Cultura- Página 3

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GUILLERMO VÁZQUEZ FRANCO: “La Historia y sus Mitos”

En el número 16 del ESCARMIENTO denunciamos como ejemplo de la irresponsabilidad gubernamental y de los “intelectuales” que comen bajo la mesa del poder, la falta de atención al proceso histórico que desembocó (es un decir) en el bicentenario de la “Revolución de Mayo”, canalizado en una fiestita urbana para darle de comer, otra vez, a los artistas de la rodillera: “rockeros”, viejitos “comunistas” pasados de moda, y “gauchistas” más cerca del ridículo que del folklore.

El pensamiento nacional argentino estuvo ausente aunque han proliferado los “intelectuales nacionales”, un grupo de masturbadores repetitivos que creen ser la reencarnación de Jauretche o Scalabrini Ortiz (entre otros a los que no leen, ni actualizan ni se toman el trabajo de ponerlos en perspectiva). Como en los dibujitos animados son una procesión de ratones que llevan un cajón de muerto (esperemos que no sea el peronismo). Claro que al amparo de la billetera estatal, los impuestos malversados del pueblo, van creando escuela y así surgen La Cámpora (usurpando el nombre de un ingenuo que repudió a la mugre montonera) o los “Evitistas” a los que la propia Eva Perón hubiera repudiado y enviado a TRABAJAR, o los “encuentros”, “mesas” y “exposiciones” del pensamiento “nacional”.

Pensemos que en uno de ellos, financiados desde el Estado, aparece Néstor Kirchner, cuya envergadura como político (como Menem) no puede negarse, pero su calidad de pensador nacional (como Menem… tampoco). Es que los farsantes no tienen límites, sobre todo si hay moneda de la que apropiarse. Hasta algún dirigente sindical ha caído víctima del engaño (aunque claro, podría tratarse de otra farsa) a manos de cartoneros de la historia y de sediciosos reciclados en el progresismo.

 

 

No hay balances de la historia que involucren a los historiadores profesionales ni cogitaciones (por simples que sean) que involucren al resto de la población, ni perspectivas explícitas y comunes. Como consecuencia, no hay ideas con las cuales hacerse cargo del presente; y prevenir (en todos los sentidos) el futuro: el próximo y el mediato. El otro futuro hay que dejárselo a los dioses, que no pueden hacerse cargo de la desorientación actual.

En este marco de orfandad aparecen perlas (negras para algunos) que como el pájaro pinto se exponen para el tiro al blanco de sus congéneres, aunque casi nadie se les anima, y esos pocos hacen algunas fintas y se van. Nos referimos al argentino oriental Guillermo Vázquez Franco y su libro “LA HISTORIA Y SUS MITOS” (1).

La primera aparición de esta obra -editada por Cal y Canto- en Montevideo fue en 1994; la actual que nos ocupa, en 2010. Así como Vázquez Franco es prácticamente un “outsider” en relación a la corriente historiografica dominante en Uruguay -signada por el colonialismo y la repetición a lo loro de las corrientes “occidentales” (hasta en eso nos igualamos)- lo cierto que el paraje uruguayo tiene notas bien distintivas en la materia si se lo compara con el fundo trasplatino: un hombre al que cualquiera podría definir como un “antiartiguista” resulta multipremiado por el Estado uruguayo (nacional o municipal, que viene a ser lo mismo): algo impensable en Argentina, donde lo más cercano a meterse con el San Martín real fue el intento del “cartonero” Hugo Chumbita, un montonero frustrado (perdón por la tautología), fracasando en la demostración de un Don José hijo natural (¿hay hijos artificiales?) de Diego de Alvear y consecuentemente hermanastro de ese gran fracasado y cipayo que fue Carlos de Alvear. Lo que según la tesis de diván del cartonero, demostraría … “muchas cosas”.

El libro de VF se presenta como una indagación inducida por otra obra relevante (una de las póstumas) de Carlos Real de Azúa, un brillante intelectual de saber enciclopédico y escritura barroca (inventor, creo, de la nota de la nota ad infinitum) y muy difícil de incorporar en un casillero definitorio. Se trata de “Los orígenes de la nacionalidad Uruguaya” (Arca Inal Nuevo Mundo, Montevideo 1990).

Claro que, como sucede en los casos en los que el producto resulta autónomo y no mera glosa, la presentación se diluye en ese homenaje, no exento de crítica al homenajeado. En otros términos “ La Historia y sus mitos” se vale por sí mismo.

Principiando por la valentía del autor, que para templar la guitarra nomás (prólogo a la 2da. edición, pág. 7) tajea: “…los uruguayos tienen una mala conciencia histórica -borrosa, tal vez- que arranca de un origen político espurio que, por razones de elegancia o de pudor, no quieren (no se atreven) asumir;…”. La denuncia de la historia falsificada del Uruguay lo lleva a conclusiones pesimistas (no podía ser de otra manera): sobre lo que sucedió, sobre lo que se escribió en relación a los que sucedió y la valoración positiva que desde los aparatos pedagógicos del Estado o amparados por él se sigue haciendo de ambas situaciones.

Así, Uruguay tuvo su héroe fundador en Artigas, como lo tuvo Argentina con San Martín. Fueron las oligarquías locales las que seleccionaron en cada caso al Padre de la Patria, como si ésta necesitara uno y no existiera continuidad histórica, en el espacio y en el tiempo, con los antecedentes coloniales que se extendieron bastante más allá de las fraudulentas “organizaciones nacionales” a ambos lados del Plata. Una vez hecha la selección, el resto lo hizo la escuela.

Pareciera existir una relación inversa, por lo menos en algunos casos, entre la pequeñez de un país y la necesidad de una gran historia: Baste pensar en el suizo Guillermo Tell, que aquí conocemos como un partidor de manzanas o en algunos caudillos americanos cuya única diferencia con el bruto que cabalgaban era la montura. El “cultivo de la grandeza” (no hay manual para eso) lleva a confundir gordura con hinchazón.

A la luz de documentos (los que quedaron) que resultan irrefutables, y que VF se encarga de traerlos a juicio desmenuzándolos y poniéndolos en contexto, el desmembramiento de la precaria unidad de lo que quedaba del Virreinato incluyó la amputación oriental, elevada a Independencia por la diplomacia inglesa y la incapacidad de los criollos de la época, no muy distinta a la de algunos países africanos en la segunda mitad del s. XX, donde tras las líneas de puntos y rayas en el mapa quedaban las familias de la misma tribu, obligadas a veces a matarse entre sí.

Cruel con el ridículo, irónico hasta la crueldad, levantando acusación contra lo que podríamos llamar “el principio de estupidez” (2), VF demuestra la inviabilidad de la independencia oriental, tal como lo advirtieron muchos lúcidos en 1821 en la otra banda, así como la falta de voluntad de independencia, algo que ni el mismo Artigas quería. Estos contrasentidos: el Padre (Artigas) de una Patria (la uruguaya) que no era querida por el Padre, nos hacen pensar inmediatamente en la orfandad, o en el abandono, o en el Padre a la fuerza. Baste pensar que Artigas muere en su exilio paraguayo décadas después de la “independencia” oriental, un hecho que le es totalmente ajeno - a diferencia de San Martín en relación a la Argentina- y del que no se le puede imputar responsabilidad alguna.

No les va mejor a algunos “patriotas” como Larrañaga -un tránsfuga precursor del “borocotismo” (argentino) y el “moralismo” (uruguayo) (3)-, Tomás García de Zúñiga gran latifundista -como el mismo Artigas- y sinuoso personaje al servicio final del Brasil, un mitrista “avant la lettre” (no llegó a escribir, felizmente, ninguna “Historia de…”)

Es difícil pensar la identidad (4), uruguaya en este caso, a partir de los cambios de bandos (argentino, brasilero o “uruguayo”) de los padres fundadores del Uruguay independiente, todo ello en menos de una década (1820-1830). La inexistencia de esa identidad, algo que podrían sostener afirmativamente los paraguayos y difícilmente los bolivianos (un estado multinacional), requirió el invento de una narración adornada con los atributos del trabajo histórico. Al mito del caudillo siguió el mito del “pueblo” constituido por el gaucho “pata´l suelo”, “sin patrimonio que vender” como dice VF, pero partícipe involuntario de la “voluntad popular”, un invento iluminista extrapolado al Río de la Plata, sin ninguna relevancia práctica; salvo para los intelectuales de la época, necesitados de rascar teorías con que justificar al poderoso de turno que los alimentaba. El mismo camino siguen los mitos de la “federación”, la “república” y el famoso (en el sentido de que la fama es puro cuento) “Reglamento” artiguista de 1815, del que ya diera cuenta el mismo Vázquez Franco (“Tierra y derecho en la rebelión oriental. A propósito del reglamento del año 15”, Montevideo, Proyección, 1988), un instrumento oligárquico a la medida de la Junta de Hacendados (sostén económico de Artigas) y plagado de propuestas irrealizables, utópicas en el peor sentido, que siguen haciendo las delicias de la “izquierda” PC en el Uruguay, que concibe a Artigas como una especie de Lenin con poncho. (5)

Los palos que reparte el autor no son de ciego y caen por igual sobre unitarios, liberales, porteños, orientales y aún federales. Aquí y allá es difícil coincidir con el autor en puntos de detalle aunque es difícil no hacerlo en el planteo general. Basten para ello las páginas 122 a 1126 del libro que son casi una clase de ciencia política y realismo. El “casi” va a mérito del escepticismo del autor y el de éste lector, tratando de aprehender a través de las palabras, y más allá de ellas, una realidad escurridiza.

Vázquez Franco remite para ejemplificar, en forma reiterada, a datos del mundo medieval y en particular a la Francia pre y proto-burguesa. Esta perspectiva corre el riesgo de ser filiada con el esquema simplista de la historiografía liberal -europea o filosoviética- en estos puertos, que vio en la Colonia (¡y en Rosas!) solo feudalismo. Sin embargo, la lectura atenta a lo largo del texto disuelve esta apreciación, al instalar las distintas temporalidades en juego, producto de la posición material (y política) de los participantes: una relación nada mecanicista y sí, en cambio, una muestra más del “barroco americano” producto de la coincidencia en un mismo tiempo y lugar, de varios y diversos “tiempos” y “lugares” …hasta su estallido.

Claro que el mito principal es Artigas, una especie de Nemesis de VF, ya que es el mito mayor de los orientales. Las páginas que le dedica (en realidad, todo el libro) no solo incluyen la crítica de la figura histórica (la que se puede extraer en buena hermenéutica de los documentos históricos) sino el desbastamiento de la parafernalia con la que se construyó el mito, la “novela histórica” del artiguismo, el engendro que se hace pasar por producto científico cuando no es más que una hiperbole de mala literatura. No obstante, creo que uno de los puntos endebles es el exceso de adjetivación de VF cuando carga contra las modalidades personales de Artigas que hacen memorar, inevitablemente, cierto anticaudillismo ilustrado.

Como al salir sale cortando, y al cortar lo hace parejo, también sale herido otro gran mito sudamericano: Simón Bolívar, el Libertador de la Gran Colombia quien nos es presentado en su faceta de cipayo al servicio del poder Inglés (págs. 144/145). Vázquez Franco es uno más de los que no cree en la Patria Grande…ni en ninguna revolución “bolivariana”.

El pesimismo histórico de Vázquez Franco, que no guarda relación con su optimismo vital (me consta) arrincona el resultado en que han devenido nuestros países en el límite de la Historia, cuando no fuera de ella, los que nos resulta inaceptable. La vía comparatista en la que se apoya (el proceso de la independencia y la organización de las ex colonias inglesas de América del Norte y su paralelo en América del Sur) parece insuficiente para apuntalar aquel pesimismo, ya que no hay ningún fin de la Historia ( a no ser la pretensión de algunos núcleos dirigentes occidentales, en congelarla) (6). Los déficits que apunta son reales, la prognosis, discutible.

“…carecían de vocación para la Historia, ineptas, incompetentes para asumirla y protagonizarla, para vivir históricamente, no hacen la Historia, sólo la padecen; son el basurero de la Historia, encerradas en una trágica aporía” (pág. 155).

Esta definición, absolutamente actual, de las clases dirigentes criollas tuvo solución de continuidad en esa Historia, y sospecho que volverá a cortarse el hilo de la mediocridad, porque el basurero de la Historia se llena cada vez más rápido, los Imperios son cada vez más cortos, los bárbaros están a la puerta de Occidente. ¿Las nuevas formas de organización? A estar a los datos inmediatos oscilamos entre el mundo de Orwell y el de Aldous Huxley. Sin embargo…En esta apertura tiene su lugar este libro de historia, desmitificador, escrito en buena prosa conversada (que retoma una tradición rioplatense, para los de este lado, cercana a Jauretche y a Salvador Ferla), a la que agrega la competencia de un historiador a lo grande, con el que es fácil discutir, difícil refutar e imposible soslayar.


d.a.

 

 

(1) VAZQUEZ FRANCO, Guillermo: “La Historia y sus Mitos”, Montevideo, Uruguay, Ed. Argumento, 2010, 192 págs.

(2) Pág. 34, sobre el “género literario bastante liviano y de corte reverencial” que se hace pasar por interpretación histórica.

(3) Por “borocotó” junior y el “tatata” Morales última adquisición de la alcancía kirchnerista.

(4) Suponiendo que eso signifique algo, más allá de un “reconocimiento de la continuidad en la diversidad” y que debería involucrar representaciones aceptadas vitalmente, causalidades eficientes y multiplicidades que converjan en algunos puntos que fundamenten a aquellas.

(5) Nunca mejor aplicado aquí el dicho que reza:”la derecha es diestra y la izquierda es
siniestra”. No porque creamos en la división derecha/izquierda sino porque la
“izquierda” uruguaya lo cree y actúa en consecuencia .

(6) Sea para evitar, católicamente, el Apocalipsis, o acelerar, hebraicamente la llegada del Mesías.


NB: Nos hace llegar Vazquez Franco dos atinadas observaciones en relación a este comentario: No solo Chumbita se ocupó de San Martín, también Juan Bautista Sejean (“San Martín y la Tercera Invasión inglesa” y “Prohibido discutir San Martin”) a quien no hemos leído pero lo haremos y probablemente comentemos en estas páginas. La otra observación es sobre el peso de la diplomacia inglesa en la Independencia del actual Uruguay sin que consideraramos el de la diplomacia brasilera (la incapacidad de nuestros mandatarios la habíamos apuntado). Le asiste razón.

 

 

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EL CREPUSCULO DE UN IDOLO por Michel Onfray (1)

Michel Onfray se reviste en este libro como “educador popular” libertario actualizando una vieja practica de sus pares -y los socialistas- que acercaban a los trabajadores las divulgaciones científicas del mundo burgués, mechadas con invocaciones morales y exprimido de lucha de clases. (En nuestro país de la mano de inmigrantes italianos, españoles y alemanes –y de sus hijos y nietos- tenemos sobrados ejemplos). Aquel rezago iluminista, del cual Onfray se considera heredero y continuador tuvo su última eclosión en la decada de los 60: la muerte de Guevara y el mayo francés de 1968. A partir de allí todo empezó a ser viejo, rancio, fracasado.

Onfray se postula como un filósofo y como un filósofo adelantado, ya que en las primeras páginas del libros nos propone su propia biografía tarea que, por definición, viene después del sepulturero. Este profesor de la Universidad Popular de Caen (una especie de Contra-Universidad para “populares”) tiene como antecedente la actividad que desarrolló en los 20 y los 30 Georges Politzer, rescatado cada tanto para imprevisibles cursos de iniciación de primates revolucionarios. Al igual que Politzer, populariza corrientes filosóficas y atraviesa el psicoanálisis. Claro que eran otros tiempos y los actos de fe más sòlidos. La crítica a Freud por parte de Onfray es el producto de su desencanto con el relato, con su creador, su institucionalización y con todos los males reales y ficticios que se derivan de ellos. Se nota en el autor y muy a su pesar la furia del converso, la que describe para Saulo de Tarso en su “Tratado de ateologia” (1). “El crepùsculo de un idolo” se auto-presenta como una continuación, un aplicativo del “Tratado de ateologia”: “…Espero que se me haya comprendido: este libro se propone reiterar el gesto del “Tratado de ateología” con un material llamado psicoanalisis”. (pág. 36). Nada más falso: En el “Tratado…” la figura de Freud es rescatada y reivindicada (págs. 75 y 247….). Y aquì empieza lo mejor.

Sorteado el tropezón articula una serie de hipótesis (“postales” las llama - 10 en principio) destinadas a ser falsadas a lo largo del libro. Todas ellas forman parte del acervo común de la época desde hace tiempo al punto que un colaborador de estas páginas supo decir hace más de treinta años: “hoy querámoslo o no todos somos un poco freudianos y un poco marxistas” (con más o menos impudicia muchos “curtos” hablaban de “inconciente”, “Edipo”, “superestructura”, “modo de producción”, etc…sin saber de lo que hablaban). Se había instalado un mundo virtual, fantasmagorico, irreal por tramos, gracias a la práctica sectaria de las orgas psicoanalíticas y partiduchos políticos, que reproducían en la colonia la práctica cultural de quienes los sodomizaban intelectualmente. (no es casual que Elizabeth Roudinesco afirme con cierto orgullo que hay “60 escuelas de psicología en la Argentina” como si la multiplicidad fuera signo de democracia o librepensamiento, como si esto fuera importante o le confiriera “verdad”al tópico).

Onfray propone una “psicografía” de Freud a partir de una ¿hermenéutica? nietzcheana (al estilo “el hombre es lo que come” de Feurbach): “…con bastante frecuencia me he preguntado si la filosofía, en resumidas cuentas no habrá consistido meramente en una exegesis del cuerpo y un malentendido del cuerpo” (la cita es de Nietzsche, en las págs. 60/61).

