzo, a quince años de su muerte y a poco más de diez de la culminación de la guerra, se realizaba en Norteamérica un inicial abordaje de su pensamiento y la traducción de su obra emblemática (1956): “A Study of japanese taste with an observation concerning Furyu and the structure of Iki by Kuki Shuzo” (VIII + 228 págs.), de Masare Víctor Otake, en forma de tesis de doctorado en la Universidad de Syracuse , Nueva York. A ésta le siguieron, en forma continuada hasta la fecha además de la referencia explícita de Heidegger que vio la luz en 1959 (1), una cantidad apreciable de estudios académicos y ensayos en los que “La estructura del Iki” era su objeto central o referencia obligada. Las ediciones y traducciones parciales de su obra, como consecuencia, se sucedieron con cierta regularidad en “lenguas occidentales”, particularmente inglés y francés y, algo más tarde, también fue traducido en Italia y España. (2)

La escritura de “Iki no kozo” fue iniciada en París. Será publicado originalmente en la Revista “Shiso” (“El Pensamiento”, nos. 92 y 93 de enero y febrero de 1930) en edición de Iwanami.

El libro se abre con una afirmación programática: “Una filosofía viva (ikita) debe estar en condiciones de aprehender la realidad. Sabemos que existe un fenómeno llamado iki, pero ¿cuál es su estructura? A fin de cuentas ¿iki no sería una manera de vivir (ikikata) propia de nuestro pueblo? Aprehender la realidad tal como es y formular lógicamente esa experiencia que debemos disfrutar es la tarea emprendida en este libro”.

La metodología europea (fenomenología y hermenéutica existencial) constituirán las herramientas iniciales de abordaje de una materia propia cuya patentización, también provisoria, lábil, desborda los marcos racionales de aquel utilaje, para constituirse en algo irreductible a una precisión “absoluta” fuera de los márgenes de la propia cultura nacional y, como tal, algo solo parcialmente comunicable pero no por ello incapaz de ocupar un lugar destacado como núcleo étnico y objeto filosófico. (3)

Pero que es “Iki”? Al parecer la evolución del término, de origen chino, sufrió una profunda transformación en la cultura popular japonesa sin perder una parte de su referencia semántica primitiva (“estado de ánimo”, “coraje”) pero comprensivo también de “vida”, “aliento”, “alma”, “movimiento” con un gradiente exterior estético (“estilo”) y uno intimista que condiciona a aquel, en el que resulta muy difícil separar al estilo occidental los componentes éticos de los estéticos. Su “lado” intimista se constituirá en el mundo de la relación erótica hombre-mujer.

Kuki parte de un trasfondo “documental” determinado (el mundo de refinamiento sexual en la “vida galante” de la ciudad de Edo, durante el siglo XVIII) al que tiene como referencia histórica. Ese mundo, marginal en relación a las costumbres aceptadas y promovidas se caracterizaba, al igual que en occidente, por patrones éticos y prácticos contradictorios con el entorno, resultando la cultura subyacente un foco de creación sumamente atractivo.

El mundo de la moral sexual diversa (la geisha), el budismo como percepción del mundo alternativa al confucionismo oficial y la ética militar (bushido) de la casta militar -obligada a vivir en Edo (por otro lado una ciudad de comerciantes)- son los “contenidos abiertos” que le permitirán a Kuki indagar sobre la esencia del “Iki”.

“ (…) quizá podamos definir el iki como un fenómeno de conciencia rico en matices, donde la atracción (bitai) se concreta a través del idealismo y del irrealismo, o sea una forma de seducción (atracción: bitai) desbordante de cortesía (resignación: akirame) y de arrojo (coraje: ikiji)” (Cap. I: La estructura intensiva del iki”, pág. 40).

Parafraseando un comentario de Bernard Stevens (4) nos arriesgamos a decir que el “Iki” se “encuentra en la encrucijada entre el gusto en sentido ético y el encuentro en sentido estético”

La complejidad de este pensamiento lo lleva a establecer una articulación sólidamente entrelazada de los múltiples componentes semánticos, tanto centrales como de los conceptos afines (y los del “mundo” de las oposiciones conceptuales), lo que mediante una hábil estrategia de exposición logra objetivar en una presentación geométrica (un hexaedro, que permite visualizar todas las combinaciones posibles de aquella articulación), como lo hará posteriormente con el octaedro del “Furyu”.

“ Para cualquier sistema del gusto, el valor gráfico de éste hexaedro radica en la posibilidad de ubicar los elementos en ciertos puntos específicos, en el interior y en la superficie de ese volumen de seis caras, y de establecer entre ellos relaciones funcionales” (Cap. II “La estructura extensiva del iki”, pág. 57).

Esta formulación “estructural” (celebrada por sus críticos como precursora) no nos debe hacer perder de vista su carácter expositivo y su intento de hacer comprensible a la percepción occidental los contenidos de un “estado en proceso” como perfila al “iki”. De modo que difícilmente la palabra pueda identificarse (más o menos) plenamente con la cosa, sino solamente aludirla; de modo tal que, por tramos, podemos percibir el ámbito que describe como algo reconocible a partir de la propia experiencia, pero siempre elusivo.

Son estos dos primeros capítulos lo que podemos definir como el “sistema del gusto” de Kuki Shuzo.

Los dos siguientes (“La expresión natural del iki” y “La expresión artística del iki”) configurarían en paso de la descripción fenomenológica de la “esencia” a la “hermenéutica de la existencia”.

Señala Alfonso Falero: “En primer lugar, iki era una categoría referente al ser concreto, existencial e imposible de reducir a una simple abstracción, evitando de este modo la “construcción” (= invención) formal de estilo neokantiano. En este sentido Kuki la entendió en el contexto del Dasein heideggeriano, pero le añadió el carácter de particularidad cultural. Era una categoría por tanto extraída de la praxis concreta, y elevada al nivel de la especulación teórica. De este modo, Kuki había logrado un ejemplo más de síntesis occidental/oriental, donde la filosofía europea proveía del lenguaje especulativo (la forma como universal) y la cultura japonesa proveía del material u objeto de la especulación (la materia como particular) (op.cit. pág. 23).

Puesto en estos términos formales, la economía del sistema conlleva el peligro de reducir el intento de Kuki a la provisión de “materia prima” estableciendo una prelación determinante del método sobre el objeto, algo difícil de percibir como desprendiéndose con claridad de lo escrito por Kuki. Aun cuando Kuki logre desembarazarse en el camino de la estrechez formal impuesto por la herramienta de abordaje. Por el contrario, nos parece que el peso se desplaza hacia la “materia prima”; y las herramientas utilizadas, tal como señalamos arriba, buenas para iniciar son insuficientes para seguir, por resultar un marco formal estrecho por el que se escurre la “particularidad” local.

La diferencia no es meramente de “grado” sino que califica el intento de la exploración estética (y ética) de Kuki, por cuanto la categoría “extraída de la praxis concreta” es ya una categoría (y como tal, filosófica, y no necesita de elevación a “nivel de la especulación teórica” por cuanto ya está en ella), con independencia de que pueda remitirse a la “posibilidad de una etnología ontológica”.

Si no ¿para qué establecer la diferencia, la particularidad nacional? Se puede alegar -con atendible criterio- que la posición estaba condicionada por el auge nacionalista occidental de los años 20 y los 30 (Italia y Alemania) y los poderosos antecedentes del “destino manifiesto” (Norteamérica) y el “socialismo en un solo país” (URSS). Sin embargo, ese contexto de crisis al que el Japón no era ajeno, parece resultar insuficiente. Pero el recurso a un aspecto “social” del siglo XVIII en una ciudad “burguesa” del Japón ¿no es a su modo una “fuga” al pasado, romántica, a “la europea”?.
La respuesta, en cualquiera de los sentidos parecería también ser insuficiente. La apelación al pasado -y dentro de él a una dimensión de la vida cotidiana- (puesto no hace mucho de moda en los “estudios culturales” del everyday en las academias del centro de “occidente” y reproducidos puntualmente por los monitos portuarios de la periferia) nos brinda una de las puertas de acceso a las múltiples hebras con que se teje la particularidad nacional (algo bien distinto a espíritu nacional) que no resulta un promedio de nada, sino un coro polifónico capaz de interpretar contradictorias melodías (3) y cuya especificidad radica, precisamente, en su incapacidad de ser reducida a un mínimo común denominador, por compleja y multifacética con que se nos pretenda dibujar su estructura. Claro que ello no implica la renuncia a su comprensión, prevenidos acerca de que las vías de acceso excluyen “el prejuicio occidental” (y viceversa), y que ese acceso resulta a la vez condicionado por la “naturaleza” del objeto. Difícilmente, en consecuencia obtendremos ideas “claras y distintas” en una primera aproximación a dicho objeto, así estemos munidos de sofisticadas instrumentos de navegación que corren el peligro de transformarse en herramientas de “construcción”.

El recurso al pasado, el lugar donde anida lo “valioso” (y como tal digno de ser “imitado”, “reproducido” y siempre modificado en su actualización) no se agota en la visión nostálgica sino que constituye un “fenómeno viviente” que, como tal, tiene dimensión histórica. Ello, por resultar el “iki” un ámbito insoslayable del pasado, un derrame en la conciencia viva del presente y algo que, en tanto “autorrealización de la conciencia étnica” japonesa, define su particularidad irreductible.

Los capítulos que Kuki dedica a la “expresión” del “iki” -su expresión natural y la artística- resultan una buena muestra de la capacidad de apropiación de métodos y temáticas vigentes -propias y ajenas- de modo tal de ampliar el campo de percepción de fenómenos que de lo contrario quedarían confinados en lo folklórico, la trivialidad o la caracterología impresionista, tan a gusto del viajero de occidente.

Que la elaboración de las bases de una estética “étnica” carece de toda ingenuidad política, lo destaca el mismo Kuki en una nota dominada por una profunda ironía, no exenta del rechazo general que incluía su descripción de lo que se opone al “iki”, con un matiz de sutil agravio:

“De ningún modo el “iki” puede expresarse a través de colores muy llamativos. “Iki” se manifiesta a través de un colorido que afirme en sordina la dualidad”

y su nota remata la intencionalidad política que preside parte de su discurso:

“…La bandera norteamericana, así como los letreros de peluquero, tienen motivos a rayas que no tienen nada de “iki”; la razón principal es que los colores son muy “llamativos” (n. pág. 83) (5).

La “Conclusión” de “La estructura del Iki” bien podría ser su introducción programática, su pragmática política:

“La experiencia concreta de una persona o una etnia, aunque implique determinado significado, no puede explicitarse totalmente en términos de análisis conceptual. Siempre quedan residuos de lo no dicho” (pág. 97) “Cuando intentamos clarificar la particularidad étnica del “iki”, su estudio se vuelve interpretación de la existencia étnica (…) no podremos deducir la existencia de lo “iki” en la cultura occidental (pág. 103). “En caso de que un significado específico tenga un valor étnico, deberá necesariamente abrirse paso en forma de lenguaje. Sin embargo no existe en Occidente ningún concepto que se corresponda con “iki” (en cuanto fenómeno de conciencia) en relación a su significado étnico.” (pág. 105).

No es casual que la categoría fundamental de su estudio se articule en torno a la oposición (conceptual, de talante, ontológica, cronológica, espacial, cromática, etc.). Es precisamente el proceso de las oposiciones el que constituye la elusiva fortaleza de un significado, el “Iki” que según Kuki “…podrá ser captado y comprendido por completo cuando su estructura sea aprehendida como autorrealización de nuestra existencia étnica:” (pág. 107).

Allí radica la clave de su supervivencia en un proceso de globalización que apunta obsesivamente a la disolución de los rasgos nacionales primarios, para instalar “el mundo de lo liso” como estilo universal. Allí también radica el antídoto contra el reservado temor de Hosoi y Pigeot en el “Posfacio” de la obra, acerca del peligro de su supervivencia entrañado en las transformaciones de la cultura japonesa.

