Cultura- Página 4

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FELICITAS o Felisa Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto

Mi buen amigo John, déjame advertirte. Tratas con dementes. Todos los hombres están locos en un sentido u otro". "Drácula", Bram Stoker,1897.

La historia de esta dama de la high porteña nacida en 1846 y asesinada por uno de sus amantes en 1872 hubiera merecido otro destino cinemagráfico. La realizadora María Teresa Correa Ávila, ex de Eduardo Costantini, el señor del Malba, se valió de cuatro guionistas, entre ellos la muy dada a los desatinos Graciela Maglie.

Finalmente, el que sale ganador es un caballero, brasileño él y autor de la fotografía esplendorosa que prima en toda la película: Lula Carvalho. En este monumento al kitsch o camp o como quieran llamarlo, Costantini trata de imitar a otra elegante aunque nada sutil directora: la fenecida María Luisa Bemberg. Si el original es barato, debe calcularse qué es esta copia.

Si hubiera que elegir una secuencia de esta verdadera sachertorte nos inclinaríamos por la boda de Felicitas con Don Martín de Álzaga. Hay allí una cantidad de parejas bailando el Cuándo muy propias del Canal Rural. Luego acometen con un Strauss que nos parece algo prematuro para esta fecha.

La cámara muestra discretamente los manjares y el atavío de los concurrentes sin que esté ausente un "Qué dice Dr. Montes de Oca?" muy propio de todas estas biografías. Lo terrible es que un episodio trágico como el la Guerra del Paraguay o de la Triple Alianza quede reducido a unas supuestas cartas amorosas que el ardiente amante -y, por fin, asesino- Enrique Ocampo le enviara a la coquetuela.

"Es una guerra antigua", le dijo la mujer en la cuarta edad a su marido también en idem. Estaban sentados en la fila de atrás -éramos diez personas- y tuve que cambiarme de butaca. Es que la anciana detallaba todos y cada uno de los vestidos.

Si en aquel Buenos Aires, Felicitas queda viuda en 1870 y se libra de su muy viejo marido -un año antes había muerto el hijo de ambos- y si decide tomar como amante a su vecino Samuel Sáenz Valiente, hay paño para una verdadera tragedia. Costantini y los cuatro guionistas parecieran haber recurrido a los elementos de un culebrón mexicano.

Algunos actores, por ejemplo, resultan insufribles. Alejandro Awada está peor que Héctor Alterio en Camila. En cambio otros, como Luis Brandoni, esperan cobrar cuánto antes y elevan sus ojos al cielo como si intentaran salvarse del desastre pero con los dinerillos asegurados. Costantini -y el INCAA- tienen el dinero suficiente. No hay problemas.

No sabemos por qué razón el director de esta revista nos pide que hagamos la reseña de una película a la que, de otro modo, no hubiéramos visto. No tenemos nada que agradecerle. En cambio la señora Costantini debe haber colocado no poco capital para que este engendro haya ido a parar al circuito grande para consumo de desprevenidos y escasos espectadores. Entrada a veintisiete pesos, telón.

PELO A PELO, EL "MEDIO PELO"

Un personaje ficticio de Orlando Barone decía más o menos que "a la clase media no hay que darle nada, porque si no después vuelve a las andadas". Y el fraudulento autor de la frase tenía razón al referir a la fraudulenta clase.

En la democracia de los 80, al calor del "padrino" Alfonsín, María Luisa Bemberg -de lustroso apellido perseguido por el "tirano prófugo"- se relamió facturando la pobreza de su resentimiento con una historieta del libro de Grosso: "Camila" (1984). Aunque, justo es decir, que el borgeanamente efectivo Grosso hoy ha sido superado por escribas de engendros como la "Evita" de Madonna o el "Che" de Benicio del Toro.

Claro que el cine no es historia, pero el History Channel demuestra lo contrario. Todo es reciclable en las usinas del Imperio y en las sucursales periféricas. La "Camila" cervecera no solo era un guiño de principiantes del juego del truco -en medio de la ola gorila de los radicales del "Tercer Movimiento Histórico"- sino que encubría la complicidad del bando unitario, al que se filiaba doña Maria Luisa, en el fusilamiento de los desgraciados amantes.

Hasta el tuerto Echeverría, nuestro "máximo poeta romántico" clamaba por sus sangres. El medio pelo, a falta de castillos reales y novela gótica, fraguaba su novela rosa y libertaria. La oligarquía argentina, extensión capilar del pseudo-patriciado que se apropió del pasado por un tiempo, degradó su pragmatismo conservador y colonial en el travestismo "neocon" de estos días, del que "Felicitas" resulta -para colmo- una degradación pretenciosa.

A estos males se agrega uno menor: creo que el autor de la crítica del engendro en cuestión, me reclama el costo de la entrada.

d.a.

 

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Sobre los muertos casi ilustres

La berretada portuaria, cuyo escudo citadino debiera tener una gallina -como reclamaba Leopoldo Marechal- en lugar de esa paloma evangélica, le rindió homenaje en la Legislatura de la "Ciudad Autónoma de Buenos Aires" al actor Fernando Peña, lamentablemente fallecido a raíz de un cáncer, agravado probablemente en el proceso por su inmunodeficiencia. Sin duda la muerte es el hecho más significativo de una vida y concluida ésta, no se es más responsable por nada: todo queda en manos de las distintas categorías de biógrafos (familiares incluidos). Peña, que en vida fuera un bufón irresponsable del "establishment" pequeño-burgués, no es responsable del homenaje, pero si lo son los legisladores de la "Ciudad Autónoma": "una vita inutile tutta una morte onora". Terror de madres pundonorosas, Peña también aterrorizó a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana al dicho "me lo cogí a Casaretto" (Obispo de San Isidro) y supo ser interlocutor parejo del mestizo Delía: uno posando de blanco y el otro de negro; ambos, muy cerca del tío Adolfo y de "Papa Doc" Duvalier. Ambos, revolucionarios de la puteada.
Como entretenedor radial y televisivo -y uno de tantos- ningún "genio". Pero entrará al registro de los "homenajeados" en las ágoras de la colonia, junto con el Almirante Rojas, y Alfonsín, ambos "demócratas ejemplares" según la Comisión de Homenaje Permanente a la Revolución Libertadora y la revista "Gente". Merecería ser nombrado "ciudadano ilustre" post mortem en la ciudad del ave corralera. Total, la chata arenera se sigue deslizando hacia el remolino.

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A LOS GARROTAZOS CON EL DIOS DE LA BIBLIA

Juan Cunha nació en Sauce de Illescas (Florida) en 1910, y murió en Montevideo en 1985. No es flojo decir que es uno de los pocos pero muy importantes poetas del Uruguay en el siglo XX. Como la mayor parte de lo buenos en nuestras tierras tuvo -tiene- poca celebración, aun en el "mundo de la literatura", que prefiere la "fumata" con nulidades como Eduardo Galeano o el finado Benedetti. Curiosamente Don Juan era un "hombre de izquierdas" pero su recuperación ha sido académica, con el comienzo de la edición de sus Obras (siempre casi) Completas, principiando por los inéditos, de la mano y del esfuerzo de Wilfredo Penco.

Cunha se reconocía deudor - no necesariamente poético- del chileno Humberto Diaz Casanueva de su paisano Filartigas y admitía la influencia inicial de Neruda, aunque quizá la más relevante haya sido la del español Miguel Hernández que puede percibirse en el mejor libro de don Juan: "Sueño y retorno de un campesino".

Cunha es una Voz Grande, irregular en varios sentido, de Nuestra América. Melancólico a veces, justiciero siempre, su orígen campesino y su perderse en la ciudad grande le dio un vivo sentimiento del desarraigo y de los derraigados, de la pérdida y de los encuentros, o al menos de su anhelo.

Aquí reproducimos un par de sus sonetos, que pareciendo salir de la escritura de un "petiso cabrero" son, en realidad, los de un portador del compañerismo sin límites.

 

 

Intermedio Biblia en mano

Por Juan Cunha

3

No sé dijo gritó lo desconozco
No se me pone a tiro ni un momento
Me manda su rencor siempre en aumento
Mas no se deja ver ni lo conozco

Me transmite su ira un cielo fosco
Su furor me lo trae un duro viento
Y no me da respiro y sin aliento
Me tiene y mi vivir es agrio y hosco

Nada le he hecho yo según razono
Por qué pregunto pues todo ese encono
Saña tanta por qué quiero saberlo

No contender con él no me disgusta
Más que muestre la mano no la fusta
Y que se deje ver que quiero verlo

7

Y si el día del azufre oliendo a cuerno
Quemado en instantánea sulfurada
Ahí lo tienes ni vuelvas la mirada
Que mire y dónde estaba el tal averno

Sin poner ni quitar otra que infierno
Su ceniza en Sodoma anticipada
Al igual de Gomorra fulminada
De vueltas al vacío hueco eterno

Conviene que lo aprendas y lo aprenda
Puede salirnos cierta leyenda
Y es cosa de aprender y no olvidarse

Si la primera prueba fue Hiroshima
La segunda está ahí y cuando esté encima
Pregunto si habrá tiempo de agacharse

 

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La iniciación literaria de Julio Cortázar, más allá de Borges y Marechal (Primera Parte)

Como suele ocurrir con los títulos, el de esta conversación (1) no satisface lo que me gustaría transmitirles y por eso comienzo por aclararlo: propongo que, entre 1938, fecha de su libro de poemas Presencia, y 1952, fecha –según el propio autor- en que escribió el cuento Torito transcurre lo que, a falta de otro término mejor, elegí llamar “iniciación literaria” de Julio Cortázar. En ese trayecto, consiguió definir su propio lugar dentro de una poética con la cual sólo tenía coincidencias parciales para distanciarse pronto y establecer un proyecto propio cuya sombra cubriría todo el período posterior, que llega por lo menos hasta 1976.
También aclaro que esta reflexión forma parte del último capítulo de un libro dedicado a la relación entre poéticas y políticas culturales en la literatura argentina, entre 1813 y 1959. Entiendo por poética, sintéticamente, una concepción de la literatura y su práctica conexa. El surgimiento y funcionamiento de cada poética está condicionado o al menos vinculado con políticas culturales en vigencia y la relación entre ambas puede establecerse a través de una reconstrucción de las múltiples discursividades sociales que interactúan en un mismo contexto histórico (Angenot, 1998).

En cuanto a las fechas elegidas, son las que señalan la aparición de la gauchesca, en un extremo, y la disolución o por lo menos pérdida de peso hegemónico que sufren, apenas pasada la mitad del siglo XX, el nativismo-criollismo y el reformismo (desde su variante conservadora hasta la socialista-comunista). Sucede entonces un rebrote esteticista, cuyo fundamento proviene del simbolismo tardío francés (de Mallarmé a Valéry) y que encabeza Jorge Luis Borges, por lo menos desde Acercamiento a Almotásim (en Historia de la eternidad, 1936), y al que podemos catalogar de transición hacia otra época o directamente de cierre de una época en términos de historia literaria nacional.

¿Por qué un cierre? Porque Borges en ese texto, publicado bajo el título Dos notas y junto a Arte de injuriar, comienza a desordenar el tablero de los géneros y de las divisiones instituidos. En efecto, Arte de injuriar es una nota ensayística, pero Acercamiento a Almotásim es un supuesto comentario bibliográfico que termina por ser la narración (presente) de otra narración (ausente y fraguada) y que formula la posibilidad de narrar desde otro posicionamiento enunciativo. Después, en Ficciones (1935-1944) calificará de artículo a Tlon, Uqbar, Orbis tertius, de nota a Pierre Menard, autor del Quijote, y de epístola a La Biblioteca de Babel.


Ahora bien, cuando señalo, como en este caso, los fundamentos externos de cualquier poética, me interesa sobre todo partir de esa filiación para analizar en seguida cómo se reconvirtieron algunos de sus rasgos en nuestro contexto político-cultural, el latinoamericano y rioplatense o argentino, y a través de un imaginario individual y otro colectivo. Borges y el grupo de la revista Sur, fundada en 1931 por Victoria Ocampo, acataron el giro racionalista y el ideal de una poesía pura que distinguió al simbolismo tardío francés desde el final de la segunda posguerra. Valéry, cercano del surrealismo en sus comienzos, publica en 1917 La Jeune Parque y vuelve a las tradiciones poéticas europeas prevanguardistas.

Se erige en bastión del “espíritu” centroeuropeo, último reducto de los valores –civilización, progreso, arte, cultura- “que sólo ella sabe realizar”, según dice en una Conferencia de 1922 leída en Zurich. Y donde añade que de ese Espíritu europeo, con mayúsculas, “América es una creación formidable” (Valéry, 1940: 43-63). Esos valores refrendados por la expansión o colonización europea son los que la poética borgiana acoge, como lo evidencia su poesía posterior a 1930. Pero, y he aquí las paradojas de tal asimilación, Valéry nunca hubiera publicado en un diario como Crítica, en cuyo suplemento multicolor que codirigía insertó Borges los relatos que formarían su Historia universal de la infamia, ni escrito comentarios cinematográficos (los de Borges en Sur), ni convertido su interés por los mitos en cuentos fantásticos.

Con esta última clasificación, de todas maneras, voy a disentir. Si le damos carácter compacto, hablar de narrativa fantástica, como suelen hacer muchos de mis colegas, disminuye las diferencias entre Borges y Cortázar, quedan confundidos bajo el rótulo narradores antirealistas. Propongo, para priorizar las diferencias, seguir otro derrotero. La poética borgiana no sólo responde a esos nexos con el simbolismo tardío francés, entre otras marcas externas a las que en parte me referiré luego, sino a tradiciones internas, las que me indican que nuestra primera poética esteticista, el modernismo, ya cultivó lo fantástico. Podemos leerlo en los cuentos Thanatopia (1893) y El caso de la señorita Amelia (1894) de Rubén Darío o en el volumen Las fuerzas extrañas (1906) de su mejor discípulo argentino, Leopoldo Lugones.

Es decir que, un buen punto de partida, consiste en preguntarnos hasta dónde la poética borgiana posterior a su etapa criollista (incluye todos sus libros, de ensayos y poemas, publicados durante la década de 1920 y termina con una biografía que sirve de bisagra, el Evaristo Carriego de 1930) puede ser calificada de esteticista y cómo y por qué sucede esta reaparición del esteticismo durante los años treintas. Aclaro que, cuando digo esteticismo, pienso en una poética que aspira a la total autonomía de la literatura respecto de los otros discursos sociales. Algo que nunca pasó de ser una utopía, basta recordar que Darío fue también el autor del cuento El rey burgués, una caricatura de ese sector social, o de los recién llegados a ese sector social, y del poema A Roosevelt, un claro cuestionamiento a la política norteamericana respecto de América Latina y una defensa de nuestras raíces culturales hispánicas.