El camino elegido, así como los datos omitidos, pueden ser discutibles, no así los resultados. La miseria física, moral e intelectual del médico de Viena, sus agachadas familiares, con amigos, con pacientes, discípulos y competidores van desfilando por estas páginas, al igual que sus maniobras delictivas, sus falsificaciones(3), su avaricia. No es casual entonces la vinculación que hace Onfray de Freud con la fundación de una nueva religión. Claro que el cuentito de los Evangelios logra una reproducción un poco más pedestre en la Viena de principios del siglo XIX: Aparece el socio fundador (Cristo-Freud), los Apóstoles (los “psicoanalistas” de las “reuniones de los miércoles”), los Judas (Jung, Adler) hasta los Judas suicidados (Viktor Tausk, Herbert Silberer, Eugénie Sokolnicka) de la mano del “Rabí” Cristo-Freud, el Golgota (el exilio de Freud en Londres)(4), los Evangelistas (Ernst Jones, Peter Gay), la misoginia (Sabina Spielrein, Anna Freud), el uso recíproco con las instituciones dominantes (desde el saludo a Mussolini y los coqueteos con el nazismo hasta la alianza con el poder; como en la Roma de Constantino: esta vez con las Universidades del mundo burgués: el psicoanálisis como fascinante mecanismo de dominio individual -y por consiguiente de masas aterrorizadas y despolitizadas), las iglesias disidentes (al principio los soviéticos, los jungianos, los adlerianos, después los freudo-marxistas, los lacanianos, etc.,etc.,etc. …)


LA LUCHA POR EL CLIENTE

“¿Por qué tanta maldad?”
(Silvio Soldan)

“¿Por qué tanto odio?”
(Elizabeth Roudinesco)

Claro que Onfray no agota las fuentes de consulta, ni elabora la historia criminal del psicoanálisis pero sus pequeños desvíos no lo apartan del personaje principal. A veces le fallan algunos datos históricos. Y a partir de allí (el hecho de que no sea un “historiador profesional”, como si esto significara algo más que la apropiación de un “dictum” amparado por los títulos otorgados por el Estado) se generó una tormenta sobre el francés de la mano de Roudinesco (“¿Por qué tanto odio?”, Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2011), una zonza del establishment universitarioque tiene tragada la píldora de la “derecha/izquierda” y cuya máxima profundidad intelectual en el tema es un rosario de argumentos “ad hominem” (la vieja falacia de la que nos hablaban en la escuela secundaria) y la denuncia de que al anarquista no lo quiere nadie. Pobre (s).


No por conocido el rastreo de fuentes a las que echó mano Freud resulta redundante. Por lejos resulta un incentivo para sortear el tufo sectario e iluminado de los mediocres psicoanalistas, y permite abordar este procedmiento de “curación por la palabra” (5) como una ideología del siglo XX, como lo fue el positivismo para el siglo XIX.(6)

Para no ofender a los antropólogos que viven de esto, reivindicamos la “curación por la palabra” llevada adelante por algunos “yuyeros”, hasta el límite del “yuyo”, claro. Lo que no se puede admitir es el curanderismo con fueros Universitarios. El “pachamamismo”, el culto a la pachamama queda para los vampiros de indios. En esta tierras al atraso cultural y socioeconómico se lo llama “folklore” y a la indigencia intelectual del curandero urbano, psicoanálisis.

Hubiéramos deseado una mayor profundizacion acerca de la influencia religiosa familiar en el génesis de la “interpretación de los sueños” (algo así como “la pluma del caburé” para acertar la lotería). La “interpretación” del Talmud como fuente de éste aspecto del dogmatismo freudiano es vastamente conocida (hasta nuestro Alberto Merani se ocupó del tema) y hoy parece resurgir con fuerza de la mano de cierto nacionalismo israelita como un motivo de orgullo. Claro que éste es un campo resbaladizo que nos emparenta con las narraciones de los fogones guaranies y con el vudú haitiano (7). No sabemos si Onfray temió ser acusado de antisemita (Roudinesco lo acusa de ello), a pesar de haberse tragado él también la píldora completa del “holocausto”.

El producto final freudiano resulta, a pesar de sus críticos clericales y racistas, un producto típicamente occidental: Un Golem askenazi cruzado con un Frankestein nórdico (dos “razas” que se consideran elegidas y superiores): poco más que un producto de raíces mitológicas inyectado en un artefacto mal cosido que, no obstante exiliarse cada tanto, reaparece bajo nuevas formas. Hoy debe competir con los libros y consejos de “autoayuda” que, inocuos o peligrosos segun el caso, siguen resultando más baratos que una sesión en el diván.

La experiencia indica que hay mucho más “psicoanálisis” en los grupos masificados marchando por las calles (es decir “Edipo”, “tranferencia”, “contratransferencia”, “etapas anales”etc.) que en el conjunto de los divanes de las “sesenta escuelas de psicoanálisis” de Bs. As.

Vale la pena leer “El crepúsculo de un idolo”. Algunos preguntarán “¿Por qué tanto odio?”, otros, más caseros, “¿Por qué tanta maldad?”.Muchos, aprenderan que nuestros farsantes locales no tienen nada que envidiarle a los de Europa.


d.a.

 

(1) Buenos Aires, Taurus , 2011, 499 págs.

(2) Lo de “tratado” es un exceso. Solo es un resumen que no incluye una puesta al día del tema y cuyo interés está bastante por debajo de la “Historia Criminal del cristianismo” de Karlheinz Deschner, que resulta mucho mas movilizador que este paseo filosófico por las “religiones del libro”, desde el s. XVIII hasta aquí. La edición local del “Tratado…” lleva un prescindible (cuando no risible) prólogo de una profesora argentina de filosofía cuya afirmación más “brillante” es: “…el estallido musulmán en Irán en el siglo XX confundió –incomprensiblemente- al propio Michel Foucault” (pág. 15) apuntando erróneamente a la cabeza del francés.

(3) En este punto la investigación notable de Hans Israëls : “El caso Freud. Histeria y Cocaína”, México, Fondo de Cultura Económica, 2002.

(4) El viejo chiste: “qué es un psicoanalista?: Un médico judío que le tiene miedo a la sangre”, viene al caso. El Golgota de Freud no es sangriento; pero igual mueve a piedad. Es el exilio de un hombre con cáncer terminal.

(5) Para una casi pre-historia occidental del tema se puede ver el libro de Lain Entralgo
“La curación por la palabra en la Antigüedad clásica” Anthropos Editorial, 2005.

(6) Que sin perjuicio de perder rápidamente sus pretensiones científicas permitió aferrar lo que conocemos como ciencia (a pesar de “materialistas dialécticos” y metafísicos de diversa factura) en un ámbito donde las especulaciones arbitrarias no se animan siquiera a ser validadas. El psicoanálisis en cambio, como el espiritismo (al que Freud no fue ajeno, como a la numerología) revista como un dogmatismo delirante, con pretensiones de “ciencia” (!!), ni siquiera cientificista (lo que, aun de por sí siendo grave, podría discutirse…en el ámbito de la ciencia).

(7) No es una humorada: algunos párrafos esotéricos de Gershom Scholem sobre la Cábala son el paralelo que nada tiene que envidiar a las especulaciones de Milo Rigaud, sacerdote que fue del Rito Petro en Haití.

 

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BAJO LA MÁSCARA DE FLORENCIO PARRAVICINI

Hasta los años 70 del siglo XX el nombre de Florencio Parravicini solía aparecer con cierta frecuencia en algunos libros, en ciertas biografías. En una extensa investigación sobre teatro (1) fue tarea difícil hallarlo en obras breves. Resulta evidente que este hombre se dedicó al teatro grande, de dos o más actos y también a la revista. Varios son los nombres asociados a Parra que se convirtieron en muy famosos: desde Enrique de Rosas a Enrique Muiño, desde Paulina Singerman a Mecha Ortiz. Según Jorge Miguel Couselo en conversación con quien esto escribe, Parravicini “fue instrumental en el caso de la señora Ortiz” (2).

El anecdotario es suntuoso. Nacido el 24 de agosto de 1876, Florencio Bartolomé Parravicini Romero Cazón vino al mundo con una extraordinaria capacidad fabuladora. Su padre, el coronel Reinaldo Parravicini, ocupó cargos adjudicados por quienes entonces dirigían el país. Se le endilgó, por consiguiente, un origen aristocrático. Para quienes pertenecían al mundo del teatro, sus antecedentes resultaban en verdad prodigiosos. Él, por su parte, sabiamente, los alimentó con fruición, como si necesitara abrevar en una prosapia que lo distinguiera.


Al llegar a su mayoría de edad entró en posesión de una discreta fortuna que no vaciló en derrochar en París. Cuando se acabó el dinero se dedicó a oficios variados, incluyendo el de guía de turismo y, fundamentalmente, cómico de baja estofa en los café concert. Reinstalado en Buenos Aires, fue visto en un tinglado del Paseo de Julio por Ulises Favaro. Este lo ubicó en la compañía de los Podestá en el Apolo con una obra que obtuvo enorme éxito: El panete, en 1906. Para 1908 ya tenía compañía propia y no bajaría de cartel hasta su muerte, ocurrida por suicidio el 15 de marzo de 1941. Lo había vencido un cáncer.

Como la mayoría de los capocómicos de esa y de cualquier época, era imposible dirigirlo en teatro. Quien se encargaba de la puesta en escena debía ocuparse de los otros actores pero no de él. (3). Durante treinta y cinco años los autores más afamados del momento intentaban que les estrenara sus obras: el negocio era seguro. Apostar a este hombre era correr con el dinero hacia el banco. Fue, en ocasiones, también autor teatral y hasta probó el cine silente como guionista y director, en colaboración con Enrique Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera. El producto se llamó Hasta después de muerta (1916) y en el elenco figuraba otra luminaria de la época como Orfilia Rico, además de Enrique Serrano y del niño Pedro Quartucci. Sin embargo, el cine no era negocio y Parravicini no volvería hasta que el sonoro hubiese triunfado.

En esto no se diferenciaba de sus pares: muchos probaron el silente para darse cuenta de que allí no había dinero.

Capocómicos posteriores, desde José Marrone a Juan Carlos Calabró probaron fortuna con Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina, una pochade de Robert Frencheville y Eon Mouezy, aunque ninguno alcanzó la tremenda popularidad que obtuviera Parra con dicha obra. El apogeo de este actor coincide con la transformación de Buenos Aires en una ciudad moderna según el trazado de la generación del 80. Y cruza el ascenso de Hipólito Yrigoyen, la llegada de Marcelo T. de Alvear y luego la década del fraude patriótico. Épocas contradictorias y difíciles para quien quisiera mantenerse en cartel respondiendo a las apetencias de un público cambiante y heterogéneo.

 

EN EL VIEJO BUENOS AIRES

Un actor puede transformarse en símbolo de una sociedad en proceso de cambio, siempre y cuando se articule en una red de significantes que rinda pleitesía a los mandatos de quienes detentan el poder. Así, el hundimiento de Trinidad Guevara es claro: duró lo que el gobierno de Rosas para desaparecer en tablados oscuros. Parravicini no estaba dispuesto a dejarse doblegar por el paso del tiempo, aunque jamás atentara contra los dictados de una moral esencialmente burguesa. Por el contrario: los capocómicos son habitualmente la otra cara de la moneda, la válvula de escape que el sistema permite, los payasos necesarios para la carcajada fácil.

Hace falta, es imprescindible crearles una imagen redituable. Si bien Ricardo Hicken es un autor de segundo orden, una comedia suya, El tío soltero, nos da una idea de una de las facetas de la estrella polimorfa para el consumo.

- Será muy agradable para vos, estar aquí en tu casa, luchando con los sirviente, que si los porotos están más caros; que si la manteca ha subido; que si hay huelga de lecheros. Preocupándote de la economía doméstica, recibiéndolo a mi hermano Juan con todos sus chicos que gritan, ensucian, estropean todo lo que tocan. Oyendo a tu mujer que grita por un vidrio roto. Será muy lindo para vos, pero para mí (saboreando) dame perfumes, dame flores, mujeres lindas, que con su espíritu mantengan el ensueño de la vida. Y no puedo cenar en tu mesa, porque todo es severidad.

El prototipo del calavera es, tal vez, la caricatura que más ha perdurado, alimentada por un anecdotario que el propio Parra alimentó cuidadosamente. Pero en aquel teatro había que ser lo suficientemente dúctil para crear también machiettas de diversas nacionalidades. Sus contemporáneos, Gregorio Cicarelli, Roberto Casaux, Carlos Morganti et al. también tenían a su cargo especialidades diversas. Lo que nunca alcanzó el actor que nos ocupa fue el grotesco, una variable en la que por ejemplo, Luis Arata o el mencionado Cicarelli fueron paladines. Poseía el talento y la máscara, aunque no la voluntad de lograr que el público paladeara ese signo ambiguo y patético. Prefirió irse por el camino se la sonrisa o de la carcajada. Lo que dijo Paulina Singerman con respecto a su repertorio, Parra bien pudo haber declarado: “No lo niego ni me importa” (4). Al fin y al cabo, tanto él como Singerman sabían que las entradas se vendían siempre y cuando ellos se ofrecieran al público de determinada manera.

Un señor de alcurnia por cuya casa paterna habían desfilado varios de los prohombres del 80, preferiría jugar al calavera de buen corazón, sin importarle su adhesión al fascismo, tan de moda en los años 30. Había adherido al golpe de 1930 luego de haber escarnecido al Peludo desde varias revistas con monólogo ad hoc. No fue el único: cuando comienzan a leerse hoy día los espectáculos revisteriles a partir de octubre de 1930 no dejan de producir un cierto asombro: las bromas de Tangalanga-De la Rúa son bastante inofensivas por comparación con el escarnio del que eran víctimas los derrocados, a cuya cabeza figuraba Hipólito Yrigoyen, presentado poco menos que como un delirante imbécil.

 

MUCHACHOS DE LA CIUDAD

El teatro desaparece, se sabe. En ARGENTORES quedan los programas, las críticas, algunas obras –no todas- de un tiempo que se fue. Parra vio su nombre asociado al de los doctores de LUMITON gracias a Manuel Romero, quien armó el paquete con una de sus obras: Los muchachos de antes no usaban gomina (1936). No sólo debutó allí Parra en el sonoro sino también Mecha Ortiz en calidad de primera figura. Los doce mil pesos que le pagaron (5) hablan a las claras del negocio. Romero estaba absolutamente seguro de que esta cabalgata que se abre a comienzos del siglo XX -1906- y llega hasta el art decó de los años 30 sería un éxito en taquilla. Como afirma Andrés Insaurralde (6), algunos actores “superan largamente la edad de los personajes”. No es sólo la Mireya de la señora Ortiz con sus treinta muy largos años, sino también Santiago Arrieta y Parravicini.

La obra de Manuel Romero y Mario Benard había sido estrenada en 1926 aunque fue convenientemente guionada por Romero. Este es el actor que nos queda, el del cine no tanto silente sino sonoro. No importa la técnica o la escuela de la que se provenga, quien se encuentre delante de la cámara debe trasmitir la verdad. Y fuera de las morcillas e improvisaciones de la escena, es innegable que Parra dota a su personaje de Gervasio de una buena dosis de autenticidad. Al propio tiempo, reitera el típico solterón calavera y refuerza el mito. Es muy difícil conocer el verdadero yo de un actor porque suele ocultarse detrás de los personajes. Sin embargo, la imagen no logra disimular una segura propensión a la melancolía y, en especial, a un estado depresivo oculto bajo las ocurrencias del guión. Su voz, además, encaja perfectamente con su fisonomía: es dueño de una fonogenia, según Michel Chion, particular. Esto es propio de todos aquellos profesionales que dan en el blanco.

De modo que a partir de Los muchachos... Florencio Parravicini comenzó a ser frecuentado en toda América Latina, en ciudades y pueblos que nunca había visitado y que no conocería jamás. Como actor-personalidad iba a reiterar este personaje en otro Romero, Carnaval de antaño (1940), que sería su última película. Que tenía poder lo atestigua el hecho de que impusiera el nombre de Ivo Pelay a los Mentasti en la SONO para que figurara como director de El diablo con faldas (1938). En verdad el producto fue armado por el fotógrafo Alberto Etchebehere ya que Pelay sabía poco y nada de cine. La dama del título es Celia Gámez, de dilatada trayectoria en la España de Franco. Él se vio a si mismo como una víctima de la andropausia, aún cuando el guión lo ofrezca como una copia del Emil Jannings de El ángel azul (Joseph von Sternberg-1930).

En El diablo… este señor maduro y humillado no tanto por la bataclana sino por su madre y el cafishio que la explota –María Santos y Pedro Maratea- debe enfrentarse al rey del absurdo, Carlos Enríquez quien se queda con varias escenas. Como Thibaut, puede afirmarse que Parra dio un paso adelante en materia cinematográfica aunque la película resultara un fracaso de boletería. La audiencia histórica no esperaba a este Thibaut hogareño que regresa a su mujer -Ilde Pirovano- y se dedica a jugar con su prole. Era inútil: Manuel Romero, quien tenía varios puntos de contacto con la personalidad del actor, hizo mejor uso de él en Tres anclados en París (1938), aquella película a la que hubo que cambiarle el título. Originariamente era Tres argentinos en París pero intervino la censura.

Como guía turístico demuestra sus habilidades de capocómico –Amalia Bernabé es una de las turistas insoportables-. Los otros dos compinches son el bohemio Hugo del Carril y el pequero Tito Lusiardo. Por momentos el espectador cree que Enrique Serrano los supera a todos en la partida de póker. Era necesario, sin embargo, no herir mortalmente a la estructura polimorfa y se le otorga el matiz del arrepentimiento –anagnórisis o el reencuentro con una hija que no había conocido-. Asimismo, el ambicioso padre del joven Hugo del Carril termina por hundir a su hijo en La vida es tango (1939). Si hubiera que seleccionar un momento estrictamente cinematográfico en la carrera de Parra elegiríamos la escena de Nueva York, en la que se da cuenta del error cometido cuando comprende que su hijo ha sido derrotado. Es verdad: tenemos ahí la mano de Romero, pero la sinceridad del actor logra incluso disimular cierta endeblez de del Carril en aquellos primeros pasos como galán.

- Enfermo, viejo, pobre y olvidado. Lo peor que le puede ocurrir a un artista

afirma este padre ambicioso con respecto a su hijo. Y el meollo del asunto no está en las palabras sino en la absoluta tristeza de quien las dice. Es en estos momentos cuando Parra aparece por completo aislado, como si hubiera caído en el vacío.

Su argumento para otra película filmada en la SONO, Melgarejo (Luis José Moglia Barth-1937) habla a las claras de su gusto por los uniformes que socorren a patricias estafadas –de nuevo la señora Ortiz-. Y, por fin, reitera al viejo calavera bajo las órdenes de Francisco Mugica en Margarita, Armando y su padre (1939). ¿Qué lo diferencia de otros característicos como Luis Arata, Enrique Muiño, Elías Alippi et al que habían comenzado también a frecuentar el sonoro? El hecho de que aparezca como un fauno que sabe que ha perdido la partida de antemano, pero que, así y todo, vale la pena jugarla. Y la juega. Es el cínico y descreído por naturaleza. Y, no cabe duda, esta imagen que nos ha dejado el cine contribuye a la leyenda que se creó en torno a su persona. Leyenda que, como se dijo, él mismo se encargó de alimentar. Sus biógrafos no mencionan el problema de la droga, aunque a él no le hubiese molestado en lo más mínimo.