El programa de Kuki abordó la determinación de lo propio intransferible (aun cuando lo podamos abordar -bordear- con la hermenéutica occidental o “leer” con lente biopolítica, también occidental).

En definitiva, la obra de Kuki Shuzo que reseñamos es una buena muestra de que el “fin de la historia” predicado en Occidente fue adelantado de modo fraudulento.

d.a.

(*) Kuki Shuzo nació en Tokio en 1888 y murió en Kyoto en 1941. Hijo de un diplomático imperial (aunque con su paternidad en duda, atribuida por algunos al “padre espiritual” de Kuki, Okakura Kakuzo) y de una geisha (una mezcla algo insólita para una “mente occidental”) es considerado tanto en Japon como fuera de él como uno sus pensadores más relevantes en el siglo XX, junto a los integrantes de la “Escuela de Kyoto” - corriente filosófica de la que resulta marginal, aun cuando mantuvo vínculos personales con algunos de sus miembros, en particular Nishida- y a otros pensadores “contestatarios” como Miki Kiyoshi y Tosaka Jun. Discípulo de Ráphael von Koeber en Japón, sus estudios en Europa (1921-1929) con Heinrich Rickert, Edmund Husserl, Eugen Herrigel, Oscar Becker y en particular Heidegger, a la vez que la influencia de la filosofía francesa a través de Bergson, Alain y el esteticismo de Paul Valery fueron conformando un pensamiento verdaderamente “mestizo” que “descentraba” -literalmente- el pensamiento occidental, permeando a su vez la filosofía japonesa con una hermenéutica “bárbara” (en principio ajena a la modalidad de pensamiento vigente en la Nación japonesa) y una tematización insólita que elevaba a “objeto filosófico” cuestiones de la vida cotidiana. Sin ser precursor (la incorporación del pensamiento moderno europeo a la cátedra universitaria ya era relevante desde fines del siglo XIX: las filosofías de Bernard Bosanquet, T. H. Green, William James, J.R. Illingworth, y la práctica de docentes como el mencionado Koeber y Fenollosa) ni el primer “modernizante” (lo precedieron figuras importantes como Okakura Kakuzo e Inazo Nitobe), generó un pensamiento complejo sostenido por una personalidad compleja: convertido al catolicismo a los 23 años y bautizado como ´Franciscus Assisiensis Kuki Shuzo´ (eleccion de apelativo no falto de antecedentes -y de consecuencias- en la definición de su personalidad, puesto que el mismo Kuki menciona que su nombre japonés significaba “nueve demonios”, un notorio exceso pagano en relación al cristianismo).
En 1930 publicó su obra más difundida: “Iki no sozo” (La estructura del Iki), en 1935 “El problema de la Contingencia” y en 1937 elabora su “Furyu”.En 1939 se editan sus clases sobre Heidegger (sobre quien publicó el primer estudio en Japón, en 1934: “El hombre y la existencia”). Un segmento de su obra en francés (tambien parcialmente publicada a fines de los años 20), es recogida en: Light, Stephen: “Shuzo Kuki and Jean-Paul Sartre- Influence and counter-influence in the early history of existencial phenomenology”, Southern Illinois University Press, 1987, 157 págs.

(**) Si bien nos ceñiremos fundamentalmente al comentario de la edición de Cuenco de Plata (Buenos Aires,2012, prol. Camille Loivier, posfacio Atsuko Hosoi y Jacqueline Pigeot; trad. de Lil Sclavo, 127 págs.) tendremos también en cuenta la traducción castellana de Alfonso Falero , “Iki y Furyu- Ensayos de estética y hermenéutica”, Valencia, Intitució Alfons El Magnánim, 2007, 178 págs., en particular su apreciable Introducción, que es un semillero de ideas provocativas- aunque no siempre se las comparta-. La comparación de ambas traducciones (del francés la edición argentina y del japonés la española) nos excede y solo podemos en este punto abandonarnos precariamente a la intuición.

(1) La redacción es de 1953: “Aus einem gesprach von der sprache. Zwischen einem japaner un einem fragenden” (“De un diálogo acerca del habla. Entre un japonés y un inquiridor”, en: “De camino al habla”, Barcelona, Ed. Serbal,Col. Odós 1, Trad. Yves Zimmermann, 1987, 246 págs).
(2) Menos traducido en occidente que Nishida Kitaro (en forma temprana la Revista de Occidente publicó de éste su “Ensayo sobre el bien” en 1963, versión de los jesuitas Anselmo Mataix y José M. de Vera), quien aparece como el primer traductor al castellano de Kuki es el mexicano Agustín Jacinto Zavala, también el máximo especialista en la filosofía de Nishida en nuestro idioma. En 1997 publicó una traducción parcial de “La estructura del Iki” en “La otra filosofía japonesa. Antología”, (Michoacán, ed. El Colegio de Michoacán, 1997, págs. 159-178). Al italiano figuran las siguientes traducciones: “La struttura dell´iki”, Milano, Adelphi, 1992, 181 págs. y “Sul vento que scorre- Per una filosofía dello haiku (Una riflessione sul furyu)”, Genova, Il Melangolo, 2012, 83 págs.
(3) En este punto no está demás recordar las búsquedas en nuestra estética nacional debidas a Ángel Guido y Juan Luis Guerrero, dos pensadores orgánicamente integrados al peronismo en los años 40 y 50, tergiversados cuando no ninguneados por la marcadamente gorila historiografía académica y sus derivados editoriales.
(4) En Stevens la expresión completa es: “El sentido del iki está próximo a lo que evoca la palabra francesa “chic”, pero con, además de los matices de refinamiento y distinción, un elemento de seducción que le coloca en la encrucijada entre el gusto en sentido estético y el encuentro en sentido ético” (Stevens, Bernanrd: “Invitación a la filosofía japonesa-En torno a Nishida, Barcelona, Ed. Bellaterra, 2008, pág. 268)

(5) En la traducción de Falero, el matiz empleado es aún más duro :” El que la bandera norteamericana o el letrero de las barberías no tengan nada de “iki”, tendrá otras razones también (…)” (pág.93)

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“El enigma Spinoza”

de Irvin Yalom
(Buenos Aires, Emecé, 2012, 390 págs.)

La vocación literaria de algunos psiquiatras/ psicólogos nos puso al alcance obras con momentos interesantes (el capítulo “El diván de propulsión a chorro: la historia de Kirk Allen”- versión “narrativa” del psicoanálisis de Paul Linebarger /Cordwainer Smith, según Pablo Capanna- en “La hora de 50 minutos” de Lindner, hace que valga la pena el libro). Aunque a esta clase de híbrido hay que sumarle otras: la ficcionalización de las historias psicoanalíticas (ficción de la ficción, en un regreso casi al infinito), el cruce de “historias de vida” con mucho producto freudiano adentro y por supuesto la novela histórica, madre generosa de toda esta prolífica descendencia, y más.

¿Pero que sucede cuando la ficción narrativa escapa de estos esquemas y del esquema de la novela histórica? Este subgénero a pesar de sus severas limitaciones de centauro desmediado supo tener algunas pequeñas joyas: baste pensar la figura central de Claudio Juliano (“El Apóstata” como lo nombraban los cristianos) en las obras de Merejkowski, Ibsen o Gore Vidal. O “Los gladiadores” de Koestler. Claro que el resultado se vincula con el talento literario, aún en obras desparejas como las nombradas.

En nuestro medio, el ciclo parece haberse consumido con las hoy rancias novelas de Manuel Gálvez: el resto no pasa de insufribles dramones siglo XIX o catarsis reaccionarias de ambientes similares.

Cuando aterrizan en el puerto novelas como “El enigma Spinoza” la reacción de los monitos tercer mundistas suele ser de aplauso, sin esforzarse más allá de la lectura playera. Algo similar pasó con otra obras de Yalom: “El día que Nietzsche lloró” (alguno se salvó de leerla yendo a ver su puesta teatral) o “Aprendiendo con Schopenhauer”.

La convergencia de personajes disímiles, alejados en el tiempo, el espacio y el ámbito cultural, posibilitan a veces aperturas que establecen relaciones insospechadas y desbaratan relatos tenidos por ciertos. Lo hemos intentado en “Ezra Pound y Saúl Taborda- Un anticapitalismo filosófico” y en el post-facio a “Una temporada en el Ingenio” de Chinolope (*). Más cercana en el tiempo, la pequeña obra de Onfray “El sueño de Eichmann. Precedido de Un Kantiano entre los nazis” (2009) alteró los nervios de muchos burócratas de la filosofía

“El enigma Spinoza” es mediocre desde ésta y otras perspectivas. La primera es la del desborde de la personalidad del autor: Yalom es un psiquiatra judío, estadounidense, asimilado. Una mezcla “tensional” de difícil equilibrio que aparece en forma precaria y contradictoria en toda la obra. La segunda es el desequilibrio en el manejo de los datos históricos, a pesar de la confesión en contrario del autor (en el “Epílogo”, que recomendamos tautológicamente leer al final, ya que se corre el riesgo de abandonar precipitadamente la lectura en ese punto).

Hay cierta impotencia en el delineamiento de los personajes que proviene del intento de reducción de los mismos en la gelatina psicoanalítica (Nietzsche, Schopenhauer, Spinoza -entre tantos- son verdaderas “bestias negras” de la invención freudiana, a los que se canibaliza pero a la vez se niega por la vía de la “interpretación”). Hay mucho del “Can´t” con el que Nietzche satirizaba al filósofo de Königsberg.

El desdoblamiento del autor entre Franco, un marrano (judío converso a la fuerza) proveniente de Portugal y un iniciado temprano en el psicoanálisis, Friedrich Pfister (1), que harán de comadronas socráticas de Spinoza y del ideólogo nazi Rosenberg, respectivamente, desnuda más a Yalom que a sus personajes. Mientras el marrano brutalizado por la persecución católica devendrá un rabino de ideas liberales y utópicas en la Holanda del s. XVII, el psicólogo “ario” devendrá en un alemán conformista que no irá más allá en su declinación liberal de rechazo a la barbarie nacional socialista. Ambos, propondrán la reforma del entendimiento (religión, “yo”) “desde adentro”, es decir adhiriendo al orden establecido y apostando al tiempo. ¿Yalom? Spinoza y Rosenberg, en cambio radicalizaron su discurso contra la religión, y abordaron el “yo” sin superar el horizonte de su acotado territorio -el este de Europa-, enancados en distintas pasiones (la razón, la mitología), letales a su modo en sus formulaciones extremas. Se puede cuestionar este paralelismo si se reduce la presentación a la materia filosófica, pero no si se comparan sus decursos existenciales.

Yalom se desenvuelve mejor mostrando las luchas de las facciones políticas del rabinato de la época, lo que le permite delinear con mayor acierto las circunstancias del repudio inquisitorial de Spinoza por la comunidad judía de Ámsterdam (2), que las internas políticas en el nazismo; de las que extrae solamente el caudal de los lugares comunes, aunque las diferencias entre ambas sean de grado (3). A pesar de la profesión de fe “histórica” del autor, la figura de Rosenberg se materializa apenas a partir del repudio de su entorno, tal como surge de las citas que reproduce Yalom y que generosamente le prodigara la camarilla nazi.

No hay referencia alguna a la obra principal de Rosenberg “El mito del siglo XX”, ni al contexto cultural de la misma, como fuente de investigación de su “naturaleza” psicológica; como sí la hay en cambio a la “Ética” y al “Tratado Teológico Político” de Bento Spinoza. Esta asimetría hay que cargársela a los prejuicios del autor, que se limita, Pfister mediante, a despachar “El mito…” junto con “Mi Lucha” -un festín para psicólogos- con los epítetos “tan infames, tan viles”. El mismo “Dr.Pfister” aparece sepultando “el desprecio que sentía por su paciente” Rosenberg.