Responder a las razones de tal reaparición esteticista en los años 30, ya no parece tan fácil ni rápido. Se puede medir, en parte, observando las diferencias entre la vanguardista Martín Fierro de 1924-1927, y la mentada revista Sur, que comienza a editarse en el verano de 1931. El paso intermedio es la revista Síntesis (1928-1930), donde muchos de los ex martinfierristas deponen sus bravuconadas ultraístas o futuristas y adoptan un tono mucho más morigerado. La crisis económica mundial de 1929 fue un detonante y la recomposición neoliberal (¡qué vieja y qué actual es esta denominación!) del general Agustín Pedro Justo, tras a la breve y timorata aventura corporativista de otro general, José Félix de Uriburu, parece anunciar el nacimiento de un país distinto, dispuesto por ejemplo a industrializarse.

Veo cierta correspondencia entre tal inquietud y ciertos síntomas manifiestos del campo literario. Leopoldo Marechal habla en varias ocasiones de un “llamado al orden” que pondría fin al cruce de vanguardia y criollismo que se puede leer en su libro Días como flechas (1926) y “retrocede”, si es lícito usar este término sin cometer evolucionismo, a varios maestros medievales (Dante y los fedeli d’amore en primer lugar, pero también el Roman de la rose) para componer Laberinto de amor (1936), los Sonetos a Sophia y El Centauro, ambos de 1940. Abandona el verso libre y retorna a los metros canónicos. Lo hace como católico convencido y progresivamente nacionalista.

Algo similar le sucede, en la vereda de enfrente, a Borges. Terminada su fascinación por los suburbios que conectan la pampa y el asfalto, cuyos paisajes registran sus primeros libros de poemas (desde Las calles céntricas del primer libro hasta El paseo de Julio del tercero), por el coraje de los guapos y los velados códigos del malevaje (lo que va de Hombres pelearon a Hombre de la esquina rosada), también renuncia al versolibrismo. Entre otras cosas, para reconciliarse con Lugones -al cual Marechal había atacado desde Martín Fierro por aferrarse a la vigencia poética de la rima- y con las formas métricas consagradas.

A Lugones le dedica los poemas de El otro, el mismo que inician su nueva etapa. La dedicatoria está formulada de funcionario a funcionario, de un director de la Biblioteca nacional a otro que estuvo a cargo de la Biblioteca del Maestro; de un intelectual roquista y conservador, redactor de la proclama que leyó Uriburu en 1930, a otro, también conservador y simpatizante de la dictadura militar instaurada en septiembre de 1955. Borges imagina, además, entregarle su libro en circunstancias atemporales: “mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.

Acabo de emplear “ atemporales” sin ninguna inocencia. La nueva poética narrativa que Borges bosqueja trata de escapar a la actualidad y es también utópica, de ahí la sensación de extrañamiento que produzca muchas veces leerlo. Salirse de la retícula espaciotemporal implica disolver la “cronología”, para emplear los mismos términos que Borges, en “un orbe de símbolos”. ¡Qué escasa diferencia entre esa afirmación y la que Charles Baudelaire asentara en su famoso poema Correspondencias de Las flores del mal (1857)! El francés entreveía, más allá de las formas naturales, un poblado “bosque de símbolos”. O sea que también Borges retrocede, en lo que sería su retorno al “orden”, pero no tanto como Marechal; sus fuentes son las del simbolismo literario, una de cuyas estaciones terminales fue Paul Valéry.

Con motivo de su fallecimiento, en 1945, Sur le dedicó un número homenaje. El aporte de Borges encomia sobre todo su sobriedad neoclásica y su defensa del espíritu: “Proponer a los hombres la lucidez, en una era bajamente romántica, en la era melancólica del nazismo y del materialismo dialéctico, de los augures de la secta de Freud y los comerciantes del surréalisme, tal es la benemérita misión que desempeñó (que sigue desempeñando) Valéry (…) un hombre que, en un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden”. Otro oxímoron para oponer el equilibrio conservador a los desbordes (estéticos, políticos, etc.).

Por eso también la nueva poesía borgiana recurre a símbolos. ¿O no es simbólico el Francisco de Laprida que cobra voz en el Poema conjetural de 1943? Y cobra voz para afirmar : “Yo que anhelé ser otro, ser un hombre/ de sentencias, de libros, de dictámenes,/ a cielo abierto yaceré entre ciénagas; / pero me endiosa el pecho inexplicable/ un júbilo secreto. Al fin me encuentro/ con mi destino sudamericano” (Borges, 1964: 148-149). Reaparece el enfrentamiento clásico de las armas y las letras, pero se le suma el de “los bárbaros, los gauchos vencen” al que estudió “las leyes y los cánones”, la dicotomía sarmientina de la barbarie contra la civilización. Pero a ese triunfo coyuntural, la voz poética lo convierte en símbolo permanente de un destino, el sudamericano, e incluso de una situación arquetípica : “En el espejo de esta noche alcanzo/ mi insospechado rostro eterno”.

Estos componentes de libre imaginación (la de inventarle palabras postreras a Laprida), de simbolismos (los doctores o juristas contra los gauchos) y de escepticismo (los intelectuales de este continente, pero tal vez todos y de todos los tiempos, condenados a ser víctimas) son claves para entender buena parte de la poética borgiana. De paso, ese poema da la pauta de que el esteticismo salta las barreras que él mismo se impusiera cada vez que lo juzga necesario y toma posición en la disputa extraliteraria. Por la contraparte, creo que ningún texto literario renuncia a su margen de autonomía, pues de lo contrario desaparecerían los rasgos distintivos de un tipo de discurso.

Quiero detenerme en el primer punto, en los límites del esteticismo, límites marcados por la condición misma del lenguaje, resultado de consensos y acuerdos sociales. Así lo sostenía David Whitney en el último cuarto del siglo XIX; lo retomó y precisó Ferdinand de Saussure a principios del siglo XX y lo profundizó Mijail Bajtin varias décadas después. Sobre esos antecedentes y el desarrollo de la sociolingüística, asegura Marc Angenot: “la crítica del discurso social que yo considero, descalifica, de entrada, todo análisis inmanente de los textos, todo el textocentrismo, el terrorismo formalista (…) La crítica del discurso social no puede preocuparse por los textos solos, ni solamente de las condiciones intertextuales de su génesis: debe procurar ver su aceptabilidad, su eficacia (…) Esta crítica engloba, pues, los habitus de producción y de consumo de tales discursos y de tal tema, las disposiciones activas y los gustos receptivos” (Angenot, 1998: 23).

Esa afirmación implica que una verdadera comprensión de los textos, sin olvidar ni menospreciar todo lo que el estructuralismo nos enseñó en su momento, al margen de sus excesos o de su empecinamiento, implica una ardua y casi imposible tarea de reconstrucción del tejido verbal en contextos precisos y diversificados. Debería cubrir el soterrado vínculo que existe entre los textos escritos más refinados, en un extremo, y las conversaciones banales del comedor o del mercado, en el otro. De cualquier manera, la simple apertura de un texto particular a intertextos que ese mismo texto sugiere significa ya un enorme avance interpretativo.

Para identificar con mayor precisión esa poética borgiana que nos dirigió hacia el simbolismo poético europeo y hacia el modernismo hispanoamericano, conviene detenerse en varios artículos teóricos del autor. Uno, que me limitaré a mencionar porque es de 1926 y la revista Proa, lo tituló “El gaucho y el suburbio son dioses”, término este último que conviene leer como mitos o relatos ahistóricos. En esa ocasión, Borges deslindaba su tarea literaria de la de Güiraldes: éste se ocupó de mitificar la figura del gaucho, sobre todo en Don Segundo Sombra; él estaba haciendo otro tanto con la del malevo, guapo o compadre suburbano. Se advertía ya en esa formulación un cruce con el discurso antropológico que ampliaría al redactar “El arte narrativo y la magia” (Sur, n. 5, Buenos Aires, 1932).

En efecto, Borges opone allí a la novela de caracteres o psicológica, basada en una causalidad incontrolable, ilimitada y fortuita, otra que es discontinua (la del cuento, la novelas de aventuras y las películas de Hollywood). Con lo cual privilegia las posibilidades de un género narrativo (el cuento), de un tipo de novela y de la sucesión de imágenes. Esto último remite a los procedimientos de la magia tal como la había descrito el antropólogo inglés George Frazer (el autor de The Golden Bough, 1890, en 2 volúmenes, que creció a tres en 1900 y a 12 entre 1911-1915).

Borges aprovechó claramente aspectos de esa procedencia en Las ruinas circulares o en Funes, el memorioso. En este cuento, todas las desventajas de la mentalidad primitiva, según la entendía Lévy-Bruhl, otro antropólogo afín con Frazer, son trasladados a un paisano. Y digo desventajas porque esos antropólogos, que no habían realizado trabajos de campo y sacaban sus inferencias de la lectura de crónicas escritas por militares o religiosos participantes de la expansión europea colonial sobre Asia y Africa, presuponían una discontinuidad irreductible entre esa mentalidad “bárbara” y la del hombre “civilizado”. Funes sólo tiene capacidad para percibir lo concreto: “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer” (Borges, 1944: 142).

¿Qué impacto ha recibido la escritura borgiana para renunciar a aquella fascinación respecto del nativo que mitificaba en su etapa criollista y condenar ahora a Funes, negarle la capacidad de pensar, aunque tiene “la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin lo silbidos del italiano de ahora”? A la altura de Ficciones (1944), donde está incluido Funes, sus categorías al respecto, evidentemente, habían cambiado.

Propongo una hipótesis para interpretar ese cambio. Por supuesto que es también discursiva, sólo la transitividad de los discursos hablados o escritos por cada fragmento social en un momento determinado pueden dar cuenta de la génesis y de los efectos de los textos, incluso literarios. Este recurso teórico permite salvar, según lo entiendo, aquellas dificultades que los sociólogos de la literatura, en especial marxistas, encontraban para pasar del paradigma literario al paradigma económico-social.

Lo que Thomas Eliot, Ortega y Gasset y otros ensayistas conservadores escribían entonces acerca de los peligros que acarreaba la irrupción de las masas en la historia debe ser computado para entender mejor el origen de la poética borgiana. Y ese asimilación discursiva debe ser completada con el rechazo de otros discursos, aunque, es claro, esto último sea más arduo de reconocer. Durante la década de 1930 se había constituido el discurso historiográfico revisionista, que cuestionaba la “historia oficial” armada en la década de 1880, principalmente por Bartolomé Mitre y por Vicente Fidel López. Podemos señalar hitos de tal revisionismo, como la aparición de los periódicos Crisol, El Pampero, Nuevo Orden y La Voz del Plata, de los volúmenes La Argentina y el Imperio Británico (1934) de los hermanos Irazusta o Ensayo sobre Rosas (1935) de Julio Irazusta o La historia falsificada (1939) de Ernesto Palacio (ver “El nacionalismo restaurador” en Buchrucker, 1987). En su conjunto, se proponían reivindicar la “barbarie” federal de los gauchos contra la civilización europeizante de los doctores unitarios.

Ante ese discurso nacionalista, que muchas veces mostraba simpatías hacia el fascismo italiano o el nazismo alemán, resultaban ya anacrónicos aquellos mitos elaborados sobre la figura del gaucho o del compadre. Los arquetipos provenientes de la citada corriente antropológica o de la psicología junguiana se prestaban mejor para conjurar tiempos sombríos y Borges lo reconoce claramente en El tiempo circular, ensayo de Historia de la eternidad (1936): “… en tiempos que declinan (como éstos) es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador, podrá empobrecernos”.

Jorge Rivera estudió hace años y con gran precisión este repliegue sobre “lo analógico, los artificios que relativizan causalidad y contradicción, la profundización en el comportamiento pre-lógico o en sus formas derivadas, las instancias mágicas, la idea del eterno retorno, las aporías y las paradojas, los juegos con las geometrías no euclidianas y con los efectos de la relatividad” en la narrativa de Adolfo Bioy Casares, el discípulo más cercano a Jorge Luis Borges (Rivera, 1972: ).

Me interesa ahora cómo, partiendo del mismo repertorio, Julio Cortázar consiguió, entre 1938 y 1952, como anticipé, reformular esa poética hacia otros fines, prácticamente opuestos, en tanto acercamiento al otro (fundamentalmente de clase) y su exploración cognitiva a través de la metáfora y no de los símbolos. Pero antes de dejar a Borges y Bioy, conviene recordar que Bioy abjuró de todo lo que había escrito y publicado hasta 1937 para convertirse en discípulo fiel (por lo menos hasta 1959) y que al prologar su primer libro (La invención de Morel, 1940) ajustado a la poética que Borges proponía, este último lo prologó en lo que constituye un verdadero manifiesto de la literatura a la cual aspiraban.

Comienza por reiterar la ya comentada oposición entre “el intrínseco rigor de la novela de peripecias” y “la libertad plena” (sin control, destaco) de las novelas psicológicas, que termina en “el pleno desorden”. Sobrevalora entonces “el riguroso argumento” desde una posición ahistórica: “libre de cualquier ilusión de que ayer difiere íntimamente de hoy o diferirá de mañana” (Bioy Casares, 1981: 43-45), tres novelas recientes ejemplifican ese tipo de trama: The turn of the screw, Der Prozess y Le voyagueur sur la terre. Citar los títulos en su idioma original y no declarar a los autores (Henry James, Franz Kafka y Julien Green, respectivamente) trasunta que se está dirigiendo a un círculo restringido de lectores, que no son ya los de Crítica.

Cree que la novela de Bioy está a la misma altura de esos títulos (Borges era generoso con sus seguidores ¿no?) y sus componentes policiales respetan y aun amplían el recurso central de tales argumentos: “los hechos misteriosos” no quedan aquí explicados por “un hecho razonable”. Bioy “Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico, pero no sobrenatural”. Oración enjundiosa, que merece ser desmontada con lentitud.

La razón devela misterios, según estableciera el pensamiento liberal ilustrado desde el siglo XVIII, y puede hacerlo a través del “símbolo” o de la “alucinación”. Esas opciones nos están adelantando ya los caminos divergentes que, a cierta altura, eligieron Borges y Cortázar. El símbolo razonable de uno frente a l conjuro de los fantasmas inconscientes del otro. Es curioso, de todas maneras, que el prologuista ubique a los dos como soluciones racionales cuando, en realidad, su renuncia y negación del pasado vanguardista condenaba todo lo que, en la producción literaria, escapara al control pensante.