 

UN HOMBRE CUALQUIERA

La figura de este hombre ha interesado a posteriori a David Viñas, quien lo definió como un anti-Lisandro de la Torre,(7). La idea de Viñas fue retomada por Luis Macchi quien escribió una obra de teatro protagonizada por Pepe Soriano y estrenada en mala época, abril de 1976 en el Ateneo. Es sabido que desde sus comienzos en política de la Torre se alineó con las fuerzas progresistas. No ocurrió lo mismo con Parravicini. Aunque tampoco con otros capocómicos de aquellos años. Es, se dijo, un payaso que se transforma en símbolo de un país que responde a los lineamientos trazados por la así llamada generación del 80. En este aspecto sí es un anti-Lisandro.


Del mismo modo, su origen nada plebeyo lo coloca en una situación de privilegio frente a sus compañeros de tareas en el negocio del espectáculo. Casado con Sara Piñeiro, sobrina de Angelina Pagano, jamás permitió que su mujer visitara un camarín de teatro o que, salvo alguna excepción, los que integraban el mundo de ficción en el que se movía frecuentaran su casa. Esto va bastante más allá de la simple dicotomía público/privado. Explica de por si la opinión que le merecía a este hombre el medio en el que se ganaba la vida. Es el paladín del ocultamiento, es un burgués total convertido en actor, en el actor por antonomasia de una época en que el país se transformaba en moderno, aunque el significado de esta modernidad no fuera igual para los sectores en pugna.

No hay obligación de idealizarlo, tal como ocurre con Flop (Eduardo Mignona-1990). Aunque tampoco, si hay un ajuste de cuentas, debe tomárselo como lo que no pudo ser jamás: alguien a quien le importara el país, algo que escapaba a sus posibilidades. Antes bien: si le interesaba Buenos Aires como ciudad, el hecho se debía a que era una ciudad faro en América Latina. Esto es, la más europea. Con respecto al público, dependía de él y esta dependencia genera una relación que no siempre resulta comprensible a los ojos de quien está fuera del espectáculo. Asimismo, si buscaba el reconocimiento de aquel sector de la sociedad en el que había nacido, perdió la partida. Su público era el de los sectores medios, y en los años 30 el de la burguesía del durazno en lata. Necesitaba esa audiencia y, al propio tiempo, la despreciaba. Esto, al menos, en lo que se refiere al escenario. En el caso de Parra, hombre de teatro, actor y dramaturgo, era estrictamente profesional, especialmente en todo aquello que halagara su vanidad de divo. Y como tal no podía faltar el suicidio, siguiendo los pasos no tanto de de la Torre sino de Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni et al. Las biografías de estos tres han opacado a veces su obra. Lo propio ocurre con el señor Florencio Parravicini con una salvedad: es nada más que un actor. Y nada menos.

No es nada fácil penetrar en la zona donde reina el miedo, la profunda inseguridad de un ser humano. Quien se viera a si mismo como nacido para el goce y la aventura, nos ha dejado únicamente su imagen cinematográfica para analizar. La personal, la que habla de su prosapia, su brevet de aviador, sus conquistas amorosas, sus experiencias con la droga, se ha perdido en la noche de los tiempos. El mismo se encargó de confundir a sus biógrafos. No es tarea imposible desentrañarlo. Solamente muy difícil para quienes se aferren a categorías racionales.


Abel Posadas

 

 

1) Marco Susana y otros: Teoría del género chico, Buenos Aires, Eudeba, 1974

2) Couselo, Jorge Miguel a Abel Posadas en su casa de la calle Chacabuco, julio de 1993.

3) Tiempo, César: Florencio Parravicini, Colección La Historia Popular, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971

4) citada por Zayas de Lima, Perla: Diccionario de Directores y Escenógrafos del Teatro Argentino, Buenos Aires, Galerna, 1990.

5) El cámara y fotógrafo Pedro Marzialetti a Abel Posadas en la sede que precedió al Museo Lumiton, Munro, octubre de 1994

6) Insaurralde, Andrés: Manuel Romero, Los directores del cine argentino, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1994

7) www.pepesorianoweb.com.ar - Teatro

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EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura (1)

El escritor cubano Leonardo Padura Fuentes pertenece a la generación virtualmente “nacida y criada por la Revolución” (con mayúscula como parecen acentuar los cubanos). Pero, como otros en la misma situación, no le rinde pleitesía, sin caer por ello en la actitud estúpidamente colonial de Zoe Valdés o de la bloguera cubana Yoani Sánchez (entre tantos…). De todos modos, la generación de Padura parece ser una transición a algo peor, tal como lo que se manifiesta a través de Ena Lucía Portela, la autora de “Cien botellas en una pared”: el insípido ejemplo de catarsis psicoanalítica-barrial con aspiraciones cosmopolitas (“posmodernas”). A su modo Padura es -sin connotación negativa- un best-seller, dentro y fuera de la isla y con méritos suficientes para serlo. Periodista, ensayista (me quedo con “El viaje más largo” donde emerge la figura fantástica del “Chori” un timbalero lumpen, de aquellos), guionista y crítico de cine. Y, claro, novelista. Multipremiado por sus novelas “policiales” (género al que le dedicó también un ensayo) parecía difícil superar el interés suscitado por “La Neblina del Ayer” (2003) donde campeaba el emblemático -y caribeño- policía Mario Conde (el “Conde”). Sin embargo, “El hombre que amaba a los perros” lo hizo. Si “La neblina…” logró que Padura se ganara el odio de algunos libreros de La Habana (su primera parte es una disección cruel del gremio mercantil de la celulosa entintada), “El hombre…” acentuó las prevenciones de las que “goza” en algunos sectores (oficiales y no tanto). Es que la elección de un tema como el de Trotzki, puesto a circular no hacía mucho por la ya fallecida Celia Hart, sigue siendo un problema para la vieja guardia comunista. Hasta por razones pragmáticas. Cuba albergó muchos años a su asesino, el “héroe de la Revolución Soviética”, Ramón Mercader del Río.


Padura advierte repetidas veces que se trata de una novela: ¿Por qué? Porque la ficción no alcanza a sepultar el dato histórico de la “perversión de la utopía más grande del siglo XX”, frase que por sí sola explica aquellas prevenciones. ¿Una novela histórica? Algo menos que los dos planos de ese centauro teratológico. Como novela, responde al oficio de un buen escritor; como historia… y a pesar del autor -no obstante los datos recogidos- no vale la pena ocuparse. La estructura triádica de los capítulos en los que desfilan los principales personajes es, a pesar de la previsibilidad que advierte, lo que permite leer con avidez esta novela. Creo que el personaje más interesante no es el del fracasado Ramón Mercader, sino el de su madre (Eustasia) Caridad (Mercader) del Río (2), nacida en la Cuba independiente de fines del siglo XIX, quien en los años siniestros de la Guerra Civil española optó por el bando soviético dentro del bando republicano. Su carácter impiadoso, como el de Margarita Nelken o Dolores Ibarruri no solo se descargó contra los “perros fascistas”, sino también contra anarquistas, trotzkistas y cualquier otro sindicado por los agentes de la NKVD soviética en España, para torturarlos y asesinarlos sin juicio previo. En el cuadro de Goya, Caridad Mercader interpretaría a Saturno. Otro de los personajes, Leonid Eitington (¿era su verdadero nombre?¿fue el mismo Nahum Eitington de la masacre de polacos en Katyn?) temeroso perro fiel de Stalin (y objeto de purgas y rehabilitaciones) logra interesar, apenas se intente captar -así sea por la vía de la ficción- las motivaciones de sus servicios prestados a la “gran revolución de octubre”. Si las “religiones del libro” eliminan el mundo para implantar el cielo, la religión laica con base en la Unión Soviética logró instalar, en algunos sitios y por un tiempo, el infierno en la tierra.


Muchas de las reflexiones adjudicadas a Trotzki -el que a pesar de las críticas que desliza el autor- no sale tan mal parado (en definitiva es a quien asesinan, y esa circunstancia despierta una cierta misericordia, a la que el propio Lev Davidovich Bronstein, tal el nombre de Trotzki, no era afecto)-, resultan de la más intima convicción de Padura:


“Algo demasiado maligno y repelente tenía que haberse desatado en la sociedad soviética si sus más fervientes cantores comenzaban a dispararse balazos en el corazón, asqueados ante la náusea que le provocaba la mierda petrificada de su presente” (pag. 55).


La referencia al suicidio de Maiakowski (en 1930) no puede omitir el de Serguei Esenin (en 1925), los que sin ser los únicos, lo hicieron ante la opresiva realidad que Trotzki había ayudado fervientemente a crear. Claro que para Padura ese es un dato lejano. No lo es el suicidio, entre otros, de los poetas cubanos Raúl Hernández Novas (1993) y Ángel Escobar (1997) (3). A buen entendedor…


¿A quien se refiere Padura con “…su mezquindad esencial, su tosquedad psicológica y aquel cinismo del pequeñoburgués a quien el marxismo ha liberado de muchos prejuicios, pero sin alcanzar a sustituirlos por un sistema ideológico bien digerido”? (pág. 104/5).


Si bien habría que especificar que cosa es “un sistema ideológico bien digerido” (el DIAMAT lo era) su tiro por elevación es demasiado obvio como para no advertirse. Aunque la crítica de Padura, efectuada desde la “intelligentzia”, debería celebrar por lo menos la “no digestión” del marxismo en Cuba.


Sin duda “El hombre que amaba a los perros” atraerá lectores, merecidamente. La complejidad que hoy acarrea solo puede atormentar a “conservadores” e “izquierdistas” ingenuos, cuando no hipócritas. El libro de Padura tambien es su ajuste de cuentas con la realidad que le toca vivir; su intento al menos. Como novela, seguimos prefiriendo sus novelas policiales. El crimen político difícilmente valga la pena ficcionalizarse. Porque su circunstancia histórica resulta infinitamente más atrayente que la novela policial tejida en su entorno.

(1) Buenos Aires, Tusquets Editores, 2010, 573 págs.

(2) Al parecer Caridad del Río, una mujer siempre sospechosa a ojos soviéticos, terminó trabajando en la Embajada cubana en París. Allí recibía a personas como el guerrillero Santucho del ERP argentino, admirador, “discípulo” y apóstol de Trotzki, a quien el hijo de aquella había asesinado con una piqueta en la cabeza. ¿Será esta la famosa astucia de la historia?

(3) Preguntado un personaje de la “cultura” isleña a que atribuía la seguidilla de suicidios de escritores y artistas cubanos, me respondió: “no tienen salida”.

 

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PSICOLOGÍA DEL HINCHA

Como recordatorio del "fútbol para bobos" rescatamos una versión apologética (ver aquí) de los años 20 debida a José Gabriel (López Buisan)(1896-1957) y la precursora "Psicología del Hincha" un fragmento del libro "SHOT AL ARCO" de Monsieur Perichón, cuyo probable nombre era Juan Carlos Olmedo Varela: en los años 30 se adelantó a las consideraciones más ácidas de Dante Panzeri ("Fútbol, dinámica de lo impensado"-1967) sobre el enfermo futbolero, el hombre que sufre por causa del fútbol y que participa de la "locura de las masas".


d.a.



PSICOLOGÍA DEL HINCHA


Hay que hacer un distingo entre el hincha y el partidario. Por que si, fundamentalmente, a los dos los mueve la misma inclinación, los dos tienen distinto matiz psicológico. El partidario, en efecto, representa el tipo medio del entusiasta; el hincha, en cambio, constituye el tipo pasional. Uno no romperá jamás la armonía de su línea; el otro se dejará llevar en cada caso, por la violencia incontenible de su instinto footballísco. El hincha no razona; se limita a “sentir” a su club. El partidario discierne y, por consecuencia lo lleva a admitir el factor de la posibilidad. Existe en el tono de sus discusiones la serenidad que emana de ese mismo análisis. El hincha es otra cosa: es realmente, un dogmático. Cree porque cree. Su raciocinio rudimentario escapa a la gravitación de otra fuerza que no sea su ciega pasión por su club. Frente a la realidad, formulará las consideraciones más pueriles y absurdas para sacar adelante su tesis, siempre favorable a su pasión. En presencia del contrincante ocasional, nunca se declarará vencido. Y cuando la fuerza incontenible de la lógica lo haya arrojado a un rincón, surgirá de sus cenizas retóricas la definitiva mala palabra con la cual cubrirá, suciamente, su honrosa retirada. En el elogio del triunfo obtenido por su club enriquecerá al idioma con nuevos adjetivos laudatorios. Para el fracaso, también encontrará a mano la disculpa necesaria y rotunda que pone fin a la discusión. En resumen: el hincha es un hombre que vive y se desplaza en una única realidad: la que crea su fantasía pasional.

 

EL HINCHA Y SU TRAGEDIA

El hincha individualmente considerado, tiene una tendencia marcada al espíritu gregario. Huye de la soledad como de una mala sombra. Como en el fondo es un débil, necesita respirar el ambiente de la complicidad para estar a sus anchas. Mientras no sale de su barriada y se desplaza en el medio familiar y cotidiano, su individualidad adquiere un matiz vulgar. Todo le es propicio, entonces, para disimular el volcán partidario que lleva adentro. Será difícil allí reconocer al hincha en su faz propia. Pero la escena cambia de aspecto en cuanto el hincha se junta con los demás, en función solidaria y activa. Desde el momento que abre los ojos a la luz dominguera, con la visión obsesionante del match inminente, comienza el fermento de su acometividad interior. Hay ya prepotencia en sus gestos, en sus modales, en sus actitudes. El ritmo de la vida, plácida y sin alternativas – aferrada a la necesidad perentoria de vivir – se transforma, entonces, como si se hubieran abierto, de par en par, las ventanas de nuevas perspectivas. Se hunde, después, en la abigarrada multitud del field, colocado, naturalmente, en el sector amigo y propicio. Ya ha dado la primera exteriorización bullanguera, durante el trayecto, desplegadas al viento las insignias de su club que cobija, en forma guerrera, el anhelo incontenido de la victoria próxima. Y una vez en la cancha comienza a sufrir. Porque aquí reside la tragedia del hincha, señores. El no asiste al espectáculo mismo, en el deseo de presenciar un cotejo superior. El no ha desafiado las inclemencias del tiempo y las incomodidades de la distancia para darse el regalo deportivo de una lucha de contornos clásicos. El no está, ahí, apretado y sin aliento, con el fin de, aplaudir al vencedor, después de observar las bellezas incomparables del football de verdad. El se ha hecho presente, pura y exclusivamente para ver victorioso a su club. Todas las alternativas, entonces, lo obsesionan, pero desde este precario y anhelante punto de vista.

 

TRANSFORMACION DEL HINCHA

Afirmamos que, fundamentalmente, todas las hinchadas se asemejan. No podría ser de otra manera desde que el elemento constitutivo de las mismas es idéntico, Hay, sin duda, pequeñas diferencias de matiz al que da color la idiosincracia singular de ciertas barriadas. Pero este detalle poco importa frente al valor sustancial de la multitud footballística. El ambiente del field es, siempre uno. Desde que el partido comenzó todo ese ambiente se refleja, con exactitud fotográfica, en la cara del hincha. Vedlo: su fisonomía contraída, sus músculos en tensión, el color arrebatado de sus facciones patentiza las alternativas extraordinarias de la lucha que se desarrolla sobre el verde césped de la cancha. No es necesario presenciar el cotejo para hacer deducciones. El hincha se encargará de darnos, a cada instante, la sensación real de lo que allí pasa. Ha perdido, bajo la influencia tremenda de su pasión, el control de sí mismo. Aplaudirá, vociferará, imprecará, insultará, gritará cosas horribles según marche el team de su club en la competición presente. Pacífico comerciante, buen padre de familia, obrero humilde y silencioso, aristócrata desaprensivo, honesto ciudadano, ladrón consuetudinario o rufián con un pie en la cárcel, su condición de hincha nivelará, por unas horas de field, tan diversos destinos. El football ha tenido esa suprema virtud; la de igualar las cabezas de los más distintos tipos bajo las sugestiones de una idéntica pasión; la de nivelar los corazones con una misma ansia de victoria final.

 

EL ELOGIO DEL HINCHA

Bienvenido sea el football si, de esta suerte, realiza sus funciones de armonía democrática. No importa que alguna vez el hincha desborde su entusiasmo, en forma poco académica o mediante exteriorizaciones algo contundentes. Si lo hace no lo mueve ningún interés de mezquino lucro personal; lo anima únicamente su pasión deportiva, ciega y sorda a la dura realidad que los rodea, como son todas las pasiones humanas Por lo demás, aquella multitud, abigarrada y anhelante, ostenta para su bien, la estética armonía de su contextura interior. Ella no tiene la culpa de que todos los hombres honrados lleven adentro a un criminal en potencia.

 



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“Teoría de la locura de las masas”

Reproducimos la “Teoría de la locura de las masas” de Fernando Pagés Larraya (1923 - 2007), uno de los nombres grandes del pensamiento argentino quien, como tantos otros, solo tiene presencia en pequeños círculos o es directamente desconocido. El negacionismo colonial que ha sustituido la conspiración de silencio por la saturación periodística de profesores de filosofía, psicoanalistas, sociólogos y tanto bruto con patente, no puede hincar el diente ni elaborar soluciones con base en tareas como las de Pagés pues las mismas pondrían de relieve el vacío de su existencia, la noche oscura del alma con su único enlace místico en el suicidio.

Es que esta intelligentzia no tiene vida, tiene libros.


PAGÉS FERNANDO LARRAYA, un argentino de provincia, de Mendoza, con algún pariente victimado en las guerras civiles del s. XIX, fascinado con las fuerzas enloquecedoras que devoran el “Facundo” y a su autor (1) fue médico a mediados del siglo pasado, luego psiquiatra y doctor en medicina (con la tesis “Sociedades experimentales de animales”, base de su libro “Estudio de la simpatía a través de animales en sociedades experimentales” 1957). Estudió en Europa con Ludwig Biswanger entre otros creadores en su campo y en EEUU con Koch. De vuelta al País alternó la docencia con su creciente inclinación hacia la denominada psiquiatría transcultural y la antropología psiquiatrica. Científico atento, se sirvió de las teorías como herramientas sin reducirlas a epifenómeno ideológico. En los 70, en plena ebullición política funda el Programa de Investigaciones sobre Epidemiología Psiquiátrica y extiende el relevamiento de las patologías mentales a todo el territorio argentino, excediendo los iniciales grupos aborígenes (en este campo produjo la SUMMA en cuatro tomos que es “Lo irracional en la cultura” -1982).