Aquí es difícil separar lo “políticamente correcto” en la defensa profesional que hace Yalom, del oscurecimiento de las relaciones de la “comunidad psi” alemana con el nazismo, entre otras relaciones oscuras del más alto nivel. No estaría demás leer en este punto “El crimen occidental” de Viviane Forrester cuya punta del ovillo se encuentra en una cita de Hitler (pág. 344 de la obra) que hace Yalom.

Sin dudas la figura de Spinoza resulta altamente agradable aunque no sabemos muy bien si por algunas de sus ideas, o por su carácter de perseguido, o su capacidad de sufrimiento o por una combinatoria. No puede decirse lo mismo de Rosenberg (5) cuya figura inferiorizada aparece sospechosamente desleída, enfundada en su traje militar y sin asomo alguno que inspire nuestra piedad. Este nuevo desnivel parece el resultado de una tesis inicial del autor que busca complicidad para una historia que se da por descontada. Con un maniqueísmo más equilibrado hubiera ganado la novela aunque, como siempre, resultara asesinada la historia.

El “Epílogo” termina por arrastrar los déficits de la obra a su consumación. No pueden tomarse en serio sus elucubraciones sobre el proceso de Nuremberg: sus referencias a las películas “El Triunfo de la voluntad” (Leni Riefenstahl) y “El Plan Nazi” son risibles; la referencia a la medición del coeficiente intelectual de los prisioneros y algunos dichos de miembros del tribunal (en especial del general ruso Rudenko) son primarias.(4) Otro tanto sucede con la descripción de la actitud asumida por distintos sectores del Estado de Israel en relación a Spinoza: desde el decreto de que el herem (la exclusión) había sido eliminado por el tiempo -de lo que no pudo beneficiarse Spinoza, muerto casi trescientos años antes- hasta el repudio de los sectores ultra ortodoxos a esta posición, ratificando su invocación de ser el “pueblo elegido”. Este es uno de los mitos fundacionales de ese Estado, manejado por políticos laicos que no trepidan en invocar el mito religioso. ¿Hay algo más anti-spinozista que esto?

Uniendo ambos temas Yalom no trepida en afirmar entre sus concesiones políticamente correctas, que en Munich “…ésta, la más triste y más oscura de todas las historias, había comenzado”, privilegiando la “shoah” judía a manos de los nazis por encima de la “nakba” palestina a manos de los judíos del Estado de Israel. Sin consideración alguna a la barbarie stalinista, que no perdía frente a la barbarie nazi, entre otras tristes y oscuras historias del siglo XX, antes y después del “enigma Rosenberg”.

(*) Ver: Pounda, Ezra: “Jefferson y/oMussolini- seguido de Crédito Social. Un impacto”, Buenos Aire, El Calafate, 2004 págs. (“Epílogo para argentinos”) y Chinolope: “Una temporada en el ingenio”, Buenos Aires, 2004, 83 págs. (“Hoy Chinolope”).

d.a.

(1) Como dato cabe consignar la existencia de un Friedrich Pfister (1883-1967) contemporáneo de Rosenberg, cuya profesión era la de filólogo especialista en mitología y religiones antiguas de Europa, autor de un sugestivo título en 1936: Deutsches Volkstum (Etnia Alemana). ¿Casualidad?
(2) Antes había sucedido con Uriel da Costa, otro marrano, cuyo repudio, arrepentimiento, castigo y posterior suicidio compite en crueldad con los procesos de Giordano Bruno y Galileo a manos del Papado.
(3) La conmoción que significó entre los contemporáneos judíos de Spinoza la aparición del “mesías” (otro más) Sabbatai Zevi y la reacción de los rabinos principales contra él, son un botón de muestra.
(4) Recomendamos “La justicia de los vencedores- De Nuremberg a Bagdad” de Danilo Zolo (Ed. Trotta, Madrid, 2007, 206 págs.
(5) Aparentemente un “cuarto de judío” en la narración de Yalom, equiparándolo en este aspecto -y no solo en el- con el Inquisidor Torquemada, aunque estas asociaciones aparecen matizadas en el “Epílogo”. Esta clasificación delirante martirizó a muchos: Un ejemplo fue el cristiano Hilaire Belloc quien ante una pregunta maliciosa de Bernard Shaw (“¿medio?”) se apresuró a contestar: “No, no…un cuarto”. Es el judío que por los distintos caminos de la asimilación resulta crítico –a veces severo, a veces cruel- de su tradición de origen, sin capacidad de obviarla. ¿Yalom?

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SAUL TABORDA“Facundo” (Facsímil de los 7 números)

Precedidos por “Lo facúndico: nuestra fisonomía” (*)

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Con posterioridad al año 1930, y a través del pensamiento de Fichte, nuestro Saúl Taborda empieza a descubrir lo que había detrás de las sombras de la Argentina caserista. Pero si llegó al ser argentino a través de Fichte y no de José Hernández, ello se debió exclusivamente a su dominante cultura europea y a su formación filosófica de involuntaria filiación colonial.

En el curso de 1933, pronuncia en el Instituto Social de la Universidad Nacional del Litoral una conferencia, cuyas tesis preanuncian ya la nueva dirección de sus ideas. Nos referimos a La crisis espiritual y el ideario argentino, en la que efectuó una severa crítica del "hombre de ideas", de los partidos políticos liberales y de la falta de representatividad de nuestro parlamento, no obstante la conquista de la ley Sáenz Peña.

Para nosotros, lo más importante de dicha conferencia es su señalamiento del "hombre precapitalista", como protagonista espiritual de nuestro tiempo, en la medida en que quiere "liberarse de las condiciones que lo niegan y anulan". Su enfoque del alma precapitalista ("Estaba ahí -dice-- antes que el racionalismo marxista formulase su crítica del capitalismo. Estaba ahí con su ideal de justicia"), se presenta como un eficiente punto de partida para nuevas búsquedas e inquisiciones.

Saúl Taborda se fue sumergiendo, a partir de entonces, en aguas profundas, para comprender que la imagen liberal del país era solamente imagen, fantasma. La inteligencia liberal se había convertido en mensura rerum, en medida de todas las cosas de la Argentina, sostenida por poderosos intereses económicos que operaban sutilmente, en pos de sus propios objetivos, anulando toda tentativa del genio nativo.

El 16 de febrero de 1935, al cumplirse un siglo del asesinato de Facundo Quiroga en Barranco Yaco, Taborda lanzó el primer número de su periódico Facundo, de crítica y polémica, con un artículo de fondo donde expresaba, fervorosamente, su nueva visión de la historia y de la cultura argentina.
Ese texto, Meditación de Barranca Yaco, constituye uno de los testimonios más lúcidos, sobre el tema, salidos de la pluma de Saúl Taborda.

Empezaba el cordobés preguntándose si la tragedia de Barranca Yaco envuelve un imperativo de examen de conciencia "en miras a una rectificación de los rumbos ideales de nuestra vida", para plantearnos más adelante esta premisa clave: el fondo perviviente y esencial de la voluntad de Mayo es la autodeterminación de las comunidades existentes en esta demarcación territorial llamada Argentina. Vale la pena reproducir sus conceptos sustanciales:
"Sólo a condición de negar que en 1810 existiera ya una comunidad consciente de sí misma y de su destino se puede desconocer la premisa que antecede.
"Formada por núcleos constituidos y consolidados en una enorme superficie geográfica, ligados por los lazos espirituales legados por Castilla, esa comunidad estaba estructurada y dispuesta como entidad para la historia y su evidente vocación política era el intercomunalismo federalista.

"Sobre esa estructura y esa vocación debimos afianzar la organización nacional. Sobre esas notas peculiares y distintivas debimos crear instituciones originales, expresivas de la idiosincrasia nativa. Pero fuerzas extrañas nos determinaron a proceder de otro modo, y, pagando tributo a las sugestiones alucinantes de la civilización europea surgida de la disolución del orden medioeval,nos dimos a la tarea de casar apresuradamente doctrinas contradictorias para plasmar ese hibridismo invital y artificioso, hecho con el regalismo policial de Bodin, con la teocracia absolutista disfrazada de patriarcalismo hebreo de Bossuet y con la ideología contractualista de Rousseau, que se nos ha ofrecido como nuestro genuino y auténtico sistema constitucional".

Taborda señala como Mariano Moreno, entusiasmado por la ideología de Rousseau, erró la vía de entrada, para expresar expresar textualmente: "Por el camino abierto por este error, cuya excusa radica en que Moreno quiso hacer de la ideología importada un arma de lucha contra el poderío español, hicieron su entrada los errores ligados a los nombres de Alberdi, de Sarmiento y de los pensadores más o menos improvisados, de los primeros momentos". Era necesario colmar un baldío material y moral, y nuestros primeros estadistas, apresurada y desordenadamente, producen el cambio, Leamos a Taborda nuevamente:

"Europa sólo espera una señal para venir a civilizarnos. Espera la señal de su recompensa. ¿Qué falta?
"Falta que concluyamos de negarnos, despreciando todo lo que tiene sello castellano, lo profundamente castellano que tenemos en la sangre. Necesitamos ser una raíz amputada de la raíz de la estirpe. Nadie sabe, nadie quiere saber que, según la intuición de José Manuel Estrada, plenamente confirmada, por las recientes investigaciones de Porcowski, aquella estirpe es la creadora de la libertad europea: necesitamos negamos para ser dignos de la civilización prometida. ¿Cómo hacer para negarnos del todo?
"-Reducid al salvaje -responde la cultura, señalando al caudillo.
"¿ y por qué”.
Es cuando los mentores de nuestro racionalismo señalan la necesidad de extirpar al caudillo, tipo representativo del espíritu comunal, "precioso don castellano", dice Taborda. Marca nuestro pensador, de esta manera, la responsabilidad de la generación del 37 y de sus legatarios:
"Nuestro apresuramiento, excitado por las influencias ultramarinas, no tiene tiempo para detenerse en estas cuestiones, El caudillo es la causa de nuestro atraso -atraso no sabemos en relación a qué- porque se resiste a la absorción centralista de Buenos Aires. Para la impaciencia de la cultura, el caudillo no comprende - ¡cómo va a comprender el gaucho hirsuto que no ha pasado por ninguna universidad!- que el capitalismo europeo no pacta sino con unidades nacionales responsables de los documentos que firman.
¿Dónde se ha visto que la alta banca de Londres trafique con una tribu de salvajes? ¿Dónde se ha visto que rinda sus beneficios civilizatorios sino en emporios provistos de gobiernos de puño fuerte, prestos a depararle privilegios, concesiones, factorías, policías, y fueros de excepción?
"Una noche, un tiro disparado por una mano aleve, desde las sombras de una encrucijada cualquiera, concluye con la vida del caudillo de caudillos.
"Cien años hace de esto.
"Un siglo y un crimen: Facundo.
"¿Cabe todavía interrogar por la significación actual de la tragedia de Barranca Yaco?"
La civilización europea pobló la superficie de nuestra república, pero no pudo poblar el alma de los argentinos. Su progreso nunca llegó a ser fuerza propulsora de lo nuestro, de lo genuinamente nuestro. Trató en todo caso de sustituir al genio nativo:
"Nuestra cultura, ¿no está acaso más obsedida y desesperada por el enorme hueco de la pampa que un siglo atrás, cuando la bala homicida, fabricada por la industria importada, puso una oblea de sangre sobre el pecho del héroe?

"¿Es esta la realidad que se propuso alcanzar la voluntad de Mayo? ¿Fue la voluntad de Mayo la que dispuso y ejecutó la represión del caudillismo reclamada por la cultura urbana bajo la sugestión de las corrientes civilizatorias de Europa?