En cuanto a que el postulado es “fantástico” y no “sobrenatural”, es interesante consultar a los historiadores de la llamada literatura fantástica, quienes distinguen una etapa en que lo fantástico buscaba manipular los terrores del lector (la de fines del siglo XIX) y otra posterior en que lo inverosímil está apenas sugerido, aunque luego Todorov y Bessiere, por ejemplo, no coincidan en cuál es la clave del efecto fantástico. En la literatura hispanoamericana, agrega Borges, “son rarísimas las obras de imaginación razonada”, frase que sintetiza, en esa suerte de oxímoron, uno de los procedimientos preferidos del autor para su poética.

La libertad imaginativa (de simbolizar, añado) sujeta al control racional, sin caer en la “alegoría”, en la “sátira” o en “la mera incoherencia verbal”. Entre esas opciones, la que elije luego Cortázar no figura, salvo que bajo “mera incoherencia verbal” situemos ciertas transgresiones de vanguardia. En cuanto a Borges, solo o en coautoría con Bioy, cayó –para respetar el verbo que usó en el Prólogo- en las otras dos. En uno de sus cuentos más famosos, El aleph, que apareciera originalmente en Sur, n. 131, septiembre de 1945, Carlos Argentino Daneri es un símbolo de cierta manera de hacer literatura que Borges desprecia y, a su alrededor, organiza una alegoría con bordes satíricos de la vida literaria argentina en los primeros años de la década del 40.

Mediante esa alegoría busca vengarse de que no le otorgaran el Premio Nacional de Literatura en 1942 y en cambio se lo otorgaran a Eduardo Acevedo Díaz, escritor nacionalista, y por una novela histórica. Los poemas que escribe Daneri, su aspiración a componer una “epopeya topográfica” del mundo para lo cual cuenta con un aleph (“¡Qué observatorio formidable, che, Borges!”), los comentarios con que se pondera, remiten todos a lo que el texto niega como literatura. El narrador-Borges califica al poema de “pedantesco fárrago” cuya “enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito” (Borges, 1962: 175-196) es propia de la literatura que pretende basarse en la observación y no en la imaginación.

No deja de asombrar que cuando llega a la contemplación del aleph, solicite a los dioses –para describirlo- “el hallazgo de una imagen equivalente” (¿una metáfora?), aunque entonces “ este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad”. Parecería desprenderse, de tal afirmación, que la metáfora, a diferencia del símbolo, incorpora a los textos, conjuntamente, rango literario y mentira. ¿Por eso trató Borges de apegarse a lo simbólico e inequívoco, para no correr los riesgos que implicaba la metáfora?

 

 

Notas:

(1) En el Salón Silencioso de la Facultad de Filosofía y letras de la UBA, el 17/4/09.

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Pintura argentina, pintura para los argentinos y pintura peronista


"El 17". Óleo sobre tela. 120 cm x 200 cm. 1988.
La pintura política, la pintura como elemento formador de conciencia de las masas tiene una incuestionable ascendencia burguesa europea, y aun más. Si la Iglesia fijó sus pinturas en los templos de altas bóvedas, para contribuir al arrastre de las almas trozadas hacia el más allá, la burguesía hipostasió la "naturaleza" de la pintura de caballete, supuesto reflejo de un trasmundo asequible al artista... y a quien la pagaba. La Revolución Mexicana, fagocitada en sus propios murales, y las reacciones anti-burguesas como el fascismo y el comunismo que no excedieron el hieratismo pretencioso de aquellos murales, también remitían a un más allá, pasado o futuro, de gloria material, aunque lejanamente accesible.

Esta procesión estereotipada, con su concesión al horizonte de la propaganda política de la época y sus rasgos de empeño y felicidad, se encuentra también en la iconografía del primer peronismo (1) (a la que se le debe su rescate y estudio); con la nada sutil diferencia de que sus apelaciones remitían al concreto ya, y no a un futuro pretencioso o a un pasado supuestamente glorioso y restaurado.


Con estos antecedentes la plástica peronista posterior a 1955, en manos del artista individual o grupal, intersectó con el caballete burgués para dar origen a productos cuyos rasgos manifiestos son el didactismo y el expresionismo histórico. (*)

Queremos destacar como ejemplo, tres formulaciones, que pueden ser consideradas como otros tantos hitos determinantes y que requieren un estudio pormenorizado que esperamos hacer pronto: los cuadros del "Grupo de Pintores Peronistas", los de Daniela Jozami y los de Daniel Santoro. (2)

El didactismo, rasgo predominante revela por sí sus falencias: En primer lugar, su presentación como tal, como actitud en la que el deus ex machina -los hilos del títere- son demasiado notorios presidiendo la trasmisión de lo que, con sus más y sus menos, aparece como "saber a trasmitir", como mera "docencia", conducción; es decir, lo contrario de una "paideia", de un vinculo amoroso. Y, en el mejor de los casos, mera recuperación sentimental.

En segundo lugar, si bien la intencionalidad popular es manifiesta, amplia, no es menos cierto que la mayoría del universo destinatario de esa intencionalidad- los trabajadores, la vasta concepción de "pueblo"- no accede a las representaciones pictóricas, como no sea a través de la percepción fugaz de su reproducción en distintos soportes (gráficos: diarios/revistas o visuales: televisión/video, y nada más), sin contexto y sin arraigo. Rasgo extensible a casi todo el resto de la sociedad. En este sentido, la iconografía peronista de 1945/1955 tuvo un carácter formador notable, por su circulación, en relación a este tipo de representación plástica.

Un elemento complejo: los rasgos "expresionistas" que asedian la forma de esta pintura, revelan imprecisión a veces, falta de seguridad otras, que no sabemos si se originan en una pretensión ingenua de los autores o bien en un déficit técnico.

Estas limitaciones no descalifican ni la búsqueda ni el esfuerzo desplegados, sino que reclaman la profundización de ambos, bajo el riesgo palpable, en su defecto, de confundirse y perderse en el maremagnum de "graffittis" de hechura marginal, o el libro de arte bellamente impreso para el estante burgués o la basura que los "galeristas" y las "bienales" (con premio incluído) intentan inyectar en el "mercado", habitat éste cada vez menos creíble del "culto adinerado". En breve, los cuadros de Ernesto Sábato, pintor sin manos, comenzarán a cotizarse.

Creo que debe abrirse un amplio debate sobre la plástica, su proceso y su lugar en la recuperación del contexto nacional de la cultura. Para lo cual se hace prioritario actualizar revisando la propia historia de la plástica argentina y conceptos tales como Nación y Pueblo (no la masificación disfrazada de "popular", adjetivo bastardeado, verdadero mediomundo en el que entran la bailanta, el "paco", las estampitas de la revista "Gente", las prostitutas de la televisión y los mensajitos de texto de los celulares encabezando una larga lista, demasiado extensa para ser soportable).

No está demás recordar que el término "revisionismo" entre nosotros tiene un sentido revolucionario, diametralmente opuesto a su significado europeo, asociado provisoriamente al deslinde del marxismo.


Sin título. Óleo sobre hardboard. 120 cm x 100 cm. s/f.
Deseamos que estas breves referencias sirvan para la apertura de ese debate postergado, bajo riesgo también de que artistas identificados con el proceso de constitución del pueblo argentino queden anclados en manos del "mercado" y de los noteros subvencionados de suplemento cultural.


(*) El Expresionismo histórico, con el alcance que pretendemos darle al concepto refiere a la manifestación artística de sentimientos y emociones desde una perspectiva cuyo fundamento no siempre conciente, es pesimista; aunque se presenta como rescate optimista de un pasado clausurado (como res gestae), pero susceptible de su rescate histórico (como rerum gestarum, como narración). Los rasgos de angustia existencial, primitivismo, ruptura de perspectiva, colores duros y contrastantes son compartidos con el expresionismo europeo. La manifestación propia radica en la temática territorial, no universal, capturada en el pasado -generalmente cercano- y con vistas a su reactualización.

Notas:

(1) Cuya supervivencia aun puede advertirse en la simbología ("escudos") de algunas organizaciones gremiales: el engranaje, el cuerno de la abundancia, la espiga, el trabajador con mameluco.
(2) Jozami, muerta hace pocos años, se destacó por sus telas de regular o gran tamaño con claroscuros, perforados por fulgores que destacan el fondo de tragedia, casi nunca metafórica: en particular, la "saga" sobre el peronismo, que fue pintada sobre otra serie, la "intifada" Palestina y oculta por los temores de Daniela a una represalia; en momentos en que el acto terrorista contra la AMIA desataba la hipocresía de lo "políticamente correcto" (cuyas consecuencias de impunidad todavía padecemos), y toda crítica al terrorismo del Estado de Israel era interpretado como un acto "antisemita".

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LA GRAN AVENTURA: UNA COMEDIA EN EL CINE (I)

A la memoria de la gordita Celia Geraldi (1900-1977)
Pasaba por el cuadro y la platea reía con ganas.



Hojeamos THE FUNSTERS de James Robertson Parrish y William T. Leonard y nos asombramos. Por las 752 páginas desfilan, sin prejuicio alguno, actores americanos de comedia de todas las épocas hasta 1979, año en que se publicó el libro.

Por su parte, James Agee había escrito en 1949 un modélico ensayo sobre Chaplin, Keaton, Lloyd y Harry Langdon en el que hacía caso omiso a las diferencias políticas entre, por ejemplo, Lloyd y Chaplin. Existen además sociedades dedicadas a Stan Laurel y Oliver Hardy para no mencionar a los nostalgiosos que rememoran aún a Mabel Normand y a Thelma Todd. Es que si no se ha visto la comedia del cine silente o mudo americano es muy difícil entender el mecanismo de la risa. Por razones obvias, las bromas verbales casi no existían y debían, por fuerza, explotar el gag de situaciones. Los espectadores no toleraban con gusto encontrar la risa en los intertítulos.

En 1993 publicamos un libro sobre Niní Marshall y nos sorprendimos por la excelente recepción. No era que lo escrito allí fuera nada del otro mundo. Sencillamente, hasta el momento nada se había dicho sobre esta actriz más allá de las críticas periodísticas. Luego nos encontramos también con los detractores. No les interesaba esta figura y no veían la necesidad de un libro. Habitualmente los investigadores considerados serios no entienden el fenómeno de la risa en el cine argentino. Y como no lo entienden, prefieren ocuparse del melodrama, del policial, del drama, del grotesco pero… jamás de la comedia porque es superficial. Así, hemos leído que dos directos tan disímiles como Francisco Mugica y Carlos Schlieper son homologables porque ambos rodaban comedias. A nadie se le ocurre pensar que Mugica representa a la burguesía del durazno en lata de los años 30 y Schlieper a la Confederación General Económica del primer peronismo, por ejemplo.

 

YO HABLO

Podríamos ocuparnos del circo, del teatro, de la radio y de la TV pero entonces necesitaríamos de un libro algo más que peligroso para los editores. Hemos elegido el cine y, más particularmente, el comienzo mismo del sonoro. Figuras tales como Pepe Arias y Luis Sandrini figuran ya en TANGO (José Luis Moglia Barth-1933) y ambos llegaban desde el teatro y, en el caso de Sandrini, también del circo. Se hace necesario aclarar que todos los que de aquí en más van a nombrarse no tienen por qué ser del gusto de quien esto escribe. Pero si figuran es porque supieron captar la atención de una o varias generaciones.

Arias trajo al cine, en aquella etapa, la figura típica del vividor y ventajero, el de las réplicas mordaces que salían de una cara poco agraciada. En la mayoría de los casos, el actor cómico que puebla el cine argentino posee un físico que lo distingue de manera singular. El tartamudeo de Sandrini y sus ropas ajustadas contrastaban con su juventud. Arias no parece en ningún momento inocente aunque lo pretenda. No llega como tal. Sandrini, en cambio, intenta pasar por inocente y lo consigue cuando encarna a aquel muchacho de barrio de los años 30. No es posible imaginarse a Sandrini trabajando en un club nocturno como Arias lo hace en NAPOLEÓN (Luis César Amadori-1941). Y es imposible concebir a Arias buscando al padre de Dedalito, tal como ocurre con Sandrini en UN BEBÉ DE CONTRABANDO (Eduardo Morera-1940). Si Arias había nacido para la noche, Sandrini lo había hecho para el día.

Los intentos de cambiar las imágenes por parte de ambos resultaron fatales en boletería: cfr. EL LOCO SERENATA (Luis Saslavsky-1930) y EL CAPITAN VENENO (Henri Martinent-1943). La audiencia histórica espera determinado comportamiento y no se halla dispuesta a aceptar otro.

Si Tita Merello y Olinda Bozán correteaban burlando a sus parejas en ASÍ ES EL TANGO (Eduardo Morera-1937), se las prefería de esa manera. Merello había comenzado en el Bataclán de la calle 25 de mayo con el nombre de Tita Merel en 1925 y para 1933 era ya primera figura en la revista. Su estilo agresivo y burlón campea por varios de aquellos productos. Luis Saslavksy la vería de otro modo en LA FUGA (1937) y CENIZA AL VIENTO (1942). Sin embargo, entre Luis Sandrini y su carrera eligió al bufo. Hasta fines de los años 40 del siglo XX la ex Merel se sintió cómoda en esa relación.

Muy diferente es la historia de Olinda Bozán. Nacida en el mundo del espectáculo y proveniente del circo, desde su debut en cine en IDOLOS DE LA RADIO (Eduardo Morera-1934) inició un desfile de novias insufribles, solteronas, suegras, hadas protectoras y cónyuges graciosamente malévolas. Sus parejas –cuando las tenía- podían ser Tito Lusiardo, Paquito Busto, el pícaro Francisco Álvarez aunque todos ellos pasaban a segundo plano no sólo por razones contractuales. La señora Bozán era un vendaval de movimientos nerviosos y de piruetas seguras. El dúo que forma con Marcos Caplán en una muy floja película de Manuel Romero, RADIO BAR (1936) continúa provocando la carcajada. Es que esta actriz, salvo raras excepciones como EL CAPITÁN PÉREZ (Enrique Cahen Salaberry-1946) se dejaba llevar por la situación e improvisaba aún en el cine con el consiguiente problema a la hora del doblaje. Contratada en exclusiva por Establecimientos Filmadores Argentinos fue paseada en una serie de productos seguros y excesivamente baratos. No obstante, a la hora de las parodias, se hace necesario tener en cuenta a LUCRECIA BORGIA (Luis Bayón Herrera-1947). Y, naturalmente, a las dos que co-protagonizó con Luis Sandrini, LA CASA DE LOS MILLONES y su secuela, LA DANZA DE LA FORTUNA, de 1942 y 1944, ambas dirigidas por Bayón Herrera.