Fruto de ese esfuerzo de campo el equipo encabezado por Pagés comenzó a publicar en 1980 los trabajos de la “Documenta Laboris” iniciado con la “Teoría de las isoidias culturales argentinas” y concluido con la “Teoría de la locura de las masas. Epílogo del Programa de In vestigaciones sobre Epidemiología Psiquiátrica” (1987). Su “Barroco africano-Investigaciones de psiquiatría transcultural en poblaciones negras tradicionales de América Latina” (1995) fue su profundo viaje por las enfermedades mentales de descendientes de africanos en América y, al igual que “La Bacanal de los niños. Antropología del Chico de la Calle” (1998) un boleto sólo de ida al URGRUND, al otro lado del espejo, a la nada en la que anida la posibilidad humana pero también su pérdida: la vuelta de tuerca (de la razón) al mundo que genera el monstruo de la razón. El vislumbre del abismo que le permitió la tarea de psiquiatra y su travesía por culturas que mantenían unidas - a veces por el horror- distintas temporalidades, junto a su inmensa piedad por los hombres, le permitió estar atento hasta el final (y preguntar por ejemplo “quién es ese loco que anda juntando mi obra”?) aunque cercado por la melancolía. No obstante esa brecha irremediable por la que transitó, el peaje que supo pagar por el conocimiento del mundo del hombre, nos heredó tareas, resultados y afirmaciones ilevantables (“la locura es la hermenéutica de la cultura”). Nos queda la sospecha de saber si no es precisamente la dimensión política la que le faltaba transitar a Don Fernando para perseguir el cuidado, la CURA de la fábula de Higinio, capaz de transformar la piedad y la melancolía en el bálsamo del terror de quienes, como hombres, nos hallamos solicitados por los horrores de la visión del infierno de nuestra propia muerte. Sea o no así, Fernando Pagés Larraya es nuestro ejemplo nacional, en el campo de la psiquiatría, de que la grandeza también se construye con retazos.

d.a.


TEORIA DE LA LOCURA DE LAS MASAS.

EPILOGO DEL PROGRAMA DE INVESTIGACIONES

SOBRE EPIDEMIOLOGIA PSIQUIATRICA DEL CONICET (##)


Palabras clave: Psiquiatría transcultural - Locura y cultura - Epidemiología - Antropología psiquiátrica - Argentina.

 

Como “espejo siniestro de la cultura” aparece esta “Metafísica de la locura” y el loco como víctima de la violencia de sus conflictos. Esto vino a reforzar la antropología “trágica” que ya estaba latente en las antiguas pestes, en las batallas, en los suicidios en masa.

Se ha pretendido determinar el espacio de juego de la locura en nuestro contexto cultural por medio de una encuesta de síntomas avalada internacionalmente.

El análisis de la locura despliega una hermenéutica de múltiples niveles que permite sacar a la luz las estructuras más profundas y conflictivas de nuestra cultura.

Si bien se aborda principalmente la locura como categoría psiquiátrica, no es menor su incidencia en tanto categoría de la antropología cultural, a lo que cabe agregar su consideración como categoría literaria, el desciframiento del discurso psicótico como categoría lingüística, la necesidad de su contextualización sociológica y su fundamentación en categorías filosóficas y hasta teológicas.

La locura como categoría del espíritu es el esfuerzo denodado de comprender su liberación “en esta trampa del destino que lo engaña en cuanto a una libertad que no ha conquistado”.

Después de una consideración de textos de dos figuras decisivas para la historia filosófica de la locura —Kant y Hegel—, se recalca el puesto clave en tu historia de la psiquiatría de Ludwig Binswanger y su concepción de la Ideenflucht (fuga de ideas). Finalmente, la teoría de la locura de las masas (Massenwahntheorie de Broch —locura doble de fragmentación por una parte, y de extravío y paranoia del poder, por otra— muestra un análisis universalmente válido dentro del cual se inscribe el modelo particular, recurrentemente trágico, de nuestra cultura. Este modelo se identifica como Massenwahntheorie VII, es decir, como prolongación de la ingente obra emprendida por Broch.

 

METAPHYSICS OF MADNESS

This “Metaphysics of Madness” appears as a “sinister mirror of madness”. and the madman as a victim of the violence of his conflicts. This has come to reinforce the “tragic” anthropology which was already latent in the ancient pests, in the battles, in the mass suicides.

An effort was made to determine the space where madness operates in our cultural context by means of an internationally guaranteed survey of symptoms.

The analysis of madness lays out hermeneutics of multiple levels through which the most profound and conflictive structures of our culture become visible.

Even if madness is principally entered upon as a psychiatrical category, it presents a similar incidence as a category of cultural anthropology, it being necessary to add besides its importance as a literary category, the deciphering of the psychotic discourse as a linguistic category, the necessity of a sociological contextualization and its foundation on philosophic and even theologic categories.

Madness as a category of the spirit is the daring effort of understanding its liberation “in this deceit of destiny which fools it as to a liberty it has not conquered”.

After a consideration of texts of two decisive figures related to the philosophic history of madness —Kant and Hegel— the important position of Ludwig Binswanger and his conception of the Ideenflucht (flight of ideas) in the history of psychiatry is brought out. Finally, the theory of the madness of the masses (Massenwahntheorie) stated by Broch —a double madness of fragmentation, on the one hand, and of aberration and paranoia of power, on the other— shows a universally valid analysis in which the particular, recurrent tragic model of our culture inscribes itself. This model is to be identified with Massenwahntheorie VII, i.e., as a prolongation of the prodigious work carried out by Broch.

 

METAPHYSJK DES WAHNSINNS

Wie ein “unheimlicher Spiegel der Kultur”, kommt diese “Metaphysik des Wahnsinns” und der Verrückte als Opfer der Gewalt ihrer Konflikte zum Vorschein. Dies steigert die “tragische” Anthropologie, die schon in den alten Pesten, in den Kämpfen, in den Massenselbstmord latent war.

Man versucht den Spielraum der Verrücktheit in unserem kulturellen Kontext durch eine international bestätigte Syntomensuntersuchung zu bestimmen.

Die Wahnsinnsanalyse entwickelt cene vielfältige Hermeneutik, die die tiefsten und konfliktivsten Strukturen unserer Kultur ans Licht bringt.

Obwohl man den Wahnsinn prinzipiell als psychiatrische Kategorie behandelt, wird er jedoch auch als Kategorie der kulturellen Anthropologie aufgewiesen. Dazu mubman Verrücktheit ebenfalls als literarische Kategorie, mit besonderer Rücksicht auf die Entzifferung des psychotischen Diskurses als lingüistiche Kategorie, die Notwendigkeit einer soziologischen Kontextualisierung und ihre Begründung auf philosophische und sogar theologische Kategorien in Betracht nehmen.

Die Verrücktheit als Kategorie des Geistes ist das Bestreben zum Verständnis seiner Befreiung “in dieser Schicksalfalle, die ihn in Beziehung auf seine nicht eroberte Freiheit täuscht”.

Nach der Textauslegung von zwei der hervorragendsten Gestalten der philosophischen Wahnsinnsgeschichte —Kant und Hegel—, betont man Ludwig- Binswangers Ideenfluchtskonzeption als Schlüsselpunkt der modernen Geschichte der Psychiatrie. Endlich zeigt Brochs Massenwahntheorie —und sein Hinweis auf den doppelten Wahnsinn als Zersplitterung einerseits und als Verlorenheit und Machtparanoia anderseits— eine allgemeingeltende Analyse in welche sich auch das besondere, wiederholt tragische Modell unserer Kultur einschreibt. Dieses Modell wird als Massenwahntheorie VII identifiziert, d.h., als Fortsetzung Brochs groben Werkes.


TEORIA DE LA LOCURA DE LAS MASAS

Se acerca Dios en pilchas de loquero y ahorca mi gañote con sus enormes manos sarmentosas; y mi canto se enrosca en el desierto. ¡Piedad!

Jacobo Fijman

“Molino Rojo”


I. Introducción. En una conferencia sobre Baruj Spinoza, dictada en la Sociedad Hebraica de Buenos Aires en 1926, el psiquiatra argentino Alejandro Korn (1860-1936) pareció identificarse, por su humor trágico, con el fervoroso Uriel Acosta, el del “arrepentimiento inútil” que se arrojó en el umbral de la sinagoga portuguesa de Amsterdam para morir hollado por las pisadas de los hombres.

Existe un momento en la vida del psiquiatra en que es acometido por la desesperación del moderno Edipo, que será devorado por la Esfinge, que no pregunta ahora acerca del cómo del hombre, sino de su porqué … y nada puede responderle con la miseria de su antropología.

Existe en la vida de Alejandro Korn un díptico que lo hace modelo del inexorable arrepentimiento del psiquiatra: el haber redimido por el fuego de Heráclito el pabellón de locas del manicomio de Melchor Romero; y haber utilizado la filosofía como camino de su desesperación, aunque se extraviara en él al buscar la solución al gran enigma.

La contemplación de la tragedia de la locura exige, por lo tanto, una suprema catarsis.

En una época ensombrecida de la historia argentina (1976-1983), se llevó a cabo una investigación acerca de la prevalencia de su patología mental en el contexto de una investigación antropológica.

Se utilizó como vademecun (1. 2) para detectarla, una encuesta de síntomas consagrada para el uso internacional y experimentada en las culturas de occidente, para indagar específicamente acerca de la esquizofrenia: una nueva “categoría” social en la que se agrupa a los hombres estatuas, fugitivos de los aguijones de la cultura, en cuya sugestibilidad omnímoda alcanza la masa, según Elías Canetti (3), su dimensión metafísica; en sus exempla, un hombre oía a 729.000 muchachas y otro la susurrante voz de la humanidad. Gilles Deleuze (4) veía en ella, la encarnación de la palabra profunda, el emblema del cuerpo-colador, cuerpo-dividido y cuerpo disociado; en fin, el hombre que ya no se acompaña más con Jabberwockey (5) – el nombre superficial del sinsentido— sino que es el sinsentido, más allá de los juegos de la lógica y la teoría de las ciencias.

En esta investigación que abarcó en su totalidad la masa de la población argentina, ante el espectro de su cultura que clamaba al pie de su sepultura como el coro de los lemures goetheanos del segundo Fausto, se evidenció un desgarramiento universal, en el que la descripción trascendió a una explicación del hombre, formulada en el silencio de sus descarnadas estadísticas.

El análisis epidemiológico de la locura en la Argentina, la aunó a sus antiguas pestes, a los suicidios en masa, a sus batallas y fue el indicador de una marca ontológica.

II. La locura como hermenéutica de la cultura. A través de monografías ásperas y desparejas, poseídas por un ritmo interior desconcertante, centradas en el tema único de la locura, que se oculta y transfigura en los textos en el juego de ensoñaciones y de una lingüística exasperada por el hermetismo de su tema, apareció el elipse barroco de nuestra cultura americana (6), nacida “de árboles, de leños, de retablos y de altares, de tallas decadentes y retratos caligráficos y hasta neoclasicismos tardíos; de ese barroquismo que surge de la necesidad de nombrar las cosas”.

Hubo locos de la luz y de la sombra, de fastos de glorias delirantes, los hubo quebradizos, y de empresas, alguno de ellos cargó sobre su cabeza un Espíritu Santo de dos metros por cuatro, y otro escuchó las discordancias en que no reparó Pitágoras, en la música de las esferas cósmicas.

Trasuntó en la locura la tristeza de nuestra etopeya latinoamericana, que expresara Alejo Carpentier (7) en un oxímoron de sus actos memorables: mencionado en la Crónica de Alfonso XIII, de quien sólo se sabe que gobernó, reinó dos años y murió comido por un oso, o por hablar de tu mundo, aquel Bartolomé Cornejo que en San Juan de Puerto Rico abrió, y con la anuencia de tres obispos, la Primera Casa de Putas del Continente, el día 4 de agosto de 1526”.

La locura reveló también la raíz precolombina de América, en los desteñidos despojos de las culturas arcanas, utilizados para explicar y redimir la intensa tragedia que emergía de su tierra lacerada.

El análisis de la locura en la “masa” argentina dio lugar, como en la construcción de la Muralla China de Franz Kafka (8), a un viaje a través de las almas de casi todas las provincias. .“Sus pruebas no sólo consistían en escritos y crónicas, sino en investigaciones sobre el terreno mismo, sabiendo que la obra fracasaría y debía fracasar por la debilidad de sus cimientos”. Como en “Die Prüfung” (9), el relato necesario de ese autor, que completa el viaje circular e interminable, la obra debía fracasar, porque “el examen” implícito en ella sólo era aprobado por el que no respondía a sus preguntas.

El topos de la locura origina magnitudes semánticas variadas, categorías de significación tributarias del núcleo cardinal que las genera: la locura como objeto de la gnoseología psiquiátrica; la locura como categoría cultural, inexplicable sino en el seno de una determinada cultura tópica; la locura como categoría literaria, componente del nivel semántico, dentro del orden descriptivo de la inventio, del universo semiológico textual, status tropológico, en la que se transfigura en entidad metasemiótica; la locura como categoría lingüística, que tiene su “cifra”, su código propio de escritura en el discurso psicótico; la locura como categoría filosófica, u onto-teológica; como síntoma sociológico; como iluminación de la poesía y el éxtasis... Un abismo, en fin, tan insondable como la muerte.

La locura es una hermenéutica de la cultura.

João Guimarães Rosa (10) en la magna novela americana Gran Serton: Veredas, describió la locura ontológica y la de los encadenados, como entelequia del gran año de nuestra tierra:

“¿Eh? ¿eh? Lo que más pienso, atestiguo y explico: todo el mundo está loco. Usted, yo, nosotros todas las personas. Por eso es por lo que se necesita principalmente la religión: para desenloquecerse, desenlocar. El rezo es el que sana de la locura...”

“Como le dio a una moza, en el Barrizal-Nuevo, aquella desistió un día de comer y sólo bebiendo por día tres gotas de agua de pila bendita, a su alrededor empezaron los milagros. Pero el delegado regional llegó, trajo a los reclutas determinó el desbande del pueblo, trasegaron a la moza para el hospicio de locos...”

“Por que en un crujido del tiempo, ya había surgido viniendo millares de seres, para pedir cura, los enfermos condenados: lázaros de lepra, tullidos por horribles formas, heridientos, los ciegos más sin gestos, locos encadenados, idiotas, héticos, hidrópicos, de todo: criaturas que hedían”.

“No te parece a ti que todo el mundo está loco? ¿Qué uno sólo deja de estar loco en los momentos en que siente el valor completo o el amor? ¿O en los momentos en que consigue rezar?”

José Maria Arguedas (11), en el memorial de su suicidio, en el que nos arrebató a todos. El zorro de arriba y el zorro de abajo, utilizó como sus escrituras al loco Moncada:

“Yo soy torero de Dios, soy mendigo de su cariño, no del cariño falso de las autoridades, de la humanidad también. ¡Miren!”

“Miren cómo toreo las perversidades, las pestilencias. Yo soy lunar negro que adorna la cara... Yo soy lunar de Dios en la tierra, ante la humanidad. Ustedes saben que la policía me ha querido llevar preso otras veces porque decían que era gato con uñas largazas de ladrón. Yo no niego que soy gato, pero robo la amistad, el corazón de Dios, así araño yo...”

“Orbegozo Moncada, presidente del Perú, dueño de la hacienda Moncada. ¡Never! ¡Never!, luego señaló el muñeco. Este negro calumniado, colgadito, de quien se acordarán los siglos de los siglos. Dios vino descalzo como él; como a él lo colgaron, no como a mí. A mí, una vez de las patas en la comisaría”.

Julio Cortázar en Rayuela, su libro sagrado de nuestras mutaciones, transforma: la ciudad en circo, y éste en manicomio:

“... y se iba acostumbrando a sustituir tragasables por esquizofrénicos, y fardos de pasto por ampollas de insulina”.

“Y los Campo Flegreos, y lo que Horacio había murmurado sobre el descenso, una insensatez tan absoluta, que Manú y todo lo que era Manú y estaba en el nivel de Manú no podía participar en la ceremonia, porque lo que empezaba ahí era como la caricia de la paloma, como la idea de levantarse para hacerle una limonada a un guardián, como doblar una pierna y empujar un tejo de la primera a la segunda casilla, de la segunda a la tercera. De alguna manera habían ingresado en otra cosa, en ese algo donde se podía estar de gris y ser de rosa, donde se podía haber muerto ahogada en un río... y asomar en una noche de Buenos Aires para repetir en la rayuela la imagen misma de los que acaban de alcanzar, la última casilla, el centro del mandala, el Ygdrassil vertiginoso por donde se salía a una playa abierta, a una extensión sin límites, al mundo debajo de los párpados que los ojos vueltos hacia adentro reconocían y acataban”.

El poeta Antonio Campbell, de Nicaragua, buscó la redención de la locura cotidiana mediante la instauración de la “locura mayor”:

“Los locos son como respuestas que nadie ha pedido. Son como los rayos de una carreta sin ejes, como la lluvia que azota de abajo hacia arriba, como pilotos de pruebas atascados en el barro celeste. La ciudad respira por los pulmones de sus locos, va en los automóviles que conducen sus locos; ordena, obedece, y hace trampas a través de sus locos.

El abogado diseña las casas y el hechicero canta la misa, el maestro vende pescado y el camillero sirve en las cátedras. Se necesitaría una locura mayor para acabar con este manicomio”.

Las tres gotas del agua de pila del alimento celeste, la profecía alucinada, el obscuro destino de los perros de los Campos Flegreos, el deshonor de las rosas que mataron a Rainer Maria Rilke y el sacrificio del poeta por la amabilis insania, nos conducen al tratamiento de metafísica de la locura, para la demostrar y explicar nuestra aventurada tesis de que es ella el espejo siniestro de la cultura.

El grito del Poimandres tratado por Hermes Trimegisto, la sombra de Hécate inventora de la hechicería, perra, yegua tricéfala, loba de la noche, que engendra la locura de los encadenados, son máscaras, que caen ante el saber filosófico.