"Mientras más se agudiza la crisis en la que se hunde el materialismo capitalista, encenagado hasta el hocico en la idolatría de Mammon, más claramente vamos viendo que, por lo que concierne a nosotros, fueron los caudillos -si, los caudillos, esos magníficos ejemplares humanos retoñados en raigón castellano en tierra americana- los auténticos portadores de la voluntad de Mayo".

Estas afirmaciones de Taborda, hechas en 1935, cuando aun los historiadores e investigadores del pasado argentino no habían documentado el proceso que él denunciaba. asumen un sentido de excepcional clarividencia. Hoy, después que H. S. Ferns hizo categóricas revelaciones documentales en Britain and Argentina in the Nineteenth Century, resulta sencillo contestar y satisfacer los interrogantes planteados por Taborda.

En ese mismo número de Facundo, su redactor dio a conocer una nota titulada En torno al 90, agudas reflexiones sobre el libro de Juan Balestra y sobre el papel jugado por Juárez Celman en ese período de transición de la vida argentina. Y nuevamente, en este texto, la inteligencia de Saúl Taborda nos va dejando síntesis admirables. Dice por ahí, verbi gratia:

“En el espectáculo de marionetas del 90, hay un personaje que no figura en el reparto, pero que maneja, desde Londres, los hilos del manipuleo: el oro. Tiene su nombre: Baring Brothers...
“Juárez Celman - provinciano formado en un ambiente impregnado de ese comunalismo nativo- no era el hombre adecuado para facilitar la penetración de lo político por lo económico. El no haberlo comprendido a tiempo, el no haber “comprendido a Europa” fue su máximo error. Su máximo error y su pérdida. El hombre adecuado era el héroe porteño de circunstancias que, jinete en un jamelgo, cruzaba sobre los cadáveres sembrados por la asonada vencida, con veinte millones de pesos en el bolsillo para pagar los intereses de la banca internacional”.

Saúl Taborda había descubierto así, en el último decenio de su existencia, la más grande impostura de nuestro desarrollo cultural: la vaciedad de la fórmula sarmientina, sobre la cual hizo pie la colonización cultural buscada por potencias ultramarinas. Su fervorosa admiración por nuestros caudillos populares- que él prototipaba en la figura de Facundo- y su reivindicación del comunalismo castellano-criollo dicen, objetivamente, que encontró a tiempo nuestras “auténticas directivas históricas” y, siguiendo sus carriles, pudo ofrecer a las nuevas generaciones las fórmulas de la verdadera filosofía cultural de la Argentina.

Solamente a la luz esa filosofía, los argentinos podemos percibir las contradicciones que manejan nuestra historia desde antes de 1853, favorecidas siempre por los teóricos de la inferioridad americana.

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(*) Aparece como última parte del capítulo IV (“Apuntes sobre la pedagogía de Saúl Taborda”), en la 2da. edición del libro de Fermín Chávez: CIVILIZACION Y BARBARIE EN LA HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA, Buenos Aires, Ediciones Theoría, 1965 (págs.116-120), y en las siguientes impresiones (por lo menos hasta la 4rta, Buenos Aires, Los Cohiues, 1988). No aparece en la 1era edición de la obra, subtitulada “El liberalismo y el mayismo en la historia y en la cultura argentinas” (Buenos Aires, Editorial Trafac, 1956, 126 págs.

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Vacilaciones y atisbos de Manuel Ugarte, en medio de una intelectualidad desconcertada (1)

La irrupción de nuevos modos de comunicación y de lectura, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, generó un notorio desconcierto y una abundancia de reacciones conservadoras (las voces de Miguel Cané, Paul Groussac, Ernesto Quesada, José María Ramos Mejía, etc.) que, entre otras cosas, le negaban a los escritores surgidos de los sectores sociales medios en gestación, la posibilidad de convertirse en profesionales de las letras. Por eso menudearon los ataques contra folletines periodísticos, payadores circenses, el teatro por secciones, las colecciones de versos camperos, lunfardos o su combinación, que se vendían en los estancos de las terminales tranviarias o ferroviarias.

Los primeros gestos comprensivos hacia esos nuevos materiales literarios, preferidos por el gran público, pero carentes de lugar y de prestigio en el canon letrado, surgió de algunos intelectuales heterodoxos, aunque también ellos vacilaban en cómo enfrentar la doxa conservadora imperante. Un ejemplo temprano fue Manuel Ugarte (1871-1951 ). Norberto Galasso ha documentado año tras año su formación en París, cerca de los simbolistas y parnasianos y en medio de la bohemia latinoamericana, merced a la solvencia económica de su padre, un acaudalado administrador de propiedades y "asesor" financiero de la dirigencia, que lo consideraba "su hombre de confianza" (Galasso, 1974, 12)

Cuando regresa al país y completa sus estudios, a los 20 años, el joven Ugarte decide editar una Revista literaria que fuera el equivalente de la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales uruguaya de José E. Rodó. Su editorial Cuatro párrafos del primer número, afirma: "Queremos hacer una revista exclusivamente literaria. Necesitamos el auxilio de todos los que piensan y sienten", es decir de una restringida minoría.

Durante un año demuestra ahí su deseo de acercamiento a la literatura de América Latina, que fuera una de las ambiciones del modernismo, así como una progresiva inclinación hacia lo político, a tomar distancia del esteticismo exagerado. Sus primeros poemas adoptan ya una firme postura frente a quienes "pierden el tiempo/ refiriendo/ los idilios de reyes y princesas".
La empresa no perdura, a pesar de que su director busca un tardío apoyo publicitario, y en 1897 regresa a París con el propósito de estudiar y disfrutar los amores libres de una ciudad más cosmopolita. Inicia una red de colaboraciones periodísticas que sostendrá a lo largo del resto de su vida y se involucra en el proceso contra el capitán Dreyfus, comparte la posición de Zola y su creencia en la misión cívica del artista, jura por Anatole France o por Octave Mirbeau, lee con avidez a los rusos Gorki y Tolstoi.

Luego de un breve retorno a Buenos Aires, viaja a los Estados Unidos, se interioriza respecto de su política expansionista, y de retorno en París busca la amistad de otros latinoamericanos menos bohemios y más combativos, como el venezolano Rufino Blanco Bombona o el colombiano Vargas Vila.

Sus primeros libros -Paisajes parisinos de 1901 y Crónicas del boulevar de 1902- provocan un debate entre sus prologuistas -Unamuno y Darío, respectivamente- a propósito de si es o no beneficioso el afrancesamiento de los jóvenes escritores de nuestro continente. Ugarte queda un poco entre dos fuegos, todavía no muy convencido de que hacer "literatura social" exija renunciar a ciertos avances que la escritura modernista trajo a las letras hispanas.

Darío puntualiza que en París ha tenido ocasión Ugarte de reafirmar sus preocupaciones sociales: "Hemos asistido juntos a reuniones socialistas y anarquistas" donde él no pudo "resistir la irrupción de la grosería, de la testaruda estupidez, de la fealdad", y en cambio Ugarte "se ha puesto hasta de parte del populacho que no razona, y me ha hablado de próxima regeneración, de universal luz futura…"(Darío, 1903, pp. IV-V).(2)

El argentino practica el género crónica, que fue la mayor apuesta modernista en los grandes medios de prensa, "porque obliga a abarcar, comprender o profundizar todo", una compleja red de acontecimientos "tan múltiples, tan desordenados y tan rápidos" que producen vértigo (Ugarte, 1902, pp. 23-24).

Su mirada, como lo han señalado acertadamente Maíz y Olalla, "es la mirada del no metropolitano, el otro periférico que observa con ojos entre críticos y admirativos la ciudad que no le pertenece pero que es capaz de hacerla por un instante propia" (Maíz-Olalla, 2010: 10).

Rechaza, en El París honrado, la imagen de los turistas que sólo encuentran allí diversión y frivolidad; para él es un laboratorio de aprendizaje en todo sentido. Varios artículos (El arte nuevo y el socialismo; Teatro cívico; El drama revolucionario) reafirman su fe en un arte pedagógico, noción que les ha escuchado predicar a Jean Jaurés y al influyente Anatole France.

Hay un aspecto, sin embargo, que, por encima del optimismo ingenuo de Ugarte en esos años ("nadie puede impedir el triunfo del bien: sólo es posible aplazarlo", Ugarte, 1902: 142), lo acerca a Ghiraldo. Cierta comprensión del "teatro criollo", aunque no le reconozca todavía jerarquía artística porque es tosco; ni valor moral, porque atenta "contra la razón y los buenos sentimientos" (Ugarte, 1902: 255).

El peligro yanqui, escrito para El País en octubre de 1901, marca el inicio de la prédica antiimperialista que absorbería sus mayores esfuerzos. Tras recalar en España, regresa a Buenos Aires, en agosto de 1903, e ingresa en seguida al partido socialista, donde su posición va a tener eco en Alfredo Palacios y algún otro correligionario, pero no en la línea internacionalista que Juan B. Justo le impone al partido.

Si elogié en el comienzo la minuciosidad biográfica de Galasso, no puedo ocultar ahora que sus opiniones acerca de la producción literaria de Ugarte son incompartibles. Oponer realismo a exotismo era un recurso de época y que se encuadraba en la disputa reformismo/modernismo, pero con el cual hoy es imposible acordar.

Tal reducción esquemática rechaza como "melancólico" o "intimista" lo mejor que escribe entonces Ugarte, sea como cronista o como narrador: algún pasaje de La novela de las horas y los días (1903), algún cuento de Una tarde de otoño (1905). En cambio, el biógrafo celebra Cuentos de la pampa (1903), "su primer libro realmente nacional"(Galasso, 1974, t. I, 106).

Su juicio sólo toma en cuenta el referente reconocible e ignora la autonomía parcial -reconocida por los clásicos del marxismo- del lenguaje literario. Por lo contrario, en ese volumen, el criollismo naufraga entre explicar las conductas nativas por "atavismo" (La leyenda del gaucho, La venganza del capataz), en términos rigurosamente darwinistas, o por una idealización indianista romántica, a lo Chateaubriand (El Malón).

Lo peor, sin embargo, reside en caracterizar la vida americana como rudimentaria y salvaje, algo que él mismo les reprochara en sus Crónicas del boulevard a otros escritores latinoamericanos. Y en mover sobre escenarios improvisados, según ciertas lecturas y una retórica realista-naturalista, una serie de estereotipos prejuiciosos, como la oposición seres sensibles/seres primitivos.

Pero Ugarte era más intelectual que escritor y lo demuestra en Las nuevas tendencias literarias (1908). Allí vuelve sobre el teatro criollo, y en especial sobre el Moreira, al punto de explicar su éxito "por varias razones": la admiración hacia los bandidos rurales heredada del romanticismo, la "apología del famoso culto al valor que es entre nosotros, según como se mire, la cualidad primera o el defecto capital" y "el hábito de oponerse a toda organización, a toda autoridad", acompañado por "la pintura o la evocación más o menos completa de costumbres y personajes del terruño" (Ugarte, 1908 a: 78-79).

Su inseguridad respecto del "culto del valor" forma parte de un esfuerzo comprensivo afín con Ghiraldo, pero impensable en Ingenieros o Payró. Contrasta, además, con el antimoreirismo sostenido por la élite intelectual porteña. No puede distinguir, claro, el referente mentado y su procesamiento artístico: "La vida criolla es así tierra adentro. El teatro no hace más que reflejar las susceptibilidades extremas, que dan a las costumbres rurales cierto matiz medioeval" (Ugarte, 1908: 86).