Sin alejarnos de la familia Bozán, su prima Sofía Bergero, conocida como Sofía Bozán se adueñó de buena parte de la comicidad de una época. Se inició a fines de los años 20 en teatro y pasó a formar parte de la compañía de revistas que dirigían Manuel Romero y Luis Bayón Herrera. A partir de 1931 se eternizaría en los programas del Maipo. A pesar de su enorme popularidad la actriz Rita Terranova intentó buscar material para un unipersonal que la evocara y no pudo encontrar nada que fuera relevante. En cine y a pesar de un estilo por completo diferente al de su prima Olinda, comparte con ella una cierta inocencia: es innegable que Olinda es más sexuada y Sofía escapa por el lado de la burla. Pero ambas tienen el don del juego, son altamente lúdicas como todo actor cómico que se precie. Según el testimonio de Homero Cárpena “el actor cómico puede perfeccionarse pero si carece del don de hacer reír es totalmente inútil que lo intente. Con ese don se nace”. Sofía Bozán puede burlarse a gusto de Enrique Serrano en MUCHACHAS QUE ESTUDIAN (Manuel Romero-1939) y su dicción imperfecta y arrabalera le cuadra a la perfección.

Tito Lusiardo, Carlos Enríquez, Héctor Quintanilla, Marcelo Ruggero, Severo Fernández y muchos otros como Jesús Gómez intervenían en los repartos como focalizadores destinados a provocar a veces la sonrisa y, en ocasiones, la franca carcajada. En los años 30, todos estos actores sabían de qué iba la cosa en el mundo del espectáculo y también en la Argentina fraudulenta. La mayoría de ellos provenía de los sectores más bajos de la población y, si “pelechaban”, al decir de Sofía Bozán, no dejaban por eso de lado sus orígenes. Con esto se quiere decir que trabajaban en el cine para un auditorio que estaba esperándolos para entretenerse y olvidar, para refugiarse de una vida cotidiana escasamente agradable. Por lo demás, eran menospreciados por sus pares, los grandes divos dramáticos de la época. El asunto no iba a terminar allí: las productoras no gastaban dinero en las comedias y se las confeccionaba a toda velocidad y sin mayor cuidado. Esto iba a proseguir como constante en la historia del cine argentino, salvo algunas excepciones de las que hablaremos.

 

PAYASO

No nos es posible saber hoy día qué encontraba la audiencia histórica en fenómenos tales como el dúo Buono-Striano, Alí Salem de Baraja o los hermanos César y Pepe Ratti. Estos dos se negaron al cine de manera sistemática a pesar de un gran éxito como LA VIRGENCITA DE MADERA (Sebastián Naón-1937). Los hermanos Ratti, para quienes Manuel Romero escribió su última obra de teatro porque estaba muy ocupado en Lumiton, habían sido pilares de cierto tipo de teatro popular muy redituable. Desde 1921 y hasta 1943, año en que se suicida Pepe Ratti, consiguieron el halago de un multitudinario público que poblaba las salas de aquel entonces. El cine no los entendió o bien las nuevas generaciones estaban necesitando otro tipo de comicidad.

Pepe Iglesias, “el zorro”, poseía una garganta prodigiosa y esto le había abierto las puertas de la radio. Sin embargo, sus películas no alcanzan a dar cuenta del éxito de este hombre que tuvo un suceso descomunal también en España y América Latina. Hay un leve detalle y es el guión cinematográfico. Si, como se dijo, las comedias se filmaban a velocidad inusual, los libretistas confiaban en exceso en el poder de la figura de turno para los gags tanto de situación como verbales. Viendo las películas de Pepe Iglesias con detenimiento se intuye que hubiera necesitado guionistas más agudos e inteligentes, algo que no ocurría no sólo en su caso sino en el de la mayoría de estos actores.

Hacia fines de los años 30 Manuel Romero y Lumiton dan la bienvenida a una estrella del teatro como Paulina Singerman y a otra de la radio como Niní Marshall con su personaje de Catita –en MUJERES QUE TRABAJAN (1939)-. Singerman se convertiría en la primera comediante disparatada y suntuosa que tuvo el cine nacional. Sus aventuras como integrantes de una high-class alocada y surrealista tiene su apoteosis en aquel mecanismo de relojería que filmó Enrique Santos Discépolo: CAPRICHOSA Y MILLONARIA (1940). Sobre Niní Marshall se ha hablado ya mucho. Se ha ganado no sólo la admiración de sus colegas sino también la de varias generaciones. No le faltan detractores, sin embargo. El hecho es que desde que comienza en 1939 es la única figura argentina que gana más dinero con contrato en tres productores: Lumiton y su personaje de Catita, EFA para Cándida y la ARGENTINA SONO FILM para Niní Reboredo o Martínez en los productos dirigidos por Luis César Amadori. No por eso abandonó la radio. Antes bien: en 1943 fue prohibida por “deformar el idioma castellano” y siguió solamente en cine hasta 1949, ya que cayó en lista negra por negarse a participar en los actos del primer peronismo.

 

ASÍ O DE OTRA MANERA

“La comedia, debemos admitirlo, nunca fue la más honorable de las Musas”, decía George Meredith en 1877. Y tampoco lo fue en el caso del cine argentino en sus primeros años. Obligados por el dispositivo genérico, los no muy abundantes realizadores se limitaban a fotografiar sin estilo alguno. Hay, a nuestro juicio, dos realizadores contrapuestos que tienen un estilo: Manuel Romero y Luis César Amadori antes de DIOS SE LO PAGUE (1948). Romero trataba de insertar pasos de comedia y lo hacía a tal punto que aún en un policial extremadamente violento como FUERA DE LA LEY (1937), tenemos ahí a Marcos Caplán y Marcelo Ruggero. Esta era una vieja regla de su teatro que él trasladó al cine. Dentro del elenco estable que formó en Lumiton se distinguen Sofía Bozán, Tito Lusiardo, Severo Fernández, Elena Lucena y hasta el todavía secundario Enrique Serrano. El estilo nervioso y de montaje crudo en los planos, los sintagmas descriptivos en las dedicadas al teatro de revistas, todo ello conformaba un mundo propicio para la comedia. No hay que olvidarse que sin Romero la suerte del personaje de Catita quedó sellada en cine y nunca pudo recuperarse. Habitualmente no se dice que sin este hombre aquellas comedias no hubieran existido porque ni siquiera la intervención de Marshall en los libros las hubiese salvado.

Los brulotes contra el cine romeriano fueron abundantes pero luego de varias décadas quienes habían trabajado con él, desde Pedro Marzialetti a Delia Garcés, convinieron en que existía un estilo inconfundible que trasladaba Buenos Aires a toda América y a España. Amadori, otro de los caídos en desgracia y a veces con razón luego de DIOS SE LO PAGUE, sabía cómo dirigir una comedia si se lo proponía. Arias, Sandrini, Marshall fueron servidos en bandeja de plata por la SONO a un público que saboreaba también los productos Romero. La diferencia fundamental reside en que Amadori no sólo se toma su tiempo sino que recurre a un cierto buen gusto que hoy día no se soporta demasiado –cfr. las parodias con Marshall-. Por otra parte, en el mundo amadoriano el dinero adquiere una importancia fundamental y es base de la (in)felicidad del capocómico de turno. Lo que no puede ni debe decirse es que Amadori no se esmerara por otorgarle a la comedia una jerarquía cinematográfica que los productores del momento no entendían porque no veían la necesidad de gastar en torno a una figura vendedora que provocara la sonrisa, la risa o la carcajada. Lo que en Romero abunda, el ritmo, en Amadori falta y esto es un elemento primordial para diferenciar a ambos.

Bayón Herrera en Establecimientos Filmadores Argentinos, EFA, se esmeraba bastante más en algunos melodramas –cfr. PASIÓN IMPOSIBLE (Bayón Herrera-1943)- que en las comedias donde dirigía a Olinda Bozán, Sandrini o a los dos juntos más Héctor Quintanilla. El universo visible corría por cuenta y riesgo de los actores. Un buen Sandrini como SECUESTRO SENSACIONAL!!! (Bayón Herrera-1942) dependía
exclusivamente del bufo y de quienes lo rodeaban, en especial Nelly Hering, Elsa O´Connor, Rafael Frontaura y un malvado elegante de opereta como Osvaldo Miranda. Siempre nos ha parecido que la señora Bozán, por ejemplo, merecía otros guiones y mejores realizadores. Por supuesto, esto podría repetirse hasta el cansancio con todos aquellos cuyo oficio era el de lograr la risa, la sonrisa o la carcajada. Cuando a Severo Fernández, por ejemplo, se le daba una oportunidad –LA LUZ DE UN FOSFORO (Leopoldo Torres Ríos-1940)- se caía en la cuenta de que en el personaje de Golito el actor era muy capaz de salirse de sus tipos habituales.

La pregunta que cabe hacer aquí es si ellos hubieran permitido otro envase que no fuera el habitual.. Alguien que no ha sido en absoluto estudiando en profundidad podría darnos una respuesta: se trata de Florencio Parravicini. A este hombre de extraña máscara –es, sin duda, el actor por excelencia y el tenebroso bufo de LOS INUTILES (Federico Fellini-1953) nos lo recuerda- la interesaba en especial el teatro en su variable jocosa y, en especial, la revista. Puesto a las órdenes de directores muy diferentes entre si su estilo cinematográfico –lo tenía- era invariable. Se vio a si mismo como un imitador de Emil Jannings –el de EL ANGEL AZUL (Joseph von Sternberg-1930)- en EL DIABLO CON FALDAS (1939) y les impuso a los Mentasti de la SONO a un hombre de teatro como director: Ivo Pelay. El producto, que hoy día merece una revisión, no resultó en boletería. Es probable que a la película la hubieran armado los técnicos porque Pelay nada sabía de cine. Ni antes ni después volvería a dirigir. El poder de Parravicini era por aquel entonces –y lo sería hasta su suicidio en 1941- de veras inusual. Sin embargo, en cine dejó apenas un puñado de películas –algunas ya en el período silente-. Pero era indudable que el medio no le interesaba sino como fuente de ingresos. Y lo propio ocurría con otra gente: cuando el diario Crítica informa sobre el golpe de Estado de 1930, en la sección espectáculos tenemos a Olinda Bozán peleando a brazo partido con Libertad Lamarque por una cuestión de cartel. Y, sin embargo, aunque la imagen en movimiento significara para la mayoría de ellos vacaciones bien pagas, los más conscientes, tal el caso Sandrini, no olvidarían jamás que la enorme popularidad que alcanzaron se la debían al cine y no al teatro.

 

CHAFALONIAS

La audiencia histórica no compraba comedias elegantes, tal como se había ratificado con varios ensayos como BUSCO UN MARIDO PARA MI MUJER (Arturo S Mom-1939) o UNA NOVIA EN APUROS (John Reinhardt-1942) –la novia era Eva Duarte aunque los asistentes a la fiesta la confundieran con Alicia Barrié- Francisco Mugica conoció un primer éxito con MARGARITA, ARMANDO Y SU PADRE (1939), basada en la obra original del por entonces exiliado en Argentina Enrique Jardiel Poncela. Sería este hombre quien comenzaría con una serie de productos a los que jamás se puede tildar de superficiales: sencillamente, encarnan el gusto de una época por determinadas y perimidas formas de vida. Cuando hoy día se lo descalifica de manera violenta, el hecho no puede menos que asombrarnos, en especial porque un investigador debe tener en cuenta que toda película tiene al espectador dibujado en el cuadro. Hasta los artefactos de Francis Ford Coppola lo poseen.

Los planos de situación de Mugica –la madre borda, la niña toca el piano, el hermano de la niña estudia, el padre entra a cuadro desde su oficina, etc.- pueden hoy día despertar una sonrisa despectiva. Es natural. Se trata de la burguesía del durazno en lata, aquella que había estado ligada en los años 30 a la industria agro-ganadera y que ignoraba o fingía ignorar lo que ocurría tanto en el país como en el mundo. Es verdad: Amadori también había intentado esta clase de comedias pero sin tomarse nada en serio: en su caso, el dinero estaba en el epicentro mismo de estos universos congelados. Para Mugica el dinero tiene el poder de ocultarse siempre detrás de alguna lágrima que derrama la niña que lee María –es Mirtha Legrand en LOS MARTES, ORQUÍDEAS (1941)-.

Decir que las comedias de Mugica son superficiales no explica, por ejemplo, por qué HE NACIDO EN BUENOS AIRES (1959) se transforma en uno de los éxitos de boletería de ese año y merece una segunda parte. Sencillamente, los sectores medios que habían apoyado el golpe de 1955 se engolosinaban ahora con ese pasado de esplendor que regresaba de la mano del democrático Arturo Frondizi. Que la gente que puebla el universo de Mugica es cordialmente peligrosa no lo discute nadie. Se trata de los aliados pobres de los verdaderos dueños del país. Por alguna razón, Mugica interrumpe estas quincallerías durante el peronismo. No, no está prohibido. En 1951 y cuando estrena LA PÍCARA CENICIENTA nadie se da por enterado, algo que sí ocurre con uno de sus dramas como RESCATE DE SANGRE (1952). Así y todo, es este realizador el que convierte en primeras figuras a Mirtha Legrand, Enrique Serrano, Silvana Roth o afianza las carreras de Pepe Iglesias o, ya a fines de los años 50, las de Gilda Lousek, Enzo Viena, Alberto Argibay y el memorable Santiago Arrieta de HE NACIDO EN BUENOS AIRES.

Si Mugica cree que basta un llamado telefónico para nombrar funcionario del gobierno a un ingenuo hombre de negocios interesado en la botánica, LA HIJA DEL MINISTRO, nos está diciendo gracias a Sixto Pondal Ríos y Nicolás Olivari que así se manejaban en política hacia 1943. Los dos guionistas mencionados se encuentran detrás del cine de Mugica y de ese mundo convenientemente simplificado para consumo de quienes aprovechaban las migajas del banquete hasta la llegada del peronismo. Eran los guionistas más caros y seguros hacedores de éxitos de boletería. Tanto el guión de LOS MARTES ORQUÌDEAS como el de ROMANCE MUSICAL (Ernesto Arancibia-1947) fueron comprados por compañías norteamericanas. ¿Por qué no? La absoluta inconsistencia híbrida de estos dos guiones hacía posible el milagro.

Que Carlos Schlieper los considerara en privado un par de mercachifles de baja estofa –según nos aclara su viuda, Nélida Romero- explica la diferencia abismal entre ambos realizadores. El director favorito de Schlieper en Argentina era Manuel Romero y lo era no sólo por el ritmo sino por la autenticidad. De esmerada educación internacional, amante de las operetas y, siempre según su viuda, hotentote en sus gustos, Schlieper iba a ser el destinado a poner sobre el tapete a los integrantes de la burguesía flor de ceibo que surgiera bajo el primer peronismo.