Debemos partir, para acercarnos a ese saber, de la noche de la Bonneval en el otoño de Paris de 1946, en la que Jacques Lacan (13), fundado en la filosofía hegeliana, desterró el último intento hipocrático – del órgano-dinamismo de Henry Ey – de aherrojar la locura a la descomposición de nuestro cuerpo, y la liberó para tratarla con las categorías del espíritu: ‘En fin je crois qu’a rejeter la causalité de la folie dans cette insondable décision de l’étre oú il comprend ou méconnait sa libération, en ce piége du destin qui le trompe sur une liberté qu’il n’a point conquise,je ne formule rien d’autre que la loi de notre devenir, telle que l` exprime la formule antique: *

Las Gernütskrankheiten** de Immanue1 Kant, los juegos dialécticos de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, y la ideenflucht*** de Ludwig Binswanger, nos brindarán las tres categorías metafísicas de la locura, que no son sino las de nuestro espíritu.

La Anthropologie in pragmatischer Hinsicht (1978), de Immanuel Kant (14), constituye sin duda el tratado más importante de la psiquiatría del siglo XVIII. En esta obra desprolija y apasionada, escrita después de las tres críticas, Kant radica la locura en el campo de la filosofía y afirma que el loco debe ser enviado, para su tratamiento, a la facultad que se ocupa de ella: “...ihn an dic philosophische Fakuktät verweisen”****

Como prolegómeno de su tratamiento se enuncian las dimensiones de la imaginación, tan importantes para sustentar una teoría acerca de ella: imaginatio plastica (espacio), imaginatio associans (tiempo), affinitas, y facultas diyinatrix. Pero la locura en sí está en el campo del conocimiento, el apartado en el que se realiza su conceptualización tiene una dimensión clara y específica, el de las debilidades y enfermedades del alma con respecto a su facultad de conocer: “Von den Schwächen und Krankheiten der Seele in Ansehung ihres Erkenntnissvermögens”*****.

¿Qué diferencia fundamental existe, entonces, entre el loco y el hombre que no lo es aun entre el loco y el hombre más sabio, estando también este último condenado a la incognoscibilidad radical de los nóumenos?

Su concepción procesal de la enfermedad mental -“Unsinngkeit oder Wahnsinn” etimológicamente: el sinsentido o el sentido vacío—, radica en una discordancia de la imaginación con las “leyes” de la experiencia, y es aquí donde alcanza su más curioso encumbramiento la teoría kantiana; distingue en ella: “Phantas” (Grillenfänger), fantaseador cazador de grillos, que habitan en él; “Enthusiast”, en el que alienta la emoción vesánica (Wahnwitz oder Aberwitz); y “Raptus”, de inesperados arrebatos... No hay nada, por cierto, que extrañe a los continuos y arrebatados juegos de la imaginación del tiempo, el espacio, la affinitas y la facultas divinatrix, del hombre kantiano.

Nada agrega a ello su bello tratamiento de la taciturnidad, del cavilar sin finalidad alguna*, y sus disquisiciones acerca de la superstición.

La contemplación del loco, como un espejo deformante de nuestra alma, es tratado por Kant como “sympathetisch Rasender...”, en quien la conmoción y el contagio sobrevienen ante el “furioso” ciceroniano, en el que el furor es un equivalente latino de la manía divinizada en el Fedro de Platón; la fascinación por el loco, que lleva a asomarse a su celda; la tropología popular —que aparece en la nomenclatura kantiana—, como el “würment” el tener gusanos en la cabeza de los locos, o grillos (“eine Grille”), o el cabalgar sobre caballos de palo (“das Steckenpferd”); y en fin, la percepción en ellos de una qualitas occulta, una capacidad de presentir o profetizar.

Kant distingue la “enfermedad del alma” (Seelenkramkheit) y la ausencia o falta del alma (Seelenlosigkeit), como ocurre en los cretinos de Walliserland.

Las enfermedades del ánimo -“Gemütskrakheiten” -son: la Grillenkrankheit (Hypochondrie) y la Manie.

Kant realiza una descripción magnifica del delirium. Al tratar la Hypochondrie, la enfermedad de los “grillos en la cabeza”, la asocia al temor a la muerte acompañado por una irreprimible angustia.

La melancolía puede también ser, para él, una mera ilusión de ser desgraciado, que lo lleva al tormento de sí mismo, al estado taciturno.

En el momento crucial de su meditación admite la imposibilidad de sistematizar la locura, a la que considera esencia e incurable, como una categoría oculta del alma humana.

La locura es, para él, un extravío en lo ignoto. El único síntoma universal de la locura es la pérdida del sentido común y el sentido privado lógico, que lo reemplaza. Das einzige allgemeine Merkmal del Verrücktheit ist der Verlust des Gemeinsinnes (sensus communis) und der dagegen eintretende logische Eigensinn (sensus privatus)...

Sus cuatro dimensiones son: Unsinnigkeit (Amentia), que es la imposibilidad de ordenar las representaciones (Vorstellungen), en la conexión necesaria, ni siquiera para que sea posible la experiencia; Wahnsinn (Dementia), se cumplen en ella las leyes formales del pensar, que hacen posible la experiencia, mas a causa de una “falsa imaginación plástica”, se tiene por percepción representaciones ficticias; Wahnwitz (Insania), es un juicio perturbado, esta locura es ciertamente metódica, pero sólo fragmentaria; la mente es engañada por analogías que se confunden con conceptos de cosas semejantes entre sí, y de esta manera la imaginación desarrolla un juego similar al del entendimiento, enlazando cosas incongruentes y presentándolas como el universal bajo el que estaban contenidas estas últimas representaciones. El loco de esta especie es incurable, porque -como el poeta en general-, es creador y está entretenido por su polifacetismo: Aberwitz (Vesania), en la que el enfermo psíquico se remonta por encima de la escala entera de la experiencia, se figura concebir lo inconcebible...

La modernidad de la psiquiatría de Kant lo lleva a analizar el efecto psicotizante de algunas drogas. Cuenta por ejemplo que James Harrington (1611-1677) cayó -a consecuencia de una dosis demasiado fuerte de guayaco-, en su delirio en el que afirmaba que sus espíritus vitales se evaporaban en forma de pájaros, moscas, grillos...

Todo el texto, apasionadamente contemporáneo de Immanuel Kant, es una contradictio in adjecto.

Al reducir a una cohorte de locos la imposibilidad del conocimiento, reduce a la nada esa imposibilidad esencial del conocer que emerge de las dos críticas, contradice, por lo tanto, las tres leyes seculares del pensamiento, expresadas, con su natural criticismo, muy simplemente en el manual de Morris R. Cohen y Ernest Nagel de la siguiente forma: si una cosa es A, ella es A; nada puede ser al mismo tiempo A y no A; ninguna cosa puede ser o A, o no A... Vale decir que la reflexión nos lleva a afirmar, que la antropología de Immanuel Kant, es en su aspecto esencial, lo mismo que su antropología de la locura. Como en el caso de la tortuga de Lewis Carroll, nuestra reflexión kantiana de la locura, como tragedia del conocer, hace un llamado a una regla de un nivel superior que la justifica, tal es la condición de incognoscibilidad esencial de hombre.

La locura es en Kant una forma de comprensión del conocer, y por lo tanto se integra en su concepción del hombre, ya que en el nivel trascendental de la gnoseología kantiana, se unifican en su esencia, y el loco deviene así el ser marcado por la tragedia del sujeto cognoscente frente al enigmático objeto del conocimiento.

La antropología kantiana afirma nuestra tesis de la que la locura es una forma hermenéutica, una explicación por el asombro, de la cultura.

George Wilhelm Friedrich Hegel (15), ahondó la modernidad metafísica de la locura en la Enziklopädie der philosophischen Wissenschaften im Grundrisse (1830), mediante un enunciado trascendental para la gnoseología psiquiátrica:

A causa de la inmediatez, por la que todavía está determinado el sentimiento de si mismo, vale decir, a causa del momento de corporeidad que es todavía diferente de la espiritualidad, y en la medida en que el sentimiento mismo es también una corporificación particular y aun cuando el suieto se haya formado culturalmente hasta llegar a ser una conciencia razonable (verständiges Bewubtsein), es todavía susceptible de enfermedad, por el hecho de que pueda aferrarse a la particularidad de su sentimiento de sí, (particularidad) a la que no puede preelaborar (verarbeiten) y superar hacia una idealidad. El sí mismo cumplido (das erfüllte Selbst) de la conciencia razonable es el sujeto como la conciencia consecuente que se ordena según su particularidad y a ella se atiene tanto en conexión con la posición exterior como respecto de su mundo ordenado interiormente. Pero prisionero (el sí mismo) de la determinación particular, no le indica a tal contenido el lugar razonable y la subordinación que le compete en el sistema cósmico individual que es un sujeto. El sujeto encuentra de esta manera la locura (Verrücktheit)* en la contradicción entre la totalidad sistematizada de la conciencia y la determinación particular no fluidificada, ni ordenada ni jerarquizada en ella (en la totalidad). Al considerar la locura (Verrucktheit), ha de anticiparse al mismo tiempo la conciencia formada y razonable (das ausgebildete, verständige Bewubtsein), sujeto éste que es simultáneamente el sí mismo natural del sentimiento de sí (naturliches Selbst des Selbstgefühls). Dentro de esta determinación, es capaz de caer en la contradicción entre su subjetividad libre y una particularidad que no llega a ser ideal en ella y se fija (o detiene) en el sentimiento de sí. El espíritu es libre y por ello incapaz de esta enfermedad para sí. Fue considerado por la metafísica anterior como alma, como cosa, y tan solo en cuanto cosa es decir, como algo natural y entitativo es capaz de locura (Verrücktheit), de la finitud en él. Por eso, es ella una enfermedad de lo psíquico; sin separar lo corporal y lo espiritual, el comienzo puede aparentar salir más de un lado que del otro y, del mismo modo, la curación. En tanto sano y ponderado tiene el sujeto una conciencia presente (präsentes Bewusstsein) de la totalidad ordenada de su mundo individual, en cuyo sistema subsume y jerarquiza -en el lugar razonable cada contenido particular de la sensación, de la percepción, del deseo, de la inclinación que se presenta; es el genio dominante (herrschende Genius) sobre estas particularidades. Es como la diferencia entre la vigilia y el sueño, pero el sueño cae aquí dentro de la misma vigilia. El error (errancia: Irrtum), y cosas semejantes, es un contenido recibido consecuentemente en aquella conexión objetiva. Pero, concretamente, es muy difícil decir cuándo empieza a ser “sin sentido” (Wahnsinn). Así una vehemente pero, de acuerdo con su contenido, insignificante pasión de odio, etc., puede aparecer como un estar afuera de sí del (Wahnsinn) contra la ponderación y mesura (equilibrio: Halt in sich) más elevadas que han de ser presupuestas. Pero éste (Wahnsinn) contiene esencialmente la contradicción de un sentimiento que ha llegado a ser corporal entitativo (seiend) contra la totalidad de las mediaciones que es la conciencia concreta. Es enfermo el espíritu que está tan sólo determinado como entitativo en la medida en que semejante ser se encuentra sin diluir en su conciencia. El contenido que se hace libre en esta su naturalidad, son las determinaciones egoístas del corazón: la presunción, el orgullo y las otras pasiones, y las ficciones, esperanzas, amor y odio del sujeto. Este terreno deviene libre en la medida en que retrocede el poder de la ponderación y de lo universal, de los principios teóricos y morales respecto de lo natural, poder que comúnmente mantiene a lo natural sometido y escondido; ya que este mal está en sí en el corazón porque éste es, en tanto inmediato, natural y egoísta. Lo que llega a ser dominante en la locura (Verrücktheit) es el genio malo del hombre en oposición y contradicción con lo mejor y razonable que está al mismo tiempo en el hombre, de modo tal que este estado de conmoción y desgracia del espíritu en él mismo.- Por eso, el tratamiento propiamente psíquico sostiene también el punto de vista de que la locura (Verrücktheit) no es una pérdida abstracta de la razón, ni por el lado de la inteligencia ni de la voluntad y su imputabilidad, sino tan sólo locura (Verrücktheit), tan sólo una contradicción en lo que hay todavía de razón, así como la enfermedad física no es una pérdida abstracta, vale decir, total de la salud (semejante pérdida sería la muerte), sino una contradicción en ella. Este tratamiento humano, vale decir, tan complaciente como razonable -Pinel merece el reconocimiento más alto por los méritos a causa de este tratamiento- presupone al enfermo como racional y en esto tiene su apoyo firme para captarlo por este lado de la corporeidad en su condición de viviente que, en tanto tal, todavía contiene salud en sí.*

La tesis de Hegel sobre la locura sostiene que ésta no es la pérdida lisa y llana de la razón, como tampoco en el caso de una enfermedad física hay pérdida total de la salud, lo cual implicaría la muerte. Por el contrario, tanto para él como para Descartes, la razón es un punto de apoyo firme, un verdadero punto de Arquímedes a partir del cual se efectúa la movilización propia de la conciencia.

Sin embargo, hay locura en la medida en que la subjetividad —enfrentada con una triple contradicción— fracasa en el intento de mediación dialéctica y deja los polos de la contraposición abstractamente enfrentados, detenidos en su particularidad.

La primera contradicción surge en la inmediatez característica de momento de corporeidad. El mismo sentimiento de si está en ella como corporificado, prisionero de lo particular fijo y en franca contradicción con esa totalidad dialécticamente sistematizada que es un sujeto considerado como sistema cósmico individual.

Una segunda contradicción se establece ahora en el nivel psíquico, en el que lo corporal y lo espiritual todavía no se han separado. Se trata aquí de la contradicción entre la anticipación de una subjetividad libre y la particularidad que se enquista en la finitud de un sentimiento de sí atado a lo natural y entitatívo.

La tercera contradicción tiene por campo de batalla el espíritu mismo. El genio como instancia de unificación de la vida, ha perdido su poder dominante y, convertido en genio maligno*, hace penetrar en el espíritu el torbellino de la desgracia. Es la contradicción entre el corazón malo —inmediato, natural, egoísta— y la conciencia concreta y presente de la totalidad de las mediaciones propias del espíritu.

Un eje recorre todo el texto: la subjetividad que, encaminándose hacia su propia libertad, es detenida y fijada, prisionera de una particularidad y finitud (que persiste hasta en el entendimiento, Verstand) y obstaculiza la mediación dialéctica de la razón (Vernunft).

Los trabajos de Theodor Bodammer (16); J. Simon; J. Derbolav; Fr. Schmidt; H. Lauener; K. Löwith, y muchos otros han destacado la existencia de una lectura segunda de Hegel, consistente en el desciframiento de su lenguaje, en que esconde profundos e intencionados desarrollos filosóficos; conviene por ello desentrañar dos términos que aparecen en el pequeño juego lingüístico de la locura que hemos expuesto, Verrücktheit y Wahnsinn, tratados en un orden complementario y emergente: el torcimiento, desplazamiento, y la elevación al “sin sentido”.

Verrückt de verrücken, en alto alemán medio significa desplazar de un lado a otro, sacar a alguien fuera de sí, confundir.

Wahnsinn, tiene su forma más antigua en la palabra wanwitze, plena de significados esotéricos.

La etimología de Wahn es wan en alto alemán antiguo y medio: opinión insegura, sin fundamento; esperanza. Corresponde al sajón antiguo y anglosajón wan. Es posible que se pueda derivar de la raíz uen de las lenguas indogermánicas (cf. venus en latín) que significa: lo que despierta deseos (Hoffnung).

Wahnwitz probablemente de wanawizzi en alto alemán antiguo, wanwitze en alto alemán medio, compuesto de wana: carecer de; y wizzi (alto alemán antiguo) o witze (alto alemán medio): saber, entendimiento (razón). En composición (Wahwitz) significa: falta de razón (entendimiento), sabiduría.

Si se aplica al estado mental, se piensa probablemente en la vieja comparación de la mente con un reloj. En este caso, dos elementos del reloj han sido desplazados fuera del orden normal.

Advertimos en la complementariedad de estas palabras la dinámica inmanente del pensamiento hegeliano.

El término verrückt, enuncia el poder de lo negativo.

Wahnsinn, entraña la “ilusión del sentido”, esa ilusión que vemos desvanecerse progresivamente en las figuras de la conciencia, que emergen en la Phänomenologie des Geistes.

La distinción establecida por Gottlob Frege, entre Sinn y Bedeutung, ahondará la trama significativa de esta interpretación: hablar, por ejemplo, del cuerpo celeste más alejado de la tierra tiene sentido (Sinn), aunque carezca de referencia (Bedeutung). Si agregamos a ello, como ejemplo complementario, la crítica de la permanencia y la causalidad de David Hume, decir que el mismo sol se levanta todas las mañanas, es una mera ilusión (Wahn).

Nicolai Hartmann (17) afirma que no hay análisis, ni teoría alguna que ayuden a demostrar la esencia de la dialéctica: ella es una especie de iluminación, que corona, como un milagro, el esfuerzo y el sufrimiento del pensar.

Quizás lo que Hegel llama el poder de lo negativo, que mueve e impulsa el pensar, para que se eleve a una nueva “ilusión”, esté implícito en ese juego lingüístico que propone Hegel para tratar la locura.

Gladys Swain (18), estableció como constraste entre las “épocas” kantiana y hegeliana de la locura, lo siguiente: “La oú I`on voyait chez Kant un fou sènfermant de plus en plus dans une folie prenant de plus en plus le caractére d´une totale déraison, on voit à I`inverse le fou selon Hegel se déprendre de sa folie au fur et à mesure que la profoundeur de son déchirement interne s`accentue”*.

Esta distinción es obviamente exacta, pero entraña un aspecto más general, que es a mi parecer la esencia de ese contraste; ambos momentos son los exempla de una antropología; uno es el del loco conocimiento, otro el del “loco de la dialéctica”, ya que la locura es el espejo trágico de la cultura.

En fin, la tercera categoría de la metafísica de la locura, como explicación de la cultura surgió, para nuestro siglo, de un filósofo de Zürich, proveniente de la psiquiatría: Ludwig Biswagner (1881-1966).

Ciertas piedras de colores constituyen la imagen constelada que se fragua en el movimiento constante del caleidoscopio del tiempo. Su círculo mágico cambiante e irisado se detuvo en Zürich en 1916. Como un presagio de iluminaciones y catástrofes, se congregaron en la ciudad elegida: Albert Einstein, Wladimir Illich Ulianof y Tristan Tzara.

Esta constelación explosiva del universo contemporáneo, se complementó, en lo que a nuestro tema específico se refiere, con la peregrinación a ella de Elías Canetti, el filósofo de la masa, y la publicación en ella de la obra de Ludwig Binswagner (19), Uber Ideenflucht (1932), una revelación antropológico-psiquiátrica del espectro del hombre ideofugitivo de nuestro tiempo.