Si el gaucho resolvía por su cuenta los conflictos, personales o no, se debió -explica- a que la justicia había sido deficiente desde la independencia. A partir de eso, intenta justificarlo:

Lo que hallamos en la escena criolla no son caracteres,
sino gestos decisivos y situaciones extremas que nacen
de hombres simplistas, pletóricos de salud. Y aquí reside,
precisamente el imán de este teatro, que por su misma
falta de complicación en las almas nos da una extraña
sensación de fuerza ciega y salvaje" (Ugarte,1908a: 89)


Entonces desliza una curiosa comparación con M'hijo el dotor (1904) de Florencio Sánchez, en cuanto Moreira se rebela contra las autoridades y Julio contra la autoridad paternal, luego de lo cual generaliza: los autores de dramas criollos (Gutiérrez y Sánchez igualados) tienen ideas avanzadas y las exponen con decisión, sin herir los prejuicios de los espectadores, pero sin respetarlos tampoco", tal vez porque se dirigen "a la clase media y al pueblo" (Ugarte, 1908: 90).Esa comparación entre piezas de circuitos diferentes le permite una aguda observación acerca de cómo reaccionan públicos diferentes ante el espectáculo de la violencia liberada.

Enfermedades sociales (1906) y Burbujas de la vida (1908), otras dos colecciones de artículos provenientes de sus tareas periodísticas, completan esta etapa inicial de Ugarte, quien desde 1909 desplazaría definitivamente su interés hacia la prédica política anti-imperialista.

En el primero, opina que "el libertinaje en las lecturas coincide con cierto espíritu hostil al progreso y a las reformas" (Ugarte, 1906:120). Contrapone una literatura sana y moralizadora (de Sócrates a Zola) a otra peligrosa por su sensualidad enfermiza (de Sade a Baudelaire), nos revela el aspecto más conservador de Ugarte, en disidencia incluso con su propia historia amorosa personal, propone prohibir "la pequeña literatura de droguería" (Ugarte, 1906: 123)y los espectáculos de café-concert.

Burbujas de la vida (1908) insiste en algunos de esos tópicos de (inmoralidad de las publicidades y de los teatros de revistas; condiciones del periodismo ideal y democrático) e incluye también un llamativo elogio al Bartolomé Mitre intelectual, a Ricardo Rojas poeta y a Ghiraldo narrador (Gesta), por su "sabor de realismo". Su artículo Las razones del arte social respalda a quienes escriben con un propósito claro, "tienen algo que decir", respetan "una finalidad prevista" (Ugarte, 1908 b, 131) y execra el supuesto artepurismo de Aphrodite (Pierre Louys) o los versos de Verlaine (Ugarte, 1908 b: 132).

La campaña de 1910 lo lleva a recorrer gran parte de Sudamérica, Centroamérica y México, a editar El porvenir de la América Española que tiene muy buen recepción, salvo en La Vanguardia, donde califican sus advertencias de "proclama alarmista" (Galasso, 19 , 384). Dirige La Revista Americana en 1913, entre cuyos colaboradores están algunos intelectuales latinoamericanos afines con su prédica: José Santos Chocano, Rufino Blanco Fombona, Vargas Vila, pero también Ricardo Palma o José E. Rodó.

Regresa a Buenos Aires luego de ocho años de ausencia y no es bien recibido en los círculos oficiales, hasta su ex amigo Roque Sáenz Peña le niega una audiencia. Con La Vanguardia sostiene una acalorada polémica que deriva en un reto a duelo con otro ex amigo, Alfredo Palacios, lo cual facilita que el Partido Socialista lo expulse. Participa activamente en la Reforma Universitaria de 1918.

En los años siguiente prosigue su prédica contra los Estados Unidos y sus intervenciones en América Latina (El destino de un continente, 1923), al margen de lo cual publica una sátira de la sociedad moderna (El crimen de las máscaras, 1924), la novela El camino de los dioses (1926) y el "Manifiesto a la juventud latinoamericana" que José Carlos Mariátegui le pide para su revista peruana Amauta.

El texto mencionado de 1924 es muy interesante, metaliterario. "El desconocido" encargado de narrarla, una vez sucedido su encuentro con una máscara de la muerte en pleno Carnaval (la fiesta transgresora por excelencia), en un jardín de la ciudad de Villaloca (nombre imaginario y burlón), lo califica de "farsa, un poco music-hall y un poco Salon des Independents" y si "asoma alguna filosofía entre tantos disparates es porque siempre van juntos los bufones y la tragedia". Lo tragicómico constituirá una de las líneas persistentes de encuentro entre intelectuales y público en la Argentina, sobre todo a través del grotesco escénico que iniciara Carlos M. Pacheco y reactivaran en esa década de 1920 los hermanos Discépolo , Defillipis Novoa y luego, en el Teatro del Pueblo, Roberto Arlt.

El relato continúa con una confusa lucha en que muere la calavera y el narrador confiesa: "asistí a la tragedia bufa que voy a contar, sin saber, realmente, si cuento un suceso que he visto o un delirio de la imaginación" (Ugarte, 1924:11). En nueve capítulos, que no podría resumir ni comentar en detalle, Pierrot (símbolo del ensueño) se enamora de Lucinda con la cual sostiene, a lo largo de la acción, una serie de diálogos en los que ella pasa del entusiasmo inicial a acatar el casamiento conveniente con Sobón que le concierta su padre (Polichinela), siempre en un clima que confunde realidades y fantasías, sobre un escenario teatral cuyo público reúne, llamativamente, a personajes históricos de diferentes épocas y cataduras.
Arlequín y Crispín conciertan las infamias y calumnias que matan la ilusión de Pierrot, quien se expresa siempre en un vocabulario romántico, y cuyos aliados son Rip, Pingüino- un salvaje colonizado-, tres mendigos, el niño que vende periódicos y un pequeño grupo de estudiantes. A esa actitud desinteresada de pobres se une la de los jóvenes, según un tópico bastante generalizado en el discurso intelectual de la época y acorde con el triunfo de la reforma universitaria. Así como la sátira contra el periodismo: a Shakespeare le niegan la crónica de teatros en El Faro de Villaloca, pero le proponen que se encargue de tauromaquia.

Hablar de "farsa" y apelar a algunos arquetipos de la Commedia dell Arte italiana nos trae también reminiscencias de Jacinto Benavente (Los intereses creados ,1907, La ciudad alegre y confiada, 1916) y del discurso noventayochista español. El capítulo IX se abre con la proyección de un filme que satiriza la producción hollywoodense (es una Superproducción de Fair Eyes, World Film, Los Angeles, que cuesta 500 billones) y donde Pierrot peregrina a casa de su madre, que muere en sus brazos no sin antes culparse: "¿Por qué te he dado mi alma limpia y sentimental?" (Ugarte, 1924: 223). Al encenderse las luces, un referee decreta Goal mientras masca swin-goum y un enano encabeza a los genízaros que acusan a Pierrot de asesino.
Pierrot se suicida, pero, para que no se convierta en víctima inocente, juez y verdugo deciden ejecutarlo "después de muerto". La muchedumbre, afónica, ruge por el triunfo de Arlequín hasta que irrumpen unos enmascarados e incendian el teatro, la comedia y a los cómicos, mientras huye el público. La sátira victimiza al artista y recuerda lo sucedido en Europa desde la segunda mitad el siglo XIX, cuando los escritores "se constituyen, frente a la sociedad, en clero escarnecido y distante" (Benichou, 1981: 439).

Las Confidencias y recuerdos de 1932 resumen y replantean diversos aspectos de la desorientación, vacilaciones y dudas de nuestra intelectualidad en las primeras décadas del siglo XX. La reincidencia en "falta de adaptación al medio" o retraso evolutivo atestiguan resabios positivistas. También apelar a los criterios del nativismo, en cuanto a lo que debería ser la literatura nacional (escribir lo regional, el terruño, la esencia autóctona), acusan un lastre. Del cual Ugarte se libera cada vez que reconsidera al "teatro criollo".

La crítica sigue castigando a Eduardo Gutiérrez, pero sobre el Moreira "se escribirá todavía cuando muchas obras fastuosas se hayan hundido en el olvido" (Ugarte, s/f: 100), porque su héroe era generoso y reparador; porque las representaciones circenses alegraban al público al permitirle reconocerse en escena. Insiste exageradamente en la falta de una producción literaria propia, no imitativa, si bien alguna vez, y a propósito de las cartas de lectores a los periódicos, sostiene que "el 'público', en su alta y noble expresión, no es la masa ignorante y dócil que algunos imaginan para enaltecer su vanidosa suficiencia" (Ugarte, s/f: 133).

Sobre la profesionalidad tiene respuestas erráticas. Por un lado se aferra a un elitismo del "talento", añoranza de la "gloria" y "fe en los valores eternos" que recuerdan al Rubén Darío aristocratizante; por otro, denuncia con precisión cómo el editor Garnier, con el cual trató, explotaba al escritor malpagando un original o retaceándole sus derechos: "El se reservaba, desde luego, todas las ventajas; a nosotros, como concesión suprema, nos entregaba una ínfima suma. (Ugarte, s/f: 54). Esas contradicciones bastan, sin embargo, para darle un lugar diferente dentro de la intelectualidad nacional de la época.
Si en el texto ficcional de 1924 parecía despreciar al cine, cinco años después y en la revistas chilena Atenea nos sorprende con esta lúcida reflexión al respecto:

"No es posible imaginar todavía lo que ese infante, que ya nos desconcierta con los
maravillosos horizontes que abre a la creación y al ensueño, llegará a ser así que
se despoje de las reminiscencias extrañas y de las imposiciones de un público que
todavía no sabe pedirle, en muchos casos, más que la comedia divertida o las
emociones del folletín." (Borge, 2005: 89)

 

EDUARDO ROMANO


Bibliografía.

Benichou, Paul. (1981 <1973>) La coronación del escritor. Ensayo sobre el advenimiento de un poder espiritual laico en la Francia Moderna. México, Fondo de Cultura Económica.
Bolleme, Genevieve (1990 <1986>) El pueblo por escrito: significados culturales de lo popular. México, Grijalbo-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
Darío, Rubén. (2002) Prólogo a Crónicas del bulevar. París, Garnier.
Galasso, Norberto:
(1974) Manuel Ugarte I. Del vasallaje a la liberación nacional. Buenos Aires, Eudeba.
(1978) Manuel Ugarte. La nación latinoamericana. Compilación, prólogo, notas y cronología. Caracas, Biblioteca Ayacucho 45.
Maíz, Claudio y Olalla, Marcos.
(2010) Estudio preliminar a Ugarte, Manuel: Crónicas del bulevar. Buenos Aires, Biblioteca Nacional, Colección Los raros 32.
Ugarte, Manuel. Crónicas del bulevar (2002 <1902>) . Buenos Aires, Biblioteca Nacional, Colección Los raros 32.
(1906) Enfermedades sociales. Barcelona, Sempere.
(1908 a) Las nuevas tendencias literarias. Valencia, Sempere.
(1908 b) Burbujas de la vida. París, Ollendorf.
(1924) El crimen de las máscaras. Valencia, Sempere.
(<1932>, reedición sin fecha) El dolor de escribir (Confidencias y recuerdos). Prólogo de Miguel Unamuno. Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes, Colección Autobiografías, Memorias y Libros olvidados 8.

 

(1) Este fragmento pertenece al volumen Intelectuales, escritores e industria cultural en la Argentina (1898-1933) de próxima aparición en la editorial La Crujía.

(2) Para la filiación de los términos despectivos empleados, remito a Genevieve Bolleme: Le peuple par écrit, Primera parte. Y sobre todo a las citas de Diderot en la Encyclopedie. Es decir que los prejuicios sobre “el pueblo”, “lo popular” y su falta de “razonamiento” se remontan fundamentalmente al siglo XVIII, aunque la autora de este ensayo los rastree -de manera muy erudita- desde la Antigüedad.