Formado en la EFA como asistente de dirección de Bayón Herrera, mujeriego empedernido y amante del buen vivir, un playboy de la época, este director comienza de manera tímida desempolvando a una dama cursi como Amanda Ledesma para otorgarle mediante la burla hacia su persona cinematográfica, un rasgo que hasta el momento no se le había conocido: el de la agresividad. Osvaldo Miranda, Adrián Cúneo, Héctor Quintanilla, Severo Fernández, Felisa Mary, Esteban Serrador ya eran actores de comedia, pero bajo la batuta de este director comenzaron a adquirir una nueva y eficaz manera de imprimir un giro implosivo a sus movimientos delante de la cámara.

Se encargó además de entregar por vez primera en EL RETRATO (1947) a la otra Mirtha Legrand, aprovechada luego por Daniel Tinayre en LA VENDEDORA DE FANTASIAS (1950)- Algunos de los mandamientos de Preston Sturges fueron cumplidos por Schlieper y a la perfección

1.Una chica hermosa es mejor que una fea
2.Una pierna es mejor que un brazo
3.Un dormitorio es mejor que un living
4.Una llegada es mejor que una salida
5.Un nacimiento es mejor que una muerte
6.Una persecución es mejor que una charla
7.Un perro es mejor que un paisaje
8.Un gatito es mejor que un perro
9.Un bebé es mejor que un gatito
10.Un beso es mejor que un bebé
11.Una caída es lo mejor de todo

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DOSSIER: Augusto Marcellino.

AUGUSTO MARCELLINO (1911-1970)

En el “Diccionario de Música Española e Hispanoamericana” (Madrid, Sociedad General de Autores y Compositores, 1999, 10 Vols.) no existe ninguna voz en el volumen correspondiente (n.7) dedicada a Augusto Marcellino, no obstante participar musicólogos destacados de Argentina, Uruguay y Chile en su construcción. Países, lo mismo que Brasil, a los que se halla vinculada la trayectoria artística de Marcellino. El dato revela que las más generosas intenciones transitan el camino del infierno. El caso de Marcellino no es menor dada su vinculación con Domingo Prat (*), Esteban Eitler, Juan Carlos Paz, la Agrupación Nueva Música y el mismo Heitor Villa-Lobos. Claro que el criterio de la nacionalidad contribuiría a lograr una posible explicación del desaguisado, pero no a justificarlo ya que Marcellino desarrolló lo principal de su carrera y su obra en la Argentina.

En cinco entregas sucesivas publicaremos su “Reformas a la notación musical aplicadas al Wiolâum” tal como ella ha llegado a nuestras manos, acompañado por la interpretación de 9 de sus composiciones (“choros”) ejecutadas por Lucila Saab aqui. De este modo rescatamos a un músico brasilero-argentino, negro para más datos, de quien casi nadie se ha ocupado en la historiografía musical de nuestro país o referida a el (**). Paradojalmente sus “choros” han formado parte de las performances de Silvia Costanzo (“Hispanoamérica”-1997, y 2006), David Hall (“Saudaçao”, 2000 versión con marimba), Gordon Scout (“Astral Projection”-2001 y 2009) y Naoko Takada (“choro n.1”- 2010, arr. G . Scout, versión con marimba).

Marcellino formó parte de una etapa de oro de la música argentina (los 40 y los 50) donde la vanguardia musical se instaló en un medio cuyas posibilidades creativas no se dejaban absorber completamente por la música clásica ni por la música de raíz folclórica. Su condición de extranjero y negro no impidió su desarrollo musical, ni su éxito, ni su calidad de vida. Su presencia en la prensa de la época destacan aquellos logros y especialmente su recolección de partituras de guitarra que formaron un acervo especializado nunca visto en el país. El devenir de Marcellino aún su muerte, alejada de la fama y en el olvido, habilita reflexiones varias sobre la producción cultural argentina, sobre sus formas de promoción, el rol de los investigadores, las cuestiones raciales, etc.
Destacamos aquí que Marcellino nunca se sintió segregado, por el contrario. Sobre este punto publicaremos sus reflexiones en una próxima entrega.

Junto con las producciones de Zenón Rolón éste será el aporte que desde El Escarmiento haremos a nuestro extraño “bicentenario”, contribuyendo al rescate de argentinos negros, vanguardistas en lo suyo en un campo nada fácil, adelantándonos a la previsible letanía sobre la “raza excluida”, lloriqueo que vendrá inevitablemente de la mano de antropólogos insolventes, extraviados y antropófagos.

d.a.

 

(*) Aquel maestro español de guitarra amigo del matrimonio de Juan Domingo Peron con la eximia guitarrista Aurelia Tizón.
(**) Una excepción es Néstor Guestrín: “Apuntes musicales”, en www.webspace.webring.com/people/mn/nestorguestrin/.../apuntes.pdf y en www.nestorguestrin.5v.com./sudamer/siete.pdf.

 

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En este momento, marzo de 2010, faltan pocos días para que se cumplan 40 años de la muerte de Augusto Marcellino. El hecho de que yo, su esposa, lo siga extrañando, tiene importancia sólo para mí. Pero hay otros hechos referidos a Marcellino que tal vez interesen a otras personas.

Su tarea de músico lo llevó a ser trompetista de jazz, concertista de guitarra, compositor de música brasileña, transcriptor de obras de compositores contemporáneos, y autor del libro “Reformas a la notación musical…”. Esto último era para él lo más importante.

Según decía, no había apuro en editarlo, porque era para dentro de doscientos años. (A mi me alegra mucho que eso suceda ahora, y yo pueda morirme tranquila sabiendo que no se perderá).

Mi opinión personal con respecto al libro por supuesto no es imparcial. Sí debo decir que desconfío de la capacidad humana para aceptar modificaciones en convenciones de escritura que se han usado durante cientos de años. Pero éstos son tiempos de cambios vertiginosos, en todos los órdenes, y tal vez la capacidad para aceptar las reformas sea en las nuevas generaciones mucho mayor de lo imaginado.

Con respecto a los choros que se han ido transmitiendo casi de persona a persona, puedo decir con alegría que se tocan en distintas partes del mundo, han sido transcriptos para marimba, grabado en más de una ocasión en Estados Unidos, tocados por intérpretes de distintos nacionalidades y son material de estudio en varias instituciones.
Me hace muy feliz saber que cumplen el destino de toda música que valga la pena: hacer más llevadera una vida que a veces cuesta vivir.

por Lucila Saab

 

AUGUSTO MARCELLINO: APUNTES AUTOBIOGRÁFICOS I(*)


Me llamo José Augusto Macellino.

Nací en Rezende, ciudad del Estado de Río de Janeiro, Brasil, hijo de Alejandro José y de María Jorgina do Rosario que a los cinco años se trasladaron al “Nucleo Colonial Monçao” hoy Iaras, Estado de Sao Paulo.

Desde mi primer infancia, estuve vehemente apasionado por la música: era para mí como algo etéreo sobrehumano.

Distinguía por intuición, pero claramente, sus elementos básicos: melodía, armonía, contrapunto etc.

Creía ingenuamente que todos debían pensar y sentir al respecto igual que yo; ilusión que se fue desvaneciendo con los años, pues la realidad es que -aparte los negados- cada cual tiene su manera de sentir e interpretar el divino arte.-

Ignoro si en mi familia haya habido músicos de nota. Mi padre era carpintero: como el padre de José Haydn el gran sinfonista, y como lo fue el padre de Jesucristo. Pero, como amateur tocaba con singular maestría tanto la “Sanfona” (acordeón), como la “viola” instrumento de cinco o más cuerdas dobles sin bordonas, de forma parecida a la guitarra común, usada por los “caipiras” (campesinos).

Mi madre tenía afición al canto en el que la favorecía una voz agradable y buena entonación.

El primer regalo de mi padre fue una trompeta de juguete; luego, a los doce años una guitarra que compró a un español, Pancho, que vivía en la “fazenda” del Doctor Quartim Barbosa, en la que mi padre construía una iglesia.

El mismo día, después del trabajo, un oficial de mi padre, Tancredo dos Santos, me enseñó tres posturas de un tono, que aprendí ipso-facto y practiqué durante las tres leguas de camino arenoso que recorrimos de vuelta al hogar. No negaré que el aprendizaje, aunque breve fue engorroso, pero en recompensa, puedo jactarme de que a la semana de empuñar la guitarra ejecutaba en ella todo el repertorio de la Banda del pueblo en que residíamos: Iara. Año 1922.

En el mismo año nos trasladamos a “Presidente Prudente”, ciudad del mismo Estado de Sao Paolo; en que enseguida me inscribí en las entonces llamadas “Escuelas Reunidas”. Mi profesora Doña María Ignez Bonatto Cepellos notando la facilidad con que yo aprendía Imnos y Canciones escolares me llevó al Rector, profesor Walfredo Arantes Caldas sosteniendo que por mis condiciones musicales sería un elemento útil para el éxito de la Banda de Infantería de Escoteros que se estaba por formar.

En la escuela antes nombrada un condiscípulo Luiz Gonzaga de Campos, menor que yo, me impresionó al verle que ya tocaba el Sax en la banda que dirigía el propio padre por lo que le pedí que me presentase a ese para que me enseñara a mí también, un instrumento.

“Hoy tenemos ensayo” - me contestó y me citó para poco antes de la hora. Acudí y fui presentado al padre. Este, el Maestro Campos, me acogió afectuosamente y en seguida me escribió la primera lección en un papel pentagramado encabezado por la conocida frase:

“La música es el arte de combinar los sonidos.”

Fue intensa la emoción que, en mi ingenuidad, probé, al verme tan bien acogido e instalado entre músicos.

Pero.... entre éstos, uno, que luego supe que tocaba de oído, tomó el papel, y sin considerar mi estado de ánimo me largó estos piropos: ¿Cómo, estás todavía en esto?... Qué atrasado!... Deja la música en paz etc...

Fue tal el bochorno que me causó, que sin tener en cuenta el tono chacoton de quién me hablaba me retiré, y no volví a presentarme ante el maestro ni a los músicos.

Pasaron casi dos años en que, pese mis tareas escolares, no decayó mi amor a la música la que cultivé en al guitarra y por encargo del mismo director de mi escuela dirigía como sobresaliente la referida Banda de Escoteros.-

Un buen día, 8 de noviembre de 1924 mi buen padre me presentó un violín hecho por él (!) que aun conservo, y cuyas proporciones y forma no le envidiaría a un Amati (digo yo) pero... ¡ay! las maderas no eran las que empleaba Stradwarius de ahí que el sonido no estaba a la altura de dichos Cremoneses.-

Estudié ocho días. Una tarde, 15 de noviembre, fiesta patria, pasando por el “Gremio”, Club de la aristocracia Prudentina oí tocar el violín. Quién lo hacía era un oficial del Ejército.

Aunque en el local había guitarras, no había quien pudiera acompañarle.

De pronto oí decir: “Mira, mira, ahí va un “menino” que toca muy bien la guitarra.- Si, confirmaron, es Marcelino”...

Entré, me presentaron y seguimos brindando música. Mientras, yo con solo 8 días de aprendizaje, me moría de ganas de mostrar mis habilidades, pero no me atrevía a pedir el instrumento. De repente un toque de “diana” y el teniente encerró el violín en el estuche y corrió a llamado.

Dado el estado de decaimiento en que quedó la reunión, yo me dirigía a la silla en que había quedado el instrumento, pero, no atinando a abrir el estuche, el buen destino quiso que estuviera en la reunión mi Maestra Doña Isaura Fernandez de Perrone que, más práctica que yo me ayudó.

Después de deslizar el arco sobre el encordado para asegurarme de la afinación, me brindé una sucesión de preludios técnicos, dejando estupefacto el auditorio, cuyos componentes no me escatimaron elogios.-.

Al día siguiente, en la escuela, la misma maestra repitió esas alabanzas ante los otros profesores, asombrándoles que en tan pocos días hubiera llegado a casi eclipsar en el violín a un distinguido militar que me había precedido.

En esos días se me ocurrió ir a un ensayo de otra banda particular que dirigía un Maestro Floriano, contrabajista. Este que ya me conocía y sabía que yo tocaba la corneta y tenía buen labio para los agudos, me propuso enseñarme un instrumento cromático. Ante mi estusiasta aceptación me entregó un sax todo embollado y sucio, en fin, de aspecto indescriptible de conservación, y en un papel me escribió una escala sobre la que me instruyó ordenándome de volver a los dos días para escucharla.
Llegué a mi casa con el sax y el papel. No comí, no dormí, ni, en la vecindad nadie ha de haber dormido.

A los dos días me presenté al maestro y le toqué la escala prescripta, la que mereció su entera aprobación; la que culminó al oírme aquel tocar de inmediato sambas, maxixes y marchas de moda en aquel entonces.

El maestro solo atinó a exclamar.
“¡Qué coisa fenomenal! ¡Nunca vi coisa assim!” y corrió en busca de una trompeta, me la entregó y me ofreció.

“Ahora te voy a enseñar música de verdad -dijo-. Reproduzco aquí la lección de solfeo, única que he recibido, la que me explicó con solo el auxilio de las notaciones gráficas.

La semibreve ( o ) vale 4 tiempos
La mínima (d ) vale 2 tiempos
La semínima (p ) vale 1 tiempo

Luego me dijo: Bien, pasamos ahora a tocar, tengas el pistón y con el resto de la banda ensayemos la sinfonía de “Guarany”.Pues bien, las tres figuras antes dicha comprende todo lo que yo estudié didácticamente respecto a división de tiempo. Y son un recuerdo afectuoso hacia mi buen maestro Floriano.-.

Pero, y pese a mi buen oído, no me había de quedar en eso, tocando de puro pálpito; con lo que a cada pieza nueva tenía que aguantar la amigables “cachaditas” de mis colegas, las que maldita gracia que me hacían.

Se me ocurrió entonces una solución luminosa... Conseguí las impresiones de varias melodías que ya sabía de memoria y canturriándolas seguía simultáneamente la hoja fijándome en la representación gráfica del valor rítmico de frases, periodos silenciosos etc. y así me compenetré hasta dominar la clave de la división del tiempo; con lo que tuve de nuevo éxito de sorpresa tanto a maestro como a mis compañeros de atril y las “cachaditas” desaparecieron.
“Ride ben chi ride l´ultimo.