La originalidad de Ludwig Binswanger estuvo en ese momento de su meditación acerca del lenguaje, como esencia del hombre, ya que luego claudicó en un heideggerismo ingenuo, que lo hizo obscurecerse en un justificado olvido.

Para Ferdinand de Saussure, que murió el 22 de febrero de 1913, el pensamiento era una nebulosa que adquiría forma y sentido en el lenguaje. El uso de la palabra “espíritu” lo inquietaba profundamente; sin embargo, reivindicaba su esencia en esa inquietante aseveración, ya que aun en su concepción revisionista del pensamiento, debido a la singularidad del fenómeno lingüístico, considera al significado un fenómeno irreductible a las leyes de la naturaleza.

Ludwig Binswanger (20) conocía profundamente la obra del ginebrino y consideraba que este autor había transgredido, en su concepción del lenguaje, el riguroso positivismo en el cual se lo ubicaba, ya que su concepción del significado y el significante estaba contaminada de cierto idealismo cartesiano.

Ludwig Binswanger consideraba que la separación de pensamiento y lenguaje era una falacia filosófica y una segregación analítica artificiosa, generadora de equívocos insalvables. En el lenguaje, pensamiento y lenguaje constituían una unidad singular en la cual ninguno de esos elementos era separable, y carecían de ser al estar disociados: esta es la meditación esencial que domina la Ideenflucht.

La Ideenflucht no es una fuga de significantes como suponía la psiquiatría tradicional, ni tampoco la constitución de un sinsentido esencial, como suponían los psiquiatras semantólogos, a la manera de Kurt Schneider, que la calificaban como el emblema de la Wahnstimmung, del humor delirante, del trance delirante surgido de una percepción equívoca, y de la Wahnwahrnehmung, la transformación psicótica del universo.

Por el contrario, la Ideenflucht, es la fuga del “pensamiento-lenguaje” de hombre, es un universo percibido como caos, y por ello: el constituyente antropológico fundamental del hombre contemporáneo encarnado en la desgarradora verdad de la locura.

Gran parte de la filosofía de este siglo está destinada a la antropología de la Ideenflucht, a la incomprensibilidad esencial, a la inexistencia de leyes universales indudablemente válidas, que subordinen el ser de esa unidad desconcertante del “pensamiento lenguaje”.

Un insondable ejemplo, es el abismo que separa el Tractatus Logicophilosophicus (21) (1921) de Ludwig Wittgenstein, de sus Philosophische Untersuchungen (22) (pronunciadas según Eike von Savigny desde 1930), en las que se fundamenta su filosofía de la perplejidad. Al determinar Ludwig Binswanger la fuga de ideas como manifestación de la locura, en un mundo ideofugitivo la transformó en el espejo de Dionisos, que nos refleja y nos fascina.

A través de desesperadas mutaciones, el conocimiento, la dialéctica y el logos binswangeriano, se transforman en arcanos del mundo contemporáneo.

III. Massenwahntheorie* VII. La investigación epidemiológica de la llamada enfermedad mental en la Argentina, nos enfrentó con un hecho cuya importancia trascendió nuestras hipótesis: locura de la masa.

Este descubrimiento desasosiega e impone categorías singulares al pensamiento y la elaboración, en base al modelo que surge de la observación, de una teoría que lo explique: Massenwahntheorie VII.

La masa en delirio ideofugitivo es, por lo tanto, nuestra unidad de análisis.

En 1937 anunció José Ortega y Gasset (23), luego de un severo estudio filosófico comenzado en 1926, su rebelión y omnipotencia. Lo hizo teniendo a la vista el mismo lugar que habitó en 1642 Descartes, el descubridor moderno de la razón: “... este lugar llamado Endegeest, cuyos árboles dan sombra a mi ventana, es hoy un manicomio. Dos veces al día —y en amonestadora proximidad— veo pasar los idiotas y los dementes que orean un rato a la intemperie su malograda hombría”.

Ya no se trata de una horda que tan finamente explicó Sigmund Freud, sino del hombre en su situación actual de integrante de una multitud, a la que constituye, siendo determinado por ella, y qué ha sido substraído inexorablemente de su individualidad.

La masa es la humanidad actual. En ella las separaciones temporales y espaciales, las formas caprichosas y cambiantes no hacen sino ahondar la corporeidad trágica que la aúna en un organismo monstruoso e imprevisto, una especie de Golem, creado por el hombre en un simulacro de los dioses, y en constante fuga, temeroso que sea borrada la enigmática letra Aleph que le otorga la vida.

No es extraño que la locura de la masa sea anunciada esta vez entre nosotros, ya que Jorge Luis Borges, el supremo vates, que adivina y profetiza, determinó como nuestro emblema, el laberinto, la luna y el espejo, y en la metáfora del Aleph constituyó el nombre de su cosmología de la infinitud.

El análisis de la llamada enfermedad mental de la masa, es un tropo que se estremece en el abismo de nuestra alma en la que aparece en un juego de contrarios con la desesperación de Kierkegaard, “una enfermedad para la muerte” y sólo comparable con ella.

La muerte y la locura se aúnan en una pareja de contrarios.

La “enfermedad para la muerte” sólo puede ser conjurada con la locura, y así resulta trascendente la Theorie de Hermann Broch (24), que expondremos oportunamente, para quien la masa se constituye para ocultar la muerte, como una especie de clamor vital, desgarrador y terrificante.

El hombre como criatura que deambula sin destino entre la desesperación y la locura, tiene como desideratum actual, la fragmentación o la perplejidad, el delirio o la catatonía, la funcionalidad de la esquizofrenia.

En la obra de Sigmund Freud (25) de 1921, Massenpsychologie und Ich – Analyse, se enuncia una tipología general de las masas, cuyas especies no son sino piezas desarticuladas de un puzzle en cuya imagen general encuentran sentido, ya que integran una estructura dinámica, en la que cada uno de los componentes se hace comprensible dentro de una totalidad, que —aunque emergente de ellas—, las integra a todas: determina así la existencia de masas efímeras y duraderas, homogéneas y heterogéneas, naturales y artificiales (como el ejército y la iglesia), primitivas y diferenciadas con un alto grado de organización.

El sofisma de la “schismogenesis” de la fragmentación, señalada por Gregory Bateson (26, 27), en el tratamiento de algunos aspectos de las ciencias del hombre, le otorgan a esta masa un carácter circunstancial y accidental.

La masa que se explica en la luminosa obra mencionada, es la de Gustave Le Bon (28), la de William McDougall (29), la de Wilfred Trotter (30): es la masa efímera, homogénea, natural o artificia1 y primitiva.

La teoría freudiana alcanzaba ya en esa época un carácter sistemático, y por el método hipotético-deductivo, se hacían comprensibles sus fenómenos, a través de la sustitución del Ideal del Yo, por el Objeto —tal vez el Führer— y la Identificación de sus integrantes.

La “arqueología” (31) de la masa, enunciada en el apartado final de la Massenpsychologie..., está expresada como un tránsito de la psicología de la masa arcaica a la psicología individual.

La masa actual es de un refinamiento, una integración, y una funcionalidad interaccional, que contraría ese curso evolutivo que esperanzadamente instituyó Freud, apoyado en algunos mitos darwinianos.

Su evolución lleva un camino contrario, ha apresado al individuo dentro de sus propias redes y posee los atributos que se creían privativos de él: continuidad, tradiciones, costumbres, campos infinitos de acción, modalidades especiales de adaptación... aunque carece del más trascendental del hombre, la autoconciencia.

Las masas de Freud no son ahora sino el clamor de una masa única que nos subordina a todos, sutil, perfecta y sistemática como un delirio, programada como una monstruosa computadora para una escatología terrificante.

En este tratado de Sigmund Freud existen designios desconcertantes: identifica, por ejemplo, su concepción sobre el amor, con la expresada por el Apóstol Pablo en la Epístola a los Corintios (32); y surge de las sombras que lo circundan, la figura de Nietzsche, que es citado (33) explícitamente, minimizando su concepción del Superhombre —Übermensch—, al que se asimila al padre de la primitiva horda darwiniana. Parecería que en Freud se ocultaba un miedo subliminal a ese Golem que abrazaba progresivamente al mundo, escapando de la imaginería del ghetto de Praga que, ahondando su maldición y hegemonía, trocábase en hacedor del hombre contemporáneo.

Esta obra de Freud que abre el pórtico de los tiempos modernos en el tratamiento de la masa, tiene su eco en el trascendente ensayo de Elías Canetti acerca de la masa y el poder -Masse und Macht (1960).

Este fue programado por su autor en Zürich, en el año de la encrucijada de 1916. Trabajó Elías Canetti su tema, tenazmente, hasta la segunda mitad de nuestro siglo.

Este libro complejo, en el que se conjugan las siete ambigüedades del pensar poético descriptas por William Empson (34) se realizó a través de modelos antropológicos, para fundamentar una teoría inspirada indudablemente en el mito de Empédocles.

Esta obra tiene su cifra en la novela de Elías Canetti (35) de 1936, Die Blendung. Ella fue escrita en Viena, en un cuarto situado sobre la colina de Hacking, en la Hagenbergasse, en las cercanías del zoológico de Laonz, con la perspectiva cotidiana del manicomio de Steinhof, en el que vivían 6.000 locos. En este libro se desarrollan una estática de la locura, ya que el autor considera que la llamada salud mental, es una especie de embrutecimiento.

El nombre de su personaje Peter Kien, es altamente significativo ya que significa leña resinosa, capaz de convertirse en tea ardiente. Según cuenta Elías Canetti (36) en el Auto de Fe de su ensayo Das Gewissen der Worte*, pudo llamarse también Kant, como el de las críticas trascendentales. Peter Kien, sinólogo, sabedor de 40.000 ideogramas chinos, vive en su universo de 20.000 libros, de los cuales es separado para ser absorbido por la masa, de la cual se redime como Empédocles, por el fuego que abrasa a él y sus libros. Las reflexiones del manicomio, el cosmos simbólico de Elías Canetti, pueden intuirse en este párrafo.

“Pues nada sabían de aquella fuerza motriz de la historia, mucho más profunda y auténtica: el impulso humano a fundirse en una especie animal superior, la masa. A perderse en ella sin redención, como si nunca hubiese existido: un hombre aislado...

No menos que la lucha por el hambre y el amor, practicarnos la lucha por la vida con el fin de aniquilar nuestra masa interior. Sin embargo, ésta se robustece tanto bajo tales circunstancias que obligan a actuar al individuo en forma desinteresada y hasta en contra de sus propios intereses.

La humanidad existía ya como masa, mucho antes de haber sido diluida, en conceptos. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exhuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que nuestras misma smadres.

Es, pese a su edad, el más joven de los animales, la criatura esencial de la tierra, su meta y su futuro.

Pero nada sabemos de ella y vivimos supuestamente como individuos.

No obstante; la masa se abate sobre nosotros como una espumante resaca, como un océano furioso en que cada gota permanece viva y aspira a lo mismo... ya no habrá más yo, ni tú, ni el él, sino sólo ella: la masa”.

El mito de Empédocles ritualizado por Peter Kien es la salida santificante del hombre condenado al Apocalipsis de la masa, una fuerza diluvial, expansiva, con una tendencia constante a crecer, homogeneizante, densa e ideofugitiva.

En un retorno a la sabiduría presocrática Elías Canetti simboliza la masa con los elementos de la : el fuego; el agua (mar, río y lluvia); la tierra (arena, bosque y trigo); y el aire, como viento que gime y aúlla.

Sus cuatro dimensiones son descubiertas mediante los modelos antropológicos, que revelan su estructura cambiante: ellas son denominadas las jaurías (37), Die Meute.

Hay “jaurías” de caza, lamentación y de multiplicación, siendo esta última la marca de nuestro tiempo.

En la dialéctica del presidente del senado de Dresde, D. P. Schreber y su psiquiatra Flechsig, simboliza la paranoia del poder. El psiquitra de Schreber es una especie de , mediador entre él y los dioses, que distorsiona los mensajes, trastocando el poder en vesanía.

La única salida para el imperio de la masa se realiza, como hemos dicho, a través del método de Empédocles, incinerándose en el ámbito más bello de nuestro espíritu.

A las distintas voces de este organum, es necesario agregar la sentencia de la Negative Dialectik, de Theodor Adorno (38), para quien “toda cultura después de Auschwitz, junto con la crítica contra ella, es basura”.

Esta sentencia nos sirve de introducción a una obra, con la que culmina el saber acerca de la masa en nuestro siglo, cuyo autor, Hermann Broch, poseído del espíritu profético y de la revelación oracular, tituló: Massenwahntheorie, la “teoría de la locura de las masas”.

En la voz final de esta desgarradora polifonía de los últimos tiempos se enuncia, con serenidad estoica, la locura de la masa, y la necesidad de crear en el ámbito de la totalidad del hombre, un instituto para su investigación.

La Massenwahntheorie, de Hermann Broch (39), de esencia axiológica, se estructura en seis pequeñas teorías o hipótesis constitutivas, cuyo sentido podemos entresacar de un breve texto de su novela Der Tod des Virgil*, elegía del poeta latino, que agoniza con el pensamiento de la inutilidad de las obras humanas:

“Wehe dem Menschen, der sich der ihm widerfahrenen Gnade nicht gewachsen zeigt, wehe dem Zerknirschten, der seine Zerknirsch ung nich erträgt, wehe dem kreatürlichen Seinrest, der das Seiende nicht abtun will, ach, nicht abtun kann, weil das ausgelöschte Gedächtnis in Leerheit weiter besteht; wehe dem Menschen, der trotz, seiner Zerknirschung und unabänderlichungelöst zum Kreatürlichen verdammt bleibt! um ihn herum bricht aufs neue das Lachen auf, und es ist das Lachen des Grauens, kein Weibslachen mehr und kein Mannslachen, nicht das der Götter und nicht das der Göttinnen, es ist das leere Kichern des Niehts, es ist der für den Sterblichen niemals verschwindende Seinrest im Nichts, der kichert und zum Lachen aufbricht, der damit sich selbst als das Seiende im Nichts, als das Nichts im Seienden enthüllt, als die Vereinigung von Scheinsein uns Scheintod, als das lachennahe Wissen um solch scheintotes Sein, als der furchtbare und furchttragende Wissensrest innerhalb de Leerheit, irrsinnsgeschwängert, irrsinnsverlokkend in seinem stummen Lachen, das anschwillt und anschwillt, bis die Leerheit in nacktes Grauen umgeschlagen ist.

¡Ay del hombre que no se muestra a la altura de la gracia que le sobrevino, ay del compungido (Zerknirschten) que no soporta su desazón, ay del resto de ser de creatura que no quiere, ay no puede suprimir lo que es, porque la apagada memoria continúa en la vaciedad, ay del hombre quien, a pesar de su desazón, queda condenado —sin cambio ni solución— a la condici6n de creatura. Alrededor de él despunta de nuevo la risa, y es la risa del horror —ya no risa de mujer ni de varón ya, no la de los dioses ni de las diosas— es la risita vacía de la nada, es el resto de ser en la nada que no desaparece nunca para los mortales, que de la risita prorrumpe en risa; que con ello se devela a sí mismo como el ente en la nada, como la nada en el ente, como la reunión del ser aparente con la muerte aparente, como el saber cercano a la risa sobre semejante ser con apariencia de muerte, con el resto del saber —terrible y portador del terror— dentro de la vaciedad, preñado de locura (irrsinnsgeschwängert), tentador de locura en su risa muda, que se hincha (anschwillt) y se hincha hasta que la vaciedad se trueque en desnudo horror.

El manifiesto de Hermann Broch, sobre la locura de la masa, considerado como el paradigma aristotélico de nuestro siglo, es una obra serena, meditada, y construida con rigor científico.

Parte de una observación empírica “Alemania 1939-1941” y en base a ella va elaborando un modelo teórico, en el que, liberado a las más trascendentales intuiciones, va realizando los reajustes y modificaciones necesarias que surgen de su confrontación experimental.

La Massenwahntheorie es de naturales axiológica y parte de la conciencia del hombre de su abandono y su soledad metafísica, la de su muerte.

De la soledad raigal surge la conversión del mundo en valor.

Quien ha ampliado su yo hasta convertirlo en el mundo total ha superados la muerte (40): Ich bin die Welte*.

TEORIA DE LA LOCURA DE LAS MASAS

Todos los componentes del mundo que no pueden ser incorporados al yo, actúan como advertencias del miedo, como símbolos de angustias metafísicas, como señales de la muerte… como la muerte a secas.

La liberación del miedo metafísico del yo es el agente de todas las acciones de valor del ser humano: su meta es el éxtasis. Estas acciones son simbólicas y destinadas a sí mismo, a sentirse imagen y semejanza de la divinidad.

La enunciación de la Massenwahntheorie en seis teorías subsidiarias permite su análisis espectral:

La Massenwahntheorie I (1939 - 1941) (41) se funda en una fenomenología de los estados crepusculares en las masas —Phänomenologie der Dämmerzustände in der Masse-.

En ella se desarrolla el aspecto conceptual más primitivo de la masa, que conjura el sentimiento nuclear de la teoría axiológica; Es la explicación de la horda de Sigmund Freud, y de las jaurías de Elías Canetti.

Su ordenamiento en sistemas cerrados y abiertos, no alcanza a conjurar el honor del crepúsculo de la masa en éxtasis de destrucción.

La Massenwahntheorie II (1939-1941) (42) establece dentro del contexto de la teoría axiológica, los ciclos recurrentes de la procesalidad de las masas, en cuatro fases:

1º el establecimiento de un valor central, que ordena la construcción cultural; 2º abarca la época de “locura hipértrófica”, en la que la “teleología” del sistema ha llegado a su límite infinito; 3º, el restablecimiento de una realidad externa e interna precaria; 4°, la fragmentación, que va acompañada de una “locura”de desgarramiento”, y búsqueda de un nuevo valor.

La Massenwahntheorie III (1939-1941) (43) abarca la correlación entre el estado crepuscular y el liderazgo (Führerschaft) en la que se ahonda la concepción del extravío y paranoia del poder, expuesta por Elías Canetti, que es enunciada aquí dentro de una concepción ordenada e irreversible de la locura de la masa.

La Massenwahntheorie IV (1939-1941) (44) entraña un desarrollo teleológico de los fundamentos políticos —en el sentido aristotélico— de la modificación de la locura de las masas.

La Massenwahntheorie V (1939-1941) (45), expresa la primera parte de su teoría de la conversión —Theorie der Bekehrung.

Un tratamiento práctico de la locura de la masa sólo puede ser expresado ex-cathedra, y debe ser objeto de una investigación tenaz.