 

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Artigas, la devoción uruguaya

Cuando en el Río de la Plata, entre los dos solsticios de 1810, se descompone un secular imperio políglota, surge una situación que, en el plano político desbordó las posibilidades de control al desatarse una guerra civil entre un grupo al que con cierto desdén la literatura uruguaya llama la oligarquía porteña enfrentando a los caudillos rurales emergentes que buscaban espacios donde afirmar su poder. Entre éstos, Artigas le va a dar a esas luchas un cierto contenido programático, que esa misma literatura se encargará de magnificar.

El epílogo de ese enconado antagonismo va a ser la Convención Preliminar de Paz donde el Emperador del Brasil -gestión inglesa mediante- dispone la independencia (en realidad, la amputación) de la Provincia Oriental, solución a la que Artigas siempre se había opuesto y se opondrá hasta el final de sus días. Pero "nada hay tan brutal como un hecho", decía Juan Carlos Gómez. La Banda Oriental, venida a República, debió adaptarse a las circunstancias de tal manera que al cabo de medio siglo de turbulencias de todo orden, el Estado Uruguayo recién va a estar más o menos constituido -manes del militarismo- y con ello enfrentado a la necesidad de un héroe que le ayudara a mejorar las apariencias. La elección recayó en Artigas que nada tenía que ver con el asunto pero era el único que estaba al margen de compromisos con las banderías consagradas partir de un episodio (la batalla de Carpintería), donde se perfilaron las primeras banderías políticas llamadas a perdurar hasta el presente.


La elaboración de un héroe

La dura tarea de revertir una figura que había dejado un amargo recuerdo, en la estampa proceral que hoy nos es familiar, la tomó a su cargo un grupo de intelectuales (Ramírez, Maeso, Fregeiro, Bauzá) que en la década del ochenta del siglo XIX, propuso transformar un déspota bárbaro (y no hay en esta expresión ningún juicio de valor sino una clasificación rigurosamente técnica) en un demócrata liberal, volviendo en aciertos sus errores y en triunfos sus derrotas. En fin, la misión de construir un ser magnánimo, impoluto, inmaculado, inmarcesible, "perfecto" (Maggi dixit) a partir de un hombre con todas las debilidades y limitaciones de su condición humana, de su cultura cimarrona y de su época bárbara, demandó el esfuerzo literario de todo el siglo XX. Eduardo Acevedo (ponderado y ecuánime), Miranda, el exuberante Zorrilla de San Martín y sucesores, con la colaboración de docentes, periodistas, artistas y, sobre todo, con el apoyo y aun el estímulo del Estado a través de todos sus gobiernos -legítimos o no- lograron fabricar un mito tan abarcativo, tan totalizador, que hoy se identifica con el país mismo en un nivel cuasi religioso.

Pero, atención, aquel Artigas histórico real, fuerte latifundista, que en 1811 concita el respeto de sus pares y la adhesión carismática de los gauchos para perder luego todo ese capital en el curso de una década de desaciertos de todo orden, ese Artigas, digo, no es responsable del torrente apologético que está propuesto no sólo en los textos escolares.

 

El Congreso de Abril a la luz de los liberales

Durante la primera mitad del siglo XX recibimos, en términos generales, la visión liberal del Artigas padre de la patria que hizo del Congreso de Abril (Instrucciones y Discurso) el centro neurálgico de su exégesis. "Mi autoridad emana de vosotros" fue el paradigma de la democracia universal. Nunca nadie -historiadores y juristas- advirtió que el problema no está tanto en la fuente de la autoridad como sí en sus límites y controles. Y estos rasgos no fueron nunca precisados y Artigas, durante su actuación de nueve años, ejerció el poder a pleno, cual corresponde a aquella peculiar cultura cimarrona donde no cabían las prácticas liberales. Tanto es así que en el mismo discurso -único que pronunció en el curso de toda su actuación de apenas nueve años- el Caudillo recuerda a la seleccionada audiencia (allí no hay gauchos ni negros, indios mucho menos) que se debe a sus desvelos y afanes, el goce de los derechos de que disponen. A la chita callando, con esa especie de clearing, -la autoridad recibida en compensación por los derechos otorgados- él está imponiendo una relación comparable a lo que en el derecho privado sería un contrato de adhesión.

En las Instrucciones, el leit motiv es federación, independencia y república, propuestas éstas que la hagiografía uruguaya recibe con fruición sin entrar a considerar que la república puede adoptar muchas variantes (piénsese en la república de los ayatolas), tantas que, en definitiva, no pasa de ser sólo una palabra; tampoco se repara que la independencia está muy limitada cuando, en las mismas Instrucciones, se propone cometerle a la marina inglesa la protección del comercio y, por último, la federación fue un mecanismo de ingeniería política válido para la sociedad colonial inglesa pero no era un modelo exportable como los candorosos colonos hispanoamericanos (no sólo Artigas) lo supusieron. Los comentaristas uruguayos, antes y después de Miranda, no repararon en ello porque no analizaron la situación con objetividad y porque, además, no leyeron a Melián Lafinur ni a Berra ni a Tocqueville.

 

El Reglamento Provisorio a la luz de los populistas

A principios de la segunda mitad del siglo XX, un nuevo impulso recibe la edulcorada y aceitada construcción de la imagen que H.D.(1) había divulgado horizontalmente con tanto éxito Hasta entonces la apología había estado (en su mayoría) a cargo de abogados liberales.

Hacia 1960, con motivo de rememorarse varios sesquicentenarios, hizo su entrada triunfal la interpretación "científica" de la mano del materialismo histórico. Fue algo así como la prueba del nueve. Se podría verificar o rectificar la visión recibida de los positivistas. El resultado fue la más completa confirmación de la perfección del padre de la patria. Sin modificar ninguna de las conclusiones ya alcanzadas, ni siquiera discutirlas, la nueva línea desplazó la insignia desde las Instrucciones (discurso incluído) al Reglamento Provisorio que pasó a ser la estrella. Si aquellas habían sido el desideratum político, éste vino a reflejar la inflexión social en su más alto pie. Hubo una investigación paciente y meritoria a cargo de un grupo de jóvenes por entonces que, aun cuando muy minuciosos en lo que hace referencia a repartos de pequeñas parcelas, limitados por una concepción fisiocrática antes que materialista de la historia, no llegó a advertir que el reglamento lejos de resolverles problemas a los más infelices, al contrario, se los crea

Veamos sólo algunos aspectos en los que la crítica no se detiene (al contrario, pasa de largo): El Reglamento impone plazos de imposible cumplimiento. Noventa días (unificando el término y la prórroga), en las mejores condiciones climáticas y de mayor horas/sol, eran absolutamente insuficientes para que un hombre sólo (no se prevé ningún apoyo de mano de obra ni de herramientas), pudiera realizar la tarea de levantar un rancho más dos corrales.(2)

La clave del Reglamento no está en el artículo 6º -los más infelices serán los más privilegiados- que hace las delicias de la literatura populista y de los discursos de barricada, sino en el artículo 27 que impone la leva a quienes no tengan la papeleta patronal. No porque sí: la finalidad del documento es la "protección de los hacendados" que, por la vía de este artículo, pasan a tener el control de los vagos, es decir, de los gauchos, a quienes compulsivamente se les reserva un destino de minifundistas o un conchabo como peones; la alternativa a ésta o a aquélla forma de reducción, es la leva. No entiendo por qué la oligarquía oriental pudo ver con malos ojos, según la exégesis moderna, esta iniciativa que, sin duda, favorecía sus intereses. Se le da mucho crédito a una opinión de Larrañaga que atribuye la desconfianza a la falta de garantías procesales, lo cual es correcto porque toda la dinámica jurídica, donde se jugaba nada menos que el derecho de propiedad, quedaba librada al arbitrio de funcionarios sin ninguna especialización ni preparación que, en consecuencia, no ofrecían ninguna garantía.

El Reglamento no ataca el latifundio por el hecho de serlo. Artigas, por ejemplo no perdió la propiedad de sus 467.000 cuadras de campo. El Reglamento es una medida política. No ataca a la propiedad sino a los propietarios si así corresponde en función de su adhesión o no al sistema (es decir, a él). Quienes financian esta medida son los malos europeos y peores americanos según la apasionada definición del texto; es decir, la financian “los otros”

Por lo demás, los beneficiarios habrían de quedar sometidos a la presión de las grandes estancias vecinas, porque es una regla de oro que el gran dominio somete al pequeño fundo. Los agraciados, entre otras cosas, pasaban a depender de los precios que les trasladarían los grandes y medianos hacendados y los pulperos, tanto como de la flota de carretas para el transporte de su producción. Mal negocio para aquéllos y buen negocio para éstos

 

Una conclusión entre otras

Aun cuando caben otras consideraciones -sobre la libertad individual, por ejemplo- voy a detenerme en dos aspectos. Uno, que Artigas es un producto literario, resultado directo de la Convención de Paz. Quiero decir que sin la Convención, la literatura hubiera tomado otro rumbo y este Artigas de bronce, tal cual figura en la plaza “Independencia” es impensable. Lo segundo, es que, salvo algunos herejes, infieles o apóstatas -los hay- que deben estarse quedos, Artigas concita una adhesión unánime y clamorosa. Desde las más extrema izquierda -Tupamaros y otros grupos guerrilleros- hasta los Tenientes de Artigas y demás logias crípticas de la ultraderecha, y entre ambos extremos, cualquiera de los matices y variantes de tamaño y color, todos, digo, abrevan inspiración y sabiduría en Artigas que, más allá de sus errores, más allá de su falta de consideración por la fuerza y hasta por la razón de sus adversarios, fue, por encima de todo, argentino y federal, sin claudicaciones ni renunciamientos; ante la Convención Preliminar de Paz, que mutiló a la Argentina, su patria, fue absolutamente indiferente. A pesar de ello, los uruguayos modernos, rinden un culto idolátrico al fetiche, y en ese templo a cielo abierto, callan sus tambores de guerra y allí, sin excepción, tomando del mito lo que a cada cual place, se constituyen –todos- propiamente en correligionarios

(1) Hermano Damaceno (hermano salesiano), francés, tardíamente nacionalizado uruguayo, autor de un texto de historia uruguaya que tituló “Ensayo de Historia Patria”, cuya primera edición de Barreiro y Ramos, fue en 1901 a la que siguieron 20 más hasta 1966.

(2) Guillermo Vázquez Franco, Tierra y derecho en la rebelión oriental- A propósito del Reglamento del Año XV. Editorial Proyección. Montevideo, 1988, págs. 90-92

 

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¿Qué pasó con Tórtola Bilbao? o La casa del ángel revisitada

por Abel Posadas y Marta Speroni

En una investigación titulada Novela y cine argentinos: siglo XX se tropieza con curiosidades no siempre anheladas. Así, por ejemplo, es válido preguntarse por qué razón la novela La casa del ángel de Beatriz Guido (1922-1988) recibió el primer premio en el concurso Emecé 1954. El escritor Juan José Delaney nos explica los motivos (1) del dislate. Hoy día, cuando se lee este verdadero folletín pletórico de cursilería bien pensante es necesario internarse por la sociología del público, algo menos cínico que el contemporáneo.

Guido, Martha Lynch y Silvina Bullrich son, según Cristina Mucci (2) las tres hipermediáticas de los años 50 y 60 que han sido por completo olvidadas. Dos folletines de Bullrich consiguieron ser llevado al cine: Bodas de cristal (Rodolfo Costamagna-1975) y Los pasajeros del jardín (Alejandro Doria-1982). Guido tuvo más suerte porque conoció, gracias a Ernesto Sábato, a quien sería su marido, el realizador Leopoldo Torre Nilsson. (3) El problema con el texto literario es que no sabemos cuál es la actitud de los lectores frente a párrafos como éstos:

“En una larga convalecencia, mientras leía en mi cuarto, cayó un
deshollinador por la chimenea. Ni siquiera me sonrió, atravesó el
cuarto dejando sus negras pisadas en el suelo (…) Pienso que los
deshollinadores nacen en invierno y mueren con el verano. Resucitan
para liberar las almas en pena que han quedado aprisionadas en
la chimenea”.