Por el año 1925 la empresa Cinematográfica de Joao Gomes traía el maestro Francisco Basalglia, distinguido director de orquesta el que contratado luego por la municipalidad Prudentina fundó la Corporación Santa Cecilia nombrándome trompeta solista de la banda respectiva y notando mis dotes musicales quiso usar de sus influencias en el Conservatorio de Milán, para que, con una beca oficial podía perfeccionar mis estudios en aquella ciudad. Único hijo y comprendiendo demasiado que al separarme de mi madre para tan lejos hubiera sido muy duro sobre todo para ella, desistí aprovechar esa oportunidad.

El año siguiente, 1926, fui a San Pablo para iniciarme como profesional y emanciparme. Pero, falto de relaciones y de experiencia, pasé un mes sin destino y me encontraba ya empeñado en el hotel. Pero una buena estrella quiso que mientras miraba la cartelera del circo “Alcibíades” mi colega Edmundo do Nascimiento de Abreu con el que había intimado en mi ciudad, me saludó y previamente se alegró de que estuviera disponible, ofreciéndome relevar(lo) de su puesto en ese Circo, teniendo que irse al interior. Me presentó al maestro en vista de mi apremio, se sanaron dificultades y pude debutar como trompetista a los tres días en la banda del circo. Para mayor ventura unos músicos me ofrecieron hospitalidad en su habitación: Un local de 4 x 4 en que nos refugiábamos diecinueve co-inquilinos. Dejo al lector imaginar la pintoresca tranquilidad de que disfrutábamos todos.

A los tres meses, sentí nostalgia de mi terruño y volví. Siendo contratado por una empresa de cine de Santo Anastacio, localidad vecina.

Eramos tres: un violinista, Aymoré Brasil, un baterista, Eduardo Araujo, y yo para tocar el instrumento que hiciera falta.

Después de un tiempo se fue el violinista por lo que Desfalcado el trío la única solución seria un piano. Pero faltaba el pianista: el empresario señor Nicolino Rinaldi me abordó:
-Señor Marcelino, como “hombre orquesta” que es no le ha de tener miedo a un piano.- Le contesté que nunca me la había visto tan gordas pero que lo trajera no más y me arreglaría.

Un día, lunes, el piano estaba en la estación y el jueves había que tocar en la función. Entre el martes y el miércoles, en dos días, preparé un programa y me aprendí dos marchas, para overtura, y ocho para el desarrollo de la película.

Para reclame ese día recorrió las calles un camión con cohetes y morteros anunciando el estreno del piano.

Hecho tan extraordinario motivó que apareciera en la boletería el tan deseable cartelito “no hay más localidades”.

Con semejante bombo, y yo con solo dos días de aprendizaje, el que me sacó de apuro -aunque parezca increíble- fue mi único acompañante el baterista que a golpes, bombazos y platillazos llenaba los claros e inseguridades de mi técnica improvisada.
Un éxito ¡felicitaciones de la empresa y en fin un pianista consagrado en dos días... E tutti contenti!

Tuve si una recompensa más noble:

Estando en mi ciudad en casa de un antiguo amigo, José Seppa violinista, con quien habíamos tocado juntos y tenía un piano; sorprendido éste de que yo fuera también pianista mandó llamar a mi madre, esta llegó mientras yo tocaba y su sorpresa la emocionó tanto que inclinando su venerable cabeza sobre el instrumento llorando exclamó ¿Cómo es posible? Si esta criatura nunca estudió; ¿Cómo puede hacer esto?

En el año 1928 volví a actuar en San Pablo, ya con más fijeza.

Lo único no fijo era el instrumento con que debía actuar al día siguiente.

Fuera un Director, un empresario o un organizador de bailes arreglábamos los honorarios, día, hora etc. al final se me ocurría (a mí, que no a él) preguntar ¿y? Con que instrumento me toca actuar?

Fuera pistón, piano, guitarra, violín, saxofano, clarinete, cavaquinho, flauta, trombon a vara etc.

Con cualquier contestación agarraba viaje.

(*) En la transcripción nos hemos limitado a corregir algunos errores tipográficos y alguna incongruencia gramatical, dejando en pie la particular dicción brasilera-argentina de Marcellino que le confiere un sabor especial a la rememoración de esta primera etapa de su vida (N. del E.)

 

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¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO? El cine hispano desde la loca Juana hasta el follametín y la digitalia

La presencia de la dupla Aurora Bautista-Juan de Orduña era infaltable en las parroquias de los años 50. Aquellos melodramas del franquismo más craso recorrieron un largo camino. LOCURA DE AMOR (1948), AGUSTINA DE ARAGÓN (1950) y PEQUEÑECES (1950) sacudieron el letargo de la común españolada con andaluces que rompían los pisos y gorjeantes damas de pasodobles ya olvidados.

En 1957 el mismo Orduña relanzó a Sara Montiel en EL ÚLTIMO CUPLÉ que significó otro gran éxito industrial. Había una serie de nombres y rostros que nos eran conocidos: Fernando Rey, Jorge Mistral, Alfredo Landa, Alfredo Mayo, Emma Penella y según la programación del cine Rossini en Bahía Blanca, también Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, los de ESA PAREJA FELIZ (1953).

Por esa misma época se estrenaba en cines de primera línea BIENVENIDO MISTER MARSHALL de Berlanga y también LA MUERTE DE UN CICLISTA de Bardem. En el Rossini se dedicaban a Manuel Mur Oti y a CIELO NEGRO (1951), o aquellos viernes por la noche deslizaban SURCOS (1951) de José Antonio Nieves Conde. Pero nada igualaba el éxito de MARCELINO, PAN Y VINO (1954) de Ladislao Vajda y, menos aún, a la coloreada coproducción VIOLETAS IMPERIALES (1952), algo así como una opereta dirigida por el austríaco Richard Pottier y con la fulminante pareja Carmen Sevilla-Luis Mariano. Las violetas anduvieron casi dos años en el cine Gloria de Bahía Blanca.

Muchos años más tarde –fade out- nos enteramos de las conversaciones de Salamanca, ocurridas en mayo de 1955. A instancias de Basilio Martín Patiño –según algunas fuentes-, varias generaciones de cineastas, guionistas y actores se reunieron en aquella ciudad con loable propósito: darle una nueva fisonomía al cine hispano. De entre los invitados extranjeros, el gobierno de Franco impidió la entrada de Georges Sadoul y de Cesare Zavattini, aunque asistió el portugués Manoel de Oliveira y por Cahiers du cinema Jacques Doniol-Valcroze. Se dictaminó que el cine español era “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo e industrialmente raquítico”. Nadie duda de que lo proclamado allí fuera cierto. Sin embargo, se trató de un viaje a ninguna parte más allá de ciertas discusiones teóricas. Participó también en Salamanca el actor y realizador Fernando Fernán-Gómez, alguien a quien no se ha tenido en cuenta en Argentina en su tarea como director y valdría la pena revisar algunas de sus obras –cfr. LA VIDA POR DELANTE (1958) o la muy curiosa y nada vista aquí EL EXTRAÑO VIAJE (1964)-.

 

¿QUIÉN ME QUIERE A MÍ?

En Argentina y fuera de los artefactos muy publicitados, el público fue siempre reacio al cine hispano. Es verdad que los conocedores alabaron la entrada en escena de Carlos Saura con LOS GOLFOS en 1959 y que, a partir de LA CAZA en 1965 se transformaría en un realizador de moda en Buenos Aires. Saura, como todos los compañeros de su generación, había estudiado en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas –el ILEC-.

¿Y quiénes eran sus compañeros de generación? El año de estreno de LA CAZA hubo un ciclo organizado por la Embajada de España en el cine Arte de Buenos Aires. Allí se exhibió LA TÍA TULA de Miguel Picazo, la que tal vez pueda considerarse una de las mejores películas españolas de todos los tiempos. No fue estrenada en Argentina. El texto de Miguel de Unamuno había dado paso a un guión en el que se ponían de relieve tanto la frustración como las perversiones de una solterona de provincias -Aurora Bautista consiguió hacer morder el polvo a quienes la habían denostado-. Era una ópera prima declarada de interés nacional por el gobierno español, aunque Picazo tuvo que luchar a brazo partido con la censura.

Los realizadores nacidos alrededor de 1930 –José Luis Borau, Julio Diamante, Angelino Fons, Manuel Summers además de los mencionados Martín Patiño y Picazo- no pecan por exceso de filmografía. Si hay que hablar de excepciones hay que buscarlas por el lado de Carlos Saura pero ya en los años 70 y con el final del franquismo. Además de Saura, aquí en Argentina Summers consiguió cierta repercusión con DEL ROSA AL AMARILLO (1963) y muy especialmente con ADIOS CIGÜEÑA, ADIOS (1971). El errático Mario Camus tuvo sus incursiones con Rafael y Sara Montiel luego de haber entregado obras valiosas como LOS FARSANTES (1962) y YOUNG SÁNCHEZ (1963). Sería el propio Camus quien rodaría no sólo y para TV FORTUNATA Y JACINTA (1977) sino ya en 1984 LOS SANTOS INOCENTES, a la que se considera una de las películas más taquilleras del cine hispano. Disparen sobre Camus es en España un deporte nacional,

En ocasiones, tal como ocurrió con CANCIONES PARA DESPUÈS DE UNA GUERRA (1971), de Martín Patiño, las películas no podían estrenarse. En el caso de este documental, hubo que aguardar hasta la muerte del generalísimo. El realizador cierra el film con las imágenes de un NO DO en el que vemos a un querubín que se transformaría en el heredero de Franco, es decir, el rey Juan Carlos. Cuando el artefacto se conoció, el Opus Dei y el pacto conseguido en el Palacio de la Montcloa –octubre de 1977- ya eran hechos. España marchaba hacia su prestigioso destino actual.

La desconfianza de los distribuidores en Argentina con respecto al cine hispano logró que films trascendentales como FURTIVOS (1975) de José Luis Borau fuera arrojado a un sótano de Florida casi Viamonte, allí donde fueran a parar DELIVERANCE, MÉXICO LA REVOLUCIÓN CONGELADA y sigue la lista. Si hasta los años 80 en el Avenida podíamos volver a revisar LOCURA DE AMOR (Juan de Orduña-1948), salvo dos o tres nombres el resto de los hispanos seguía en el anonimato.

De los integrantes de esta generación, muy mal conocidos en Argentina con la excepción de Saura, Martín Patiño se estrelló en 2002 con OCTAVIA, con el protagonismo absoluto de Miguel Ángel Solá y la indignación de no pocos espectadores. El desorden expositivo es intolerable. Hasta el momento, Picazo entregó en 1985 una valiosa EXTRAMUROS, en donde el convento de monjas funciona como una metáfora de la España post Montcloa. Incidentalmente, tanto en OCTAVIA como en EXTRAMUROS se encuentra la imbatible Aurora Bautista y en la de Picazo la fotografía de Teo Escamilla y la puesta en escena merecerían haber sido vistas en Argentina.

 

LA COLMENA

Cuando en 1974 se estrena en Buenos Aires EL ESPÍRITU DE LA COLMENA (1973) de Víctor Érice, se transforma en un considerable éxito de público, algo que no había ocurrido en España. Para ese entonces algunos films de los integrantes de la Tercera Vía –las obras costumbristas y redundantes del final del franquismo- conseguían algunos adeptos. Tal el caso de EL AMOR DEL CAPITÁN BRANDO (1974) de Jaime de Armiñán, NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTÉ SOLO (1973) de Pedro Olea o LAS LARGAS VACACIONES DEL 36 (1976) de Jaime Camino. Pero la situación política de Argentina iba a transformarse en una pesadilla y ni siquiera el denominado realismo hispano iba a tener consecuentes espectadores.

Recordamos cortes de la censura argentina impuestos a películas donde figuraban ciertos actores argentinos exiliados en España, como Héctor Alterio o Norman Briski.

Un párrafo especial merece Berlanga, de quien LA ESCOPETA NACIONAL (1978) se convirtió aquí en un éxito mayúsculo, así como también PATRIMONIO NACIONAL (1980). Este hombre ya nada joven se daba el gusto de burlarse de la España que estaba viendo y lo hacía a la manera de los esperpentos, un género caro a los hispanos. Su otrora compañero, Bardem, se había suicidado cinematográficamente hablando con un VARIETÉ (1971), un artefacto protagonizado por Sara Montiel y remake de aquella entrañable opera prima llamada CÓMICOS (1954). Pero Bardem-Berlanga ya eran historia resabiada aunque sin pólvora.

Como Víctor Érice, Jaime Chávarri es otro de los nacidos en los años 40. La primera película de este hombre conocida en Argentina fue EL DESENCANTO (1976), estrenada con excelentes críticas pero con muy escaso público. Este documental sobre la familia del poeta oficial del franquismo, Leopoldo Panero, es un testimonio que merecería ser revisado. Porque los tres hijos y la mujer del muerto ponen sobre el tapete la situación de un intelectual, cualquier intelectual, que se compromete políticamente. Un proyecto más ambicioso como A UN DIOS DESCONOCIDO (1977) no se estrenó en Argentina, no sólo por su temática homosexual sino también porque estaba protagonizada por Héctor Alterio. A UN DIOS DESCONOCIDO excede la mera fritura gay para internarse por una Andalucía lorquiana y sensual con el objeto de demostrar la absoluta soledad del protagonista, un mago ya maduro en pareja con un bisexual dado a la política y cuidando su buen nombre.

Que Chávarri aceptara luego LAS COSAS DEL QUERER (1989), una españolada puesta-al-día y que le había sido ofrecida a José Luis Boreau, habla a las claras de lo que ocurre cuando la gente quiere vivir del cine y no para el cine. Gran éxito en Argentina, tarareo de canciones que venían desde los años 30 como si fueran nuevas, una segunda parte rodada aquí con estrepitoso fracaso y pase de Chávarri a la televisión., medio que no le era desconocido. De los nacidos en los años 40 tan sólo Víctor Erice parecería mantenerse empecinadamente fiel a si mismo. Tanto EL SUR (1983), que se estrenara con suerte en Buenos Aires, como el documental EL SOL DEL MEMBRILLO (1992), que se vio aquí por TV, lo transforman en el creador por excelencia de la España postfranquista. Y nos atreveríamos a decir que el público argentino supo apreciar a Érice en un grado superior al hispano. En Buenos Aires, no sólo los intelectuales cinéfilos gozaron con su cine.

 

A MÍ, LA LEGIÓN

El extraordinario suceso de MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS (1988) puso de moda en Buenos Aires al desenfadado Pedro Almodóvar y a su productora EL DESEO. Lejos estaban los tiempos de Elías Querejeta, un productor clave del cine de transición y postfranquista. Ríos de tinta, libros, simposios, sesudos estudios para justificar lo que no es más que el pase de España al Mercado Común Europeo en clave cómica. La otrora desenfrenada pasión andaluza, manchega o como se quiera del antiguo cine hispano se viste ahora con el ropaje de la frivolidad. No obstante, en sus mejores momentos, Almodóvar demuestra ser capaz de crear películas sólidas, tal como ocurre con LA FLOR DE MI SECRETO (1995) o de HABLE CON ELLA (2002).