Esta teoría de psicología política trasciende por su agudeza y profundidad los límites de la exégesis. En ella expone Hermann Broch la grandiosa hipótesis de la desvalorización de la victoria.

La Massenwahntheorie VI (1939-1941) (46), complementa la teoría de la conversión: en ella trata la conversión política mediante un descarnado análisis del fascismo y el comunismo, teorizando el pasc de la locura de “hipertrofia” a la de “disgregación”, que arrebata nuestro tiempo.

En toda la obra de Hermann Broch se advierte una desgarradora búsqueda de esa iluminación filosófica que procuró Georg Friedrich Hegel a través de la “autoconciencia” —Selbstbewusstsein—: una conquista lúcida y creativa de una nueva conciencia, que supere la conciencia actual estragada por el inconsciente.

La antropología básica de Hermann Broch, cumbre teorética de la locura de las masas, nos hace reunir humildemente a ella nuestra Massenwahntheorie VII, nombre que entraña un homenaje al iluminado pensador elegíaco. Hemos utilizado para dar sustento a nuestra teoría el soledoso modelo argentino (1976-1983), la investigación de epidemiología psiquiátrica.

IV. Kénosis. Jorge Luis Borges (47) recuerda en su prólogo al Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, que James Joyce consideraba que la historia era una pesadilla de la que deseaba despertar...

¿Existirá acaso el hombre al despertar de esa pesadilla?

La revelación del Facundo es la irredimible agonía del acaecer argentino, emboscado en un dilema inexorable y sin redención.

“Sub specie aeternitatis, el Facundo es aún la mejor historia argentina”... y tal vez la única.

En ella debemos buscar la clave de la hora de la barbarie.

Nuestra Massenwahntheorie VII se basa en un modelo particularizado de esa locura universal de la masa, que proclama la teoría de la que es subsidiaria; ella se entreteje en el acaecer recurrentemente trágico de nuestra nación.

El exemplum de Domingo Faustino Sarmiento de la locura de la barbarie argentina, es el apóstata domínico Fray Félix Aldao, que marca la historia argentina con el signo del fraticidio... y cuya “justicia” no ha sido reglada por las leyes de la tierra”.

Ninguno como él ostentó con tanto terror y estremecimiento el emblema de la barbarie: “Religión o muerte”.

Descifrando este oráculo, podremos explicar —sub specie aeternitatis— nuestra exasperada teoría de la locura de la masa.

El abogado de Mendoza, Isidoro Larraya, que alcanzó cierta notoriedad en los anales de la sombra por haber cometido —como el clazomenio Anaxágoras y Eratóstenes, el bibliotecario de Alejandría— suicidio por inanición, dedicó su tiempo al estudio de la vida del coronel homónimo Isidoro Larraya —su antepasado muerto con el enigmático número de 33 oficiales por Facundo Quiroga—, paralelamente con la del general Fray Félix Aldao.

A través de los avatares de la servidumbre de la limeña, una de las esposas del fraile, obtuvo un Misal editado a fines del siglo XVIII, que le había pertenecido. Cruzando una de las páginas de las antífonas ad introitum estaban escritas con letras de Aldao, estas dos palabras: Occidere Deus, y en el gradual: Evitare Condemnatio.

¡Matar a Dios para evitar la condenación!

He aquí la clave del oráculo. . . ¡Religión o muerte!...

El dilema no existe, pues ha triunfado la muerte.

Es sentido trascendental de este despojamiento de la sacralidad del hombre, que evidencia esta imposición descarnada de un bien perdido, es el parámetro de nuestra teoría del delirio: la kénosis.

El término Kénosis deriva del griego , y significa el despojamiento, el anonadamiento de lo sagrado, por eso ha sido utilizado en la dogmática luterana para señalar el éxodo de los elementos divinos en la humanidad de Cristo.

La kénosis revelada en nuestro descarnado experimento, ahonda la soledad metafísica del hombre, enunciada en la teoría axiológica de Hermann Broch, y constituye la esencia de nuestra Massenwahntheorie VII, trasfondo obscuro de esa masa humana, en la que se desintegra nuestro ser.

En la sencilla introducción a la edición de Les Stoiciens (48), que escribe Emile Bréhier, nos recuerda que en esa doctrina, las almas individuales son fragmentos del ama universal y están sometidas al orden único del Destino, que es la grandiosa conexión de las causas.

(1) Puede verse la auto percepción de su curso vital y de su formación intelectual en “Identidad de la psiquiatría latinoamericana: voces y exploraciones en torno a una ciencia solidaria” de Renato Alarcón (México, prol. de Pedro Lain Entralgo, 1990, 670 págs.; pp. 472/489.

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LIBROS: “Operación Primicia” de Ceferino Reatto.

Ed. Sudamericana, 2010, 388 págs.

Levantando la puntería

En el Número 10 de EL ESCARMIENTO (sept./oct.2008) nos ocupamos de otro libro de Ceferino Reatto señalando sus más y sus menos en torno a la investigación del asesinato de Rucci a manos de Montoneros. En su nuevo libro, “Operación Primicia- el ataque de Montoneros que provocó el golpe de 1976-” más allá de su engañoso subtítulo, resulta un pequeño salto cualitativo en relación a la “Operación Traviata” que cuestionábamos. No creemos haber sido los causantes del cambio, sino que lo atribuimos al impacto de los hechos que van configurando la historia en la vida cotidiana. La de Reatto incluida. Es que el “periodismo de investigación” que calificaba a “Operación Traviata”, es el ejemplo falso de “periodismo comprometido”. Este “periodismo”, en algunos casos, es movido por el compromiso ético que opera como analgésico de la conciencia, pero siempre evade la definición política (1). En cambio, en “Operación Primicia” el autor intenta superar los límites semánticos de este sub-género mediático para tantear la proyección presente de hechos históricos desconocidos y tergiversados para la mayoría. No siempre lo logra: su correcta descalificación de la tontería sábato-alfonsinista de “los dos demonios” (en realidad se trataba de una corte de demonios, decimos) para repudiar la violencia guerrillera, adolece de resignación a la descalificación ética haacia la violencia desde el Estado a la que considera superlativa en relación a la otra Una lectura atenta de la historia previa a la ratificación o entronización de cualquier régimen “democrático” o “dictatorial”, asediado por las armas en cualquier período de la historia, desmiente ese paseo ético por la filosofía política (2). El repudio no impide el acaecimiento. La guerra, con ser “el hecho social por excelencia”, también es la reducción humana a su estadio más elemental. Tampoco lo ayuda al autor su recurrencia a autores aceptados por el establishment y la intelligentzia (Thomas S. Kuhn, Hugo Vezzetti) como muletas en las que apoyarse en busca de aceptación.

No obstante es un libro bien escrito, que fija el interés y obliga a recordar y repensar, a quienes fuimos contemporáneos de los sucesos, las variables que precedieron al golpe de estado de marzo de 1976.

Aquí nos permitimos una hipótesis: En el enfrentamiento entre el sindicalismo peronista encabezado por Lorenzo Miguel y los aparatos de López Rega desplegados desde el Estado, y que culminara con el exilio del “brujo”, la balanza fue inclinada por el respaldo militar a la acción gremial la que por sí sola no podía contra el terrorismo de la Triple A. Una mano lavó la otra: el sindicalismo se quitó de encima la grave amenaza de López Rega y los militares a alguien que no solo los iba a reducir a peones en un juego ajeno, sino que también les quitaría toda excusa para instalar el orden de los cementerios. Simplemente porque se les estaba adelantando. Con una guerrilla inexistente no había excusa para el golpe. El vínculo fue hábilmente explotado después por Alfonsín quien apeló al pacto “sindical-militar” pero sin ahondar mucho…ya que podría aflorar el pacto radical-militar…

La caracterización que hace Reatto del ataque al Regimiento de Infantería de Monte en la Provincia de Formosa como “la acción más espectacular de la guerrilla argentina en toda su historia” puede discutirse pero no le resta el impacto que tuvo en la época en los medios de comunicación, uno de los objetivos a realizar por el ataque, a pesar de su fracaso. La pérdida de hombres por parte de Montoneros y el exiguo botín marcan su fracaso como operación militar, aunque se potencie al inscribirla en el marcado debilitamiento del gobierno de María Estela Martínez de Perón. La ejecución de la maniobra subversiva (se realizó durante la vigencia de un gobierno que fue elegido por el pueblo: ya en septiembre de 1974, Montoneros había pasado a la clandestinidad) no provocó el golpe, como provocativamente dice el subtítulo del libro, sino que contribuyó a realizarlo, convergiendo con factores generales como la crisis económica nacional e internacional, el desenvolvimiento de la “guerra fría” en el “patio trasero” -con el aniquilamiento o inmovilización de la guerrilla en todos los frentes- y otros específicos como el enfrentamiento entre las corporaciones (sindicatos, empresarios, financistas, militares), la pérdida del poder de intervención estatal más allá de intentos rápidamente esterilizados (represión del agio, control de precios) y la creación del necesario “clima” al que se prestaron los bandidos de la Unión Industrial Argentina (“lock-out”), entre los principales.

Aunque nada nuevo, en esa época los vínculos entre los sórdidos integrantes de la cúpula Montonera (Firmenich, Perdía, Habegger) y sus homólogos de la cúpula militar permite explicar la etapa “liquidacionista” de la guerrilla a partir de 1978/9, fomentada por sus propios dirigentes que entregaron a sus militantes a la barbarie del otro bando disfrazándola de “contraofensiva”.

Por otra parte, faltan ensayos relevantes sobre la conducción estratégica de la guerrilla, tanto de Montoneros como el ERP (de la que -aunque reconozcamos su pobreza e inutilidad a juzgar por el resultado- carecemos de una descripción precisa). Habrá que esperar un poco más para ratificar que esos “jóvenes brillantes” se acercaban más a la enfermedad psiquiátrica cruzada con lecturas del libro equivocado, que al “hombre nuevo” en un futuro de redención. La mentalidad y práctica estalinista de Santucho (¡un trotzkista!) y sus secuaces y la de “Pepe” Firmenich y los suyos (éstos últimos rápidamente cooptados por diversas “cajas” estatales) nos demostraron “a posteriori” que el fin estaba en el principio: al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen. Un medio pelo de mierda será siempre un medio pelo de mierda. La tesis de “cuanto peor mejor” en la que abrevaban los distintos grupos guerrilleros solo la compartían ellos mismos, no el pueblo al que no representaban (aunque se consideraran su “vanguardia”). Este divorcio con la realidad los arrastró al divorcio final con la vida.

Lo que resulta más relevante del libro es la denuncia de Reatto a la manipulación política de los 70 por parte del Gobierno y de los responsables de los “derechos humanos” y -desliza pero no concluye- los posibles negocios - a tantos pesos el kilo de muerto Vip- de la Secretaría de Derechos Humanos a cargo de Eduardo Luis Duhalde. Es que el “Nunca Más”, una maniobra pergeñada por el gorilismo radical secundado por algunas figuritas que fueron comandos civiles en 1955 y por colaboracionistas del régimen militar de 1976 debió ser reescrito por el kirchnerismo, como lo destaca Reatto, ampliando los límites en los que fue pensado el aborto alfonsinista. Fue la manera virtual de incluirse los Kirchner entre los “militantes de la nada” y esconder su pasado de “perejiles”, de beneficiarios de la política económica de Martínez de Hoz y de colaboracionismo (nuevamente “perejiles”) con el Videlato, durante su estancia santacruceña.

El “negocio del muerto” que inaugurara Hebe de Bonafini, seguido por Estela de Carlotto se ha constituido en negocio desde el Estado. Reatto detalla el flujo de fondos desde la “Secretaría de Derechos Humanos” hacia los familiares de los “combatientes” muertos los que son considerados el “lomo”, la “pulpa” de la vaquita; mientras que los soldaditos del Regimiento de Monte de Formosa que enfrentaron a la subversión y fueron asesinados por algunos de esos “combatientes” son considerados el “bofe”, poco más que alimento para perros. El nombre de Eduardo Luis Duhalde debe sumarse, junto con el de Lubertino (¡entre tantos!) al de Jaime.

Aunque con distinta perspectiva, de todo y más se encontrará en “Operación Primicia”, libro que debe inscribirse en la creciente desintoxicación de la siniestra estupidez progresista. Es que los datos viles de la historia, pueden manipularse, tergiversarse y hasta esconderse: pero el muerto siempre aparece.

(1) Baste pensar en el curso vital de Rodolfo Walsh quien desde las páginas de la Revista nacionalista-católica MAYORIA, de los hermanos Jacovella denunció por entregas los crímenes de José León Suárez, entregas que luego constituyeron “Operación Masacre”, tenida como un paradigma del “periodismo de investigación”: Al compromiso ético de Walsh en la denuncia de ese crimen, siguió una senda políticamente tortuosa en la que se inscribe su “¿Quién mató a Rosendo?”, su vínculo con la Revolución Cubana (lo mismo que J.W. Cooke) y su participación en los aparatos de inteligencia de Montoneros. Es decir, el progresivo apartamiento de la realidad nacional que quedó reducida a simplificaciones dogmáticas de los jefes políticos de Walsh, vía la pobreza racional y el encandilamiento de experiencias intransferibles (como la revolución china o la cubana). Intelectual al fin, acorralado, su última reacción fue intelectual y ética (las ingenuas denuncias de los crímenes de la Junta Militar y del militarismo de Montoneros) que pagó con su vida.

(2) Otro error con consecuencias políticas negativas es hablar de “terrorismo DE Estado” en lugar de “terrorismo DESDE el Estado”. El Estado no son oficinas sino personas concretas que se sirven de ciertos medios (en este caso logístico y militares) al margen de su función asignada, que los involucra en el crimen personalmente y no al Instituto que los cobija. Ello es lo que permite su juzgamiento bajo ciertas normas, que no trae aparejada con necesidad lógica la destrucción de la Institución (sea el Ministerio de Bienestar Social -por los antecedentes de López rega, Alicia Kirchner se quedaría sin trabajo, una oficina de inteligencia militar, una de Relaciones Exteriores o, pongamos por caso, la misma Secretaría de Derechos Humanos).

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LA GRAN AVENTURA: UNA COMEDIA EN EL CINE (II)

Las antiguas preceptivas se cuidaban muy bien en distinguir entre una baja forma de comedia y una alta. Desde la Edad Media el entremés, el paso de viuda, la mojiganga y otras denominaciones que se asociaban al teatro constituían la forma baja de la comedia. Los que criticaban a Manuel Romero lo hacían desde esta perspectiva. Y no pocos han querido ver en Schlieper y sus seguidores como Enrique Cahen Salaberry a los cultivadores de la “alta comedia” del siglo XIX. Nada más lejano de la realidad. Tanto Romero como Schlieper se burlaron de los sectores sociales considerados cultos, refinados, elegantes. Por supuesto, lo hicieron cada uno a su modo. En LA SERPIENTE DE CASCABEL (1948), la directora del colegio le dice al inspector Robledo:

- "Aquí se educan las niñas de las mejores familias."

- "Esas son las peores."

La réplica del inspector bien podría figurar en cualquier Romero. No obstante, hay una diferencia fundamental: Romero ataca de manera agresiva a esos sectores y Schlieper elige la risa como burla empática. Solamente en las comedias en las que Romero dirigió a Paulina Singerman se produce esa empatía. Y es que el personaje de Singerman preanuncia los artefactos del Schlieper admirador de Earnst Lubitsch. Sin embargo, a diferencia de aquellos seres asociados a la agroganadería, los personajes de Schlieper se mueven en un Buenos Aires donde los cambios son más que evidentes: se terminaron los criados sumisos y humillados. La servidumbre es ahora, con el mayordomo Carlos Enríquez a la cabeza, un desprendimiento de la alocada burguesía de la ética rentable y la ganancia fácil. La inutilidad de los amos los torna imprescindibles a la hora de resolver entuertos.

Para estos productos Schlieper tuvo, en la práctica, que desempolvar actores que venían ya trabajando en el medio desde hacía largo tiempo. Su pareja favorita, Angel Magaña-Malisa Zini, ya había tratado de insuflar vida a un melodramón terrible como CON LOS ALAS ROTAS (Orestes Caviglia-1938). Otorgó nueva vida a la imagen Legrand y si descartó a Juan Carlos Thorry fue, sencillamente, porque no podía contenerle las muecas histéricas de este buen actor en ese período de su carrera. Hasta logró en COSAS DE MUJER (1951) insuflar vida a una Zully Moreno que apareció como saludablemente desconocida. Si la velocidad era considerable, los actores no tenían por qué mostrarse agitados y, menos aún, salirse de cauce: ante todo elegía la sobriedad. Si se observa con cuidado el espectador se da cuenta de que la indicación fundamental del director era el uso de las manos que en ningún momento debían permanecer ajenas a lo que estaba ocurriendo en cuadro.

Según las palabras de Homero Cárpena: “Hasta Schlieper las mujeres usaban el pañuelito y los hombres el cigarrillo cuando no sabían qué hacer con las manos. Este hombre daba las indicaciones del caso”. Nélida Romero recuerda que “no marcaba los tonos de voz porque no podía. Su voz no era de las mejores aunque sabía de qué manera corregirlos y tenía una paciencia infinita”. Desde el ejército de servidores –Romero, Aurelia Ferrer, el mencionado Enríquez –quien provocaba la sonrisa eterna en Schlieper-, hasta los actores muy duchos en la materia –Héctor Méndez- o debutantes como Fina Basser, todos ellos tenían siempre oportunidad de lucimiento. Si bien no todas las comedias de este hombre resisten el paso del tiempo hay en algunas de ellas momentos hilarantes con excepción, tal vez, de las que filmó para la SONO, ya sin Ángel Magaña. El Dr./Dra Valdés de COSAS DE MUJER consigue certificados de inocencia tal como se obtienen en la Argentina del 2010. Y a esto no se lo puede tildar de superficial.

Como conclusión podría decirse lo siguiente: la comedia cinematográfica, la que intenta hacer reír y lo consigue, jamás es banal. Está hablando de otra manera sobre el momento en que ha sido rodada y consumida. Lo ridículo como categoría estética jamás fue estudiado en el cine argentino. Según la óptica de Mijail Bajtín en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais, una verdadera imagen cómica no pierde su fuerza ni su importancia porque las alusiones concretas hayan caído en el olvido y hayan sido reemplazadas por otras. Es en este aspecto que –más allá de cualquier teoría del gusto personal- Manuel Romero, Francisco Mugica y Carlos Schlieper pueden y deben ser estudiados. Los valores de los distintos estamentos sociales de la Argentina en el siglo XX, al menos hasta los años 60, van a encontrar en ellos seguras cajas de resonancia. En un segundo término habría que averiguar de qué modo Luis César Amadori utiliza a Sandrini, Marshall o Arias para darnos también su propia visión de la realidad en aquellos años. Y todo por el cochino dinero, según nos dice la protagonista de HAY QUE EDUCAR A NINÍ (1940).