Ana Castro, cuya familia habitaba en la casona de Cuba 1919, en Belgrano, es la voz narradora del folletín. La obsesión de Guido es, naturalmente, la de las adolescentes violadas. Ana nos describe así su lucha con el político y duelista Pablo Aguirre:

“Después ya fue demasiado tarde. Durante una hora no hice más que
defenderme. Sin embargo, no podía gritar. Ni siquiera pensé en
gritar. Me defendí desesperadamente, sabiendo de antemano mi
derrota (…). Rodé por la alfombra. Me defendía detrás de las patas
barrocas y sólidas de la cama, me envolvía en las colchas de brocato
y esperaba que volviera a encontrarme. Cuando senti cómo rodaban
los portarretratos amarillentos de mi familia y la voz de Vicenta se
alejaba definitivamente, grité”

Los jurados del premio Emecé 1954 eran notables de aquella época y entre ellos figuraba Leopoldo Marechal, de quien Guido fingió ser íntima amiga antes del fallo. Luego lo olvido rápidamente porque después de septiembre de 1955 la esperaba la gloria que es efímera pero le dio la oportunidad de conocer mundo, tener algo de dinero y casarse con Leopoldo Torre Nilsson, (1924-1978) paladín de la “democracia” instaurada en aquel año.

Este realizador había desempeñado diversas tareas en los sets desde adolescente, ya que su padre era Leopoldo Torres Ríos. En 1950, aunque figure como co-director, se atrevió a plasmar en cine El perjurio de la nieve de Adolfo Bioy Casares, en una excelente adaptación de Arturo Cerretani. Se llamó El crimen de Oribe. En 1954 violó de veras a Emma Zunz de Jorge Luis Borges en algo llamado Días de odio y luego fue contratado por Argentina Sono Film. Le tocó a Tita Merello decirle en ocasión de Para vestir santos (1955):

- Ud. es el que saca a la gente torcida? A mí me va a sacar derechita. (4)

La película con Merello y Jorge Salcedo resultó un desastre pero Torre Nilsson ya había leído Nada, la novela de la española Carmen Laforet y otra vez con adaptación de Arturo Cerretani la llevó al cine bajo el título de Graciela (1956).

Además de encontrar una pareja de actores –Elsa Daniel-Lautaro Murúa-, Torre Nilsson buscó en la novela de Laforet un mundo que reiteraría a posteriori: el de la Facultad de Filosofía y Letras de aquellos años, ubicada en la calle Viamonte, donde hoy funciona el Rectorado. Es de un todo coherente que luego de esta incursión se dedicara al rodaje de La casa del ángel. Sin embargo, con el objeto de atacar a los viejos productores y a Luis César Amadori rodó antes El protegido (1956), financiado por la productora de los hermanos Carreras. No tuvo respuesta alguna por parte del público y ni siquiera Fernando Martín Peña cuando escribió sobre el realizador (5) la había visto.

Aprovechando el momento político, sabedor de que la Argentina Sono Film se encontraba en un momento delicado, el director les propuso llevar al cine dos novelas de la mujer: La casa del ángel y La caída. De la segunda no vamos a ocuparnos. La primera constituyó un verdadero acontecimiento político. A tal punto que Domingo Di Nubila relata en el segundo tomo de su Historia del cine Argentino (6) que había discutido con Luis Saslavsky sobre los valores del film. Saslavsky le dijo sin miramientos que era un esfuerzo intelectual de los jóvenes y como tal tenía que ser defendido por antiperonista.

Con una coherencia meridiana, hace años Beatriz Sarlo nos dijo que “antes de La casa del ángel el cine argentino era para mí Lolita Torres”. (7). Demostraba de esta manera no sólo una posición política sino también una ignorancia propia de quien ve lo que le conviene. En aquel momento se le podría haber respondido a esta otra divina Beatrice que ella se parecía a la Guido en materia de odios. Yendo directamente al tema, la prosa amanerada y errónea –ripios, pleonasmos, cacofonía- de la escritora, tuvo una exposición cinematográfica algo confusa. En primer término, el punto de vista es el de Ana Castro. Esee punto de vista es traicionado por las frecuentes interrupciones políticas de Pablo Aguirre. En un momento en el que estábamos bajo la dictadura de Aramburu, únicamente a Torre Nilsson puedo habérsele ocurrido hablar sobre la libertad de expresión y exaltarla. Por esa misma época, Rodolfo Walsh intentaba vanamente que los medios escucharan su denuncia sobre el asesinato en José León Suárez (8)

Luego, los acontecimientos en la casona de Cuba 1919 –hoy convertida en una galería- dejan al espectador algo desorientado. Se ataca a un sector social de un modo políticamente correcto: un padre duelista que se entretiene con una cupletista llamada Tórtola Bilbao –en el libro es Paloma-,o con viajes a París, una madre que ve el pecado hasta en las estatuas desnudas y le grita a su consorte:

- Te condenarás, te condenarás!

una Nana extraviada que recita pasajes enteros del Viejo Testamento y que parece el canal de Crónica TV por sus exageraciones, una prima que sólo habla de sexo y, por fin, la violación que sufre Ana Castro.

Nadie duda de que se intenta renovar el melodrama tradicional pero el logocentrismo, es decir, la abundancia de palabras que priman sobre las imágenes, lo emparenta con el viejo cine de los estudios. Torre Nilsson hace gala de su cinefilia –los suecos, William Wyler- y una cantidad que el difunto Tomás Eloy Martínez cree ver en cuanta imagen se presenta (9). El plano inclinado, el uso de la diagonal, lo veníamos viendo en cine argentino desde el final de Safo, historia de una pasión (Carlos Hugo Christensen-1943) y le había sido de mucha utilidad a realizadores como Hugo del Carril tanto en La Quintrala (1955) como en Más allá del olvido (1956). La voluntad de vanguardia logró que Torre Nilsson contratara a Juan Carlos Paz para la música y hubo quien sugirió que Elsa Daniel corría por el cuadro asustada ante semejantes compases. (10) Es indudable que existía una voluntad de ser vanguardia. Pero hoy, fuera del prólogo, el epílogo y el baile entre Ana Castro y Pablo Aguirre, poco es lo que ha quedado de esta película. Si la estética es política, ya no puede defenderse a los estafadores. Nos parece que hay observarlos con objetividad.

Por supuesto, en el film Ana Castro no lucha una hora antes de ser violada. Hubiera sido un mediometraje interesante pero algo insoportable. A la hora de disparar municiones, el guión coloca en boca de un obrero que no le interesa la libertad de expresión, que lo que quiere es pan y trabajo. Esto en el momento en que Pablo Aguirre lanza su diatriba en el Congreso, De manera nada velada se atacaba de ese modo a quienes Torre Nilsson juzgaba culpables por diez años de tiranía. Aún hoy Pablo Torre, el hijo mayor de este hombre, sostiene que su abuelo fue prohibido bajo el peronismo cuando jamás dejó de filmar –incluso la remake en colores de Lo que le pasó a Reynoso (1955). En cuanto a la supuesta crítica a la religión católica que tanto admiraron en Europa, un hombre como Manuel Romero no se preocupaba tanto. En Gente bien (1939) la joven heroína embarazada por unos de los habitantes de estas mansiones, no sólo tiene a su hijo sino que gana como premio a Hugo del Carril. Para Romero el asunto no tenía mayor importancia y teniendo en cuenta al señor del Carril valía la pena el embarazo. Aún cuando el padre de la criatura fuera Enrique Roldán, no dudamos de que la señora Delia Garcés prefería a del Carril.

En síntesis: no sabemos a qué viene la fobia de Guido-Nilsson con respecto al catolicismo porque en ningún otro país podría haberse rodado un film como Los pulpos (Carlos Hugo Christensen-1948). Que los europeos confundan al cine argentino con el mexicano vaya y pase, pero que algunos intelectuales argentinos insistan todavía con La casa del ángel indica a las claras el estancamiento de una mentalidad que se niega a cambiar. Los códigos no cinematográficos estuvieron a cargo de los eternos técnicos de la Argentina Sono Film y ellos sí merecen nuestro aprecio. Por otra parte, ésta fue la última película en la que, al final, se utiliza la cortina aquella de Mario Maurano para cerrar un producto del sello. El poco frecuentador de cine argentino Tomás Eloy Martínez cree que apareció recién aquí.

Es innegable el talento de este realizador que fue capaz, junto con Martín Rodríguez Mentasti, de darle alguna forma a este folletín imposible que había escrito su mujer. Pero con el paso de los años nos parece que La casa del ángel en su versión cinematográfica está más atada a lo que el director había aprendido en las fábricas que a la supuesta vanguardia de la que tanto él como su mujer creían ser miembros. A todo esto, cada vez que vemos la película nos preguntamos por la tonadillera: qué pasó con Tórtola Bilbao? Tal vez lo que ocurrió con Beatriz Guido, es decir, ya nadie tiene interés en sus canciones. No basta con analizar un texto literario o fílmico. También hay que saber qué uso se hizo de él en determinado contexto político y social.

1) Delaney, Juan José: El caso de Los tallos amargos y el premio Emecé 1954 en revista Fledermaus, 11, marzo 2008. www.revistafledermaus.com.ar

2) Mucci, Cristina, Divina Beatrice, Norma, Buenos Aires, 2002

3) Esto ocurría mucho antes del premio Emecé

4) Garate, Juan Carlos a Abel Posadas en las antiguas oficinas de la Sono Film,
agosto de 1993.

5) Peña, Fernando Martín, Leopoldo Torre Nilsson, Colección los directores del cine argentino, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1993

6) Di Núbila, Domingo, Historia del cine argentino, Tomo II, Cruz de Malta, Buenos Aires, 1959,

7) Sarlo, Beatriz a Abel Posadas, julio 1981, oficinas del Centro Editor de
América Latina.

8) Rodolfo Walsh dejaría de creer en los medios y en la libertad de expresión luego de esta experiencia.

9) Martínez, Tomás Eloy: La obra de Ayala y Torre Nilsson, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1961.

10) Wolf, Sergio a Abel Posadas en la confitería La Ópera, de Corrientes y Callao, abril de 1990.

 

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La sociedad del specta-culo

Esperar: del lat.: Speto,as// Exspecto, as.
Esperar: Según Roque Barcia (*) del latín
esperare, confiar en que sucederá alguna cosa
buena.

Esta es una sociedad expectante:
espera el culo.
(un escéptico)

 

El cubano Héctor Zumbado popularizó la frase cagástrofe (1), síntesis ESPECTACULAR para calificar de un solo golpe la cultura kitsch, que los hispánicos llaman cursi y los anglosajones no tienen palabras para eso (a pesar de que la producen a toneladas). Nosotros tenemos el berreta (2) de gran amplitud semántica, en la que radica su peligro, ya que los berretas lo aplican a los más berretas. No obstante, dudamos que la riqueza semántica del término sea la causa de su marginación en el lenguaje de los “críticos” de arte.

Berreta es, en el Río De la Plata, da la máxima categoría de análisis aplicable a la “estética del brutto”, la estética de lo feo, la mal denominada “cultura de masas” (errónea porque pretende apuntar primariamente a quien la consume, no a quien la produce). Su utilización en el ámbito de la crítica carece de glamour, aún extraacadémico. Es que se parece a la piedra de Sísifo: el primer afectado sería el “crítico”.

Si la “cagástrofe” del cubano licua cagada y catástrofe, nuestro “berreta” (con sus “errrres” de ratón, rastacuero, ridículo) expele los sonidos inarmónicos, los chirridos del gusto barato, cuando no la delincuencia solapada.