Lo que nos choca de la corriente almodovariana -hay varios realizadores metidos en ella- es el ofrecernos a una España sofisticada con señoritas muy bien vestidas y ambientes impecables. Las antiguas aspiraciones de los protagonistas de EL PISITO (1958) y EL COCHECITO (1960), ambas de Marco Ferreri pero con guión del logroñense Rafael Azcona parecerían haberse hecho realidad. Esta vertiente del ahora alicaído cine hispano nos muestra a seres hundidos en una alienación afectiva a la que han llegado luego de obtener un máximo grado de consumo. Consumo de sexo, consumo de drogas, consumo de los desechos de una España adormecida a fuerza de glotonería. Y, hay que decirlo, la sofisticación no les sienta a los hispanos de ninguna región. No son en exceso refinados.

Con Almodóvar en plena decadencia, al menos por el momento, el que ha hecho un buen negocio es el chileno Alejandro Amenábar –nació en Santiago de Chile y llegó a España cuando tenía apenas un año-.

Que su cine se deja ver es un hecho conocido y que se lo olvida casi inmediatamente luego de haberlo visto también. Amenábar consiguió algo a lo que, de manera auténtica, Almodóvar se había negado siempre: trabajar con Hollywood, tal como ocurre en LOS OTROS (2001). Las escuelas de cine de Buenos Aires están llenas de estudiantes que sueñan con rodar algo parecido a TESIS (1998) como si ésta fuera una maravilla cuando es una película de entretenimiento común y corriente. Que los hispanos tienen dinero, nadie lo niega y que intentan que su cine trascienda las fronteras tampoco. Ahora que suponer que Amenábar aporta algo mínimamente novedoso ya es mucho pedir.

La imposición en el mercado internacional de gente como Antonio Banderas, Javier Bárdem, Penélope Cruz et al no nos interesa demasiado. Por el contrario, habla a las claras de una venta de carne nada trémula para consumo de los espectadores del pochocho. Y si en algún momento Almodóvar llegó a interesarnos, con el señor Amenábar no nos ocurre lo mismo. Hay todo un mapa del cine de ese país y es necesario recorrerlo para darse cuenta de las falacias y de las mixtificaciones. Y que otros hablen de Bigas Luna o del comic en digital llamado LA GRAN AVENTURA DE MORTADELO Y FILEMÓN (2003) de los hermanos Fesser, algo que seguramente jamás se verá en salas en Argentina.

Que el postmodernismo resulte indigesto en un país subdesarrollado como el nuestro es comprensible. Que el vacío absoluto y la tontería vacua disfrazada del No te pierdas amor mío hayan cuajado en España para ofrecer una pasión turca nos parece algo ligeramente deleznable. Hay quejas: el público ibérico no va al cine a verse. Y lo que contemplamos nosotros habitualmente a través de Europa, Europa llegado desde la ex patria de Buñuel nos habla de gente que quiere preservar su salud mental. Y a ver esas coproducciones hispano argentinas. Buen provecho.

 

 

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La iniciación literaria de Julio Cortázar, más allá de Borges y Marechal (Segunda y última parte)

En su estudio Théories du symbole, Tzvetan Todorov forma una cadena desde el romanticismo hasta el simbolismo respecto del lenguaje poético y el valor asignado a lo simbólico que incluye a Novalis-Coleridge-Poe-Baudelaire-Mallarmé (Todorov, 1978: 340). Me permitiría cerrar esa serie con Valéry. El símbolo remite a un referente reconocible dentro de un paradigma reconocible, por senderos claramente intelectuales. Dice Le Guern en su trabajo sobre La metáfora y la metonimia: “Por oposición a la imagen simbólica, que es necesariamente intelectualizada, a la imagen metafórica le será suficiente con impresionar la imaginación o a la sensibilidad” (Le Guern, 1976:49). Reconoce la exigencia conceptual del símbolo, que comparto, pero es su transparencia intelectual lo que opondría a las ambigüedades de la metáfora. El símbolo acepta traducciones más o menos rápidas que son imposibles frente a la indecibilidad metafórica.

De ahí podemos inferir que para Borges los símbolos son verdaderos (intelectuales, racionales) y las metáforas falsas, también porque sólo la actividad interpretativa del lector las confirma y comprende. Y esta sospecha me lleva a otra, no demasiado tenida en cuenta cuando se habla de este escritor: su desconfianza hacia el lector. No es casual que en muchos cuentos y aun poemas reclame del otro lado a un individuo selecto, a un grupo escogido. No es casual que haya rehecho salvajemente su producción poética de los años 20: del original de su poema El sur, sólo se conserva el título en las Obras completas, mientras que otros han sido drásticamente eliminados o corregidos, y ha escamoteado tres libros de artículos ensayísticos a esas incompletas Obras completas. ¿No implica eso una actitud literariamente autoritaria?

Su viuda lo traicionó “desinteresadamente” cuando hace unos años los reeditó, con una insólita faja que decía “inéditos”. Pero quiero volver a los títulos eminentemente satíricos que escribió en colaboración con Bioy, desde Seis problemas para don Isidro Parodi (1942). De ese conjunto selecciono dos cuentos: La fiesta del monstruo, fechado en Pujato y en 1947, y publicado -como El hijo de su amigo, de 1950- en Montevideo, porque ambos aludían de una u otra manera a la sociedad argentina durante el primer peronismo.

Lo que me interesa de ambos es que intentan ridiculizar el habla porteña de los sectores populares, con rasgos y tics que se reiteran, mediante monólogos, con un alocutorio identificado en la primera oración (Nelly en uno, Ustáriz en el otro). La sátira apunta sobre todo contra la malversación lingüística del que habla: mala pronunciación de ciertas palabras, defectos o incongruencias gramaticales, voces vulgares o lunfardas y palabras inadecuadas, italianismos, frases hechas o refranes -no siempre reproducidos con éxito-, anfibologías, etc.

El resultado es una jerga amorfa, italianizada más que de provincia, lo cual deja sospechar que para el autor todavía la vieja inmigración maleducada y que se acriolló maleva compone las huestes peronistas. Ambos hablantes cuentan sin mosquearse sus inmoralidades: uno extorsionó hasta el suicidio al hijo de quien le salvara la vida – de ahí el título- y se quedó con su novia. El que cuenta la reunión política, al parecer de profesión colectivero (Nelly, empleada, le hizo un regalo en el día correspondiente), reitera que durante el viaje varios participantes, incluido él mismo, intentaron desertar. Ni símbolo, ni metáfora, su relato tiene una mera finalidad panfletaria, señalar que los asistentes acuden obligados a la plaza.

En el trayecto desde el sur, el monologuista y sus compañeros forzados cometieron varios desmanes, cuya culminación es el crimen de un judío, descrito como intelectual: “un miserable cuatro ojos, sin la musculatura del deportivo” (Borges, 1986:100), porque le exigen que salude con respeto la figura del Monstruo y se niega. Además, muere lapidado y ése sería un indicio de que los sucesos no apuntan sólo a lo cercano y actual, que la poética borgiana exorcizara, porque la lapidación es el método tal vez más antiguo para castigar heterodoxias. Así, la oposición semianalfabeto vs. educado u hombres de acción vs. letrado remite a un paradigma arquetípico.

Cuando ya había desplegado los principales formantes de su propia poética, que pretendía ser puramente literaria y recaía sin embargo en guiños satíricos, Borges necesitó escribir estos textos que cierran una etapa de la literatura argentina. Por la condición de los participantes, por su habla deficitaria, por las acciones que incluyen, nos reenvían a la década de 1830. A La refalosa de Hilario Ascasubi y a El matadero de Esteban Echeverría. En éste, los matarifes inmolan a un unitario bien vestido, así como los “muchachos peronistas” de La fiesta del monstruo al israelita con aspecto de lector.

No comparto la opinión de David Viñas y Ricardo Piglia en el sentido de que ese texto y un crimen fundaron la literatura nacional. Entre otras cosas, porque significa olvidarse de la poesía gauchesca anterior. Y que ella fue resultado de un pacto democrático entre la voz del escritor y la del hablante gaucho, una estilización (desde el empleo del verso, obviamente) de la forma como hablaban los sectores más humildes pero más comprometidos de la Banda Oriental, con una revolución que sería traicionada desde Buenos Aires. Esa literatura de base folklórica y oral no prosperó, se hundió junto con el proyecto verdaderamente democrático del caudillo José Gervasio de Artigas.

Julio Cortázar, que reconoció siempre su admiración por el rigor borgiano, no cabe en los límites de aquella poética, tan bien definida en el Prólogo de 1940, y menos aún en los excesos satíricos de la pareja Borges-Bioy. Su poética parte de algunos presupuestos comunes con el fantástico borgiano (revisar entre sus primeros cuentos publicados, La bruja o Una voz en el teléfono) pero pronto adhiere a otros formantes de vanguardia que Borges había rechazado, por “irracionales”. De todas maneras, nunca polemizó con él, pero sí con algunos otros intelectuales de la revista Sur, como en seguida veremos.

Mencioné al comienzo los sonetos de Presencia, cuyo respeto supremo por la musicalidad recuerda a Mallarmé y, por tanto, a la tradición literaria simbolista y esteticista que Borges también adoptara. Pero, en muy poco tiempo, Cortázar advierte las limitaciones de ese camino. Por ejemplo en su primer artículo crítico, dedicado a Rimbaud en la revista Huella, 1941. Esa revista junto a Canto encabezó el movimiento poético neorromántico del 40, al cual el joven Cortázar se acercara. Sostiene allí que tanto Mallarmé como Rimbaud buscaron “romper los cuadros lógicos de nuestra inaceptable realidad”, pero el primero, obsesionado por el rigor formal, “cayó en el total hermetismo”, mientas que Rimbaud optó por “el desatarse total del ser” como una manera de reaccionar contra “la existencia burguesa que se ve obligado a soportar”.

Relaciona entonces, como una parte de la crítica literaria francesa ya lo había hecho, a Rimbaud con el surrealismo, a partir de la Lettre du Voyant , y otorga a ese movimiento la revolucionaria creencia de que “órdenes inconscientes, categorías abisales del ser, rigen y condicionan la Poesía”. O sea que, prácticamente desde su iniciación teórica, Cortázar se incluye en una continuidad romántico-surrealista que lo aleja de aquel retorno al “orden” que, como dije al comienzo, Borges y Marechal cumplieron, cada uno a su manera.

El parámetro siguiente para medir su elección son los 42 breves comentarios bibliográficos enviados a la revista Cabalgata entre noviembre de 1947 y abril de 1948. En el n. 18, último en que colabora, hay una reseña de la novela Sin embargo Juan vivía de Alberto Vanasco. Le señala ante todo descuidos verbales, falso humor, escaso “compromiso personal” en la construcción narrativa. Pero es un indicio de que “empezamos a salir del pozo romántico-realista-naturalista-verista”, con los escasos antecedentes de Macedonio Fernández, Borges y Juan Filloy.

“Si algunos ven en el surrealismo la ruta necesaria, Vanasco se planta en un sincretismo donde Ramón, Lewis Carroll, Kafka … no le impiden jamás ser él mismo en la síntesis del libro. Una sola cosa falta en su obra y es carga poética…” (Alazraki, 1980: 293). Por lo que dice allí, su iniciación neorromántica ha quedado atrás y piensa más en la narrativa que en la poesía. Pero en una narrativa que integre los hallazgos de la poesía vanguardista. Una transfusión que le falta a Vanasco, pero no –acoto por mi cuenta- a otros escritores latinoamericanos de ese momento, como el guatemalteco Miguel Angel Asturias de El señor presidente (1946) o el mexicano Agustín Yañez de Al filo del agua (1947).

En el artículo Situación de la novela (Cuadernos Americanos, a. IX, n. 4, 1950) Cortázar enfatiza hacia el final eso mismo, “la vía poética de acceso” a la condición humana, tal como hicieran Holderlin en Hyperion y Nerval en Aurelia , pero precisa que dicha poesía deberá tener raíz surrealista. No es, pues, la escritura artística de los hermanos Goncourt, sino lo poético que predomina en el lenguaje del Ulysses joyceano, en Naissance de l’ Odysée de Jean Giono, en Les enfants terribles de Cocteau, en Gabriel Miró y en Don Segundo Sombra.

En los años siguientes, hasta 1953, Cortázar colabora en Sur y en Realidad. Revista de Ideas, que dirigía Francisco Romero. Curiosamente, desde aquí polemiza con algunos integrantes del grupo Sur. Ejemplo, Un cadáver viviente, especie de advertencia contra quienes consideraban que la experiencia surrealista era algo concluido: “Cuidado, señores, al inclinaros sobre la fosa para decirle hipócritamente adiós; él está detrás vuestro y su alegre, necesario empujón inesperado, puede lanzaros dentro, a conocer de veras esa tierra que odiáis a fuerza de ser, a fuerza de estar muertos en un mundo que ya no cuenta con vosotros” (Realidad. Revista de Ideas, Buenos Aires, vol. V, n. 15, mayo-junio 1949).

Unos meses después, Irracionalismo y eficacia, publicado en el número doble 17-18 de la misma revista, es una fuerte respuesta a Guillermo de Torre, ex ultraísta, secretario de redacción en Sur y propenso a confundir irracionalismo literario o filosófico con fascismo. En defensa ahora del existencialismo, una vertiente a la que también adhiere con entusiasmo, Cortázar comienza por aclarar que lo irracional abarca “lo inconsciente y lo subconsciente, los instintos, la entera orquesta de las sensaciones, los sentimientos y las pasiones –con su cima especialísima, le fe, y su cinematógrafo, los sueños- y, en general, los movimientos primigenios del espíritu humano, así como la aptitud intuitiva y su proyección en el tipo de conocimiento que le es propio” (Cortázar, 1949: 251).

Su conclusión no es menos certera: “Llevará tiempo comprender que el existencialismo no traiciona a Occidente, sino que procura rescatarlo de un trágico desequilibrio en la fundamentación metafísica de su historia, dando a lo irracional su puesto necesario en una humanidad desconcertada por el estrepitoso fracaso del ‘progreso’ según la razón” (Cortázar, 1949: 259). Las diferencias no son exclusivamente teóricas. En Los anales de Buenos Aires, que dirigía Borges, aparecen Casa tomada (n. 11, diciembre de 1946) y Bestiario (n. 18-19, agosto-septiembre de 1947). Pero también La casa de Asterión (n. 15-16, mayo-junio de 1947) de Borges y un fragmento del poema dramático Los Reyes (n. 20-21-22, octubre-diciembre de 1947) de Cortázar.