LA REPUBLICA PERDIDA

Hacia 1955 la SONO estrena un vehículo para José Marrone que se titula VIDA NOCTURNA (Leo Fleider) y en la que no faltan ni siquiera Hugo del Carril u Olga Zubarry. Era nada más de un anticipo de lo que sobrevendría. Marrone poseía una comicidad agresiva que no tiene nada de empática. Su gracia central reside en burlarse de los demás para obtener la complicidad del espectador. Sería paseado por la SONO en varios vehículos de los años 60, compartiría el cartel con Luis Sandrini –PIMIENTA Y PIMENTÓN (1970-Carlos Rinaldi)- y finalizaría como pareja de Isabel Sarli en UNA VIUDA DESCOCADA (Armando Bó-1980). Había llegado desde el teatro de revistas y, en especial, luego de varias temporadas en las que repuso un viejo éxito de Florencio Parravicini en teatro, Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina.

Un conjunto como el Los Cinco Grandes del Buen Humor –Guillermo Rico, Juan Carlos Cambón, Zelmar Gueñol, Jorge Luz y Rafael Carret-, había conocido un éxito descomunal en el cine de los años 50. Eran, pretendían ser en aquel mundo de celuloide, los muchachos de barrio que intentaban salvar a alguna víctima de estafas y trapisondas varias. Cambón, el surrealista por excelencia, moriría en 1955 y para 1956 ya eran número viejo en materia cinematográfica. Se han lanzado diatribas contra este grupo –incluyendo el hecho de que intentaran remedar a los hermanos Marx-. Lo cierto es que, con la excepción del falto de gracia por excelencia, Rafael Carret, los otros tendrían largas carreras luego de la disolución del conjunto. A fines de los años 60 las revistas para ejecutivos recomendaban el alquiler en 16 mm de los artefactos en que habían intervenido estos actores. En la industria nadie les había dado importancia excepto en cuanto a rendimiento en taquilla. Es así como VIGILANTES Y LADRONES (1952-Carlos Rinaldi) se rodó en doce días, según ha declarado Guillermo Rico. La SONO conocía bien el negocio. Tal vez la película que los represente mejor, que habla de una auténtica alegría de aquella época sea LA PATRULLA CHIFLADA del mismo año y con igual realizador.

Fidel Pintos, de quien Olmedo aclaró haber robado un par de gags, se convirtió desde su aparición en pantalla en una nariz a la que sólo Diego Peretti igualaría. No todos eran proclives a admirarlo aunque, como partenaire de Niní Marshall en MUJERES QUE BAILAN (Manuel Romero-1949) se quedó con más de una escena. Obligado a secundar a cantantes o a otros capocómicos, Pintos tomó el cine como una manera de ganarse la vida sin molestar a nadie. Para cuando le llega su oportunidad en EL HERMOSO BRUMMEL (Julio Saraceni-1951), en inolvidable pareja con Carlos Enríquez, ya era una estrella de la radio y también del teatro. El guión de Abel Santa Cruz y Manuel M. Alba no es en exceso original pero las piruetas de sus dos protagonistas convierten a esta película en una parodia de las parodias. Como tal puede apreciarse hoy día, ya que en su momento recibió severas pullas de parte de la crítica. Nada hacía suponer que Pintos jamás tendría otra oportunidad semejante en cine y que debería aguardar a que la televisión le otorgara el relieve merecido. Forma parte, sin embargo, de una vitalidad que cubrió parte de los años 50 del siglo XX, vitalidad que en su momento fue despreciada.

Niní Marshall y Pepe Iglesias ya no fueron los mismos una vez que se derrumbara el cine de estudios. Nadie supo cómo manejarlos. Iglesias se retiró casi de inmediato, al menos de la pantalla. Marshall, para su desgracia, prosiguió sin dar una sola muestra de talento. El público elegía ahora no sólo a Marrone sino también a Carlos Balá, quien comenzaría una exitosa carrera también en la SONO. Para cuando llega a CANUTO CAÑETE Y LOS CUARENTA LADRONES (Leo Fleider-1964), la SONO lo rodea de un elenco de primeras figuras entre las que figuran María Rosa Gallo, Ignacio Quirós, Beatriz Taibo, Jorge Luz et al. Se repetía así la fórmula de VIDA NOCTURNA. Estamos citando uno de los títulos más representativos de este cómico, cuya excentricidad reside en parecer y ser tonto. Marrone y Balá serían luego heredados por Enrique Carreras y Palito Ortega o cualquiera que intentara un buen negocio mientras respondieran. Se supone que, a juzgar por las cifras, los artefactos caminaban.

Si el hombre es un animal que mueve a risa, según Bergson, suponemos que la audiencia histórica de los años 60 encontraría en estas comedias una cierta burla hacia la rigidez para volverla elasticidad. El problema reside en comprender desde el aquí y ahora a esa audiencia histórica que se había volcado hacia la televisión y una gran cantidad de programas con intenciones reideras que pululaban por aquel entonces. Sin embargo, ya en su momento y cuando las vimos por primera vez, nos parecían en exceso complacientes. Ese gesto social que es la risa, siempre según Bergson, no estaba hablando de un proceso de cambio sino de una desesperada necesidad de aferrarse a un deja vu, a un pasado al que no se podía regresar. Y se insistía no obstante.

Los estamentos quedantistas de una Argentina que no admite el paso del tiempo obligaría a un buen actor como Juan Carlos Altavista a reiterarse hasta el consancio con su personaje de Minguito Tinguitella, llegando hasta 1988. Si no hubiese muerto en 1989 todavía lo tendríamos gozando de buena salud en la TV. Intentar la visión de Altavista, Juan Carlos Calabró y Tristán en cualquiera de sus aventuras es hoy día una empresa fatigosa. Hay una cámara que se planta y queda inmóvil mientras los personajes ensayan morisquetas de diverso calibre. Calabró insistiría con su Aníbal hasta finales de los años 80 aunque se llamara Johnny Tolengo. Reglas mínimas del relato llamado comedia, iluminación, montaje, escenografía, son cuidadosamente pasadas por alto. En sus mejores épocas Sandrini, Olinda Bozán o Niní Marshall podían sostener un artefacto pero no ocurre lo mismo con la gente de la que estamos hablando.

¿Qué ocurría cuando se intentaba el humor corrosivo? Ahí vamos a tener una idea más clara del comportamiento de la audiencia histórica. Cuando vemos LA HERENCIA (Ricardo Alventosa-1964) entendemos por qué fue al muere a pesar de un reparto que incluía a Juan Verdaguer, Nathán Pinzón, Alberto Olmedo, Ernesto Bianco et al. Basada en un relato de Guy de Maupassant, LA HERENCIA pega una cachetada a los que nadaban –o fingían hacerlo- en la credulidad de los años 60. Y a nadie le gusta que le escupan a la cara. Una furiosa burla contra la religión, los militares, la pequeño burguesía y la aburrida vida gris de los empleados de oficina, LA HERENCIA ha adquirido con el tiempo el valor un documento sociológico insospechado. El asunto no para aquí: basta revisar la secuencia en la que Verdaguer va a elegir el cajón a la funeraria y es atendido por Olmedo. Ahí sí que, como decía Bajtin, la eficacia de la imagen cómica no se ha perdido aún cuando hayan cambiado las circunstancias. Y cuando entramos a una casa de pompas fúnebres –nos ha tocado ya varias veces- estamos siempre pensando en esa secuencia para aliviar un tanto el sobrepeso.

Desdichadamente, la denominada “generación del 60” se puso seria y no produjo comedias sino gags ácidos pero sin relieve. Lo que es peor, solamente para entendidos. Y no pasarán a la historia. Si en NOCHE TERRIBLE (Rodolfo Khun-1967) a los guionistas se les ocurre poner a una bataclana leyendo Buenos Aires, vida cotidiana y alienación hoy día vale la pena interrogarse sobre si el gag causa ahora el mismo efecto que en el momento de su estreno. El cuento de Roberto Arlt había caído en manos de Francisco Urondo y Carlos del Peral. “Es divertidísmo, mi tesoro” nos dijo Marcela López Rey en Argentores. Tal vez en aquella época y para quienes estaban en la cosa.


DOS EN EL MUNDO Y LA CAÍDA

La denominada comedia de costumbres, aquella que habían cultivado también Sixto Pondal Ríos y Nicolás Olivari, pareció encontrar un nuevo rumbo con Oscar Viale y Jorge Goldemberg. Puestos Viale era muy conocido como actor y como autor teatral cuando fue convocado por ARIES CINEMATOGRAFICA y escribió con Goldemberg el guión de PLATA DULCE (Fernando Ayala-1982). La aventura viene de más lejos: ambos habían sido co guionistas de LOS GAUCHOS JUDÍOS (Juan José Jusid-1974), NO TOQUEN A LA NENA (1976) del mismo director y JUAN QUE REÍA (Carlos Galettini-1976). Cualquiera que haya visto estas películas se dará cuenta de que se trata de productos donde el libro es lo que importa, además, naturalmente, de actores capaces de oscilar entre ese delicado límite que separa la comedia del grotesco.

Al revés de lo que ocurría con Pondal Ríos-Olivari los estereotipos creados por estos dos no tienden a la autocomplacencia. Antes bien: están aterrorizados ante un mundo que se les viene encima. El viejo suicida de JUAN QUE REÍA sintetiza la acidez de esta dupla cuando expresa:

- "Soy un testigo de la decadencia."

En el trágico amanecer del golpe de Estado de 1976 y al final de la dictadura –se internaron por otros caminos entre 1976 y 1982- la feliz conjunción de esos dos nos entregó un desfile de situaciones y personajes que son perfectamente reconocibles en la funa porteña aún hoy día. Hábiles a la hora de sacarle la careta a la pequeño burguesía, la ferocidad con que destacan el hambre por el dinero y el empacho por los prejuicios, Viale y Goldemberg entregaron tres comedias fundamentales a la hora de estudiar un grupo social en un momento dado de la historia argentina.

Demostraron, de paso, que se podía escribir para ARIES y no morir en el intento. Por el contrario, se impusieron sobre actores y directores. Tenían el don del entretenimiento y la capacidad no tanto para la sonrisa sino más bien para la dolorosa carcajada que nos permite burlarnos de nosotros mismos.. Por supuesto, aquellos actores habían vuelto a conectarse con el espectador: Fedrico Luppi, Julio de Grazia, Gianni Lunadei, Luis Brandoni, Luis Politti, María Vaner, Norma Aleandro, Lautaro Murúa, Alberto Fernández de Rosa, Ana María Campoy, Dringue Farías et al más un muy joven Julio Chávez. Este síntoma indudable de salud mental, el reírse de nosotros mismos y no solamente de lo que aparece en pantalla, parece haber desaparecido del cine argentino.

Desdichadamente y luego de PLATA DULCE Viale y Goldemberg siguieron por rumbos diferentes. Graciela Maglie y Cristina Civale no pudieron suplantarlos a la hora de UN ARGENTINO EN NUEVA YORK (Juan José Jusid-1998) con aquel fenómeno televisivo que se llamara Guillermo Francella. Este hombre había comenzado en los años 80 en productos baratos y muestras del módico destape del alfonsinismo. Su encanto es tan sutil que se nos escapa. Al parecer, la audiencia histórica del postmodernismo menemista alcanzó a identificarse con este ojiverde de itálico aspecto. El descomunal éxito de UN ARGENTINO… hace pensar que la vieja sonrisa de la comedia de costumbres había sido reemplazada por una mueca use-y-tire que el cinismo de Maglie y Civale cocinaron para las almitas acostumbradas a la televisión.

Es que estos productos asociados a los multimedios –tal como ocurre con UN NOVIO PARA MI MUJER (Juan Taratuto-2008)- se encuentran por completo despersonalizados, esto es, funcionan dentro de un contexto que está pensando en un mercado internacional. La película que es emblema del fracaso de la alianza, NUEVE REINAS (2000–Fabián Bielinsky) es, por lo menos, auténticamente porteña y cuenta con un actor de verdadero carisma: Ricardo Darín, en la práctica, el único que le va quedando al cine nacional.

Incidentalmente, Oscar Viale entregó a ARIES el guión de MI NOVIA EL TRAVESTI (Enrique Cahen Salaberry, 1975) a la que la censura optó por quitarle el TRAVESTI del título. Era un vehículo diferente para Alberto Olmedo. Mucho se ha hablado sobre el cómico rosarino y casi todo lo que se ha dicho se refiere a sus intervenciones televisivas. En MI NOVIA EL TRAVESTI Olmedo pudo demostrar en cine, al menos por una vez y en un largometraje, que era muy capaz de jugar dentro de una comedia que oscila hacia el grotesco más punzante. ARIES lo emparejó casi siempre con Jorge Porcel –alguien a quien no se recuerda amablemente- a partir de LOS CABALLEROS DE LA CAMA REDONDA (Gerardo Sofovich) y a partir de allí, sólo se trató de un desfile de señoritas semi o desnudas más las bromas revisteriles más crasas. Luego de quince años y para 1988 ARIES dio por finalizada la reunión con ATRACCIÓN PECULIAR, una astracanada dirigida por Enrique Carreras. La veloz muerte de Olmedo demostró que Porcel no podía caminar solo. Y el investigador cree que es un gran cómico al que se malgastó en pésimas revistas y en programas de TV que él lograba convertir en verdaderos campeonatos de la carcajada. Se presenta como un gran fracaso en materia de cine no tanto porque no pudiera improvisar sino porque no había Viales ni Goldembergs que escribieran guiones a los que de veras se hizo merecedor. Desde el punto de vista industrial, es el último de los cómicos que rindió fabulosas ganancias en boletería y mantuvo en vigencia a ARIES mientras estas productora se dedica a manufacturas que Héctor Olivera y Fernando Ayala consideraban serias.

El final de Olmedo coincide también con la desaparición de las salas cinematográficas y con una gravísima crisis del cine nacional que no pudo cruzar el menemismo sin heridas varias. Podría decirse que la comicidad como tal se había refugiado en otros ámbitos y había salido del cine, había saltado hacia el under, la revista, la TV y luego a youtube u otros sitios de Internet. El hecho es que nadie reemplazó a Olmedo. No había figuras de recambio. El descalabro del humor atraviesa los años 90 y a tal punto que hoy día ni siquiera por televisión, si exceptuamos a Diego Capusotto, existen como en el pasado abundantes programas dedicados a la comicidad. El público es cada vez menos exigente en la materia y puede seguir riéndose con las traducciones de Neil Simon. En una sociedad donde la poesía y el humor trastabillan, donde no se hacen visibles de manera más que evidente, algo está fallando.

Esto no quiere decir que no haya sorpresas agradables: NO SOS VOS, SOY YO (2 - Taratuto) nos trajo una poderosa nariz como la de Diego Peretti, un gracioso flaco sufriendo en calzoncillos por la desaparición en Miami de su indecisa novia y el encuentro de una nueva posibilidad. Peretti es un actor que podría convertirse en un excelente comediante si se lo aprovechara como es debido. Es que lo que faltan no son actores sino ideas y directores que otorguen ritmo, agilidad –lo que no significa corridas delante de la cámara-, otorguen vida a este maloliente pantano en que ha caído la comedia como género en el terreno cinematográfico. Taratuto, se sabe, fue a parar a los brazos de los multimedios para alguien que solicitaba UN NOVIO PARA MI MUJER A su vez, la patética desfachatez de TAN DE REPENTE (Diego Lerman-2003) posee rasgos de una auténtica voluntad por desarmar los estereotipos. Y éste es uno de los resortes de la verdadera comedia en el mundo contemporáneo. En el caso de UN NOVIO PARA MI MUJER esos estereotipos se ven fuertemente reforzados y peligrosamente deseables.

Es posible reírse con lo que sale de la cabecita de Lucía Puenzo pero no la intención de esta polifacética dama. Esto es: nos burlamos de los dramas y lloramos con las comedias. ¿Qué nos pasa muchachos? como preguntaría Tita Merello cuando había saltado de bataclana a dama de beneficencia y luego de ver ADIOS QUERIDA LUNA (Fernando Spinner-2001/2002). Es difícil averiguarlo: la comedia se encuentra en una crisis severa no sólo en nuestro país sino en la cinematografía internacional: no vamos a ser una excepción en este aspecto. El postmodernismo permite la mueca congelada y no la risa. Después de todo, la risa, la sonrisa, la carcajada pueden tener su buena dosis afectiva. Y el afecto, se sabe, está demodé. Los actores de comedia –los hay y muchos- están obligados a brincar por los escenarios con monólogos sobre la vagina o sobre el pene. Nadie niega que pueda resultar un camino atrayente. Lo que sí es seguro es que la comicidad no se agota en las partes pudendas.

Desde Florencio Parravicini hasta Alberto Olmedo ésa fue una de las vetas pero jamás la única. El cinismo de la revista Barcelona acaba por cansarnos y provoca esa mueca congelada de la que hablábamos. ¿A eso puede reducirse el humor argentino? Y en el caso del cine, ¿los cuarentones pueden divertirse, buscar refugio en los avatares del Tenso y la Tana? En la actualidad nadie se arriesgaría a lanzarse con un millón de dólares para perderlos con una figura que hace diez años lograba hacer reír. Todo pasa raudamente, se pierde, se olvida. ¿También la risa o el arte de hacer reír?

 

 

BIBLIOGRAFIA

Bajtin, Mijail: La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais. Madrid, Alianza, 1989.

Bergson, Henri: La risa: ensayo sobre la significación de lo cómico. Madrid, Espasa-Calpe, 1973

Blanco Pazos, Roberto y Clemente, Raúl: Diccionario de actores del cine argentino, 1933-1999, Buenos Aires, Corregidor, 1999

Parish, James Robert and Leonard, William T: The Funsters, Arlington House, New Rochelle, New York, 1979

Posadas, Abel: Niní Marshall. Desde un ayer lejano. Buenos Aires, Colihue, 1993

Posadas, Abel: Carlos Schlieper. Los directores del cine argentino, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1993.

Posadas, Abel, Landro, Mónica y Speroni, Marta: Cine sonoro argentino 1933-1943, Tomo I, Buenos Aires, El Calafate, 2003.

Sturges, Preston: Preston Sturges by Preston Sturges, edited by Sandy Sturges, London, Faber and Faber, 1990.