La alianza naturalizada entre desocupación y medios de “comunicación” (mierdificación), casi ha logrado encubrir que la cultura del entretenimiento se alimenta de la cultura del hambriento. La cadena desocupación-hambre-destrucción (familiar, escolar, social) tiene a su principal responsable en el grupo kirchnerista gobernante que logra que logra perpetuar que el pueblo no delibere ni gobierne, ni sea representado por ningún partido político (ya que la práctica habitual que se ha sobreimpreso a la de la corrupción e ineficiencia, es el borocotismo). El sostén ideológico de ésta situación anida en los dueños de los canales de televisión y radio, en los burócratas empeñados en brindar “espectáculos de masas” donde “rockeros” (¡?) y “folkloristas”, liquidan la calidad popular trabajando de sirvientes del poder, a cambio de ser más miserables y “berretas” que lo habitual.

El caso de la “folklorización” resulta el más peligroso por cuanto se halla vinculado en un punto con la labor popular y, como tal, a una producción material y espiritual de primer orden que nos define como Nación DISTINTA. Como sustituto, se nos presenta el “folklore” transformado en “mierda de artista” en la que el soporte es el “intérprete” que destroza con sus alaridos y gorgoritos (y cobrando por ello) piezas varias, algunas de gran arte. Así Soledad Pastorutti, El “Chaqueño” Palavecino, “Los Nocheros”, Luciano Pereyra y otros desfilantes del antro Cosquinero, de la mano de empresarios coloniales y al amparo de intendentes, gobernadores, Secretarios de Cultura y Ministros varios, liquidan para la posteridad lo que llevó decenas y a veces centenas de años de trabajo artístico, anónimo y del otro.

En cuanto a los “rockeros”, ensamble del que solo escapan algunos talentosos que logran eludir -por poco- el universo de los curradores de la guitarrita, suelen terminar como las series norteamericanas: con el libreto secado, problemas psicológicos entre los personajes y con el actor principal drogado. Mientras, la estética berreta ocupa el lugar de la falta de talento.

Ni que decir del “gran medio” la televisión: hoy el cursus honorum no pasa por la Universidad sino por ella: Podemos contemplar a una “señora gorda” con apariencia de “profesor de filosofía” -¿o es al revés?- que “enseña filosofía” , otros profesores de escuela secundaria estancados en la ídem que escriben y hablan de “libros de historia”, una gorda licenciada en “vaya a saber que” enseña “sexualidad” por televisión, otro miserable que presenta su libro de “autoayuda”, y así.

A diferencia de la ambición del tango (mientras “el músculo duerme”), la cultura del entretenimiento no descansa: Lo esencial es que la atención, cansada, no ceda. Para ello la noticia visual es esencial. McLuhan, autor de algunos conceptos logrados, tiene éste: “El que pierde el poder de la vista, vuelve a caer en el estilo de vista tribal”. Dicho de otra manera: el modo de ver masificado por la limitación del horizonte y el discurso de lo liso (a fuerza de repetición).


Para ello, la síntesis Gobierno/Televisión resulta la cadena que intenta remachar la “cagástrofe” de estilo Gran Hermano (occidental y cristiano, eso sí) (3). En este punto el “tinellismo” (Ver editorial de éste Número), la alianza con la mafia del fútbol, el subsidio a “actores” y “actrices” (4), la pretensión de llevar a la pantalla ajustes de cuentas anti-históricos como lo hacen los norteamericanos (baste pensar en las Evita de Faye Dunaway y “Madonna”) son funcionales al fracaso gubernamental de alienar al pueblo mediante la forma sin contenido, contenido trivial o trivializado. La ideología Hollywoodense de ganar en el cine las batallas que se perdieron, es un complemento del objetivo de esa brutalización. No alcanza el “relato” -como bautizan “Clarín” y compañeros de ruta al discurso oficialista- para tapar la realidad. No hay tal relato oficial: hay frases hechas, repetición con la intención de crear un reflejo condicionado, pero la inestabilidad del mensaje, del medio y del receptor –por incapacidad del maquinista- tornan la aventura en un viaje tragicómico. El antídoto -al que de todos modos no hay que apostar la cura definitiva del alienado- forma parte también de un ámbito cultural: el de la economía, y se llama INFLACIÓN. Suele ser la cura de todas las imbecilidades: la realidad como electroshock.

El sistema auto-referencial del Gobierno, su creciente sectarismo y endurecimiento de posiciones en falsas “guerras”, cuyo resultado no resulta esencial al pueblo y que pueden resolverse en forma más barata y con criterio nacional, se une a su falta de autoridad moral. (Hasta los delincuentes que traicionan son repudiados por sus pares: La pelea del grupo kirchnerista con Clarín, tiene el mismo estatus ético que una pelea de la “Garza” Sosa con el “Gordo” Valor. Esto lo sabe el “stablishment” de la colonia, al que no le alcanzan los nuevos elogios del giro conservador del Gobierno para conquistar su confianza. Hacer negocios, si. Aliarse como lo hizo “Clarín”, no).

En uno de los “poderes” (en realidad, empleados) del Estado, el Legislativo, se votó sobre el posible futuro de “Papel Prensa” (falta el filtro de los tribunales todavía) algo que le interesa al pueblo menos que la bosta de paloma. Esa pretensión fracasada de involucrar al pueblo en la pelea mafiosa con el diario “Clarín” no deja de tener un atisbo positivo. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que la libertad de empresa editorial forma parte de las prioridades de la gente? Alguien cree que se trata de una “democratización” (!?) de los medios? (¿qué significa? ¿tendremos acciones o cuotas-parte en los “medios” y podremos votar -siempre que no nos roben los votos- el contenido de los programas?¿Podremos echar a los Rial, los Tinelli, los Morales, los Gvirtz, los Casella, los Grondona, los Leuco, a los “entretenedores” en los programas “periodísticos”, a las viejas prostitutas devenidas “señoras” conductoras y/o “panelistas” de la nada, etc. etc. etc.?.¿Podremos tirar a la basura los enlatados que vienen del norte? Seguro que no).

La utilidad de un diario guarda relación directa con su formato: a mayor tamaño más grande el pescado que se puede envolver. Hoy el diarios menos leído, La Nación, es el más útil.

El gobierno perdió la batalla ideológica a manos de Clarín y sus homólogos. La batalla por el papel es eso, una batalla de papel. A la –aun corta- distancia es francamente ingenuo pensar que la convocatoria de masas en el norte de África – origen de la ola que se llevó puestos -con ayuda de las “democracias “ occidentales- a varios tiranos locales, se realizó a través de los diarios. Por el contrario, se encontró parcialmente en manos de aquello que hace a los diarios perimidos: Internet y sus derivados de comunicación. Es difícil hoy que el Estado argentino con sus menguados recursos en la materia, pueda sobrellevar esta situación. En la crisis cualquier juguetito de comunicación es un arma, así la maneje un estúpido.

El diario, la revista (¿Cuántos los leen y creen en ellos?) son el alimento de una minoría colonizada, que permite sobrevivir a otra minoría colonizada (empresarios dueños del medio y sus sirvientes ideológicos: periodistas, diseñadores, fotógrafos, dibujantes; las poleas que transmiten el “mensaje”) . Como ejemplo tenemos a la “opositora” revista “Noticias” que crea un filósofo y un politólogo por semana y cuya única contradicción con el Gobierno pasa por la cuota de publicidad. El resto es cagastrofismo estético en sintonía “fina” con el cagastrofismo político del Gobierno. Curiosamente, la estética del Gobierno la determina la berretada de los medios opositores. Se trata de la cultura del pequeño burgués, de pasado pobre, que se encontró de pronto con los caudales públicos. Louis Vuitton es el equivalente de la pizza menemista.

Esta farsa es la continuidad de la otra: la del marginamiento del pueblo de la política, política que tiene como objetivo central el marginamiento del pueblo del trabajo, de la comida, de la educación de la seguridad, de la posibilidad de construir desde un presente. Sustraído el hoy a millones de argentinos, su mañana resulta carente de calidad, cuando no de imposible realización. El pueblo embrutecido, es barato. Y esa doble calidad, que es negación del pueblo, es posible porque existe un campo abonado por la falta de proteínas, de educación y de cultura.

Para ello el Gobierno del grupo Kichner pretende saturar la sociedad del speta-culo, intentando crear el reflejo condicionado mediante la degradación de la cultura popular. Cuenta con la complicidad de los “medios”, los propios, los aliados y los “opositores”, lanzados a la promoción de prostitutas, cafishios, travestis, drogones y farsantes de murgas que fungen como animadores, verdaderos monumentos a la burrada. Como diría H. Zumbado: la “cagastrofe”. Mientras se anula por decreto (después de ocho años de gobierno) el rubro 59 (rubro promocionado también por la tropa gubernamental), por otro lado la desaparición de mujeres, adolescentes y niños con destino a la prostitución no hace mella en el Gobierno. Este doble discurso es el que se trasmite a la población: No a la oferta de mujeres en el rubro 59, Si a la oferta de mujeres en el programa de Tinelli (para empezar, porque el resto de los programas fabricados en el gaterío municipal de “macrilandia”, también acompaña). La degradación femenina, acompañada por la música de violines del INADI contra la violencia “de género” (¿no será de “especie”?) se objetiva mediante las promesas de glúteos en tinellandia y las del tambo en “macrilandia”: todas las tetas colgando en los kioscos.

Tinelli y su gente (para empezar) tendrán que sentarse en el banquillo de los acusados. También hay estrago social ahí. Y como señala Roman Correa desde estas mismas páginas, debe declararse imprescriptible. Como los asesinatos cometidos en los 70.

 


(*)“Primer Diccionario General Etimológico de la Lengua Española”, Barcelona, F.Seix, Ed. s/f, Tomo II, Letras D-Hy, pág. 536. col 2, ´Etimología´.

 

(1) Reconociendo la autoría de otro isleño, Manuel Carbonell. Ver: H.Zumbado: “Kitsch, kitsch,¡bang, bang!”, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1988, p.5.-

(2) El “Diccionario etimológico del lunfardo” de Conde (Buenos Aires, Perfil, 1998, p.43) define como: “adj. Aplicable a algo de fina apariencia y poca calidad/ 2. Falso, apócrifo, adulterado/ 3. Ordinario, de mala calidad”. Le remisión en el mismo Diccionario a “berretin” en su 6ta. acepción (“ano”) y 7ma. (“Escondrijo”….del italiano jergal ´berretino´ bolsillo, son ampliaciones de su significado original”) no tiene desperdicio. Tambien tenemos “berretero”, “berretinero”, “berretón/ona”. Por su parte, José Gobello e Irene Amuchástegui, en el “Vocabulario ideológico del Lunfardo” (Buenos Aires, Corregidor, 1998, p. 36, voz: “Falsedad”) agregan : “chanta, chantapufi, chantún, chantunazo, chiqué, doublé, falopa, fantasía, fayuto, fule, fulería, fulero, plaqué, trucho, yuto, zarzo de a dos”. Una lectura atenta del resto del “Vocabulario…” nos demuestra que solo el lunfardo, sin teoría, ha disecado hasta el tuétano el “cagastrofismo” rioplatense.

(3) La tentación fácil es asimilarlo al “estilo hitleriano” o “stalinista”. Pero lo impide la seriedad histórica: el nivel de nuestros medios está aún por debajo de la imbecilidad anglosajona (y no solamente por falta de recursos económicos).

(4) “Actores” y “actrices” que logran llenar su ego, extendido y profundo como la tangente, con dinero del pueblo que les permite una vida material agradable; mientras la “negrada” es subsidiada con media canasta familiar mensual y capacitada en rascar carteles de propaganda política con una espátula: Nuestros futuros ingenieros que hoy integran la estadística de los ocupados.