Interesante confrontar estos dos últimos textos, porque implican actitudes divergentes frente al mito clásico. La casa de Asterión es un típico acertijo neobarroco, donde el lector educado debe pasar la prueba de ir reconociendo que se le está recontando la historia del laberinto y del Minotauro, para lo cual se le van sugiriendo una serie de indicios. Los Reyes, en cambio, reescribe el triángulo amoroso entre Teseo, Ariadna y el Minotauro que tratara poco antes Gide en Thésée (1946).

Borges halla en el laberinto, sabemos, una manera de imponerle orden al caos. Cortázar, el bastidor para desplegar una metáfora de lo monstruoso o perverso que amenaza desde los sueños, pero también Minos es un gobernante que atemoriza a sus gobernados y el Minotauro un poeta enfrentado con ese poder: debajo del esteticismo, dice Jaime Alazraki, uno de los más constantes estudiosos de Cortázar, “hay una clara reflexión política” (Alazraki, 1994: 55). Comparto que hay un estrato político en la significación, pero no le otorgaría carácter reflexivo sino metafórico. Y estas metáforas, aclaro, no pertenecen al discurso, aunque también allí las hay, sino a la sintaxis narrativa, cuyo espesor atraviesan verticalmente.

Con el lenguaje de Los Reyes el autor estaba luego muy disconforme, según las explicaciones que le da a Luis Mario Schneider, en 1963: “La gran lección de Borges es el rigor, no su temática, que tan poco interesante les resulta ya a los jóvenes iracundos. En cuanto a mí, busco mi propio estilo con la misma voluntad de rigor, aunque mis caminos sean muy diferentes a los borgianos. En Los Reyes me despedí lujosamente de un lenguaje estetizante, que me hubiera ahogado en terciopelo y pluscuamperfectos. En los cuentos que siguieron, escribí argentino…”

De paso, esa confesión me anima a proseguir trabajando tales diferencias, señaladas ya por algún otro crítico (en una bibliografía tan vasta e internacional como la dedicada a estos autores, uno puede ofrecer opiniones ajenas como propias sin saberlo) también especialista en Cortázar, como Saúl Yurkievich (Yurkievich, 1987: 71-82).

Comparto con él que frente a la “impasibilidad clásica” y el “repertorio simbólico” de Borges, Cortázar encarnó una “apertura hacia regiones inexploradas” (Yurkievich, 1987: 68), pero no aclara el papel decisivo de lo metafórico en tal apertura. Entiende, además, que sus cuentos no participaron en igual medida que sus novelas de tal innovación y que en ellos el formante político “escasea” (Yurkievich, 1987: 59), cuando para mí es una napa inexcusable de la significación en casi todos los que forman parte de Bestiario.

Circe sería una buena muestra de esa nacionalización verbal del mito clásico y un ejemplo de asimilación que sólo se apoya en ciertos sentidos del personaje o de la anécdota proveniente de la Odisea para expandirla metafóricamente. Sin poner a prueba la educación del lector, el título nos brinda ya la filiación de la protagonista femenina, Delia Mañara, cuya relación con los animales está en el cuento ampliada y diversificada respecto del hipotexto al cual reescribe.

Sobre ese núcleo ajeno, además, Cortázar metaforiza una serie de niveles significativos: el de las mezquinas envidias de barrio, el de la sexualidad reprimida -en una suerte de homenaje a los amores incompletos en las salas de baja clase media que narraran Horacio Quiroga y Roberto Arlt en su época- y el de la perversa relación de Delia con sus padres. No puedo detenerme ahora a puntualizarlos, pero sí señalar que todos los otros cuentos reunidos en Bestiario (1951) tienen similar polisemia de base metafórica. Con lo cual queda asimismo en evidencia que el autor aprovechó la potencialidad de la poesía surrealista de una manera propia, porque ni André Breton ni Louis Aragon escribieron nada similar cuando narraron.

Respecto de la dimensión políticosocial, no aparece en Circe pero está en la mayoría de los otros cuentos y Juan José Sebreli fue el primero en mencionarla, a propósito de Casa tomada y en su ensayo Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1963). De todos modos, las diferencias socioculturales sí cuentan para comprender por qué Mario le dice a Madre Celeste, a propósito de Delia: “ La odian porque no es chusma como ustedes, como yo mismo” (Cortázar, 1964: 92).

La isotopía invasión, sea de afuera hacia adentro, como en ese cuento, sea de adentro hacia afuera, como en Cartas a una señorita en París, al margen de su vínculo con la movilidad social que se acentúa durante el peronismo, también puede ser explicada desde la intertextualidad con las lecturas antropológicas que Borges, posiblemente a partir del conocimiento con Roger Caillois –llegó a Buenos Aires en 1939, pero ya había comentado a Levy-Bruhl en la N.R.F.- incorporara. Ya lo advirtió tempranamente Noé Jitrik cuando habló de una “zona sagrada” compartida por todos los relatos de Bestiario (Jitrik, 1968: 13-30).

Cortázar reconoció las fuentes antropológicas en una entrevista de Revista Iberoamericana y sin duda también él las aprovechó para distanciarse de un presente asfixiante, según le confesara años después a Ernesto González Bermejo: “la sensación de violación que padecíamos cotidianamente frente a ese desborde popular, nuestra condición de jóvenes burgueses que leíamos en varios idiomas, nos impidió entender ese fenómeno (el peronismo), porque los altoparlantes vociferaban y nos impedían escuchar el último concierto de Alban Berg” (González Bermejo, 1978: 119).

En fin, desde una actitud común antiperonista, Cortázar aborda la problemática con particular inteligencia en Las puertas del cielo. Elige un narrador intelectual que escribe “notas” sociológicas sobre la pareja de Celina y Mauro, y al que en un momento le hace admitir sus limitaciones, no su superioridad: “Me daba asco pensar así, una vez más estar pensando todo lo que a los otros les bastaba sentir”. Incluso cuando los menosprecia, agrega en seguida que practica con ellos una forma de vampirismo: “nunca pude entrar en su simpleza, solamente que me veía forzado a alimentarme por reflejo de su sangre” (Cortázar, 1964: 121). Así presentado, es comprensible que manifieste posteriormente prejuicios respecto de “los monstruos” (provincianos) y opine que impera dentro del Palermo Palace un “falso orden” (Cortázar, 1964: 127).

No confunde, eso sí, los “rasgos italianos, la cara del porteño orillero sin mezcla negra ni provinciana” de Mauro con el rostro achinado de Celina. Con él puede establecer mayor contacto: “nos alcanzamos en lo más hondo” (Cortázar, 1964: 134), declara en un pasaje, como en otra época con un nadador en la pileta del Club. En cambio Celina está del otro lado y cuando ambos creen verla reaparecer en la milonga, después de muerta, el narrador confiesa: “yo no hubiese podido tolerar a Celina como la veía en ese momento y ese tango”, con su “cara arrobada y estúpida en el paraíso al fin logrado” (Cortázar, 1964: 137).

Se recupera de esa visión gracias a “mi notorio cinismo” y lamenta que Mauro insista en buscarla: “volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente” (Cortázar, 1964: 138). Su verdadera superioridad consiste en aceptar lo imposible, lo sobrenatural, eso con lo que convivían los primitivos descritos por la antropología que leían y que formaba parte de la herencia cultural de los sectores populares provincianos, migrantes, a quienes tanto despreciaban y temían.

En fin, para llevar estas hipótesis a buen final me faltaría confrontar esa imposibilidad para reconstruir el habla del otro, sobre todo del otro de clase, demostrada por Borges – Bioy en los textos satíricos comentados, con lo que Cortázar alcanza en Torito. El que habla ahí no es un “muchacho peronista”, es cierto, pero se trata nada menos que de un boxeador (Justo Suárez, muerto en 1938), es decir el tipo de deportista menos respetable para la intelectualidad, supuesta encarnación de la fuerza contra la inteligencia. Y digo supuesta porque el texto se encarga de demostrar lo contrario, aunque a Suárez le cueste llegar a una descripción de su estilo, porque existen maneras de boxear, tanto como maneras de escribir. ¿Adonde vislumbró la certeza de que ese salto epistemológico hacia la voz del otro era posible?

Para esto les recuerdo aquel escribí argentino antes citado y, en especial, la recensión que hizo en Realidad n. 14 de Adán Buenosayres. Rechaza partes del texto, las más confesionales y programáticas, como de hecho se había alejado de los símbolos borgianos para seguir una vía metafórica y recuperar la herencia vanguardista. Pero revela un entusiasmo antagónico del resentimiento con que Eduardo González Lanuza escribiera en Sur acerca de la misma novela, seguramente en nombre de los martinfierristas caricaturizados.

Lo que valora es el registro verbal de los VI primeros libros: “Muy pocas veces se había sido entre nosotros tan valerosamente leal a lo circundante, a las cosas que están diariamente, a las voces y las ideas y los sentires que chocan conmigo y son yo en la calle, en los círculos, en el tranvía y en la cama. Para alcanzar esa inmediatez, Marechal…” apeló a “un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente propiedad para nuestra expresión necesaria. Un idioma que no necesita del lunfardo (que lo usa, mejor), que puede articularse perfectamente con la mejor prosa ‘literaria’ y fusionar cada vez mejor con ella –pero para irla liquidando secretamente y en buena hora. El idioma de Adán Buenosayres vacila todavía, retrocede cauteloso y no siempre da el salto (…) pero lo que Marechal ha logrado en los pasajes citados es la aportación idiomática más importante que conozcan nuestras letras desde los experimentos (¡tan en otra dimensión y en otra ambición!) de su tocayo cordobés” (Marechal, 1997: 881).

Bueno, al margen del elogio a Lugones, que sería motivo de otras consideraciones, me interesa cerrar estas reflexiones con la certidumbre de que Borges clausuró una época y Cortázar abrió la siguiente dentro de la literatura argentina. Todos los narradores inmediatamente posteriores descubrieron en él una manera de escribir más cerca del habla y de incorporar con fluidez el discurso sociopolítico a la literatura, independientemente de las posiciones tomadas.

Sin Cortázar serían impensables el giro narrativo de Humberto Costantini en Háblenme de Funes (1970), la novela Eisejuaz (1971) de Sara Gallardo o los cuentos Como un león de Haroldo Conti y Negro Ortega de Abelardo Castillo, para citar unos pocos ejemplos. Una manera de sumarle poesía a las narraciones pero en sentido vertical, metafórico, que nada tenía que ver, por supuesto, con la vetusta prosa poética. Una manera de reconstruir la voz ajena, socialmente distante, que reabrió, en otro contexto, lo que practicaran los primeros gauchescos. También para silenciar la reaparición de esas voces se instalaría una nueva y sangrienta dictadura en 1976.

Bibliografía.
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Jitrik, Noé. (1968) “Notas sobre la ‘zona sagrada’ y el mundo de los ‘otros’ en Bestiario de Julio Cortázar” en La vuelta a Cortázar en nueve ensayos. Buenos Aires, Carlos Pérez editor.

Le Guern, Michel. (1976) La metáfora y la metonimia. Madrid, Cátedra.

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Todorov, Tzvetan. (1978) Théories du symbole. Paris, du Seuil.

Yurkievich, Saúl (1986) Julio Cortázar, al calor de tu sombra. Buenos Aires, Legasa.

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De la tragedia alemana a Darío Vittori

¿Cómo denominar una tragedia de tintes alemanes, de exceso en la medida y una comedia all'uso nostro, al estilo Darío Vittori? Aquella se puede llamar CLOACA mientras que esta puede llamarse -extrañamente- BARAKA (bendición divina en árabe). Basada en la obra de la holandesa María Groos su tema es la amistad entre hombres y su degradación y la degradación del hombre, a secas. Llevada también al cine con su título original, superó, al menos en ese ámbito, el aspecto narrativo de su versión teatral en Buenos Aires.

Sin embargo, la versión criolla tiene lo suyo: la historia del reencuentro de cuatro amigos, un funcionario público homosexual (Grandinetti), un político de cabotaje (Leyrado), un abogado psiquiátrico (Marrale) y un director de teatro mediocre (Arana) desgrana la "baraka", la bendición divina de la amistad, y emblema del grupo, en un pasaje directo al infierno montado en la mano única del tiempo.

La amistad cede ante el fracaso personal. Y todos son fracasados porque el amor no alcanza. Lejos de ser el antídoto contra el mal, la llave que abre la puerta de la felicidad, resulta la construcción errática de seres insuficientes arrastrados por las minucias de la historia: las que elevan al prójimo al sitio de enemigo potencial, y la amistad es el precio de esa subida.

La elección del título es un acierto del autor de la versión en español, cargada de piadosa ironía. La visión original de la obra, escéptica, desesperanzada, crítica con el entorno que determina a cada uno de los personajes, y que culmina en la soledad, la repetición y el suicidio, se reactualiza en la versión argentina en una no menos trágica pero matizada con pasos de comedia. Y para ello cuenta con magnificos actores. No obstante, los tipos que encarnan adolecen de cierta ambigüedad en los trazos, en lo que parece ser una concesión al gusto "políticamente correcto" de las clases medias asiduas al teatro. Así, Grandinetti lejos de encarnar al homosexual de administración pública -suelen ser gente mediocremente medida- lleva adelante al gay falsamente refinado que pasea su perrito por Pueyrredón y Santa Fe. El político encarnado por Leyrado, al que le endosan un largo y penoso parlamento no muy fácil de sostener, resulta una versión muy diluída de lo que podría esperarse del personaje. Marrale es el que más se acerca con el suyo al abogado borderline o directamente desquiciado que pulula en las sombras judiciales. Arana, por su parte, logra sortear con el carisma heredado de su paso por la comedia la condescendencia otorgada al director de teatro chanta y levemente inmoral (parece que nadie está dispuesto a autoflagelarse en las tablas). Alguna vacilación en los parlamentos, pueden deberse al guión adaptado y a la marcación de los actores, no obstante son resueltas con habilidad por quienes están sólidamente instalados en el gusto popular. Esta confluencia de calidad -en la que tambien hay que destacar a Paula Kohan encarnando a una querible prostituta rusa- buena escenografía de Alicia Leloutre (casi un lenguaje por su economía y amplitud de significación), la iluminación de Gonzalo Córdoba, el vestuario y coreografía (Mariana Polski y Carlos Casellas respectivamente) hacen de Baraka algo bueno para ver y reflexionar sin caer en la berretada psicoanalítica, aún cuando las ambivalencias apuntadas logran por momentos confundir a una parte del público